LA MUJER PATRIOTA. Un cuento de Cristian Arias

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Era una mujer pequeñita, de una bajita estatura moral, que creció admirando al Caudillo de la guerra que presidía la nación, lo que la llevó a desear para ella un amo, y cuando por fin lo tuvo, se entregó a él por algunos años. Su amo, un militar sin rango pero que la hacía sentir verdadera mujer cuando salían juntos, él de camuflado y ella  de jean y escote, le otorgó tres hermosos y robustos hijos, a los que llamó a cada uno con el nombre de su padre. Éste era un hombre feo pero valiente, que a escasos meses del nacimiento de su tercer vástago, tuvo que entregarse de lleno a la guerra patriótica contra el terrorismo. Los terroristas que eran como él, feos y belicosos, resistían de mil formas el poderío del ejercito del Caudillo de la guerra. Por eso y como era ya un hábito casi natural, el amo murió una tarde gloriosa carcomido por las ráfagas enemigas, con enormes condecoraciones sobre el ataúd y un saludo especial del Caudillo de la guerra. La mujer pequeñita supo llenar el vacío del amo con la adquisición de uno nuevo y con la promesa del Caudillo de la guerra de incrementar sin falta las operaciones militares.

Pero pronto el nuevo amo tuvo que partir a combatir el terrorismo, dejando solos a la mujer pequeñita y sus tres bestezuelas, bajo el cuidado del noticiero que diariamente la alimentaba con novedades asombrosas de triunfos del bien sobre el terrorismo. El domingo llevaba a sus hijos a la iglesia para recibir el alimento del alma. Allí aprendía de la importancia espiritual de no ceder al engaño de transar con los terroristas, porque una posible reconciliación traería el fin del mal. Y sin mal ni miedo, no habría iglesia. Así que, luego de alimentar su espíritu, de dar la paz y pedir a Dios con fervor la protección para ella y su familia, salía convencida de no desfallecer en la cruzada celestial contra los vientos del demonio. Al cabo de tres meses recibió una notificación donde le explicaban del ajusticiamiento macabro que había recibido su marido de parte del barbarismo de los terroristas. Éstos habían mandado a la brigada más cercana una mano del segundo amo, envuelta en hojas de plátano, como prueba contundente del éxito de su emboscada. La mujer pequeñita puso la mano perfectamente disecada sobre un estante diseñado para honrar la memoria de su primer amo. Mano y condecoraciones posarían de modo sempiterno a la luz de una veladora.

Al segundo amo acribillado, vino un tercero calcinado, un cuarto desmembrado y un quinto que si bien no alcanzó a recibir sino seis impactos de mortero, terminó cuadripléjico y sin poder pronunciar palabra alguna en toda su vida. Fue entonces cuando decidió que ya estaba bien de amos y que en cambio debía pensar en sus hijos para que tuvieran la oportunidad memorable de participar en el exterminio histórico de los bandidos terroristas.

Por fin llegó el día en que el primogénito, otro soldado sin rango, salía a entregarlo todo por la causa del Caudillo de la guerra. Pero al novato lo dispusieron en una misión de veteranos que se internó en el monte para no salir nunca de allí. A la madre orgullosa le enviaron unos huesos que otros veteranos habían encontrado en un monte. Decidió cremarlos, dejando el cofrecito de hojalata entronizado junto a la mano y las condecoraciones, a la vista del amo cuadripléjico y de sus hijos adolescentes para animarlos a vivir o morir por una razón que valiera la pena.

El segundo hijo, feo como su padre, fue quien mejor heredó las cualidades guerreras de éste y como buen amo, pronto consiguió su propia mujer, pequeñita y graciosa que le regaló, antes de marcharse al combate, unos gemelos que nacieron sanos y fuertes, aunque no garantizasen que su belleza fuera a durar mucho tiempo. El padre salió orgulloso a la guerra, prometiendo a su madre y a su querida mujer, la victoria total. Tres días después, las directivas del hospital militar notificaban la entrada de diez soldados con heridas contundentes. Todos lograron recuperarse, menos uno que ya había llegado muerto. La mujer pequeñita, que ya presentaba señales de desgaste y dolor guardados, tuvo que asistir al reconocimiento de su hijo. Pero apenas pudo descifrarlo por el tamaño entrañable de su virilidad y un tatuaje de Cristo Nuestro Señor en la pantorrilla, pues su rostro estaba completamente destrozado.

El tercero hijo, que como todo hermano menor era rebelde e insubordinado, decidió pronto que lo más parecido a la estupidez humana era ir a morir a una guerra perdida. Y que por tanto, se resistiría a salir de casa porque debía terminar un libro de cuentos que había comenzado. Su madre, que había adquirido alguna experiencia en fracasos matrimoniales y familiares, creyó apropiado escuchar las razones de su hijo, hasta convencerse de la inconveniencia de perder lo último que le quedaba. De modo que, antes de que fuese llamado a tomar las armas, pidió al comandante seccional del Ejercito del Caudillo de la guerra que le permitiera disfrutar sus últimos años de vida con el único hijo que le quedaba para que la cuidara. El comandante, tratando de doblegar su recia voz, le explicó de manera clara que era imposible abstenerse de servir a la patria, mucho menos en estos tiempos en que ya estaban a punto de finalizar la guerra contra los terroristas. Además le recordó frunciendo el ceño, un poco a manera de reproche, que ella era una madre honorable que siempre había defendido la verdad de esta cruzada y que no entendía por qué iba a abstenerse de servir a la nación en el momento en que más se necesitaba. De todas formas, así quisiera, terminó el militar, la ley no me permite conceder su deseo. Recuerde que el Congreso Caudillo aprobó la Ley Grandiosa, aquella que determina que son sólo los hijos de su clase los que deben salir a combatir al frente. Los demás ciudadanos, de más importancia, están obligados a coordinar y mandar. No sería justo que murieran todos en el campo de batalla mi señora, entiéndalo.

La mujer pequeñita, que ahora se apreciaba más encorvada y con canas en los cabellos, tuvo que resignarse a entregarlo. Le abrió la puerta a unos militares sin rango que a culatazos y patadas sacaron al insurgente de la familia y de él no se supo nada. Nunca más. Por fin, un día tuvo un poco de cordura y le preguntó a Dios por qué no le había protegido a sus hijos como tanto le había pedido, y que en cambio los abandonó a la voracidad terrorista dejándola a ella a merced de la vejez y  de la muerte. Dios, que como siempre andaba tan ocupado atendiendo a sus insaciables hijos, le respondió de manera sumaria que los terroristas creían en el mismo Dios, al que también rogaban para que los protegiera. Él sólo concedía su misericordia, de lado y lado por partes iguales.

Algunos años después, cuando el Caudillo de la guerra ya no presidía los destinos de la patria, se conoció que los legendarios terroristas iban a entregar sus armas porque habían pactado un acuerdo de paz con el nuevo Caudillo. La mujer pequeñita, gastada de arrugas y desconsuelos, apenas lograba reponerse de las infinitas pérdidas cuando escuchó el discurso de su antiguo Caudillo de la guerra convocando una resistencia al armisticio de la reconciliación. Esa voz de fuego le fustigó las tripas, la trasladó a aquellas épocas gloriosas de sus amos muertos y de sus hijos sacrificados en honor a la patria.

Entonces se configuró la oposición de los patriotas. Formaron comités secretos para limpiar la nación, poquito a poquito. La abuela pequeñita, que ya había tomado las riendas de su nueva condición de indignada, lideró grupos de choque para la nueva guerra que habían emprendido. Entonces llamó a sus nietos, unos gemelos feos, para que comenzarán el entrenamiento, a la espera de un nuevo Caudillo de la guerra.

CRISTIAN ARIAS

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Carta a un amigo indeciso de votar SI o NO en el plebiscito

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Querido amigo, me has manifestado muchas veces tu indecisión de votar Sí o No el próximo 2 de octubre. Te han bombardeado de información y no sabes qué hacer, qué pensar, qué decidir. Me has mostrado mensajes en favor de la paz, mensajes de reconciliación y perdón. Pero también me has compartido mensajes oscuros, de incitación a la guerra, a la muerte, al odio. Dices que pese a todo, los del No tienen muchas razones para justificar su voto, porque no creen en nada de lo que se ha pactado, ni en la intención del Acuerdo, ni en sus posibles resultados.

Pues sólo te digo que no pienso incidir en tu decisión, que debes aprender a desarrollar el valor moral de tomar decisiones propias, fruto de tu propio juicio. No lo tomes a mal, pero eso se llama ser mayor de edad: hacer uso público de su propia razón sin la ayuda de un tutor, de un mesías. Ser tu propio juez. Sin embargo, quiero compartirte mi punto de vista, una opinión como muchas otras, no una verdad absoluta para que me creas.

Voy a partir de dos ejemplos concretos: ayer me compartiste un video en el que un tipo vestido de camuflado, con el cabello un poco largo para ser militar y con voz desafiante invitaba a votar por el No alegando la enorme estupidez que embarga a los “culicagados” ilusos que con banderitas blancas pregonan la paz. El detalle a tener presente es que el personaje está representando nada más y nada menos que a un paramilitar, que comienza su discurso ofreciéndose para matar y termina intimidando a los votantes que están a favor del sí diciendo que “se están poniendo violentos. Hay dos formas de entender este tipo de mensajes: con agudeza crítica para captar la clase de persona que lo está emitiendo. La otra forma es emocionarse y gritar enardecido: “!eso es cierto, por fin alguien dijo las cosas con güevas! Sólo tu inteligencia lo dirime. Otro ejemplo es el de un audio de una conversación privada de Hugo Aguilar, antiguo gobernador de Santander, quien al igual que el anterior, alegaba las consecuencias nefastas de votar a favor del Sí. Aquí debemos tener en cuenta una cosa: quien habla estuvo preso por apoyar grupos paramilitares. Quiere decir, que fue cómplice de asesinatos y desplazamientos para hacerse elegir y asegurar su caudal político. De su desparpajo al hablar y las palabras desobligantes y temerarias que utiliza no voy a referirme. Aunque no voy a negar que a mucha gente esto le encanta y hasta le excita: que les hablen duro, que digan groserías. Ese masoquismo verbal que enardece las mentes.

En conclusión, una cosa es escuchar a una persona decente, que exprese sus reservas por el plebiscito o que con argumentos explique porqué conviene votar No, y otra es escuchar comentarios incendiarios o falsas declaraciones. Una cosa es escuchar a una persona honorable y educada, que hay muchas, y otra a la senadora Cabal; y otra es escuchar a un líder religioso que desde su iglesia de barrio predica a favor del No; y otra también es escuchar a quien en redes sociales declara que de ganar el Sí, dejarán la biblia y tomarán los fusiles. El primero explica con argumentos su punto de vista. Cabal es una mujer tipo Trump, solo habla para abrir heridas y dividir y con eso ganar más seguidores en las redes sociales, seguidores ya sabe de qué tipo: gente desinformada que solo actúa por pasión e impulso, que sólo lee lo que quiere leer, por miedo a encontrarse cosas que no le gustan. Los demás sólo hablan para generar miedo y zozobra. El problema grande es que muchos no están dispuestos a leer a un pensador, a un intelectual y más bien prefieren la comodidad del cafre que dice groserías, que intimida con un camuflado o un arma grande. Como lo ha dicho el mismo Hugo Aguilar en su conversación, este es un país de muertos de hambre. Precisamente esto es lo que ellos quieren: que se perpetúe el hambre y la ignorancia, porque un país hambriento, inculto y en guerra es mejor, más fácil de doblegar. Porque el borrego sólo sigue la manada, obedece, es dependiente del pastor para que lo alimente.

De los grandes argumentos a favor del No, el más insistente y que ha calado con más fuerza es aquel que pregona que Colombia se volverá otra Venezuela. No es tan sencillo explicar por qué esto es imposible que suceda. Hay quienes en artículos y ensayos han tratado de advertir esta imposibilidad, pero nadie los lee, nadie tiene tiempo y entonces se conforman con el meme, el audio chistoso, el mensaje fuerte, el postre elemental que les llene el estómago cerebral antes de irse a dormir. Pero el fracaso de explicar las razones históricas, sociales y culturales por las que es imposible que Colombia sea una gemela de Venezuela luego de la incursión de los miembros de las FARC a la vida civil, no reside tanto en la falta de comprensión de esa explicación como en el rechazo malintencionado a la explicación. En un ambiente tan polarizado en que los argumentos sustentados también se tienen por artimañas de engaño de los agentes del terrorismo, no queda otra alternativa que esperar que el tiempo nos de la razón.

Pero te dejo estas inquietudes para que las mastiques a la manera del rumiante, lenta y sabiamente: por qué crees que la banca colombiana ha dado su apoyo a esta iniciativa de paz si sería la primera en verse perjudicada por un posible gobierno socialista. Por qué los grandes industriales del país también se sumaron a este empeño, cuando sus propiedades estarían siendo objetos de expropiaciones de un virtual Estado Comunista. Por qué un presidente miembro honorable de la rancia e intocable oligarquía colombiana decidió dedicar sus más grandes esfuerzos de gobierno para negociar con la insurgencia guerrillera, su más enconosa enemiga. Por qué los grandes símbolos del capitalismo mundial, el Banco mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo han apoyado desde siempre el proceso de paz. ¿Será que la banca colombiana, los grandes industriales del país, la acaudalada familia presidencial, la banca mundial, la Organización de la Naciones Unidas, la Corte Penal Internacional, el gobierno de los Estados Unidos, la Unión Europea, la Iglesia católica e innumerables comunidades religiosas, todas se unieron en favor de las FARC para cumplir su sueño de una Colombia Comunista? ¿Será que la voz de todos los cantantes, artistas, escritores, actores, deportistas e intelectuales en favor de la paz, en apoyo del Sí, ha estado influenciada por el consumo de un bebedizo secreto preparado en los llanos del Yarí y suministrado por orden presidencial a través de todos los acueductos y embotelladoras de agua? ¿Será que un personaje como Henrique Capriles, el mayor opositor del Gobierno de Venezuela, ha vendido sus principios por saludar y apoyar la firma de la paz?

Creer esto es lo mismo que creer con fe ciega que Timochenko será el futuro presidente de Colombia. Los que azuzan a los ignorantes con esta afirmación, olvidan que no se puede ser mandatario por soplo divino, que se debe pasar por la aprobación popular, por el voto. Quien crea con certeza que las FARC se tomarán el poder político y gobernarán por siempre el país, es proclive a la fácil disuasión y al engaño, porque lo mueve a pensar y actuar el miedo más que el sentido común. Pensar que la archimillonaria maquinaria financiera e industrial, los poderosos propietarios y la oligarquía capitalina y regional van a entregarse como mansos corderos a un supuesto poder Castro Chavista es apenas un mal chiste.

Pero volvamos a lo real y concreto y es lo siguiente: el Si va a ganar; y las FARC dejarán las armas y van a entrar a la vida civil y van a hacer política, y las cosas no serán como los líderes del miedo están diciendo. Pero sólo el tiempo nos dará la razón. La razón de que Colombia en un futuro cercano será un país con más inversión social, más seguro, más educado, con un sistema de salud y bienestar más efectivo e incluyente, y por lo tanto más atractivo para el extranjero que comenzará a reconocer la otra Colombia, no la temible patria de la barbarie que le han mostrado los medios de comunicación y el cine.

Por eso quiero trascender las advertencias temerarias de Álvaro Uribe Vélez, para quien el Acuerdo con las FARC generará nuevas violencias. Sería ingenuo ignorar lo evidente, lo que estamos comenzando a ver: el recomienzo de las muertes a líderes sociales, preludio de lo que puede sucederle a los futuros desmovilizados si el Estado no los protege, si entre todos no nos unimos para evitar futuros odios y venganzas. Sería ingenuo no saber que existe un saldo al apostarle a la paz, pero creo que venceremos esa etapa inicial reaccionaria, luego de la cual nos enfrentaremos todos, pero exclusivamente a través de las ideas, para construir el nuevo país, sin guerras, sin violencia.

Entonces ya lo sabes, votaré por el Sí. Y para ti sólo espero que tomes la decisión más inteligente. La más humana, sin miedo a que te llamen iluso o vendido.

Por: Cristian Arias

ACABAR CON LA GUERRA DE OFENSAS EN FACEBOOK: UNA BUENA ESTRATEGIA DE PAZ

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Ayer compartí en el muro  del grupo público de Facebook  Colombianos en Toronto (como lo hice en algunos otros más) una información que exponía cómo este año solamente han ingresado al Hospital Militar de Bogotá dos heridos como consecuencia del conflicto armado, mientras que diez años atrás, en el 2006, habían ingresado al mismo hospital y por las mismas razones 1119 personas. La información pretendía servir de prueba infalible sobre la eficacia del diálogo y la trascendencia de la reconciliación. Pero tuve que eliminar la publicación, pues allí dos participantes del muro terminaron lanzándose mutuamente una generosa carga de insultos. Lo curioso del caso es que quienes protagonizaron esta guerra de improperios fueron dos personas con la misma opinión, pues manifestaron su desprecio por el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y  las FARC, pero que, ante un mal entendido (Lo resumo: el uno entendió lo contrario del otro y viceversa; un antifarc terminó convertido en un asqueroso guerrillero, y el otro antifarc en un miserable don nadie), se salieron de cauce y ya no hubo quien los parara.

Tres reflexiones: primera, la metralla de insultos que produjeron pueden explicar su desprecio por la paz. Segunda, este episodio es una prueba fehaciente de la necesidad del entendimiento y la escucha del otro; de las consecuencias nefastas de la soberbia y el desprecio por el diálogo. Y tercera: la ley de los signos dice que menos por menos da más. Esto me acerca a la sospecha de que dos posiciones negativas se pueden eliminar mutuamente para dar paso a la positiva. La positiva es el SI.

Cristian Arias

 

Cuando Cristo salga de las escuelas Colombia será un país civilizado.

educación religiosa

El tema de la implementación de cambios estructurales en el ámbito escolar colombiano impulsada por el Ministerio de Educación para mejorar la convivencia y promover el respeto por las diferencias étnicas, ideológicas y sexuales, así como la polvareda levantada a raíz de la divulgación de información falsa y tergiversada alrededor del trabajo que el Ministerio viene adelantando en materia de educación sexual, ha servido como piedra de toque para evaluar el estado en el que se encuentra la sociedad colombiana en materia de educación y para conocer su nivel de respeto y tolerancia por las manifestaciones culturales, sexuales y étnicas de todos los grupos humanos que la componen.

Hasta ahora muchos pensadores, escritores e intelectuales que han analizado la coyuntura, han aportado ideas importantes para dar orientación y luz en un asunto de enorme trascendencia. Unos han basado su preocupación en la celeridad con la que se difunde la información a través de las redes sociales, resaltando el daño nefasto que puede ocasionar en una persona o en una entidad la reproducción masificada de información falseada con intenciones de tergiversar una realidad o simplemente de crear pánico y desorientación, que es precisamente lo que sucedió luego de que una opositora del gobierno afirmara en su cuenta de twitter que unas cartillas con contenido sexual se estaban repartiendo en colegios de la costa caribe, información que se regó como pólvora, junto a las imágenes del supuesto material, que en realidad correspondía a un comic del año 2006 escrito en inglés para público adulto de los Estados Unidos y cuyo autor es el ilustrador belga Tom Bouden. Aunque todo quedó desmentido, ya el daño estaba hecho.

Otro aspecto de explicación y análisis es aquel relacionado con la aclaración de la situación, es decir, con la orientación a cerca del trabajo que viene desarrollando el Ministerio de Educación en materia de lucha contra la discriminación y el matoneo escolar, lo cual es el centro del debate y no otro. En resumen, los directos responsables han explicado a través de los medios de comunicación que su tarea se desarrolla en cumplimiento de la sentencia T478 del 2015, mediante la cual la Corte Constitucional ordena al Ministerio de Educación Nacional implementar el Sistema Nacional de Convivencia Escolar y revisar de manera “extensiva e integral todos los manuales de convivencia en el país, para determinar que los mismos sean respetuosos de la orientación sexual y la identidad de género de los estudiantes y para que incorporen nuevas formas y alternativas para incentivar y fortalecer la convivencia escolar”. Uno de los productos finales de esta misión ha sido una guía de educación sexual realizada por expertos, pero que aún no ha sido aprobada por el Ministerio de Educación, titulada Guía Ambientes Escolares Libres de Discriminación.

Lo que vale rescatar de este apartado es el rechazo de muchos grupos sociales, religiosos y educativos a un material que desconocen por completo, a una metodología y a unos conocimientos científicos que ignoran. Y sin embargo han salido a protestar en contra de lo que ciegamente consideran dañino, destructor de los valores familiares, promotor de los intereses de la comunidad LGTBI y patrocinador de la homosexualidad. Todos repiten, siguiendo a sus líderes políticos y religiosos que han aprovechado este río revuelto, que continuarán en su lucha contra lo que han acuñado como la “educación de género” o la “ideología de género”. Marcela Sánchez, directora de Colombia Diversa, explica cómo algunas personas han acuñado estas expresiones con el fin de descalificar una corriente metodológica y teórica que ha servido para entender las relaciones de poder entre hombre y mujeres en diferentes ámbitos “y  que los estudios académicos feministas se han encargado de documentar de manera muy sistemática y seria.

Otro tema que se ha mencionado va mucho más al fondo del asunto en cuestión, y es específicamente el que se refiere a las orientaciones sexuales de los seres humanos, aspecto crucial y álgido, puesto que del conocimiento de las realidades biológicas y sociales depende que avancemos por la vía de la educación para el respeto y la aceptación de los otros. A este respecto algunos líderes de opinión e intelectuales han aportado su punto de vista para clarificar asuntos cruciales como el de la homosexualidad. El escritor Héctor Abad Faciolince ha querido denunciar la ignorancia manifiesta en aquellos que atacan los intentos por educar sobre la diversidad sexual y por garantizar, desde el ámbito escolar, los derechos de quienes poseen otras orientaciones sexuales diferentes a la dominante. Enfrentando la enorme bruma de desconocimiento que inunda las mentes y los corazones de tanto indignado por la defensa de la causa LGTBI y de los derechos de los homosexuales, ha divulgado un video en el que explica que la condición homosexual es una condición biológica, como lo es la de nacer con la piel morena, o zurdo o rubio. Aclara el escritor que entre el 5 y el 10% de los seres humanos en todas las culturas nacen con inclinaciones homosexuales, así que son completamente mentirosos o ignorantes los que divulgan la idea de que es posible educar a un niño para ser gay, de la misma manera que a nadie se le enseña para ser blanco o negro. El poeta Mario Jursich Durán ha publicado en Facebook una información que reafirma lo anterior:

“La orientación sexual no se “enseña”. Es un determinismo biológico y, como tal, resulta imposible de cambiar. Si usted, padre o madre de familia, está convencido de que los niños y las niñas “aprenden” en la casa cuál es el comportamiento sexual correcto, es porque lo ignora todo sobre la vida humana. Ni la homosexualidad ni la heterosexualidad son gustos adquiridos: vienen fatalmente en nuestros genes. Ningún colegio, ninguna cartilla, puede modificar lo que ya es innato en nosotros. Quien diga lo contrario, miente como una cacatúa.

Si retomamos estos tres aspectos, podríamos apreciar un asunto en común, el de lo educativo, que podemos vislumbrar desde tres perspectivas. Por un lado, está claro cómo un grueso importante de la ciudadanía ignora lo más elemental acerca de la condición humana, en este caso acerca de la sexualidad de los seres humanos y del reino animal en general. Si la gente leyera más, sería más comprensiva porque sabría de las diferentes manifestaciones en la dimensión biológica de los animales y los seres humanos, y le sería más fácil entender por qué actuamos sexualmente unos de una manera y otros de otra.

La otra perspectiva de lo educativo se aprecia en la falta de discernimiento propio, de raciocinio individual para determinar la información que se recibe. Simplemente, ante un estímulo se activa un comportamiento en el inconsciente colectivo, como se ha apreciado con la información falseada que muchos ciudadanos aceptaron y compartieron como verdades irrefutables. Sencillamente para muchos resulta más fácil aceptar y compartir una mentira que investigar, indagar, leer y dudar. Si la gente fuese más crítica, más rigurosa, si indagara y analizara la información que recibe a diario, no caería en el error de tragar entero y tendría la madurez de rechazar una información mentirosa, aún en contra de sus intereses, de sus creencias religiosas o de sus preceptos morales. Indignarse ciegamente y hacer circular información sin saber siquiera si es verídica, es una manifestación clara de ignorancia ciudadana.

Esto me permite acercarme a la tercera perspectiva de lo educativo: la manipulación de los entes de poder hacia los ciudadanos. Un ciudadano que no lee, que no se educa y que acepta cualquier información como verdad inapelable, es presa fácil de los fundamentalistas políticos y religiosos que quieren acapararlo todo.

Es enorme la cantidad de líderes de iglesias cristianas que se han subido al tren del poder político, y que a través de sus organizaciones bloquean muchos intentos democráticos y laicos para promover la igualdad y los derechos humanos, sólo porque en muchos casos los principios de las libertades individuales y los valores ciudadanos no compaginan con sus interés ni con sus preceptos morales, adelantando campañas de rechazo y desprestigio que llevan a cabo utilizando su caudal político que es a su vez su rebaño fiel y devoto. El mismo rebaño que desborda estadios en las enormes jornadas de adoración, es aquel que rebosa las calles en protesta por lo que ciegamente considera pecaminoso, desviado, enfermizo y asqueroso, sin saber en la mayoría de los casos qué es lo que realmente está rechazando. Sólo siguen al flautista de Hamelín.

No es casualidad que sean precisamente aquellos que están en contra del proceso de paz, los mismos que se han manifestado en contra de las reformas educativas del Ministerio de Educación y los mismos que se han ubicado del lado del partido político de la ultraderecha que quiere oponerse a todo intento de reconciliación e integración ciudadana.

Una sociedad cuyos ciudadanos pretenden anteponer los preceptos religiosos a los principios democráticos conquistados por la humanidad a lo largo de siglos de lucha en favor de la igualdad, la justicia y los derechos humanos y que en vez de sustentar sus argumentos y paradigmas en la lógica racional de la ciencia, la investigación académica, el debate crítico y el sentido común, lo hace partiendo de preceptos maniqueos de la religión que profesa, es una sociedad abocada al ostracismo de la barbarie, del atraso moral y material, como aquel en el que han caído los países cuyos gobiernos se sustentan en un fundamentalismo mesiánico.

Una sociedad civilizada es aquella que se ha desarrollado al margen de los paradigmas religiosos y de los lineamientos de la fe y la devoción. La historia y la realidad política y social nos enseñan cuan violentas son las sociedades y los gobiernos cuando son dirigidos en nombre de su Dios o de su mesías. En esa misma vía, nos enseñan cuan adelantadas y pacíficas son las sociedades cuyos gobiernos se basan en el fortalecimiento y el respeto de la diversidad religiosa, cultural y sexual. Una sociedad civilizada es aquella en la que caben todos los cultos y creencias y donde se goza de la manifestación libre de la diversidad sexual. Una sociedad civilizada es aquella donde la fe religiosa corresponde al ámbito individual, al fuero personal de cada quien. Una sociedad civilizada es una sociedad plural donde no se pretende imponer bajo ninguna circunstancia una sola ética ni una única cosmovisión de mundo.

El día en que el devocionario cristiano salga por completo del debate público, del discurso político, de la educación escolar,  y no estropee los intentos laicos por lograr una sociedad mejor, más incluyente y respetuosa de la diversidad, ese día Colombia será un país mejor, una democracia de verdad.

El día en que los líderes religiosos y políticos dejen de manipular a sus ciudadanos utilizando los preceptos de la fe católica y protestante para lograr sus fines ideológicos, políticos y económicos, y renuncien a sus pretensiones de devolvernos a una educación devocional en aras de una única cosmovisión de mundo a la que llaman la verdad, ese día Colombia será una democracia de verdad.

El día en que Colombia sea verdaderamente una nación multicultural, abierta y tolerante, que celebre la diversidad de cultos y de pensamiento y que reconozca la abundancia multiétnica como un rasgo definitorio de su identidad nacional, será el día en que todos sus ciudadanos podrán expresar y compartir sus creencias, tradiciones y hábitos sin el miedo a la violencia, al rechazo y a la estigmatización.

Por ahora Colombia seguirá siendo un paisito del tercer mundo, con ínfulas de pasar al cuarto, en razón de su precariedad moral. Para comenzar a revertir esto, es preciso comenzar por sacar a Cristo de la escuela, del colegio, del Concejo, de la Asamblea, del Congreso y que se quede solamente en las iglesias y en los corazones de quienes así lo quieran.

Autor: Cristian Arias

 

La costumbre de la guerra

Costumbre guerra

Por: Cristian Arias

El mayor logro de la guerra en Colombia es el hábito de la guerra. Es el hecho de que la vida de muchos ciudadanos se ha acondicionado tanto a la estructura social y cultural que ésta ha cimentado, que el sólo hecho de pensar en la construcción de otras dimensiones posibles suele verse como una artimaña falsa, mentirosa, tanto más descabellada como escandalosa.  Y no hablo de quienes se nutren y viven de la guerra que sobradas razones tienen para que se mantenga y antes se fortalezca el conflicto armado. Me refiero a aquellos que la padecen, indirectamente en las grandes y medianas ciudades. Directamente en los pequeños municipios y en el campo.

Una sociedad amoldada en la cultura de la guerra suele ser reticente al cambio sobre todo porque la desborda el pesimismo y la incertidumbre, amén del miedo y la desesperanza, y porque al haber generado sus dinámicas históricas en medio de la confrontación armada, no logra dimensionar otras realidades posibles de desarrollo humano. En muchos casos lo desconocido se recibe con miedo, con desconfianza, se rechaza o se ataca.

Sin embargo, el problema no reside tanto en el hecho de que muchos ciudadanos piensen que salir del lodo del enfrentamiento armado sea imposible, como en su indisposición al menor sacrificio por aportar siquiera a la idea de la paz, porque se oponen a ella y porque no la desean. Además de la costumbre de la guerra, lo más lamentable que ha dejado el conflicto armado es el endurecimiento de los corazones.

Un corazón endurecido por la retórica de la guerra se inventa excusas para decir que la paz es un imposible en Colombia, que los bandidos y terroristas jamás cederán a sus pretensiones de tomarse el poder por las armas y que por lo tanto hay que responderles con la contundencia del fuego. Pero entonces, cuando observan avances concretos de reconciliación, disparan el halito del pesimismo para decir que en caso de darse acuerdos, éstos estarán necesariamente plagados de impunidad, de traición a la patria. Otros dirán que un posible acuerdo con los terroristas en nada hará cambiar el rumbo de las cosas, que todo seguirá igual y que la violencia continuará su curso como siempre, que se crearán otros odios que gestarán nuevos grupos armados y así hasta el infinito absurdo. Los que se han alimentado de la guerra infundirán entonces la consigna de que “Paz sí, pero no así”, porque para ellos lo que importa es el protagonismo de quien posee el poder político. Los que siguen a estos patrones del rencor creen entonces que importa más quién lidera el proceso de paz que el proceso en sí; pasan al plano del ataque personal hacia los líderes del proceso de paz, desconociendo o ignorando sus avances concretos, así como el apoyo absoluto del mundo entero a este hito histórico sin antecedentes en nuestro país.

El amoldamiento a la guerra y la aceptación de  continuar el conflicto armado por parte de un grueso enorme de la sociedad colombiana no significa necesariamente que se esté dispuesto a hacer sacrificios directos por la causa de la guerra. Porque está claro que un corazón endurecido por la retórica de la guerra es un corazón cobarde: defiende a todo nivel la continuidad del combate armado en Colombia, sea desde el extranjero o desde su posición social y económica privilegiada, sabiendo de antemano que estará exento de toda posibilidad real de empuñar un arma y adentrarse a morir en el fragor inclemente de la jungla. Sabe, desde su burbuja de bienestar, que son los campesinos, los hijos de madres humildes, los hijos de la Colombia marginalizada y empobrecida, los que pondrán sus vidas a la causa cada vez más absurda y enferma de “exterminar a los terroristas”. Un corazón que defiende que otros vayan a morir a una guerra insensata es un corazón enfermo que debe ponerse en tratamiento. Querer y desear la guerra corresponde a una de las manifestaciones más cobardes y aberrantes del ser humano.

Quienes conocemos acerca de los procesos históricos y sociales por los que ha  atravesado  Colombia en los últimos doscientos años, quienes hemos estudiado los fenómenos de violencia nacional y además hemos seguido este proceso de paz entre el Gobierno colombiano y las FARC, podemos llegar a comprender mejor la enorme trascendencia del fin de las FARC como grupo armado, cuyo accionar bélico ha dejado por décadas una estela de muerte y zozobra en todo el territorio nacional. Entendemos este proceso de paz como el comienzo de la ruta de una Colombia diferente, una Colombia que seguirá trazando el camino del acuerdo y el entendimiento en medio de las enormes diferencias entre todos, en vez de la tortuosa manigua de venganza y rencor.

Está claro que quienes rechazan la idea de la paz, no sólo no conocen de los procesos históricos y sociales por los que hemos atravesado al menos durante los últimos setenta años, sino que han dejado sentado, a través de sus alegatos insensatos y sus proclamas incendiarias, que no tienen la más remota idea del momento histórico por el que atraviesa Colombia a raíz de este proceso de paz. Como es tan largo y difícil educar para la paz, sólo les quiero dejar dos consignas elementales, que deberían ser incluidas en el próximo plan de lectoescritura de primer año de educación primaria:

Es mejor un país en paz que un país en guerra.

Es mejor intentar la reconciliación para construir una Colombia digna que continuar el combate sangriento para que Colombia siga siendo más miserable, más empobrecida y más embrutecida.

Entonces, el gran reto para una Colombia en paz consiste no sólo en lograr que los grupos violentos se desarmen. Más titánica es la tarea de desarmar los corazones del odio, del miedo, del pesimismo y la indiferencia. Creo que es posible. Creo que todos los colombianos podemos corresponder positivamente al ejemplo de las acciones concretas, más que a los discursos. Este ejemplo concreto del acuerdo logrado en La Habana el 23 de julio sobre el cese al fuego y las hostilidades de manera bilateral y definitiva y el desarrollo paulatino de todos los puntos acordados, hará posible la creación de nuevas condiciones para replantearnos nuestra cosmovisión de país; para pensar que sí se pueden alcanzar metas que creíamos imposibles. Sólo así comenzaremos a transitar los caminos de la otra Colombia: la Colombia en paz que jamás hemos conocido. Entonces lo habremos logrado.

La prostitución de policías y soldados desde la narrativa de Fernando Vallejo.

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Por: Cristian Arias

Encontré un extracto de la novela El fuego secreto de Fernando Vallejo donde se aprecian, desde la ficción, visos de prostitución homosexual al interior de las Fuerzas Armadas, un tema trajinado hoy día, pero tan antiguo como la costumbre de caminar erguidos los ejércitos más arcaicos. Los sucesos de esta autoficción ocurrieron posiblemente en 1960. El vejete Hernando, ex embajador de Colombia en la India ha prometido al joven protagonista regalarle un uniformado, cabalmente un sargento. Pero éste sugirió cambiar la oferta por un soldado raso o un cadete, por carne más fresca, lo cual fue aceptado sin ningún problema. Es más, su veterano amigo le prometió dos suculentos muchachos en vez de un curtido sargento, propuesta acertada y justa. Sin embargo, el trato no sería cumplido tal cual y el irascible joven cobraría su afrenta:

Prófugo del seminario pero, vive Dios, santo varón como no ha habido en el mundo otro igual, a Hernando me lo presentó el azar: a la entrada de un cine de la calle 54, cuando esperaba yo a otro viejo como él y él a otro muchacho como yo. Ni llegó el viejo ni llegó el muchacho, pero como las fallidas citas de los desconocidos las había arreglado por teléfono el destino, celestina sin par, él creyó que yo era el otro y yo creí que el otro era él, y acabamos por encontrarnos los dos. Con nerviosa prisa arregló una nueva cita para el sábado en su apartamento, y con la misma prisa me metió un billete nuevo de veinte pesos en el bolsillo de la camisa para que no le fuera a faltar. El cual al punto le devolví:

—Dinero no necesito: tengo ropa, comida y casa, y los libros los tomo de las librerías, donde hay de sobra: entro con dos y salgo con tres. Mejor me das un muchacho.

Abrió tamaños ojos ante mi precocidad viciosa, pero al punto se recobró y contestó encantado:

—¡Claro que sí! Te voy a dar un sargento.

—Un sargento es demasiado viejo, mejor un soldado.

—De acuerdo, pero no uno: dos.

Y se fue con esa generosidad apurada suya que regalaba en el aire, y ese temor de que el mundo entero se diera cuenta de que era como lo hizo su mamá o Dios. Me pareció justo y equitativo el trato: un sargento vale por dos soldados o dos cadetes, según de donde se vayan a tomar.

El apartamento estaba a oscuras, cerradas las persianas, las ventanas. Me abrieron, entré y caí de bruces tropezando con unas botas altas de militar. Alguien encendió una luz al final de un pasillo, en un cuarto: Hernando en calzoncillos y su floreciente barriga de prosperidad, mientras quien me había abierto regresaba de la puerta, desnudo, al cuarto, a la cama:

—El sargento que te prometí.

Una contrariedad infinita, una furia salida de madre y razón se me subía al cerebro, me enrojecía la cara, tez saludable ahora de cura o seminarista o de sacristán.

—Ve a servirle a este joven —mandó Hernando al policía— alguna copa, algún brebaje para que se sienta bien.

Me tomé de cuatro tragos media botella de ron y empecé a despotricar contra el Ejército. ¿Habríase visto en ese país de lacayos mayores zánganos, mayor abyección? Cada gobierno civil que llegaba, libremente elegido por nuestra soberana voluntad, consecuentándolos, a un paso cada día que amanecía del cuartelazo, del zarpazo avieso del burro con garras, con uniforme y la soberbia del pavo real.

—Y quítele usted las plumas al pavo real y la ropa a estos cabrones a ver qué queda: una gallina pelada, lo que ve usted aquí.

Hernando se iba poniendo lívido, y el sargento tratando de entender. Se iban abriendo paso las palabras mías por los laberintos tortuosos de su mente y al final algo entendió: que mi diatriba contra la institución revertía en insulto para él. Saltó desnudo sobre el desorden de su uniforme, tomó el revólver y de otro salto llegó hasta mí. Sentí el frío metálico del cañón en la sien y oí un clic precursor: lo que iba a salir luego era la bala. Giré entonces con lentitud la cabeza y el cañón quieto fue pasando de mi sien a la frente trazando una lenta raya de frialdad. Lo pude mirar entonces a los ojos: tenía los ojos negros oscuros, de un pantano, de un indio de Boyacá.

—De todos modos —le dije— aunque la vida mía termine aquí, la tuya no pasará de ser la de un tombo hijueputa.

«Hijueputa» lo entendió bien pero «tombo» no: tombo, como llamábamos los niños a la policía en Antioquia. Sólo que Antioquia no es Boyacá. Y esa pequeña sutileza de geografía lingüística hace que pueda seguir narrando ahora en primera persona la continuación, sin que le llegue a usted mi final falseado, en chismes y consejas y maledicencias de ajena mendicidad. ¿Tombo? El desconocido vocablo se fue abriendo paso dificultosamente por su cerebro de gusano, de vertebrado, de mamífero, de primate, de ser humano, en fin, hecho a imagen y semejanza de su Creador, y no lo entendió. Dilación que Hernando aprovechó para gritarle:

—¡No!

«¡No!» le gritó, como quien está acostumbrado a manejar perros, con monosílabos.

—No me vayas a manchar la alfombra de sangre que este apartamento no es mío, me lo prestó un general.

Sus palabras apaciguaron la onda cerebral electrizada como caricias sobre el lomo de un gato. Le pagó, se fue el sargento, y tras un instante de reproche mudo a mi insensatez y arrogancia, abrió la boca y dijo, palabras textuales:

—A las Fuerzas Armadas limítese a darles por el culo, pero no las insulte, porque en ellas descansa la soberanía de la patria.

Fernando Vallejo. El fuego Secreto.

Señores de las FARC: es mejor que no firmen la paz

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Por: Cristian Arias

Ha recomenzado la fiesta: el asesinato sistemático de los líderes de los movimientos sociales y de izquierda a quienes acribillan como guerrilleros y terroristas. El abrebocas de lo que vendrá si se firma el proceso de paz. Otro abrebocas pero a nivel del lenguaje es el estreno de Fernando Londoño como youtuber. Su mensaje es claro: legitimar ante la opinión pública toda acción posible para contrarrestar a las fuerzas “subversivas y terroristas”, que a su juicio se están apoderando del país.

Las diferentes bandas criminales ya comenzaron su accionar de “limpieza”, que incluirá desde congresistas hasta voceros, ediles y representantes de las comunas, líderes indígenas y campesinos, todos estos pertenecientes a la Marcha Patriótica y al Polo Democrático. Ni aún los animalistas están a salvo de las intimidaciones de muerte. Para los grupos paramilitares, en particular para las Águilas Negras, no hay distinción, no hay salvación: o se van de la ciudad y del país o se mueren. Comparto el fragmento de un panfleto enviado por el bloque Capital de las Águilas Negras a algunos líderes políticos de izquierda de Bogotá, mencionados con nombres propios:

A usted triplehijueputa y su parranda de malparidos milicianos, guerrilleros y defensores del terrorismo en Bogotá, gonorreas defensores de la impunidad, que están metidos en cuanta marcha y reunión organizan los comunistas de la marcha patriótica y el polo…vamos a sacarlos a plomo de la ciudad…van a ser los primeros que vamos a empacar en bolsas de basura…Tienen 24 horas para iirsen de las ciudad.

Otro fragmento de un pasquín, ahora dirigido a los líderes de las organizaciones defensoras de animales de Bogotá, mencionados con nombres propios, reza así:

A ustedes triple hijueputas y su parranda de maricas comunistas, animalistas, verganos y guerrilleros defensores del terrorismo en Colombia que están metidos en cuanta manifestación y reunión sale con los maricas de siempre…vamos a sacarlos a punta de plomo de Colombia…Colombia no puede seguir en manos de maricas que no saben que dicen y permiten que el comunismo se adueñe de la patria y ustedes partida de hijueputas serán los primeros que sacaremos en bolsas de basura o jugando futbol con sus cabezas.

Imagino que lo de “vergano” corresponde a la relación semántica entre vegetarianismo y homosexualidad…y pensar que hay tantos y tantos que sin ser asesinos piensan de igual modo.

Es la retórica de la muerte que ronda a Colombia y arrincona cualquier posibilidad de reconciliación. Así las cosas las FARC, que ya prevén ser la cena de los cocodrilos en los próximos años, difícilmente entregarán las armas. Y si las entregan correrán el riesgo de ser acribillados, uno por uno, así el gobierno les asegure y les jure que no será así; así pregone que las nueve poderosísimas bandas criminales que operan en el país – la nueva generación del paramilitarismo- no representan una amenaza a la seguridad nacional. Desde luego que no representan ninguna amenaza, puesto que en el imaginario político de la oligarquía colombiana este concepto solo cobra sentido cuando el objeto de tal peligro es la élite política, militar y empresarial del país. Si entregan las armas y comienza la carnicería, las FARC no tendrán otra opción que rearmarse y reiniciar un ciclo de confrontación armada. Y entonces volveremos a lo que ya sabemos que sucederá: al recrudecimiento de la violencia desde todos sus frentes y en todas sus formas posibles.

Por eso, señores de las FARC, mejor no entreguen sus armas. Al fin y al cabo el expresidente Álvaro Uribe, experto en desmovilizaciones, ha vaticinado de manera insistente que éste proceso de paz tal como va, desencadenará una nueva ola de violencia. Señores de las FARC: devuélvanse al monte. Así  todos quedarán tranquilos: Londoño y la élite uribista que lograrán su propósito de agudizar el discurso bélico contra toda posibilidad de movilidad social de los grupos y organizaciones sociales; los uribistas de base que respirarán aliviados porque ya no tendrán terroristas aspirando a los cargos públicos; los paramilitares que consolidarán y legitimarán su poder territorial ante la presencia de la guerrilla, reactivando sus métodos de exterminio; y las fuerzas militares que no sólo conservarán intactas sus estructuras armadas sino que encontrarán la oportunidad de legitimar sus acciones en aras de incrementar la guerra interna.

Pero no, no todos quedarán tranquilos. Será el deseo de la mitad de los colombianos para quienes la pesadilla del acuerdo de paz será sólo eso: una terrible pesadilla. Pero queda la otra mitad más uno de colombianos que soñamos con un país reconciliado. Para ellos, para nosotros, nos queda la esperanza de que el Estado garantice que no haya más sangre derramada luego de la firma de la paz. De lo contrario tendremos que soportar otro largo ciclo de violencia, otros cien años de soledad.