CÓMO SE SALVÓ WANG-FO. Cuento de viernes, por: Marguerite Yourcenar.

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El anciano pintor Wang-Fo y su discípulo Ling erraban a lo largo de los caminos del reino de Han.

Avanzaban lentamente ya que Wang-Fo se detenía en la noche para contemplar los astros y en el día para mirar a las libélulas. Iban poco cargados porque Wang-Fo prefería la imagen de las cosas a las propias cosas. Ningún objeto en el mundo le parecía digno de ser adquirido con excepción de pinceles, tarros de laca y tintas de china, rollos de seda y papel de arroz. Eran pobres porque Wang-Fo cambiaba sus pinturas por una ración de puré de mijo y despreciaba las piezas de plata. Su discípulo Ling, inclinado bajo el peso de una bolsa llena de apuntes, doblaba respetuosamente la espalda como si llevara la bóveda celeste, pues para él ese saco contenía montañas cubiertas de nieve, ríos en primavera y el rostro de la luna de verano.

Ling no había nacido para andar los caminos al lado de un viejo que poseía a la aurora y retrataba el crepúsculo. Su padre había sido comerciante en oro; su madre, la hija única de un mercader de jade que le heredó sus riquezas luego de maldecirla por no haber sido hombre. Ling creció en una casa donde la abundancia había eliminado los azares. Esta existencia cuidadosamente delineada lo había vuelto tímido: Ling temía a los insectos, al trueno y a la cara de los muertos. Cuando tuvo quince años su padre le escogió esposa. La tomó muy bella porque la idea de procurarle tanta felicidad a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad en que la noche sirve para dormir. La mujer de Ling era frágil como una caña, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda los padres de Ling llevaron la discreción hasta su propia muerte, y su hijo permaneció solo en la casa pintada de cinabrio en compañía de su joven mujer que siempre sonreía, y de un ciruelo que cada primavera daba flores rosas. Ling amó a esta mujer de corazón transparente como a un espejo que no se opaca, como un talismán que se lleva para siempre. Frecuentaba las casas de té para seguir la moda; favorecía discretamente a los acróbatas y a las bailarinas.

Una noche en una taberna tuvo de compañero de mesa a Wang-Fo. El anciano había bebido para poder pintar mejor a un borracho; su cabeza colgaba de lado como si tratara de medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz soltaba la lengua de este artesano taciturno, y durante aquella noche Wang habló como si el silencio fuera un muro y las palabras colores destinados ha habitarlo. Gracias a él, Ling conoció la belleza de las caras de los borrachos manchadas por el humo de las bebidas calientes, el brillo marrón de las carnes desigualmente acariciadas por los lengüetazos del fuego, y el exquisito rosado de las manchas de vino cubriendo los manteles como pétalos marchitos. Un ventarrón rompió la ventana, la tormenta entró en la habitación. Wang-Fo se inclinó para hacer admirar a Ling el pálido dibujo del relámpago y Ling, maravillado, dejó de temer a la tormenta.

Ling pagó la cuenta del viejo pintor. Como Wang-Fo no tenía dinero ni lugar para quedarse, él le ofreció humildemente albergue. Hicieron el camino juntos. Ling llevaba una linterna, su luz proyectaba en los charcos flamas extrañas. Aquella noche Ling aprendió con sorpresa que los muros de su casa no eran rojos como el creía, sino que tenían el color de una naranja a punto de podrirse. En el patio, Wang-Fo advirtió la delicada forma de un arbusto al que nadie había prestado atención y lo comparó con una joven mujer que deja secar sus cabellos. En el corredor siguió con deleite el tímido paseo de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror de Ling por estos animalillos se desvaneció por completo. Entonces, al comprender que Wang-Fo acababa de regalarle un alma y una nueva percepción, Ling acostó respetuosamente al viejo en la recámara donde su padre y su madre hacía mucho que habían muerto.

Desde mucho tiempo atrás Wang-Fo soñaba con hacer el retrato de una princesa antigua tocando el laúd a la sombra de un sauce. Ninguna mujer era lo bastante irreal para servir de modelo, pero Ling podía hacerlo porque no era mujer. Después Wang-Fo habló de pintar a un príncipe tirando el arco al pie de un gran cedro. Ningún joven de aquel tiempo era lo bastante irreal para servir de modelo, pero Ling hizo posar a su propia mujer bajo el ciruelo del jardín. En seguida, Wang-Fo la pintó con ropas de hada entre las nubes del anochecer, y la joven mujer lloró porque esto era presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que Wang Fo hacía de ella, su rostro se marchitaba como la flor expuesta al cálido viento o a las lluvias de verano. Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la faja que la estrangulaba flotaban confundidas con su cabellera; parecía aún más delgada que de costumbre, pura como las bellezas celebradas por los poetas de los viejos tiempos. Wang-Fo la pintó una última vez porque le gustaba ese tono verde con que se cubre la cara de los muertos. Su discípulo Ling mezclaba los colores y esta tarea exigía tanta aplicación que olvidó derramar lágrimas.

Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su fuente para procurar al Maestro tarros de pintura púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, la abandonaron y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fo estaba cansado de una ciudad donde las caras no tenían ya nada que enseñarle, ningún secreto de fealdad y de belleza, y el maestro y su discípulo vagabundearon juntos por los caminos del reino de Han.

Su reputación los precedía en los pueblos, en las castillos y bajo el atrio de los templos donde los nerviosos peregrinos se refugian al anochecer. Se decía que Wang-Fo tenía el poder de dar vida a sus pinturas por un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros venían a suplicarle que les pintara un perro guardián y los señores querían de él imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fo como un sabio, el pueblo lo temía como un brujo. Wang se alegraba de estas diferencias de opinión que le permitía estudiar a su alrededor expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.

Ling mendigaba la comida, velaba el sueño del Maestro y aprovechaba sus éxtasis para frotarle los pies. Cuando apenas comenzaba a amanecer y el viejo aún dormía, Ling salía a la busca de paisajes tímidos disimulados detrás de los cañaverales. Al atardecer, cuando el Maestro, desalentado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang estaba triste y hablaba de su larga edad. Ling le enseñaba sonriendo el sólido tronco de un viejo castaño; cuando Wang estaba feliz y decía chistes, Ling hacía humildemente como si lo escuchara.

Un día, cuando el Sol se estaba ocultando, llegaron a los suburbios de la ciudad imperial. Ling buscó para Wang-Fo un lugar donde pasar la noche. El anciano se arropó con unos andrajos y Ling se acostó contra él para calentarlo la primavera apenas había comenzado y el piso de tierra aplanada estaba todavía helado. Al alba, unos pasos enérgicos retumbaron en los corredores de la casa. Se escucharon los cobardes susurros del dueño y algunas órdenes gritadas insolentemente. Ling tembló al recordar que la víspera había robado un pastel de arroz para la cena del Maestro. Sin dudar de que venían a arrestarlo, se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fo a pasar el vado del río próximo.

Los soldados entraron con linternas. La luz filtrada a través del papel abigarrado daba tonalidades rojas o azules a sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba sobre sus hombros y los más feroces lanzaban de improviso bramidos sin razón. Pusieron pesadamente la mano sobre la nuca de Wang-Fo, quien no pudo dejar de observar que sus mangas no hacían juego con el color de los abrigos.

Sostenido por un discípulo, Wang-Fo siguió a los soldados tropezando por lo desigual de los caminos. Los curiosos reunidos se burlaban de esos dos criminales que llevaban sin duda a decapitar. A todas las preguntas de Wang los soldados respondían con un gesto amenazador. Sus manos atadas le dolían y Ling, desesperado, miraba a su Maestro sonriendo, lo que para él era una manera más tierna de llorar.

Al fin llegaron a las puertas del palacio imperial cuyos muros violetas se levantaban en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados hicieron pasar a Wang-Fo por innumerables salas cuadradas o circulares cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, el macho y la hembra, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas emitiendo una nota musical y su disposición era tal que al atravesar al palacio de este a poniente se recorría la escala tonal. Todo se concertaba para dar la idea de un poder y una sutileza sobre humanas; se sentía que las órdenes más insignificantes pronunciadas aquí deberían ser definitivas y terribles como la sabiduría de los ancestros. En fin, el aire se enrareció y el silencio se volvió tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina, los soldados temblaron como mujeres y el pequeño grupo entró en la sala donde reinaba el Hijo del Cielo.

Era una sala desprovista de muros, sostenida por gruesas columnas de piedra azul. Un jardín se desparramaba del otro lado de los fustes de mármol, y cada flor de esos bosquecillos pertenecía a una rara especie traída de más allá de los océanos. Pero ninguna tenía perfume por miedo a que la meditación del Dragón Celeste no fuera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que se bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior de las murallas e incluso se había alejado a las abejas. Un enorme muro se paraba al jardín del resto del mundo, a fin de que el viento que pasa sobre los cadáveres hinchados de los perros y los restos de los campos de batalla no pudiera rozar siquiera la manga del Emperador.

El Amo Celeste estaba sentado en un trono de jade. Sus manos estaban arrugadas como las de un abuelo a pesar de que apenas tenía veinte años. Su túnica era azul para recordar el invierno y verde para figurar la primavera. Su rostro era hermoso pero impasible, como un espejo colocado demasiado arriba que no reflejara sino los astros y el implacable cielo. Tenía a la derecha a su Ministro de Placeres Perfectos y a la izquierda a su Consejero de Justos Tormentos. Como sus cortesanos, parados al pie de las columnas, tendían la oreja para recoger hasta la más mínima palabra salida de sus labios, había tomado el hábito de hablar siempre en voz baja.

—Dragón Celeste—, dijo Wang-Fo arrodillado—, estoy viejo, soy pobre y débil. Tú eres como el verano, yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas, yo sólo tengo una que ya va a terminar. ¿Qué te he hecho? Me han amarrado las manos que jamás te han perjudicado.

—¿Me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fo? —dijo el Emperador.

Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha que los reflejos del pavimento de jade hacía aparecer glauca como una planta submarina, y Wang-Fo, maravillado por esos delgados y largos dedos, buscó entre sus recuerdos si no había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato mediocre que mereciera la muerte. Pero era poco probable pues Wang-Fo hasta ese día casi no había frecuentado la corte de los Emperadores prefiriendo las chozas de los granjeros, o en las ciudades, los rumbos de las prostitutas y las tabernas a lo largo de los muelles donde pelean los estibadores.

—¿Me preguntas qué daño me has hecho, viejo Wang-Fo —volvió a decir el Emperador, inclinando su cuello estrecho hacia el anciano que le escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno de otro no puede deslizarse en nosotros sino por nuestras nueve aberturas, para mostrate tus faltas debo recorrer contigo los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la recámara más secreta del palacio, porque creía que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a la vista de los profanos, en presencia de los cuales no pueden bajar los ojos. Es en esas salas que fui criado, viejo Wang-Fo, ya que se había dispuesto a mi alrededor la soledad para permitirme crecer ahí. Para evitar a mi candor la salpicadura de las almas humanas, me habían alejado de la marea agitada de mis futuros súbditos y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta por miedo a que la sombra de ese hombre o de esa mujer llegara hasta mi. Los pocos servidores viejos que se me habían otorgado se mostraban lo menos posible; las horas daban vuelta en círculo, los colores de tus pinturas se encendían con el alba y palidecían con el crepúsculo. En la noche, cuando no lograba conciliar el sueño, las miraba y durante cerca de diez años las he observado todas las noches. Durante el día, sentado sobre una alfombra de la que me sabía de memoria el dibujo, con mis manos vacías en mis rodillas de seda amarilla, soñaba con las alegrías que me guardaba el futuro. Me imaginaba el mundo, con el país de Han en medio, semejante a la llanura monótona y vacía de la mano que atraviesan las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor el mar, donde nacen los monstruos, y más lejos todavía las montañas, que soportan el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas estas cosas me servía de tus pinturas. Tú me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua desplegada de tus telas, tan azul que cuando una piedra se hunde en él no puede sino volverse zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como si fueran flores, parecidas a las criaturas que salen, impulsadas por el viento, en las avenidas de tus jardines; y que los jóvenes guerreros esbeltos que vigilan las fortalezas de las fronteras, eran ellos mismos flechas que podían traspasarte el corazón. Cuando tuve dieciséis años vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para contemplar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Ordené mi litera: sacudido por caminos de los que no imaginaba ni el barro ni las piedras, recorría las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres semejantes a luciérnagas, tus mujeres cuyo propio cuerpo es un jardín y una aurora. Los guijarros de las orillas me desilusionaron de los océanos; la sangre de los torturados es menos roja que la granada detenida en tus lienzos; la miseria de las aldeas me impide ver la hermosura de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna como la carne muerta que cuelga de los ganchos del carnicero y la gruesa carcajada de mis soldados me revuelve el corazón. Tú me has mentido, Wang-Fo, viejo impostor: el mundo no es sino un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, mojadas eternamente con nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más bello de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el cual vale la pena gobernar es donde tú penetras, viejo Wang, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. Tú eres el único que gobiernas en paz sobre montañas cubiertas con una nieve que nunca se funde y sobre campos de narciso que no pueden morir. Esta es la razón, Wang-Fo, por la que he buscado qué suplicio estaría reservado a ti, cuyos sortilegios me han desilusionado de lo que poseo y encendido el deseo de lo que nunca tendré. Y para encerrarte en la única celda de la que no puedas salir. He decidido que te quemen los ojos, porque tus ojos, Wang-Fo, son las dos puertas mágicas que se abren a tu reino. Y como tus manos son los dos caminos de diez senderos que te llevan al corazón de tu imperio, he decidido que te corten las manos. ¿Me has comprendido, viejo Wang-Fo?

Al escuchar esta sentencia el discípulo Ling arrancó de su cintura su cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo detuvieron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:

—Y también te odio, viejo Wang-Fo, porque has sabido hacerte amar. Maten a ese perro. —Ling dio un salto hacia adelante para evitar que su sangre manchara la ropa del Maestro. Uno de los soldados levantó su sable y la cabeza de Ling se desprendió de su cuello como cuando se corta una flor. Los sirvientes se llevaron sus restos, y Wang-Fo desesperado admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejara sobre el pavimento de piedra verde.

El Emperador hizo un gesto y dos eunucos secaron los ojos de Wang-Fo.

—Escucha, viejo Wang-Fo —dijo el Emperador—, y enjuga tus lágrimas porque no es éste el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer limpios a fin de que la poca luz que les queda no sea ahuyentada por tus sollozos. Ya que no sólo por rencor deseo tu muerte, no es sólo por crueldad que quiero verte sufrir. Tengo otros planes, viejo Wang-Fo. Poseo en mi colección de tus obras una pintura admirable donde las montañas, el estuario de los ríos y el mar se reflejan, infinitamente reducidos sin duda, pero con una evidencia que aventaja la de los propios objetos, como las figuras repetidas en las paredes de una esfera. Pero esta pintura no está terminada, Wang-Fo y tu obra maestra es apenas un borrador. Es evidente que en el momento en que pintabas, sentado en un valle solitario, observaste a un pájaro que pasaba o a un niño que perseguía a ese pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No terminaste ni las orillas del abrigo del mar ni la cabellera de algas de las rocas. Wang-Fo, quiero que dediques las horas de luz que te quedan a terminar esta pintura que en cerrará así los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No tengo ninguna duda de que tus manos, tan próximas a caer, no temblarán sobre la tela de seda y que la eternidad penetrará en tu obra por esos trazos desdichados. Y ninguna duda de que tus ojos, tan cerca de ser eliminados, descubrirán secretos en el límite de los sentidos humanos. Este es mi plan, viejo Wang-Fo, y puedo obligarte a cumplirlo. Si rehusas, antes de enceguecerte haré quemar todas tus obras y serás entonces como un padre al que le han matado los hijos y destruido las esperanzas de posteridad. Pero cree más bien, si quieres, que esta última orden no es sino consecuencia de mi bondad, pues yo sé que la tela es la única amante que jamás has acariciado. Y ofrecerte pinceles, colores y tinta para ocupar tus últimas horas, es conceder una ramera a un hombre condenado a muerte.

A un movimiento del meñique del Emperador, dos eunucos llevaron respetuosamente la pintura inacabada en la que Wang-Fo había trazado la imagen del mar y la del cielo. Wang-Fo secó sus lágrimas y sonrió, porque ese pequeño borrador le recordaba su juventud. Todo mostraba una frescura de alma a la que Wang-Fo ya no podría pretender, y sin embargo faltaba algo, porque en la época en que Wang la había pintado aún no había observado bastantes montañas, ni peñascos que bañaran en el mar sus flancos desnudos, tampoco había penetrado lo suficiente en la tristeza del crepúsculo. Wang-Fo escogió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender sobre el mar inacabado largos trazos azules. Un eunuco sentado a sus pies mezclaba los colores, pero lo hacia tan mal que Wang-Fo lamentó más que nunca la pérdida de su discípulo Ling.

Wang comenzó por pintar de rosa el extremo del ala de una nube posada sobre una montaña. Después añadió a la superficie del mar pequeñas arrugas que no hacían sino volver más profundo el sentimiento de su serenidad. El pavimento de jade se volvía singularmente húmedo. Pero Wang-Fo, absorbido en su pintura, no se daba cuenta de que trabajaba con los pies en el agua.

El frágil bote fortalecido bajo la mano del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. Un cadencioso golpe de remos se levantó de repente a la distancia, rápido y nerviosos como un batir de alas. El golpe se aproximó, llenó dulcemente toda la sala, por fin cesó y algunas gotas temblaron inmóviles, suspendidas en los remos del lanchero. Desde hacía tiempo el fierro rojo destinado a los ojos de Wang se había apagado sobre el brasero del verdugo. Con el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmóviles por la etiqueta, se levantaban sobre la punta de los pies. El agua alcanzó por fin el nivel del corazón imperial. El silencio era tan profundo que uno hubiera podido escuchar la caída de una lágrima.

Era Ling. Llevaba su vieja túnica de todos los días y su manga derecha aún tenía un desgarrón que no había podido reparar en la mañana antes de la llegada de los soldados. Pero ahora llevaba alrededor del cuello una extraña mascada roja.

Wang-Fo le dijo dulcemente sin dejar de pintar:

—Te creía muerto.

—Si usted seguía vivo —respondió—, ¿cómo hubiera podido morir?

Y ayudó al Maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba sobre el agua, de suerte que Ling parecía navegar en el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos del Emperador flotaba como una flor de loto.

—Mira, hijo mío, —dijo melancólicamente Wang-Fo—. Esos desdichados van a perecer si no es que ya están muertos. No me sospechaba que hubiera suficiente agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué hacer?

—No tema nada, Maestro —murmuró el discípulo—. Muy pronto estarán secos y no recordarán siquiera que sus mangas estuvieron mojadas. Sólo el Emperador guardará en el corazón un poco de amargura marina. Estas gentes no están hechas para perderse en el interior de una pintura.

Y añadió:

—El mar está tranquilo, el viento es bueno, los pájaros marinos hacen su nido. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.

—Partamos, —dijo el anciano pintor.

Wang-Fo tomó el timón y Ling se inclinó sobre los remos. La cadencia de su golpe llenó toda la sala, firme y regular como el ritmo de un corazón. El nivel del agua desminuía insensiblemente alrededor de los grandes peñascos verticales que volvían a convertirse en columnas. Pronto, uno que otro charco brillaba solitario en las de presiones del pavimento de jade. Los vestidos de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador guardaba algunos vellones de espuma en el filo de su capa.

El cuadro terminado por Wang-Fo estaba colocado contra un tapiz. Una barca ocupaba todo el primer plano. Se alejaba poco apoco dejando tras ella un estrecho surco que volvía a cerrarse sobre la superficie inmóvil. Ya no se distinguían los rostros de los dos hombres sentados en la barca, pero aún se podía ver la mascada roja de Ling, la barba de Wang-Fo flotaba al viento.

El golpe de los remos adelgazó; después desapareció obliterado por la distancia. El Emperador, inclinado hacia adelante, la mano sobre los ojos, miraba alejarse la barca de Wang y ya no era sino una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vapor dorado se elevó y se desplegó sobre el mar. En fin, la barca giró alrededor de un peñasco que cerraba la entrada de alta mar, la sombra de un acantilado cayó sobre ella. El surco se borró de la superficie desierta, y el pintor Wang-Fo y su discípulo Ling desaparecieron para siempre sobre este mar de jade azul que Wang-Fo acababa de inventar.

Marguerite Yourcenar.

 

 

 

 

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Cuento de viernes. Carta a una señorita en París.

Carta-a-una-señorita-de-parís

Julio Cortázar

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar… Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá… Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejito de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro… entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y… Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable… Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo… y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo… Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas… ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si… para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces… Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo… En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.

(De Bestiario)

Cuando Cristo salga de las escuelas Colombia será un país civilizado.

educación religiosa

El tema de la implementación de cambios estructurales en el ámbito escolar colombiano impulsada por el Ministerio de Educación para mejorar la convivencia y promover el respeto por las diferencias étnicas, ideológicas y sexuales, así como la polvareda levantada a raíz de la divulgación de información falsa y tergiversada alrededor del trabajo que el Ministerio viene adelantando en materia de educación sexual, ha servido como piedra de toque para evaluar el estado en el que se encuentra la sociedad colombiana en materia de educación y para conocer su nivel de respeto y tolerancia por las manifestaciones culturales, sexuales y étnicas de todos los grupos humanos que la componen.

Hasta ahora muchos pensadores, escritores e intelectuales que han analizado la coyuntura, han aportado ideas importantes para dar orientación y luz en un asunto de enorme trascendencia. Unos han basado su preocupación en la celeridad con la que se difunde la información a través de las redes sociales, resaltando el daño nefasto que puede ocasionar en una persona o en una entidad la reproducción masificada de información falseada con intenciones de tergiversar una realidad o simplemente de crear pánico y desorientación, que es precisamente lo que sucedió luego de que una opositora del gobierno afirmara en su cuenta de twitter que unas cartillas con contenido sexual se estaban repartiendo en colegios de la costa caribe, información que se regó como pólvora, junto a las imágenes del supuesto material, que en realidad correspondía a un comic del año 2006 escrito en inglés para público adulto de los Estados Unidos y cuyo autor es el ilustrador belga Tom Bouden. Aunque todo quedó desmentido, ya el daño estaba hecho.

Otro aspecto de explicación y análisis es aquel relacionado con la aclaración de la situación, es decir, con la orientación a cerca del trabajo que viene desarrollando el Ministerio de Educación en materia de lucha contra la discriminación y el matoneo escolar, lo cual es el centro del debate y no otro. En resumen, los directos responsables han explicado a través de los medios de comunicación que su tarea se desarrolla en cumplimiento de la sentencia T478 del 2015, mediante la cual la Corte Constitucional ordena al Ministerio de Educación Nacional implementar el Sistema Nacional de Convivencia Escolar y revisar de manera “extensiva e integral todos los manuales de convivencia en el país, para determinar que los mismos sean respetuosos de la orientación sexual y la identidad de género de los estudiantes y para que incorporen nuevas formas y alternativas para incentivar y fortalecer la convivencia escolar”. Uno de los productos finales de esta misión ha sido una guía de educación sexual realizada por expertos, pero que aún no ha sido aprobada por el Ministerio de Educación, titulada Guía Ambientes Escolares Libres de Discriminación.

Lo que vale rescatar de este apartado es el rechazo de muchos grupos sociales, religiosos y educativos a un material que desconocen por completo, a una metodología y a unos conocimientos científicos que ignoran. Y sin embargo han salido a protestar en contra de lo que ciegamente consideran dañino, destructor de los valores familiares, promotor de los intereses de la comunidad LGTBI y patrocinador de la homosexualidad. Todos repiten, siguiendo a sus líderes políticos y religiosos que han aprovechado este río revuelto, que continuarán en su lucha contra lo que han acuñado como la “educación de género” o la “ideología de género”. Marcela Sánchez, directora de Colombia Diversa, explica cómo algunas personas han acuñado estas expresiones con el fin de descalificar una corriente metodológica y teórica que ha servido para entender las relaciones de poder entre hombre y mujeres en diferentes ámbitos “y  que los estudios académicos feministas se han encargado de documentar de manera muy sistemática y seria.

Otro tema que se ha mencionado va mucho más al fondo del asunto en cuestión, y es específicamente el que se refiere a las orientaciones sexuales de los seres humanos, aspecto crucial y álgido, puesto que del conocimiento de las realidades biológicas y sociales depende que avancemos por la vía de la educación para el respeto y la aceptación de los otros. A este respecto algunos líderes de opinión e intelectuales han aportado su punto de vista para clarificar asuntos cruciales como el de la homosexualidad. El escritor Héctor Abad Faciolince ha querido denunciar la ignorancia manifiesta en aquellos que atacan los intentos por educar sobre la diversidad sexual y por garantizar, desde el ámbito escolar, los derechos de quienes poseen otras orientaciones sexuales diferentes a la dominante. Enfrentando la enorme bruma de desconocimiento que inunda las mentes y los corazones de tanto indignado por la defensa de la causa LGTBI y de los derechos de los homosexuales, ha divulgado un video en el que explica que la condición homosexual es una condición biológica, como lo es la de nacer con la piel morena, o zurdo o rubio. Aclara el escritor que entre el 5 y el 10% de los seres humanos en todas las culturas nacen con inclinaciones homosexuales, así que son completamente mentirosos o ignorantes los que divulgan la idea de que es posible educar a un niño para ser gay, de la misma manera que a nadie se le enseña para ser blanco o negro. El poeta Mario Jursich Durán ha publicado en Facebook una información que reafirma lo anterior:

“La orientación sexual no se “enseña”. Es un determinismo biológico y, como tal, resulta imposible de cambiar. Si usted, padre o madre de familia, está convencido de que los niños y las niñas “aprenden” en la casa cuál es el comportamiento sexual correcto, es porque lo ignora todo sobre la vida humana. Ni la homosexualidad ni la heterosexualidad son gustos adquiridos: vienen fatalmente en nuestros genes. Ningún colegio, ninguna cartilla, puede modificar lo que ya es innato en nosotros. Quien diga lo contrario, miente como una cacatúa.

Si retomamos estos tres aspectos, podríamos apreciar un asunto en común, el de lo educativo, que podemos vislumbrar desde tres perspectivas. Por un lado, está claro cómo un grueso importante de la ciudadanía ignora lo más elemental acerca de la condición humana, en este caso acerca de la sexualidad de los seres humanos y del reino animal en general. Si la gente leyera más, sería más comprensiva porque sabría de las diferentes manifestaciones en la dimensión biológica de los animales y los seres humanos, y le sería más fácil entender por qué actuamos sexualmente unos de una manera y otros de otra.

La otra perspectiva de lo educativo se aprecia en la falta de discernimiento propio, de raciocinio individual para determinar la información que se recibe. Simplemente, ante un estímulo se activa un comportamiento en el inconsciente colectivo, como se ha apreciado con la información falseada que muchos ciudadanos aceptaron y compartieron como verdades irrefutables. Sencillamente para muchos resulta más fácil aceptar y compartir una mentira que investigar, indagar, leer y dudar. Si la gente fuese más crítica, más rigurosa, si indagara y analizara la información que recibe a diario, no caería en el error de tragar entero y tendría la madurez de rechazar una información mentirosa, aún en contra de sus intereses, de sus creencias religiosas o de sus preceptos morales. Indignarse ciegamente y hacer circular información sin saber siquiera si es verídica, es una manifestación clara de ignorancia ciudadana.

Esto me permite acercarme a la tercera perspectiva de lo educativo: la manipulación de los entes de poder hacia los ciudadanos. Un ciudadano que no lee, que no se educa y que acepta cualquier información como verdad inapelable, es presa fácil de los fundamentalistas políticos y religiosos que quieren acapararlo todo.

Es enorme la cantidad de líderes de iglesias cristianas que se han subido al tren del poder político, y que a través de sus organizaciones bloquean muchos intentos democráticos y laicos para promover la igualdad y los derechos humanos, sólo porque en muchos casos los principios de las libertades individuales y los valores ciudadanos no compaginan con sus interés ni con sus preceptos morales, adelantando campañas de rechazo y desprestigio que llevan a cabo utilizando su caudal político que es a su vez su rebaño fiel y devoto. El mismo rebaño que desborda estadios en las enormes jornadas de adoración, es aquel que rebosa las calles en protesta por lo que ciegamente considera pecaminoso, desviado, enfermizo y asqueroso, sin saber en la mayoría de los casos qué es lo que realmente está rechazando. Sólo siguen al flautista de Hamelín.

No es casualidad que sean precisamente aquellos que están en contra del proceso de paz, los mismos que se han manifestado en contra de las reformas educativas del Ministerio de Educación y los mismos que se han ubicado del lado del partido político de la ultraderecha que quiere oponerse a todo intento de reconciliación e integración ciudadana.

Una sociedad cuyos ciudadanos pretenden anteponer los preceptos religiosos a los principios democráticos conquistados por la humanidad a lo largo de siglos de lucha en favor de la igualdad, la justicia y los derechos humanos y que en vez de sustentar sus argumentos y paradigmas en la lógica racional de la ciencia, la investigación académica, el debate crítico y el sentido común, lo hace partiendo de preceptos maniqueos de la religión que profesa, es una sociedad abocada al ostracismo de la barbarie, del atraso moral y material, como aquel en el que han caído los países cuyos gobiernos se sustentan en un fundamentalismo mesiánico.

Una sociedad civilizada es aquella que se ha desarrollado al margen de los paradigmas religiosos y de los lineamientos de la fe y la devoción. La historia y la realidad política y social nos enseñan cuan violentas son las sociedades y los gobiernos cuando son dirigidos en nombre de su Dios o de su mesías. En esa misma vía, nos enseñan cuan adelantadas y pacíficas son las sociedades cuyos gobiernos se basan en el fortalecimiento y el respeto de la diversidad religiosa, cultural y sexual. Una sociedad civilizada es aquella en la que caben todos los cultos y creencias y donde se goza de la manifestación libre de la diversidad sexual. Una sociedad civilizada es aquella donde la fe religiosa corresponde al ámbito individual, al fuero personal de cada quien. Una sociedad civilizada es una sociedad plural donde no se pretende imponer bajo ninguna circunstancia una sola ética ni una única cosmovisión de mundo.

El día en que el devocionario cristiano salga por completo del debate público, del discurso político, de la educación escolar,  y no estropee los intentos laicos por lograr una sociedad mejor, más incluyente y respetuosa de la diversidad, ese día Colombia será un país mejor, una democracia de verdad.

El día en que los líderes religiosos y políticos dejen de manipular a sus ciudadanos utilizando los preceptos de la fe católica y protestante para lograr sus fines ideológicos, políticos y económicos, y renuncien a sus pretensiones de devolvernos a una educación devocional en aras de una única cosmovisión de mundo a la que llaman la verdad, ese día Colombia será una democracia de verdad.

El día en que Colombia sea verdaderamente una nación multicultural, abierta y tolerante, que celebre la diversidad de cultos y de pensamiento y que reconozca la abundancia multiétnica como un rasgo definitorio de su identidad nacional, será el día en que todos sus ciudadanos podrán expresar y compartir sus creencias, tradiciones y hábitos sin el miedo a la violencia, al rechazo y a la estigmatización.

Por ahora Colombia seguirá siendo un paisito del tercer mundo, con ínfulas de pasar al cuarto, en razón de su precariedad moral. Para comenzar a revertir esto, es preciso comenzar por sacar a Cristo de la escuela, del colegio, del Concejo, de la Asamblea, del Congreso y que se quede solamente en las iglesias y en los corazones de quienes así lo quieran.

Autor: Cristian Arias

 

La costumbre de la guerra

Costumbre guerra

Por: Cristian Arias

El mayor logro de la guerra en Colombia es el hábito de la guerra. Es el hecho de que la vida de muchos ciudadanos se ha acondicionado tanto a la estructura social y cultural que ésta ha cimentado, que el sólo hecho de pensar en la construcción de otras dimensiones posibles suele verse como una artimaña falsa, mentirosa, tanto más descabellada como escandalosa.  Y no hablo de quienes se nutren y viven de la guerra que sobradas razones tienen para que se mantenga y antes se fortalezca el conflicto armado. Me refiero a aquellos que la padecen, indirectamente en las grandes y medianas ciudades. Directamente en los pequeños municipios y en el campo.

Una sociedad amoldada en la cultura de la guerra suele ser reticente al cambio sobre todo porque la desborda el pesimismo y la incertidumbre, amén del miedo y la desesperanza, y porque al haber generado sus dinámicas históricas en medio de la confrontación armada, no logra dimensionar otras realidades posibles de desarrollo humano. En muchos casos lo desconocido se recibe con miedo, con desconfianza, se rechaza o se ataca.

Sin embargo, el problema no reside tanto en el hecho de que muchos ciudadanos piensen que salir del lodo del enfrentamiento armado sea imposible, como en su indisposición al menor sacrificio por aportar siquiera a la idea de la paz, porque se oponen a ella y porque no la desean. Además de la costumbre de la guerra, lo más lamentable que ha dejado el conflicto armado es el endurecimiento de los corazones.

Un corazón endurecido por la retórica de la guerra se inventa excusas para decir que la paz es un imposible en Colombia, que los bandidos y terroristas jamás cederán a sus pretensiones de tomarse el poder por las armas y que por lo tanto hay que responderles con la contundencia del fuego. Pero entonces, cuando observan avances concretos de reconciliación, disparan el halito del pesimismo para decir que en caso de darse acuerdos, éstos estarán necesariamente plagados de impunidad, de traición a la patria. Otros dirán que un posible acuerdo con los terroristas en nada hará cambiar el rumbo de las cosas, que todo seguirá igual y que la violencia continuará su curso como siempre, que se crearán otros odios que gestarán nuevos grupos armados y así hasta el infinito absurdo. Los que se han alimentado de la guerra infundirán entonces la consigna de que “Paz sí, pero no así”, porque para ellos lo que importa es el protagonismo de quien posee el poder político. Los que siguen a estos patrones del rencor creen entonces que importa más quién lidera el proceso de paz que el proceso en sí; pasan al plano del ataque personal hacia los líderes del proceso de paz, desconociendo o ignorando sus avances concretos, así como el apoyo absoluto del mundo entero a este hito histórico sin antecedentes en nuestro país.

El amoldamiento a la guerra y la aceptación de  continuar el conflicto armado por parte de un grueso enorme de la sociedad colombiana no significa necesariamente que se esté dispuesto a hacer sacrificios directos por la causa de la guerra. Porque está claro que un corazón endurecido por la retórica de la guerra es un corazón cobarde: defiende a todo nivel la continuidad del combate armado en Colombia, sea desde el extranjero o desde su posición social y económica privilegiada, sabiendo de antemano que estará exento de toda posibilidad real de empuñar un arma y adentrarse a morir en el fragor inclemente de la jungla. Sabe, desde su burbuja de bienestar, que son los campesinos, los hijos de madres humildes, los hijos de la Colombia marginalizada y empobrecida, los que pondrán sus vidas a la causa cada vez más absurda y enferma de “exterminar a los terroristas”. Un corazón que defiende que otros vayan a morir a una guerra insensata es un corazón enfermo que debe ponerse en tratamiento. Querer y desear la guerra corresponde a una de las manifestaciones más cobardes y aberrantes del ser humano.

Quienes conocemos acerca de los procesos históricos y sociales por los que ha  atravesado  Colombia en los últimos doscientos años, quienes hemos estudiado los fenómenos de violencia nacional y además hemos seguido este proceso de paz entre el Gobierno colombiano y las FARC, podemos llegar a comprender mejor la enorme trascendencia del fin de las FARC como grupo armado, cuyo accionar bélico ha dejado por décadas una estela de muerte y zozobra en todo el territorio nacional. Entendemos este proceso de paz como el comienzo de la ruta de una Colombia diferente, una Colombia que seguirá trazando el camino del acuerdo y el entendimiento en medio de las enormes diferencias entre todos, en vez de la tortuosa manigua de venganza y rencor.

Está claro que quienes rechazan la idea de la paz, no sólo no conocen de los procesos históricos y sociales por los que hemos atravesado al menos durante los últimos setenta años, sino que han dejado sentado, a través de sus alegatos insensatos y sus proclamas incendiarias, que no tienen la más remota idea del momento histórico por el que atraviesa Colombia a raíz de este proceso de paz. Como es tan largo y difícil educar para la paz, sólo les quiero dejar dos consignas elementales, que deberían ser incluidas en el próximo plan de lectoescritura de primer año de educación primaria:

Es mejor un país en paz que un país en guerra.

Es mejor intentar la reconciliación para construir una Colombia digna que continuar el combate sangriento para que Colombia siga siendo más miserable, más empobrecida y más embrutecida.

Entonces, el gran reto para una Colombia en paz consiste no sólo en lograr que los grupos violentos se desarmen. Más titánica es la tarea de desarmar los corazones del odio, del miedo, del pesimismo y la indiferencia. Creo que es posible. Creo que todos los colombianos podemos corresponder positivamente al ejemplo de las acciones concretas, más que a los discursos. Este ejemplo concreto del acuerdo logrado en La Habana el 23 de julio sobre el cese al fuego y las hostilidades de manera bilateral y definitiva y el desarrollo paulatino de todos los puntos acordados, hará posible la creación de nuevas condiciones para replantearnos nuestra cosmovisión de país; para pensar que sí se pueden alcanzar metas que creíamos imposibles. Sólo así comenzaremos a transitar los caminos de la otra Colombia: la Colombia en paz que jamás hemos conocido. Entonces lo habremos logrado.

¿Ya leíste Don Quijote? Último comentario. Caps. 66 a 74.

 

Muerte-Quijote

Por Cristian Arias

Don Quijote ya no es caballero andante; acaba de partir de camino como escudero pedestre y todas aquellas aventuras en las que salió derrotado, no por falta de valor o cobardía sino en razón a su mala fortuna, son todas asunto del pasado. Está comenzando a reflexionar, a pensar en que a veces la voluntad, arropada en la presunción ciega confundida con valentía, puede traer desventuras como el acabose que viene de protagonizar. Es entonces consciente de ser artífice de su propia ventura, la de la derrota merecida. Pero de todo este duelo humano queda la plena satisfacción de que, aunque siendo atrevido y osado, ha perdido la honra pero no la virtud. ¿Y cómo se manifiesta esta virtud? En el cumplimiento de la palabra. La dignidad de don Quijote no ha caído; se mantiene incólume por la seguridad de la palabra, del valor de la promesa dada. Pero es lo único que le queda para vivir. El resto, los hechos construidos a fuerza de su brazo, aquellas estampas contundentes que lo han inmortalizado, han muerto. Aunque con la certeza de que resucitarán de sus cenizas como el Ave Fénix, y volverá al nunca olvidado ejercicio de las armas.

Por ahora se reconfortará con la idea de una nueva vida como pastor, en medio de la tranquilidad de la naturaleza viva, de amores, cantos, llantos y poemas, como una nueva manera de alcanzar la gloria y la fama en el presente y en el futuro. Don Quijote sigue pensando en su gloria y Sancho lo secunda, añadiéndole a la cofradía nuevos miembros, el cura, el barbero y el bachiller. Junto a las dueñas de los amores de cada uno, todo sería un nuevo paraíso en la tierra.

En este contexto de derrota, vemos por primera vez a don Quijote buscando por la fuerza obligar a Sancho que se azote. Pero no lo logra. Luego, rogará este favor pero será inútil. Sancho no está dispuesto por ahora a hacer sacrificios ajenos. Las pisoteadas de los cerdos fueron un simbólico mensaje para don Quijote, el resultado ineludible de su destino, el merecimiento de su derrota, de su caída, de la cual no se podrá levantar. Y es que es una doble derrota: la del enfrentamiento con el caballero de la Blanca Luna y la del encantamiento de Dulcinea, siendo ésta última la más devastadora teniendo en cuenta que no está es su ámbito de dominio poder solucionar.

Vemos en seguida, la dupla: dormir y pensar: don quijote se quedará despierto imbuido en sus pensamientos, en la meditación, en lo trascendental; Sancho prefiere seguir durmiendo, satisfacer ese placer físico, necesario para seguir existiendo. Para Don Quijote no es posible la existencia sin el pensamiento. Por eso se alimenta de ideas, de especulaciones, de lamentos existenciales que desfoga en un madrigal recién compuesto en la memoria.

Otro aspecto importante del final de esta historia lo evidenciamos en la segunda llegada de nuestros personajes al castillo de los duques. Allí tiene Sancho que pasar una segunda prueba física para resucitar a la bella Altisidora, muerta por el desamor de don Quijote. Al parecer, para curar, sanar y revivir, como para desencantar, la única prueba consiste en el dolor físico. El espíritu, como en los suplicios de la inquisición, es el que debe pasar por un estado de purificación a través del dolor de la carne. Pero en este caso el cuerpo físico de quien debe ser purificado mediante el suplicio se extrapola en el de otro ser: en Sancho. Es Sancho lo material, lo físico, la cárcel del alma de don Quijote. Por tanto, es él quien debe ahora recibir el suplicio físico por la crueldad de don Quijote, como los tres mil trescientos azotes que deberá recibir si quiere que Dulcinea sea desencantada. La locura de los duques es la locura de los inquisidores que expurgan a través del dolor del cuerpo.

La enorme melancolía y tristeza crecientes producto de la derrota recibida en batalla, pero sobre todo de no poder presenciar a su Dulcinea, han llevado a don Quijote al final de sus días. Todos constataron que verdaderamente se moría al verlo retornar a la cordura, y la única forma en que podía seguir vivo era en la locura que nadie le aceptaba la cual consistía en el poder de su voluntad, de su brazo y de su valor. Pero esto ya había desaparecido. Sancho fue el único que logró comprender esto muy bien cuando dijo, a modo de contradictorio reproche, a quien consideraba la mitad de su vida:

“…no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía.”

¿Ya leíste Don Quijote? Comentario a los caps. 56 a 65

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Por Cristian Arias

Ambos, amo y escudero salen liberados. Don Quijote libre de Altisidora se va a encaminar en ciertas divagaciones sentimentales al recordar el encantamiento de su Dulcinea y la poca voluntad de Sancho de liberarla. Sancho volverá a su verborrea de refranes. Viene la suave aventura de las pinturas de los santos, la de los toros y las falsas pastoras; pero la trascendencia de estos capítulos estriba en el conocimiento que don Quijote tiene de la supuesta segunda parte del Quijote de la Mancha, libro que acomete con el más grave de los atrevimientos al pintar a don Quijote desenamorado de Dulcinea. Al saber además que en este necio y torpe libro nuestros héroes parten hacia Zaragoza, toma la decisión de cambiar el itinerario:

“— Por el mismo caso —respondió don Quijote—, no pondré los pies en Zaragoza, y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y echarán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice.”

Vemos pues que ya no es el narrador quien reclama su lugar; es el propio personaje quien se rebela ante la falsa historia. Con eso, el apócrifo queda despachado, desautorizado. Quién mejor que el propio don Quijote para hacerlo. La decisión ahora es salir para Barcelona y así lo hacen.

Lo esencial de la llegada a Barcelona es la derrota de don Quijote; no sólo aquella infringida por Sansón Carrasco que lo ha obligado a regresarse desarmado a su pueblo, sino la derrota impotente de no poder desencantar a la musa de sus pensamientos, misión que no recae en su voluntad sino en la de Sancho. Volvemos a presenciar a un Quijote melancólico que no tiene rumbo si su amada no está completa. Así se va sólo con la única victoria de mantener su palabra de que Dulcinea es la más hermosa mujer del mundo. Y otra victoria anexa: la de haber mandado al demonio al Quijote apócrifo.

¿Ya leíste Don Quijote? Comentario a los caps. 43 a 55

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Por: Cristian Arias

En una narración alternada entre el gobierno de Sancho en la ínsula de Barataria y la vida de don Quijote en el castillo de los duques, discurre el río de estos capítulos. Antes de su partida, Sancho debe atender los consejos de su amo; ya vimos los del alma, ahora vienen aquellos que adornan el cuerpo. Don Quijote exhorta a su escudero a asearse, a cortarse las uñas, a estar bien vestido, a no comer ajos ni cebollas, a andar despacio, a hablar con reposo, a comer poco, a no eructar, a no mezclar la práctica con los refranes, a llevar un sueño moderado; en fin, a ser el ideal de su amo. Y con todo, la fe en su fiel escudero está por el suelo: un costal lleno de refranes y de malicia no podrá hacer gran cosa.

Con una moral más bien baja, pero con la simpleza de corresponder al sentido común, entra Sancho a la ínsula recibido con gran algazara por el pueblo. Todo su desenvolvimiento se resume en vencer los desafíos interpuestos por los diseñadores del plan burlesco, los cuales incluyeron pruebas sicológicas y fisiológicas. De todas las primeras logró salir tan bien librado que su desempeño al tomar las más acertadas y prácticas decisiones deslumbró a cuantos quisieron disfrutar de su sandez. A más de su impactante sabiduría, Sancho asume un discurso cada vez más refinado y lúcido, todo lo cual redunda en una reputación inesperada que llegó a oídos de los duques y de su amo. Su gran suplicio físico fue vivido a causa de la dieta impuesta por su médico, la que sería perdonada a fuerza de su sabiduría. Y así, saciado su estómago emprende con mayor ímpetu su proyecto político guiado por el espíritu quijotesco. Con este mismo empeño saldrá en comitiva a impartir justicia. La solución al caso del ahorcamiento del joven es el mejor ejemplo: “…cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la misericordia”. En resolución, dice Cide Hamete Benengeli, “él ordenó cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.” Al final, el último suplicio, mezcla de psicológico y físico, lo obliga a partir de allí. Sale ensombrecido pero al mismo tiempo feliz de estar nuevamente junto a su rucio y de ir en la busca de su amo, “cuya compañía le agradaba más que ser gobernador de todas las ínsulas del mundo”.

Mientras tanto, don Quijote va sufriendo la terrible soledad de tener lejos a su fiel escudero, a la vez que debe defenderse de los liberales ofrecimiento de la indiscreta doncella Altisidora, quien se finge enamorada del Caballero de los Leones. Es de rescatar el enorme  celo que guarda don Quijote ante los intentos de las mujeres por pretenderlo. Como la más preciosa y custodiada virgen, nuestro caballero no quiere ver perjudicada su fidelidad a Dulcinea. Esto se lo hace saber a la dueña ante la cual se cubrió el cuerpo completamente y sólo dejó en descubierto el rostro. A estos quebrantos psicológicos, los acompañan los físicos como la embestida de un gato que por poco le arranca la piel del rostro o los pellizcos de sus propias adoradoras. Pero ya sabemos que son bromas; sólo bromas. Como casi siempre, el confesor, el purificador, termina pagando los platos rotos.