LA MUJER PATRIOTA. Un cuento de Cristian Arias

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Era una mujer pequeñita, de una bajita estatura moral, que creció admirando al Caudillo de la guerra que presidía la nación, lo que la llevó a desear para ella un amo, y cuando por fin lo tuvo, se entregó a él por algunos años. Su amo, un militar sin rango pero que la hacía sentir verdadera mujer cuando salían juntos, él de camuflado y ella  de jean y escote, le otorgó tres hermosos y robustos hijos, a los que llamó a cada uno con el nombre de su padre. Éste era un hombre feo pero valiente, que a escasos meses del nacimiento de su tercer vástago, tuvo que entregarse de lleno a la guerra patriótica contra el terrorismo. Los terroristas que eran como él, feos y belicosos, resistían de mil formas el poderío del ejercito del Caudillo de la guerra. Por eso y como era ya un hábito casi natural, el amo murió una tarde gloriosa carcomido por las ráfagas enemigas, con enormes condecoraciones sobre el ataúd y un saludo especial del Caudillo de la guerra. La mujer pequeñita supo llenar el vacío del amo con la adquisición de uno nuevo y con la promesa del Caudillo de la guerra de incrementar sin falta las operaciones militares.

Pero pronto el nuevo amo tuvo que partir a combatir el terrorismo, dejando solos a la mujer pequeñita y sus tres bestezuelas, bajo el cuidado del noticiero que diariamente la alimentaba con novedades asombrosas de triunfos del bien sobre el terrorismo. El domingo llevaba a sus hijos a la iglesia para recibir el alimento del alma. Allí aprendía de la importancia espiritual de no ceder al engaño de transar con los terroristas, porque una posible reconciliación traería el fin del mal. Y sin mal ni miedo, no habría iglesia. Así que, luego de alimentar su espíritu, de dar la paz y pedir a Dios con fervor la protección para ella y su familia, salía convencida de no desfallecer en la cruzada celestial contra los vientos del demonio. Al cabo de tres meses recibió una notificación donde le explicaban del ajusticiamiento macabro que había recibido su marido de parte del barbarismo de los terroristas. Éstos habían mandado a la brigada más cercana una mano del segundo amo, envuelta en hojas de plátano, como prueba contundente del éxito de su emboscada. La mujer pequeñita puso la mano perfectamente disecada sobre un estante diseñado para honrar la memoria de su primer amo. Mano y condecoraciones posarían de modo sempiterno a la luz de una veladora.

Al segundo amo acribillado, vino un tercero calcinado, un cuarto desmembrado y un quinto que si bien no alcanzó a recibir sino seis impactos de mortero, terminó cuadripléjico y sin poder pronunciar palabra alguna en toda su vida. Fue entonces cuando decidió que ya estaba bien de amos y que en cambio debía pensar en sus hijos para que tuvieran la oportunidad memorable de participar en el exterminio histórico de los bandidos terroristas.

Por fin llegó el día en que el primogénito, otro soldado sin rango, salía a entregarlo todo por la causa del Caudillo de la guerra. Pero al novato lo dispusieron en una misión de veteranos que se internó en el monte para no salir nunca de allí. A la madre orgullosa le enviaron unos huesos que otros veteranos habían encontrado en un monte. Decidió cremarlos, dejando el cofrecito de hojalata entronizado junto a la mano y las condecoraciones, a la vista del amo cuadripléjico y de sus hijos adolescentes para animarlos a vivir o morir por una razón que valiera la pena.

El segundo hijo, feo como su padre, fue quien mejor heredó las cualidades guerreras de éste y como buen amo, pronto consiguió su propia mujer, pequeñita y graciosa que le regaló, antes de marcharse al combate, unos gemelos que nacieron sanos y fuertes, aunque no garantizasen que su belleza fuera a durar mucho tiempo. El padre salió orgulloso a la guerra, prometiendo a su madre y a su querida mujer, la victoria total. Tres días después, las directivas del hospital militar notificaban la entrada de diez soldados con heridas contundentes. Todos lograron recuperarse, menos uno que ya había llegado muerto. La mujer pequeñita, que ya presentaba señales de desgaste y dolor guardados, tuvo que asistir al reconocimiento de su hijo. Pero apenas pudo descifrarlo por el tamaño entrañable de su virilidad y un tatuaje de Cristo Nuestro Señor en la pantorrilla, pues su rostro estaba completamente destrozado.

El tercero hijo, que como todo hermano menor era rebelde e insubordinado, decidió pronto que lo más parecido a la estupidez humana era ir a morir a una guerra perdida. Y que por tanto, se resistiría a salir de casa porque debía terminar un libro de cuentos que había comenzado. Su madre, que había adquirido alguna experiencia en fracasos matrimoniales y familiares, creyó apropiado escuchar las razones de su hijo, hasta convencerse de la inconveniencia de perder lo último que le quedaba. De modo que, antes de que fuese llamado a tomar las armas, pidió al comandante seccional del Ejercito del Caudillo de la guerra que le permitiera disfrutar sus últimos años de vida con el único hijo que le quedaba para que la cuidara. El comandante, tratando de doblegar su recia voz, le explicó de manera clara que era imposible abstenerse de servir a la patria, mucho menos en estos tiempos en que ya estaban a punto de finalizar la guerra contra los terroristas. Además le recordó frunciendo el ceño, un poco a manera de reproche, que ella era una madre honorable que siempre había defendido la verdad de esta cruzada y que no entendía por qué iba a abstenerse de servir a la nación en el momento en que más se necesitaba. De todas formas, así quisiera, terminó el militar, la ley no me permite conceder su deseo. Recuerde que el Congreso Caudillo aprobó la Ley Grandiosa, aquella que determina que son sólo los hijos de su clase los que deben salir a combatir al frente. Los demás ciudadanos, de más importancia, están obligados a coordinar y mandar. No sería justo que murieran todos en el campo de batalla mi señora, entiéndalo.

La mujer pequeñita, que ahora se apreciaba más encorvada y con canas en los cabellos, tuvo que resignarse a entregarlo. Le abrió la puerta a unos militares sin rango que a culatazos y patadas sacaron al insurgente de la familia y de él no se supo nada. Nunca más. Por fin, un día tuvo un poco de cordura y le preguntó a Dios por qué no le había protegido a sus hijos como tanto le había pedido, y que en cambio los abandonó a la voracidad terrorista dejándola a ella a merced de la vejez y  de la muerte. Dios, que como siempre andaba tan ocupado atendiendo a sus insaciables hijos, le respondió de manera sumaria que los terroristas creían en el mismo Dios, al que también rogaban para que los protegiera. Él sólo concedía su misericordia, de lado y lado por partes iguales.

Algunos años después, cuando el Caudillo de la guerra ya no presidía los destinos de la patria, se conoció que los legendarios terroristas iban a entregar sus armas porque habían pactado un acuerdo de paz con el nuevo Caudillo. La mujer pequeñita, gastada de arrugas y desconsuelos, apenas lograba reponerse de las infinitas pérdidas cuando escuchó el discurso de su antiguo Caudillo de la guerra convocando una resistencia al armisticio de la reconciliación. Esa voz de fuego le fustigó las tripas, la trasladó a aquellas épocas gloriosas de sus amos muertos y de sus hijos sacrificados en honor a la patria.

Entonces se configuró la oposición de los patriotas. Formaron comités secretos para limpiar la nación, poquito a poquito. La abuela pequeñita, que ya había tomado las riendas de su nueva condición de indignada, lideró grupos de choque para la nueva guerra que habían emprendido. Entonces llamó a sus nietos, unos gemelos feos, para que comenzarán el entrenamiento, a la espera de un nuevo Caudillo de la guerra.

CRISTIAN ARIAS

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