CÓMO SE SALVÓ WANG-FO. Cuento de viernes, por: Marguerite Yourcenar.

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El anciano pintor Wang-Fo y su discípulo Ling erraban a lo largo de los caminos del reino de Han.

Avanzaban lentamente ya que Wang-Fo se detenía en la noche para contemplar los astros y en el día para mirar a las libélulas. Iban poco cargados porque Wang-Fo prefería la imagen de las cosas a las propias cosas. Ningún objeto en el mundo le parecía digno de ser adquirido con excepción de pinceles, tarros de laca y tintas de china, rollos de seda y papel de arroz. Eran pobres porque Wang-Fo cambiaba sus pinturas por una ración de puré de mijo y despreciaba las piezas de plata. Su discípulo Ling, inclinado bajo el peso de una bolsa llena de apuntes, doblaba respetuosamente la espalda como si llevara la bóveda celeste, pues para él ese saco contenía montañas cubiertas de nieve, ríos en primavera y el rostro de la luna de verano.

Ling no había nacido para andar los caminos al lado de un viejo que poseía a la aurora y retrataba el crepúsculo. Su padre había sido comerciante en oro; su madre, la hija única de un mercader de jade que le heredó sus riquezas luego de maldecirla por no haber sido hombre. Ling creció en una casa donde la abundancia había eliminado los azares. Esta existencia cuidadosamente delineada lo había vuelto tímido: Ling temía a los insectos, al trueno y a la cara de los muertos. Cuando tuvo quince años su padre le escogió esposa. La tomó muy bella porque la idea de procurarle tanta felicidad a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad en que la noche sirve para dormir. La mujer de Ling era frágil como una caña, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda los padres de Ling llevaron la discreción hasta su propia muerte, y su hijo permaneció solo en la casa pintada de cinabrio en compañía de su joven mujer que siempre sonreía, y de un ciruelo que cada primavera daba flores rosas. Ling amó a esta mujer de corazón transparente como a un espejo que no se opaca, como un talismán que se lleva para siempre. Frecuentaba las casas de té para seguir la moda; favorecía discretamente a los acróbatas y a las bailarinas.

Una noche en una taberna tuvo de compañero de mesa a Wang-Fo. El anciano había bebido para poder pintar mejor a un borracho; su cabeza colgaba de lado como si tratara de medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz soltaba la lengua de este artesano taciturno, y durante aquella noche Wang habló como si el silencio fuera un muro y las palabras colores destinados ha habitarlo. Gracias a él, Ling conoció la belleza de las caras de los borrachos manchadas por el humo de las bebidas calientes, el brillo marrón de las carnes desigualmente acariciadas por los lengüetazos del fuego, y el exquisito rosado de las manchas de vino cubriendo los manteles como pétalos marchitos. Un ventarrón rompió la ventana, la tormenta entró en la habitación. Wang-Fo se inclinó para hacer admirar a Ling el pálido dibujo del relámpago y Ling, maravillado, dejó de temer a la tormenta.

Ling pagó la cuenta del viejo pintor. Como Wang-Fo no tenía dinero ni lugar para quedarse, él le ofreció humildemente albergue. Hicieron el camino juntos. Ling llevaba una linterna, su luz proyectaba en los charcos flamas extrañas. Aquella noche Ling aprendió con sorpresa que los muros de su casa no eran rojos como el creía, sino que tenían el color de una naranja a punto de podrirse. En el patio, Wang-Fo advirtió la delicada forma de un arbusto al que nadie había prestado atención y lo comparó con una joven mujer que deja secar sus cabellos. En el corredor siguió con deleite el tímido paseo de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror de Ling por estos animalillos se desvaneció por completo. Entonces, al comprender que Wang-Fo acababa de regalarle un alma y una nueva percepción, Ling acostó respetuosamente al viejo en la recámara donde su padre y su madre hacía mucho que habían muerto.

Desde mucho tiempo atrás Wang-Fo soñaba con hacer el retrato de una princesa antigua tocando el laúd a la sombra de un sauce. Ninguna mujer era lo bastante irreal para servir de modelo, pero Ling podía hacerlo porque no era mujer. Después Wang-Fo habló de pintar a un príncipe tirando el arco al pie de un gran cedro. Ningún joven de aquel tiempo era lo bastante irreal para servir de modelo, pero Ling hizo posar a su propia mujer bajo el ciruelo del jardín. En seguida, Wang-Fo la pintó con ropas de hada entre las nubes del anochecer, y la joven mujer lloró porque esto era presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que Wang Fo hacía de ella, su rostro se marchitaba como la flor expuesta al cálido viento o a las lluvias de verano. Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la faja que la estrangulaba flotaban confundidas con su cabellera; parecía aún más delgada que de costumbre, pura como las bellezas celebradas por los poetas de los viejos tiempos. Wang-Fo la pintó una última vez porque le gustaba ese tono verde con que se cubre la cara de los muertos. Su discípulo Ling mezclaba los colores y esta tarea exigía tanta aplicación que olvidó derramar lágrimas.

Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su fuente para procurar al Maestro tarros de pintura púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, la abandonaron y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fo estaba cansado de una ciudad donde las caras no tenían ya nada que enseñarle, ningún secreto de fealdad y de belleza, y el maestro y su discípulo vagabundearon juntos por los caminos del reino de Han.

Su reputación los precedía en los pueblos, en las castillos y bajo el atrio de los templos donde los nerviosos peregrinos se refugian al anochecer. Se decía que Wang-Fo tenía el poder de dar vida a sus pinturas por un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros venían a suplicarle que les pintara un perro guardián y los señores querían de él imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fo como un sabio, el pueblo lo temía como un brujo. Wang se alegraba de estas diferencias de opinión que le permitía estudiar a su alrededor expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.

Ling mendigaba la comida, velaba el sueño del Maestro y aprovechaba sus éxtasis para frotarle los pies. Cuando apenas comenzaba a amanecer y el viejo aún dormía, Ling salía a la busca de paisajes tímidos disimulados detrás de los cañaverales. Al atardecer, cuando el Maestro, desalentado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang estaba triste y hablaba de su larga edad. Ling le enseñaba sonriendo el sólido tronco de un viejo castaño; cuando Wang estaba feliz y decía chistes, Ling hacía humildemente como si lo escuchara.

Un día, cuando el Sol se estaba ocultando, llegaron a los suburbios de la ciudad imperial. Ling buscó para Wang-Fo un lugar donde pasar la noche. El anciano se arropó con unos andrajos y Ling se acostó contra él para calentarlo la primavera apenas había comenzado y el piso de tierra aplanada estaba todavía helado. Al alba, unos pasos enérgicos retumbaron en los corredores de la casa. Se escucharon los cobardes susurros del dueño y algunas órdenes gritadas insolentemente. Ling tembló al recordar que la víspera había robado un pastel de arroz para la cena del Maestro. Sin dudar de que venían a arrestarlo, se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fo a pasar el vado del río próximo.

Los soldados entraron con linternas. La luz filtrada a través del papel abigarrado daba tonalidades rojas o azules a sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba sobre sus hombros y los más feroces lanzaban de improviso bramidos sin razón. Pusieron pesadamente la mano sobre la nuca de Wang-Fo, quien no pudo dejar de observar que sus mangas no hacían juego con el color de los abrigos.

Sostenido por un discípulo, Wang-Fo siguió a los soldados tropezando por lo desigual de los caminos. Los curiosos reunidos se burlaban de esos dos criminales que llevaban sin duda a decapitar. A todas las preguntas de Wang los soldados respondían con un gesto amenazador. Sus manos atadas le dolían y Ling, desesperado, miraba a su Maestro sonriendo, lo que para él era una manera más tierna de llorar.

Al fin llegaron a las puertas del palacio imperial cuyos muros violetas se levantaban en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados hicieron pasar a Wang-Fo por innumerables salas cuadradas o circulares cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, el macho y la hembra, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas emitiendo una nota musical y su disposición era tal que al atravesar al palacio de este a poniente se recorría la escala tonal. Todo se concertaba para dar la idea de un poder y una sutileza sobre humanas; se sentía que las órdenes más insignificantes pronunciadas aquí deberían ser definitivas y terribles como la sabiduría de los ancestros. En fin, el aire se enrareció y el silencio se volvió tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina, los soldados temblaron como mujeres y el pequeño grupo entró en la sala donde reinaba el Hijo del Cielo.

Era una sala desprovista de muros, sostenida por gruesas columnas de piedra azul. Un jardín se desparramaba del otro lado de los fustes de mármol, y cada flor de esos bosquecillos pertenecía a una rara especie traída de más allá de los océanos. Pero ninguna tenía perfume por miedo a que la meditación del Dragón Celeste no fuera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que se bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior de las murallas e incluso se había alejado a las abejas. Un enorme muro se paraba al jardín del resto del mundo, a fin de que el viento que pasa sobre los cadáveres hinchados de los perros y los restos de los campos de batalla no pudiera rozar siquiera la manga del Emperador.

El Amo Celeste estaba sentado en un trono de jade. Sus manos estaban arrugadas como las de un abuelo a pesar de que apenas tenía veinte años. Su túnica era azul para recordar el invierno y verde para figurar la primavera. Su rostro era hermoso pero impasible, como un espejo colocado demasiado arriba que no reflejara sino los astros y el implacable cielo. Tenía a la derecha a su Ministro de Placeres Perfectos y a la izquierda a su Consejero de Justos Tormentos. Como sus cortesanos, parados al pie de las columnas, tendían la oreja para recoger hasta la más mínima palabra salida de sus labios, había tomado el hábito de hablar siempre en voz baja.

—Dragón Celeste—, dijo Wang-Fo arrodillado—, estoy viejo, soy pobre y débil. Tú eres como el verano, yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas, yo sólo tengo una que ya va a terminar. ¿Qué te he hecho? Me han amarrado las manos que jamás te han perjudicado.

—¿Me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fo? —dijo el Emperador.

Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha que los reflejos del pavimento de jade hacía aparecer glauca como una planta submarina, y Wang-Fo, maravillado por esos delgados y largos dedos, buscó entre sus recuerdos si no había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato mediocre que mereciera la muerte. Pero era poco probable pues Wang-Fo hasta ese día casi no había frecuentado la corte de los Emperadores prefiriendo las chozas de los granjeros, o en las ciudades, los rumbos de las prostitutas y las tabernas a lo largo de los muelles donde pelean los estibadores.

—¿Me preguntas qué daño me has hecho, viejo Wang-Fo —volvió a decir el Emperador, inclinando su cuello estrecho hacia el anciano que le escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno de otro no puede deslizarse en nosotros sino por nuestras nueve aberturas, para mostrate tus faltas debo recorrer contigo los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la recámara más secreta del palacio, porque creía que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a la vista de los profanos, en presencia de los cuales no pueden bajar los ojos. Es en esas salas que fui criado, viejo Wang-Fo, ya que se había dispuesto a mi alrededor la soledad para permitirme crecer ahí. Para evitar a mi candor la salpicadura de las almas humanas, me habían alejado de la marea agitada de mis futuros súbditos y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta por miedo a que la sombra de ese hombre o de esa mujer llegara hasta mi. Los pocos servidores viejos que se me habían otorgado se mostraban lo menos posible; las horas daban vuelta en círculo, los colores de tus pinturas se encendían con el alba y palidecían con el crepúsculo. En la noche, cuando no lograba conciliar el sueño, las miraba y durante cerca de diez años las he observado todas las noches. Durante el día, sentado sobre una alfombra de la que me sabía de memoria el dibujo, con mis manos vacías en mis rodillas de seda amarilla, soñaba con las alegrías que me guardaba el futuro. Me imaginaba el mundo, con el país de Han en medio, semejante a la llanura monótona y vacía de la mano que atraviesan las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor el mar, donde nacen los monstruos, y más lejos todavía las montañas, que soportan el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas estas cosas me servía de tus pinturas. Tú me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua desplegada de tus telas, tan azul que cuando una piedra se hunde en él no puede sino volverse zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como si fueran flores, parecidas a las criaturas que salen, impulsadas por el viento, en las avenidas de tus jardines; y que los jóvenes guerreros esbeltos que vigilan las fortalezas de las fronteras, eran ellos mismos flechas que podían traspasarte el corazón. Cuando tuve dieciséis años vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para contemplar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Ordené mi litera: sacudido por caminos de los que no imaginaba ni el barro ni las piedras, recorría las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres semejantes a luciérnagas, tus mujeres cuyo propio cuerpo es un jardín y una aurora. Los guijarros de las orillas me desilusionaron de los océanos; la sangre de los torturados es menos roja que la granada detenida en tus lienzos; la miseria de las aldeas me impide ver la hermosura de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna como la carne muerta que cuelga de los ganchos del carnicero y la gruesa carcajada de mis soldados me revuelve el corazón. Tú me has mentido, Wang-Fo, viejo impostor: el mundo no es sino un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, mojadas eternamente con nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más bello de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el cual vale la pena gobernar es donde tú penetras, viejo Wang, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. Tú eres el único que gobiernas en paz sobre montañas cubiertas con una nieve que nunca se funde y sobre campos de narciso que no pueden morir. Esta es la razón, Wang-Fo, por la que he buscado qué suplicio estaría reservado a ti, cuyos sortilegios me han desilusionado de lo que poseo y encendido el deseo de lo que nunca tendré. Y para encerrarte en la única celda de la que no puedas salir. He decidido que te quemen los ojos, porque tus ojos, Wang-Fo, son las dos puertas mágicas que se abren a tu reino. Y como tus manos son los dos caminos de diez senderos que te llevan al corazón de tu imperio, he decidido que te corten las manos. ¿Me has comprendido, viejo Wang-Fo?

Al escuchar esta sentencia el discípulo Ling arrancó de su cintura su cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo detuvieron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:

—Y también te odio, viejo Wang-Fo, porque has sabido hacerte amar. Maten a ese perro. —Ling dio un salto hacia adelante para evitar que su sangre manchara la ropa del Maestro. Uno de los soldados levantó su sable y la cabeza de Ling se desprendió de su cuello como cuando se corta una flor. Los sirvientes se llevaron sus restos, y Wang-Fo desesperado admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejara sobre el pavimento de piedra verde.

El Emperador hizo un gesto y dos eunucos secaron los ojos de Wang-Fo.

—Escucha, viejo Wang-Fo —dijo el Emperador—, y enjuga tus lágrimas porque no es éste el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer limpios a fin de que la poca luz que les queda no sea ahuyentada por tus sollozos. Ya que no sólo por rencor deseo tu muerte, no es sólo por crueldad que quiero verte sufrir. Tengo otros planes, viejo Wang-Fo. Poseo en mi colección de tus obras una pintura admirable donde las montañas, el estuario de los ríos y el mar se reflejan, infinitamente reducidos sin duda, pero con una evidencia que aventaja la de los propios objetos, como las figuras repetidas en las paredes de una esfera. Pero esta pintura no está terminada, Wang-Fo y tu obra maestra es apenas un borrador. Es evidente que en el momento en que pintabas, sentado en un valle solitario, observaste a un pájaro que pasaba o a un niño que perseguía a ese pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No terminaste ni las orillas del abrigo del mar ni la cabellera de algas de las rocas. Wang-Fo, quiero que dediques las horas de luz que te quedan a terminar esta pintura que en cerrará así los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No tengo ninguna duda de que tus manos, tan próximas a caer, no temblarán sobre la tela de seda y que la eternidad penetrará en tu obra por esos trazos desdichados. Y ninguna duda de que tus ojos, tan cerca de ser eliminados, descubrirán secretos en el límite de los sentidos humanos. Este es mi plan, viejo Wang-Fo, y puedo obligarte a cumplirlo. Si rehusas, antes de enceguecerte haré quemar todas tus obras y serás entonces como un padre al que le han matado los hijos y destruido las esperanzas de posteridad. Pero cree más bien, si quieres, que esta última orden no es sino consecuencia de mi bondad, pues yo sé que la tela es la única amante que jamás has acariciado. Y ofrecerte pinceles, colores y tinta para ocupar tus últimas horas, es conceder una ramera a un hombre condenado a muerte.

A un movimiento del meñique del Emperador, dos eunucos llevaron respetuosamente la pintura inacabada en la que Wang-Fo había trazado la imagen del mar y la del cielo. Wang-Fo secó sus lágrimas y sonrió, porque ese pequeño borrador le recordaba su juventud. Todo mostraba una frescura de alma a la que Wang-Fo ya no podría pretender, y sin embargo faltaba algo, porque en la época en que Wang la había pintado aún no había observado bastantes montañas, ni peñascos que bañaran en el mar sus flancos desnudos, tampoco había penetrado lo suficiente en la tristeza del crepúsculo. Wang-Fo escogió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender sobre el mar inacabado largos trazos azules. Un eunuco sentado a sus pies mezclaba los colores, pero lo hacia tan mal que Wang-Fo lamentó más que nunca la pérdida de su discípulo Ling.

Wang comenzó por pintar de rosa el extremo del ala de una nube posada sobre una montaña. Después añadió a la superficie del mar pequeñas arrugas que no hacían sino volver más profundo el sentimiento de su serenidad. El pavimento de jade se volvía singularmente húmedo. Pero Wang-Fo, absorbido en su pintura, no se daba cuenta de que trabajaba con los pies en el agua.

El frágil bote fortalecido bajo la mano del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. Un cadencioso golpe de remos se levantó de repente a la distancia, rápido y nerviosos como un batir de alas. El golpe se aproximó, llenó dulcemente toda la sala, por fin cesó y algunas gotas temblaron inmóviles, suspendidas en los remos del lanchero. Desde hacía tiempo el fierro rojo destinado a los ojos de Wang se había apagado sobre el brasero del verdugo. Con el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmóviles por la etiqueta, se levantaban sobre la punta de los pies. El agua alcanzó por fin el nivel del corazón imperial. El silencio era tan profundo que uno hubiera podido escuchar la caída de una lágrima.

Era Ling. Llevaba su vieja túnica de todos los días y su manga derecha aún tenía un desgarrón que no había podido reparar en la mañana antes de la llegada de los soldados. Pero ahora llevaba alrededor del cuello una extraña mascada roja.

Wang-Fo le dijo dulcemente sin dejar de pintar:

—Te creía muerto.

—Si usted seguía vivo —respondió—, ¿cómo hubiera podido morir?

Y ayudó al Maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba sobre el agua, de suerte que Ling parecía navegar en el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos del Emperador flotaba como una flor de loto.

—Mira, hijo mío, —dijo melancólicamente Wang-Fo—. Esos desdichados van a perecer si no es que ya están muertos. No me sospechaba que hubiera suficiente agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué hacer?

—No tema nada, Maestro —murmuró el discípulo—. Muy pronto estarán secos y no recordarán siquiera que sus mangas estuvieron mojadas. Sólo el Emperador guardará en el corazón un poco de amargura marina. Estas gentes no están hechas para perderse en el interior de una pintura.

Y añadió:

—El mar está tranquilo, el viento es bueno, los pájaros marinos hacen su nido. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.

—Partamos, —dijo el anciano pintor.

Wang-Fo tomó el timón y Ling se inclinó sobre los remos. La cadencia de su golpe llenó toda la sala, firme y regular como el ritmo de un corazón. El nivel del agua desminuía insensiblemente alrededor de los grandes peñascos verticales que volvían a convertirse en columnas. Pronto, uno que otro charco brillaba solitario en las de presiones del pavimento de jade. Los vestidos de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador guardaba algunos vellones de espuma en el filo de su capa.

El cuadro terminado por Wang-Fo estaba colocado contra un tapiz. Una barca ocupaba todo el primer plano. Se alejaba poco apoco dejando tras ella un estrecho surco que volvía a cerrarse sobre la superficie inmóvil. Ya no se distinguían los rostros de los dos hombres sentados en la barca, pero aún se podía ver la mascada roja de Ling, la barba de Wang-Fo flotaba al viento.

El golpe de los remos adelgazó; después desapareció obliterado por la distancia. El Emperador, inclinado hacia adelante, la mano sobre los ojos, miraba alejarse la barca de Wang y ya no era sino una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vapor dorado se elevó y se desplegó sobre el mar. En fin, la barca giró alrededor de un peñasco que cerraba la entrada de alta mar, la sombra de un acantilado cayó sobre ella. El surco se borró de la superficie desierta, y el pintor Wang-Fo y su discípulo Ling desaparecieron para siempre sobre este mar de jade azul que Wang-Fo acababa de inventar.

Marguerite Yourcenar.

 

 

 

 

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LA MUJER DELFÍN

mujer delfín

Por: Cristian Arias

Era una nadadora increíble. La observaba desde las graderías atravesar de un lado al otro el carril, con una rapidez alucinante aunque apacible, sin un esfuerzo aparente, como dejándose conducir por un extraño ímpetu bajo aquella superficie lánguida y brillante. Luego de un tiempo de ires y venires constantes, con la misma actitud serena pero segura, salió de la piscina y se dispuso a abandonar el recinto cerrado. Era una mujer de brazos largos y piernas delgadas aunque bien torneadas, con un prominente y redondo abultamiento incrustado en su vientre, como de unos ocho meses, que aguardaba cubierto por el elástico traje de baño. Y entonces lo comprendí. ¡Claro, cómo no! Si lleva dentro de sí un delfín. Esa fuerza diminuta y explosiva que desde su universo acuariano le impulsa las ansias de seguir viviendo.

El esnobismo musical: una manifestación pura del “silvestrismo” periodístico

 

Roger Waters

Foto: cientounorevista.com

Por: Cristian Arias

En esta selva virtual en la que todo consiste en mostrar lo mejor del lugar que ocupamos y ante todo en seguir las tendencias dominantes, resulta interesante observar la forma en la que habituales twiteros y escribanos de Facebook, que sueñan mantener o consolidar su imagen como líderes de opinión, manifiestan sus admirables sentimientos de duelo luego de la muerte de una, así llamada, leyenda de la música. El lunes pasado, de buenas a primeras, como si hubiesen nacido con el mismo gusto musical o se hubiesen puesto de acuerdo, todos, al unísono resultaron ser seguidores de David Bowie y lo lloraron y lo despidieron con sentidas palabras que denotaban un profundo conocimiento de la obra del artista. “Adiós al camaleón que más amé” dijo una. Y entonces vinieron las clásicas reminiscencias de youtube, el sentido pero reconfortante compartir de canciones. “Los que éramos adolescentes nos iniciamos al credo bowiano gracias a esta canción” llegó a decir otro, significando un extraordinario sentimiento de comunidad con quién sabe quiénes, otros “bowianos” como él.

Y es que el asunto a significar es el cómico esnobismo que manifiestan a toda hora estas personas, en este caso, en materia musical. En un contexto comunicacional donde es fundamental demostrar un refinamiento musical, parece imprescindible enseñar el distanciamiento hacia lo ordinario, sacando ventaja de la leyenda muerta para, evocando a Norbert Elías, ubicarse en el bando de los establecidos y de paso, señalar a los marginados, esto es, a los ignorantes, su tosco error.

Para reiterar su desprecio hacia lo marginal, el esnob va cimentando la imagen de un intelectual musical, haciendo eco de aquello que los grandes expertos han determinado como “lo mejor de todos los tiempos”, valiéndose de dos estrategias propias del escándalo mediático: la burla y la discriminación. Se encarga de hacer mofa del incipiente refinamiento del otro, de sus ordinarios gustos, a la vez que arremete contra todo lo que no sea de su deleite y arma berrinches culpando al pasado, porque sus papis sólo escuchaban a Chiquetete y no a Mick Jagger. Para el esnob que falsea ser experto en rock, el mundo inicia con The Beatles y termina con The Rolling Stones, y se propone, a los golpes, vender la idea de que es un imperativo ontológico lamer el culo raquítico de Mick Jagger para empalagarse del elixir de la legítima música. Una apreciación arribista, auténticamente pueblerina y notablemente pobre.

Pero todo esto no tendría la más absoluta relevancia de no ser porque toda esta pataleta del esnob musical es sólo una falsa bufonada que se percibe a leguas. Yo, desde mi enorme distancia logro percibir muy bien las falsas plumas sobre todo si vienen de ruidosos redactores de panfletos autoproclamados periodistas.

A propósito de éstos últimos personajes, viene a mi memoria la triste anécdota del cantante de vallenato, que, para tener gloria y fama se autoproclamó semidios, y a la brava se inventó adjetivos a su nombre, uno de ellos, el llamado silvestrismo, término tanto o más degradante que uribismo, que lo catapultó hacia la fama. No así, al cantante auténtico, a Diomedes, la multitud lo aclamó de manera espontánea, consolidándose con el tiempo, con el pulso de los años  el culto del diomedista. Una devoción mediocre como cualquier otra, pero auténtica a fin de cuentas. Al esnob mediático que se ha dedicado a escribir, yo lo comparo con aquel ruidoso cantante. A su estilo narrativo he dado en llamar silvestrismo periodístico, una escritura ramplona elaborada con el mero propósito de escandalizar, de llamar la atención, no importa a qué costo. El periodista de esta nueva ola amarillista no comunica: Impone y vende ideas. Por eso, cuando se trata de opinar de música, – como también de cine o de literatura, disciplinas de las que resulta también ser un versado- arremete con violencia, quiere imponerse a los trancazos.

Lejos de la ruidosa falsedad, el auténtico amante del rock es calmo, se cuida de profesar una falsa fe y guarda en su corazón los arpegios endemoniados de una guitarra eléctrica. Pero ¿qué hacer ante la arremetida violenta del esnob musical? Al contrario de seguir su ruido, diría que es preciso mantener una postura auténtica. En favor de mi ignorancia y mi indiferencia por la música inglesa contemporánea, puedo decir sin temor que el rock de las llamadas grandes leyendas no posee para mí nada de grande ni de legendario. Y que ese ritmo musical no me produce la más mínima emoción, que unas veces se me antoja monótono y plano y otras un mero sonido estentóreo, un gélido ruido anglosajón, invasor como casi todo lo anglosajón.

Que se diga que del rock como arte puro han salido las mejores canciones de todos los tiempos es una afirmación respetable pero nada más que eso. Me resulta una más de las acomodadas ideas impuestas o, y eso es peor, autoimpuestas. ¿Quién me puede convencer que una cosmovisión musical es superior o mejor que otras? Un esnob, por supuesto. No tengo miedo de que éste me tilde ahora de burdo e indigno. Sé que el auténtico rockero me comprende, porque él sabe que la música es ante todo un fluir pleno. Y yo, desde luego, lo comprendo muy bien. Admiro su genuino gusto y entiendo esa exaltación que la vitalidad dionisiaca del rock le produce.

Lo que he querido significar de todo esto no obedece a un asunto de gustos musicales. Que cada quien escuche lo que le venga en gana. En cambio, lo que denuncio es un asunto de ruido. La clase más ruidosa, aquella clase política colombiana que describieron los diplomáticos ingleses en sus informes oficiales y que hoy conocemos gracias al historiador Marco Palacios,  está más viva que nunca. Pero hoy, en una época indescifrable de la historia donde impera la masificación mediática, el concepto de clase más ruidosa se ha democratizado, le han nacido nuevos hijos, uno de ellos el esnob de las redes sociales, adicto a autoproclamarse y proclamar gustos y tendencias que le son ajenas, por la necesidad de demostrar su posición ante el grupo de los establecidos.

Mañana morirá Roger Waters, el legendario fundador de de Pink Floyd. Entonces los principales diarios del mundo correrán a dar la noticia, vendrán los merecidos homenajes, los especiales…y como un torrente de ruido el esnob musical saldrá a manifestar su impresionante conocimiento del artista, su falso duelo.

 

ROMANCE SONÁMBULO

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A Gloria Giner y a Fernando de los Ríos.

 

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.

Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.

Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
ese trato se cerraba.

Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
¡dejadme subir!, dejadme
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.

Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.

Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento, dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡ Cuántas veces te esperara
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!

Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde cama, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.

Federico García Lorca

LA ESPERA EN EL HOSPITAL

espera

Foto: equanima.org

 Autor: Cristian Arias

Cuando llegamos, la sala estaba colmada de unas doscientas personas. Eran los tiempos de las gripes y el espacio rebosaba de niños malsanos, de viejos acatarrados y semblantes emblanquecidos por el abandono inclemente en el que por tantos meses nos había sumido el sol. Durante el invierno el astro rey ilumina pero no calienta, de suerte que uno tiene la sensación de caminar dentro de un paisaje pintado, iluminado por un foco fulgurante que emite rayos de un frío innombrable. Así que, ante la merma de la energía vital del sol, la piel tiende a palidecer, sobretodo la nuestra, adaptada a los regios calores del trópico.

Luego de informar la causa de nuestra visita, nos arrellanamos en una banca de la sala de espera. Entre toses y bostezos, todos aguardábamos el turno en tanto oíamos las fuertes ráfagas de viento sacudir los ventanales y apreciábamos, a través de éstos, los esqueletos arbóreos batirse con furia entre una blancura nefasta que se resistía a morir. En los rostros desencajados me veía a mí mismo, nos mirábamos como cómplices y víctimas de la cruel impasibilidad del dios del hielo, progenitor de los fríos del norte, de la albura inabarcable, distante y monstruosa.

Poco rato después nos condujeron hacia una sala más pequeña y solitaria. Allí estuvimos un corto tiempo hasta que fuimos llamados por una de las puertas de enfrente.

-su hijo debe permanecer acá, – me dijo la enfermera dentro del cuarto al que  habíamos entrado-no saque al niño por ningún motivo, evite usted salir lo menos posible, si sale lávese las manos con el jabón antibacterial de la pared. El instructivo lo emitió maquinalmente en su francés quebequense, aunque con autoridad y precisión, y antes de salir, quiso constatar que había comprendido sus palabras: Est – ce que c’est clair?

El cuarto era fresco, muy bien iluminado, con una puerta interna para permitir el acceso del personal médico. Encerrados, estuvimos allí la primera parte de la tarde imaginando los personajes de una serie animada que estábamos creando. Luego de las dos primeras horas de espera la enfermera regresó para pedirnos la tarjeta del seguro por medio del cual nos daría el carnet del hospital. Enseguida salió sin mediar palabra alguna, lo que nos hizo ilusionar la inmediata llegada del médico. Pero una hora después quien regresó fue la enfermera para informarnos que, ante la necesidad de permanecer en el cuarto, le haría allí la evaluación física a mi hijo. Se cubrió con un traje de material desechable y le realizó el procedimiento rutinario mientras intercambiaba algunas palabras con él.

-Hola, como está usted – le interrumpió en un raro español con un acento entre anglo, francés y mexicano.

-¿sabe español?- le espetó mi hijo.

-Un poquito – respondió torpemente con una risilla tímida. Luego contrajo su rostro hasta retomar su severidad inicial, se quitó el traje desechable, lo tiró en la caneca de la basura y salió sin decir nada.

Luego de más de tres horas, una espera comienza a mudar en desesperación, en cansancio desesperanzador. Es de suponer la perfección del sistema, que todo ha sido elaborado con una infalibilidad metodológica y que, por tanto, exigir una respuesta, quejarse, equivale a desbordar los cauces de la sagrada tradición, sería como querer minar los pilares de la mismísima nación. El sólo pensar que esto puede en algún momento marchar mal es subversión pura.

Mientras el segundero del reloj de la pared taladraba mis oídos, trataba de hilvanar una historia que ahora comenzaba a crear para mi hijo.

-Papi, el problema es que tú no sabes contar cuentos; bueno, te voy a enseñar: contar cuentos es como hacer una sopa ¿sabes hacer una sopa? Pues bien, comienza otra vez.

Entonces, recomenzaba la historia de la afligida abuela Catapulcheta, con su caparazón de tortuga a sus espaldas, viviendo de los recuerdos de un amor imposible, arrastrando por el barrio un sino de tristeza, de arriba abajo, y detrás, los desalmados niños arrojándole piedras a su duro armazón. Algún día estas criaturas insensatas conocerán la causa de tanto silencio, pero cuando esto suceda ya será demasiado tarde…

Salí del cuarto en busca de comida y café, atravesé el gran salón de los enfermos y llegué hasta una máquina dispensadora de alimentos. Un niño de unos dos años berreaba desaforado porque su madre no le permitía babosear  el vidrio de la máquina. Ella era rubia, alta, fornida, de una belleza montaraz insospechada, con ojos místicos cetrinos como de lince de las nieves, atrapados ahora en el cautiverio de la maternidad. Como todos los de su país, conservaba intacto el rubor intenso en su rostro. El invierno, antes que palidecerlos, les acentúa el rosáceo de la piel. Levantó bruscamente a la pequeña bestia endemoniada para retenerla entre sus brazos, pero allí seguía agitándose con rabia hasta que finalmente terminó su función con un vómito monumental que embadurnó el suelo de un rosado intenso. Me metí entre el gentío de la sala que presenciaba el espectáculo y me adentré nuevamente en la capsula hermética.

-¡Tengo ganas!- anunció mi hijo, tiempo después de la merienda. Salí en busca de ayuda. Al pasar cerca de la máquina, pude observar que los vómitos estaban cubiertos por grandes toallas absorbentes. Mientras buscaba a alguien que atendiera mi situación, presencié a la bestia correteando por la sala y a la lince sumergida en su teléfono móvil. Un hombre de l’entretien ménager, con suma maestría, recogió las toallas embadurnadas y trapeó el piso hasta dejarlo limpio otra vez.

-Tiene ganas de ir al baño – dije a la enfermera.

-Un instant, j’irai vous chercher tout  de suite.

Al minuto un préposé irrumpió en el cuarto acompañado de una silla de ruedas en cuyo asiento hueco venía instalada una bacinilla.

-¡Ahora sí! Con esto no tendrán escapatoria, ya vendrán por nosotros. Pero corrió el tiempo indolente y todo seguía casi como al comienzo. Sólo que ahora teníamos una compañía indeseable de la cual debíamos librarnos. Al cabo de una hora salí a buscar al préposé para que se llevara la silla de ruedas, pero no logré encontrarlo. Todo el personal médico estaba ajetreado, la sala aún estaba plena y la bestia corría por entre los pacientes. Logré localizar a la enfermera que salía del triage. Me armé de valor y le reclamé por la escandalosa espera. Se detuvo un instante para mirarme con sorpresa. Infló sus carrillos para expulsar con fuerza el aire por entre los labios semiabiertos y dijo cansada antes de continuar su camino:

– Je suis désolé monsieur, il y a beaucoup de monde. Il faut attendre.

Pasé a la recepción y le informé a la anciana responsable que debían llevarse la silla de ruedas, que se había usado su bacinilla y que estábamos hacía cinco horas encerrados en el cuarto. Me aseguró con la más absoluta solemnidad que pronto irían a buscar la silla de ruedas.

En el cuarto, mi hijo se moría de aburrimiento. La larga espera nos había bastado para agotar todas las posibilidades de entretención. Vi sus ojos cansados, sus diminutas manchas, lo acerqué a mis brazos y en el palpitar de su corazón nos perdimos en el tiempo. Pasaron algunas horas más y enseguida días enteros de fuertes tempestades. Volamos sobre los vastos campos de guerra, presenciamos todas las batallas contras las tropas del dios del hielo. En un principio eran inexpugnables, regios, invencibles. Pero a los pocos meses de resistencia en el campo, a pesar del cerco, del corte de provisiones, sin agua, ni sol, ni alimentos, los hombres del dios del fuego empezaron a recomponerse, a avanzar, a reportar las primeras bajas del enemigo. La esperanza iba venciendo el agotamiento y la tristeza, lo que los llevó a iniciar el festejo, a danzar, a montar caravanas en nombre de Dionisos. La música invadía las tropas, la lujuria los alimentaba, mujeres guerreras disfrazadas de hombres comenzaron a rasgar sus vestiduras, a enseñar sus pechos, a entregarse al vino. Los hombres se abalanzaron sobre ellas invocando la presencia del dios Príapo. Y mientras más bebían y mayor era el frenesí de la orgía desbordada, las fuerzas del hielo languidecían, sus estoicos hombres, de una tenacidad incuestionable, se derretían, se consumían en su propio silencio al contemplar inmutables el carnaval desenfrenado de la vida. Tac, tac, tac, caían las gotas de sus cuerpos diluidos sobre un suelo dócil, voluble. Tac, tac, tac, continuaba irreparable la descarga de frustración. Tac, tac, tac, recorría el reloj su tonta carrera circular, enseñándome que nada avanza y que jamás nos moveremos del mismo lugar, que estoy aquí como al principio, contemplando mi propia impotencia. Tac, tac, tac, el martilleo proseguía su marcha, taladrando mis oídos, la pared blanca, mi hijo pendiendo de mi voluntad, la bacinilla en su lugar, como en la génesis de todos los tiempos.

-¡Es el momento de partir!

Salimos juntos por primera vez, atravesamos la sala, la bestia dormía sobre el regazo de la lince que ahora contemplaba a su cachorro y acariciaba suavemente su melena.

Excuse moi madame, on va partir – Interrumpí a la enfermera que escuchaba los reclamos de alguien.

-C’est bon, c’est votre décision Monsieur – me dijo cortésmente.

-Ahí les dejamos la mierda. No olviden sacarla del cuarto – le sentenció mi hijo en un castellano propio de nuestra región. La enfermera le respondió con una sonrisa casi maternal.

Afuera, el crepúsculo ya había matado la tarde. Los vientos impetuosos se habían doblegado a la inmutabilidad de la noche naciente. En los rostros animados de los transeúntes, iluminados por las luces de los automóviles, se percibía un aire de triunfo, de entera conquista. Habíamos vencido el invierno y nos preparábamos para el renacimiento, tan pasajero como las aves que rompen estos cielos en su periplo migrante, pero a fin de cuentas, renacimiento. Era el eterno retorno de la vida, la misma que un día, en su danza de la perinola nos trajo a ocupar estos suelos. Hoy por fortuna todos ponen. Mañana puedo tomar todo o quedarme sin nada. Era el eterno retorno de la vida, la que nos ha llevado a abandonar el hospital y continuar la cuarentena en casa.

Regreso al sur

TunelDeLuz

Autor: Cristian Arias

Prosigo mi camino de retorno con el alma agitada y el corazón vigilante. Todos los autos que me habían estado acechando en las esquinas, rozándome, amenazándome para que fuera su banquete de muerte, han tenido que seguir su marcha, resignados a mi victoria momentánea. Me acerco a una intersección de la calle Saint André y encuentro que todo sigue en orden: dos o tres autos a la debida distancia, la lámina metálica de la señal de  pare completamente ajustada, ramas bien sujetas a sus árboles. La luz verde de la fría avenida me invita a continuar mi recorrido. Alerta, tanteo las distancias, los peligros inminentes, los segundos de mi corta vida. Un bus fantasma alcanza mi bicicleta y su estruendo intempestivo me obliga a orillarme hasta golpear el andén. Pero ha seguido su curso dejándome íntegro, pese a la vergüenza del pánico en mi pecho palpitante.

Calma, pronto llegará tu descanso, musita aquel ronroneo musical que me acompaña a mis espaldas, como el hado de la muerte que alienta mi espíritu a dejarse conducir por lo inevitable. Al principio, cuando comenzaron las voces en los sueños, todo fue una confusión. Me levantaba exhausto rebobinando las palabras fascinantes, tratando de guardarlas en mi memoria, pero a medida que pasaban los segundos, las perdía como pavesas en el viento. Por eso tuve que recurrir a la libreta de apuntes, y así, en cuanto la voz emitía su mensaje cifrado, yo me despertaba y anotaba los retazos que lograba atrapar. De esa manera, en ocho noches, fui construyendo un pequeño prontuario del destino, que he dejado sobre mi escritorio como una prueba inefable de lo que fue el final de mis días.

Tú, que has abominado mi presencia, te quedarás por siempre errando en mis dominios, es una de las frases que preservo intacta en mi memoria porque aquel murmullo cadencioso que me hablaba entre sueños, la repitió una y mil veces en mis últimas ocho noches. Y con ella, noche tras noche, un raudal de imágenes y sentencias dictadas como signos asonantes que mi mente trataba de descifrar por el deseo ferviente de querer comprender mi porvenir. De la primera noche sólo puedo dar cuenta del ronroneo, que iniciaba dulce y parsimonioso y terminaba frío y avieso. Pero todo era vago y borroso. Durante la segunda noche sentí la voz más clara, aunque de todo lo que pudo haberme dicho sólo recuerdo un dictamen, repetido maquinalmente a cada momento como un despertador programado: el final está a la vuelta de la esquina. La tercera noche me vi a mí mismo resplandeciente de alegría, recorriendo sendas avenidas bordeadas de verdor y de las flores de la naciente primavera. De pronto, una carga furiosa de nubes grises se abalanzó sobre el cielo azul y se instaló inmutable sobre toda la ciudad para comenzar a arrojar torrentes parsimoniosos de nieve que en poco tiempo atestaron todo de una espesura blanca. Una innombrable ceguera me condujo hacia un vacío lechoso y todo mi cuerpo se perdió entre aquella albura. Recuerdo haber despertado helado, trepidando de frío, mientras zumbaba en mi cerebro la frase rimbombante: tú, que has abominado mi presencia

Durante la cuarta noche, me envolví en una maraña de sueños inútiles de los que sólo puedo retener en mi memoria el paso repetitivo por una misma esquina. Llegaba a la esquina, viraba a la derecha y aparecía la misma esquina, volvía a virar a la derecha y la misma esquina volvía a presentarse, y todo esto se sucedía mientras el canturreo me taladraba los oídos con la sentencia de que mi final se encontraba a la vuelta de la esquina. Todo parecía girar eternamente de ese modo, de no ser porque la voz se interrumpió a sí misma para declararme: te quedan cuatro días, puedes irte despidiendo de ellos. Fue así que me vi de nuevo a mí mismo levantándome de mi cama y como un desahuciado comencé a recorrer mi casa en busca de mi esposa y mi hijo. Quería encontrarlos para estrecharlos fuertemente a mí, y decirles que, pasara lo que pasara, nunca me alejaría de ellos, que estábamos unidos por unos lazos poderosos que ni la mayor de todas las fuerzas del mal podría romper. Ante el terror de la pérdida salí desesperado a recorrer calles enteras tratando de encontrar al menos un rastro de sus recuerdos, pero sólo veía casas melancólicas de colores pastel, calles indolentes y una sombra gris a mis espaldas que seguía mis pasos y me hablaba palabras que no recuerdo exactamente, pero que me invitaban a la resignación, a dejarme conducir por lo irreparable. El día real que siguió a esa noche aciaga, ensayé ser el mejor padre del mundo, y el mejor esposo y el mejor amante.

En la quinta noche pude apreciar claramente que las calles que había estado recorriendo eran las mismas de mi vecindario, y que el transporte que utilizaba era mi propia bicicleta, y que avanzaba  quedamente para sentir las brisas primaverales golpetear suave mi rostro, y entonces dejaba de pedalear porque la bicicleta comenzaba a desplazarse por sí misma, sin tocar el asfalto. En ese instante fantástico, en el que los colores primaverales desbordaban de vida, pude distinguir sobre mis espaldas la extraña sombra, alada y grisácea, que me anunciaba mansamente en su lenguaje enigmático un sinnúmero de claves que lograba comprender con nitidez. En ellas me llamaba por mi propio nombre invitándome a la tranquilidad absoluta, a dejarme conducir hacia mi destino, sin resistencias, sin afectos, sin apegos. De pronto, la voz susurrante se tornó chillona y comenzó a repetir mecánicamente frases que ya me eran familiares: tu final está a la vuelta de la esquina…Tú, que has abominado mi presencia, te quedarás por siempre errando en mis dominios. Mientras las iba emitiendo, el cielo se tupía de gris hasta reventar en un torrente lento de copos de nieve. Me desperté sudando, tratando de liberarme de un infinito de la más absoluta blancura.

Pero fue a partir de la sexta noche en que todo comenzó a ser claro para mí. Iba recorriendo las mismas calles primaverales, cuando la voz me indicó que debía acercarme a una esquina determinada. Sin el más mínimo reparo, llegué a dicha intersección a cuyo costado se situaba un gran árbol desnudo, y en el momento en que me detenía a observar aquella rareza, apareció de la nada un enorme camión que se abalanzó sobre mí, dejándome sin la más mínima posibilidad de escape. Me desperté temblando de pánico, con la risilla frenética de siempre zumbándome al oído y enceguecido por las luces de aquel monstruo mecánico. Ese día pude comprobar cuál sería mi final.

Toda la antenoche fue un ritual repetitivo de gruñidos aterradores y recorridos por el vecindario. Durante un largo trecho de tiempo permanecí girando en la misma esquina, pero finalmente pude pasar a una larga avenida sobre la cual comenzaba a pedalear rápidamente, hasta lograr que mi bicicleta cogiera vuelo. Volví a sentir ese mismo placer primaveral que culminó cuando la nieve cubrió todo de blanco. Sólo que esta vez, al tratar de escapar de la infinita blancura, escuché la voz, nuevamente melodiosa y calma, que me susurraba una frase hasta ahora desconocida: en esta esquina será el abrazo final. Pero no había tal esquina, sino un túnel diáfano y profundo que apareció frente a mí, invitándome a pasar al otro lado, a doblegarme sin resistencias, sin afectos, sin llantos, a lo que mi destino tenía preparado para mí. Desperté helado, con la saliva atorada en mi garganta, tratando de borrar las imágenes de aquel pasaje que me llevaría al otro mundo.

Anoche transporté a mis sueños el sentimiento de resignación que había tratado de interiorizar durante el día. Terminé por percatarme de que todo ya había sido señalado con suficiente claridad y que pretender huir de aquella telaraña que se había entretejido para mí, sería como intentar obtener el perdón de un ejército de fanáticos religiosos a fuerza de súplicas y llantos. De ese modo, cuando llegó el momento, decidí aceptar la invitación y me adentré a descubrir el interior del túnel que me conduciría al más allá. Era un pasaje amplio y traslúcido que a cada paso me irradiaba de una poderosa calma, quizás como la que sintieron aquellos que dijeron haber vuelto de la otra dimensión. Seguía mi camino dejándome llevar por una insólita paz interior hasta que aquel susurro me ordenó: vuelve, aún no es el momento, más tarde comenzará tu viaje eterno.

Ahora que voy acercándome a casa, presiento muy cerca el encuentro final. A mis espaldas, el espectro de la muerte ha querido recordármelo una vez más. Puede ser en esta calle desierta porque veo, justo en la esquina, las luces refulgentes de una camioneta negra que me espera rugiendo en tanto que me acerco a ella. De súbito, sus grandes ojos de fuego comienzan a parpadear mientras va emprendiendo su marcha hacia mí y me impulsan, en un ánimo incontrolable, a abalanzarme contra ella. Cierro mis ojos y sólo siento el viento frío que se pega a mi piel por el impulso inapelable de mis piernas. La siento cerca, explícita, irremediable, sólo falta un respiro y todo terminará. Un grito me saca de mi abstracción y me obliga a frenar en seco. ¡Attention monsieur!, me recrimina la voz de un joven que espera en una estación de autobús. Miro a todos lados pero sólo veo casas color pastel y una calle completamente desolada. El joven está desencajado, desorientado, me observa con el pavor de quien ve un espanto. Trae una gorra de rapero, un buzo de algodón negro con capucha, unos enormes botines deportivos y un jean holgado, atado a la altura de la pelvis. Es rubio, fornido y pequeño, fuma un cigarrillo y sostiene una lata de Monster. Desolé, j’ai dû être très distrait, le digo en mi mal francés y emprendo mi camino hasta la esquina del semáforo en rojo.

Un viento inopinado chilla una letanía luctuosa al pasar entre los chamizos desnudos de un árbol nórdico que se yergue sobre mi cabeza. Y entonces compruebo que se trata del árbol del sueño y que aquella es la esquina fatídica. En un instante fugaz intento calcular la distancia del árbol, esperando  impaciente el cambio de luces para escapar del zarpazo mortal de una rama díscola, cuando finalmente aprecio la escena mortal frente a mis ojos. Es un camión de basura, de color blanco, con sus luces frontales redondas de un amarillo intenso. Sólo logré distinguir a una mujer en su interior, con una barbilla abultada y un cabello de hombre, antes de que embistiera su enorme máquina sobre mi cuerpo inerme.

El golpe fue tibio e insustancial. En mis últimos días había estado calculando cuanto podría durar el paso al otro lado, y el dolor de la muerte, y el olor de la otra vida, pero jamás me hubiera imaginado que se trataba de un cosquilleo cálido, de una agitación deliciosa luego de la cual toda angustia desaparece por completo. Me sorprende sobremanera que este instante sea tan corto, pero tan flexible a la vez, que me ha permitido repasar las últimas impresiones de mi vida, esas imágenes cotidianas que comienzan a desfilar frente a mis ojos como un viejo rollo fotográfico visto a contraluz. Entonces decido darles mi última despedida. Le digo adiós a la muchacha abandonada en su propio olvido que leía en el metro Cent ans de solitude. Al niño rubio de gafas gruesas que comía trozos de pimentón mientras devoraba una saga de aventuras. A todos esos viejos de caras rosadas y culos blancos que se paseaban inmutables en los camerinos del gimnasio con sus pequeños retoños colgando de entre sus piernas. A mi vecino quebeco que suele arrojar sus flemas al suelo sólo para preservar una vieja tradición ancestral. Y me despedí también de las niñas instructoras de patinaje sobre hielo que a sus diez años ya se ganan el pan a fuerza de un talento innato y una tenacidad sobrenatural. Pero qué lástima tener que despedirme de todos ustedes en el mejor momento del año, cuando apenas comienza la primavera, luego de haber soportado cinco meses de un invierno cruel. Y qué hace que todo estaba tapizado de blanco. Qué hace que todos salíamos embutidos en nuestros abrigos a quitarle la nieve a los autos para salir impacientes a estrellarnos contra el mundo. Y qué hace que me encontraba caminando entre una multitud de gente atiborrada de frío, enfilada sobre el andén, agitada, aislada, fija en el gris del pavimento, transpirando el aire polar y expulsando un humo blanco y espeso por entre sus ventanas nasales. Y mi pequeño que me tiraba el chaleco para decirme ¡hey papá, mira cómo fumo! y exhalaba esa bocanada blanca en medio del colectivo de fumadores sin suerte. Y ahora apareces tú, compañera de mi vida, para darte mi último adiós. Antes de pasar al túnel, me han otorgado unos segundos para que pueda decirte esas palabras que no pudieron salir de mis labios antes de emprender mi camino sin retorno. Y ahora las vas a escuchar: ¿Sabes? antes de ayer o no sé bien hace cuanto te dije que te sentía otra vez. Es cierto, te olfateé, te respiré, sentí ese aroma de ti, pero de ese ti que hace mucho tiempo perdí. Ese ti de nuestras viejas cacerías íntimas, o de algunos escasos momentos del ahora cuando recuerdas que tienes algo de niña y entonces me pides jugar, y te pierdes como yo y te emborrachas como yo. Ah, lo recuerdas, no te sonrojes, es así, ¿recuerdas la última vez?, yo te pregunté, al comienzo del juego, si querías que siguiera. Y tú: si te digo que sí, quien te retiene. Si te digo que no, vas a seguir insistiendo. Y yo: ¿quieres que siga?  Y tú: La verdad, no, ¡No quiero! Y yo: ¿Quieres que siga insistiendo? Y tú: Bueno, sigue insistiendo. Recuerdo como si estuviera vivo, que fue una tarde cenicienta en la que una lluvia de copos blancos se precipitaba lenta y desordenada por la ventana. Yo como un perro ardiente seguía mi faena hasta que no tuve que insistir más. Pero esa fue una tarde excepcional, una ilusión. Ahora te han entrado aires de señora seria, que sólo atiende cosas serias, cosas de responsabilidades, formalismos, honorabilidades, y yo me siento ridículo pidiéndote tardes de amor desenfrenado, pidiéndote que nada te preocupe, que saltes al vacío. Escucha, escucha, no te vayas, no abandones el barco, no he terminado. ¡Diablos!

Siento que se aleja y se pierde en un camino sin retorno. Pero mientras más lejos está de mi egoísmo, de mi amor, de mis dominios, más se acerca un fuerte olor a cadaverina. Es en este instante álgido en el que caigo en la cuenta de mí mismo, de mi final, de mi terminante descomposición. Pero el pútrido hedor termina por hacer estremecer mi cuerpo, calentar mis piernas, agitar mis brazos y arder mi cabeza. Abro los ojos y la mujer con cabeza de hombre me mira impávida mientras agita un chicle entre sus mandíbulas. Me dice con aspereza: Est- ce que pouvez-vous vous lever?  ¿Dónde estoy? le pregunto, pero no me entiende. Est-ce que vous est bien, Monsieur? Dice finalmente mientras levanta mi bicicleta hasta dejarla en el andén. Le digo en francés que yo estoy bien y que puedo levantarme por mí mismo. Se sube a su camión y antes de emprender su marcha me grita unas palabras que han quedado suspendidas en su cascarón. Sólo una pude distinguir claramente: ¡Tabarnak!

De camino, he podido repasar las imágenes de todo lo que me acaba de pasar y he logrado comprender que este absurdo episodio de tantos y tantos sueños nefastos es producto exclusivo de mi irreparable pavor al invierno, de suerte que ahora mismo este inexplicable terror de la muerte ha comenzado a desaparecer. Ya no pienso en complots del destino, ni en peligros a la vuelta de la esquina, sino solamente en la suerte que tuve al salir ileso de una fatalidad que yo creía sin remedio. Aquí voy de regreso, sólo con una historia fantástica digna de ser narrada esta noche a mi pequeño.

Al acercarme a casa, me percato de que, pese a los soles frecuentes de abril, el invierno se resiste a morir. Aún las ramas están desnudas, sin una sola hoja, sin una sola flor. Apenas sí nos desprendemos de estos montículos de nieve, como gigantes inamovibles que se niegan a desaparecer de este suelo, mientras que el resto del mundo anuncia la plenitud primaveral. En cambio de la colorida pintura que añoran mis ojos, sólo encuentro las extremidades infinitas del dios del hielo, dueño y señor de esta nación, haciendo eterna gracia con estas casas de techos negros y paredes color pastel, beige y gris. Sólo el fucsia de mi casa desentona con esta sinfonía de la eterna aburrición.

Un fuerte ventarrón me embiste con violencia y me atrae a mi propia realidad. Veo la montaña de nieve frente a mi casa, gigante, inagotable, como un enorme dinosaurio blanco que comienza a cobrar movimiento, a deslizarse parsimoniosamente sobre sí mismo emitiendo un leve chasquido como el de una sierpe que rodea su presa en un matorral de hojas secas. Alcanzo a percibir una abertura que comienza a expandirse entre esa forma sin forma, como la entrada de una gruta, cada vez más amplia y profunda, cuando, de un lado, se desliza hacia mí la cola descomunal del monstruo helado que comienza a enrollarme y a levantarme por los aires mientras me conduce hacia su ingente boca de nieve.

Ahora el terror se apodera de mí porque comienzo a escuchar el susurro de mis sueños, tenue y prodigioso, invitándome a penetrar en sus fauces. Intento soltarme, pero es inútil. Uller soy yo, Dios del invierno…ahora que es el momento de partir, te irás conmigo a helar los mundos del sur…porque has abominado mi presencia, te quedarás por siempre errando en mis dominios. Y mientras va sentenciando mi destino, observo desde las alturas que todos los árboles comienzan a atiborrarse de hojas, mientras que las demás montañas de nieve van extinguiéndose para dar paso a un verdor intenso que ilumina de vida todo el vecindario. Antes de penetrar en las fauces de la muerte, puedo distinguir una vocecilla perdida que me es familiar. Es entonces cuando me percato que desde la ventana de mi casa mi hijo me mira con su gesto de fiesta y se despide de mí agitando su pequeña mano. Y a su lado, mi adorada esposa que hace gestos afanosos para señalarme algo que sostiene con su mano derecha. ¡El libro, el libro! me dice, porque a fuerza de mi sordera aprendí a leer sus labios. ¡Llévatelo, que no lo terminaste! Pude distinguir la carátula, À la recherche du temps perdu de Marcel Proust, un mamotreto que jamás terminaré de leer. Jamás, porque ya el tiempo se acabó. Los ronroneos prosiguen, exquisitos y cadenciosos, en tanto que las fauces terminan por tragarme. La gruta se ha cerrado por completo, la primavera ha comenzado oficialmente, y yo voy de vuelta al sur dentro de un luminoso túnel blanco.

Los 17 tipos de lector. Y tú, ¿qué tipo de lector eres?

lector

Por: Cristian Arias 

La revista Culturamas ha publicado un artículo en el que enumera los 11 tipos de lector. Comparto la nota, añadiendo a continuación seis numeraciones sobre algunos tipos de lector que a mí se me han ocurrido. Anímate a proponer otros posibles lectores que tú consideres.

  1. El lector promiscuo. 
    No duda en abandonar un libro que ha empezado para iniciar otro. No puede evitarlo porque le encanta leer y no sabe decir que no.
  2. El lector cascarrabias.
    Es exigente y voraz. Aunque no le guste un libro jamás lo deja a la mitad, aun opine que el autor no puede unir dos frases con sentido. Suele lanzar el libro contra la pared cuando lo termina (literalmente).
  3. El lector cronológico.
    Compra un libro y hasta que termina de leerlo vuelve a la librería por otro. Se atreve a abandonar la lectura de un libro sólo si existe un motivo suficientemente fuerte para dejarlo y siempre lo hace con remordimiento. Es lo opuesto al lector promiscuo.
  4. El lector aniquilador.
    Los lleva a todas partes.  Quiere tanto a sus libros que ahora están llenos de hojas sueltas, cubiertas rotas o manchadas y páginas amarillentas, por el ajetreo del ir y venir.
  5. El lector ocupado I.
    Le gustan tanto los libros que incluso compra varios en un mismo momento, pero luego al llegar a casa los coloca en un librero donde pueden pasar un par de meses. Cuando finalmente los lee, lamenta haber tardado tanto en hacerlo.
  6. El lector ocupado II
    La verdad no le gusta leer, pero le gusta presumir que compra libros.
  7. El librófilo
    Más que la lectura, lo que este lector disfruta son los libros como objeto. Su olor, sus colores, las páginas amarillentas, los viejos y los nuevos, los considera más una obra de arte.
  8. El anti-lector
    Piensa que los libros son muy largos y jamás lee.
  9. El espíritu libre
    Es el adulto que lee libros infantiles, o el niño que lee libros para adultos. Cada vez más la sociedad acepta a estos espíritus libres de la literatura sin el menor sonrojo.
  10. El multi-tarea 
    Aunque siempre termina los libros, lee varios a la vez y termina confundiendo personajes, nombres y tramas.
  11. El lector somnoliento
    Su momento favorito de lectura es antes de dormir. Ya cómodo en su cama no consigue mantener los ojos abiertos y despierta en la madrugada sólo para apagar la luz y cerrar el libro.

Los míos:

  1. El lector caminante

Aquel que lee libros en la calle o en los centros comerciales, mientras camina. Recuerdo haber visto varias veces un hombre que hacía aseo en un centro comercial con una sola mano, pues con la otra sostenía un libro que iba leyendo con voracidad. Ya imaginarán el resultado de su trabajo.

13.   El lector transportado

No es necesariamente aquel a quien la lectura lo transporta a otros mundos posibles. Es aquel, que apenas se sienta en un bus, saca un libro y comienza a leer. Lo atrapa la manía de leer mientras es transportado

  1. El cibernético

Aquel que todo, todo lo lee en su e-book o libro digital. Dicen que están aportando al fin del libro impreso. Pero, qué le vamos a hacer.

  1. El traductor párvulo

Suele leer en otros idiomas deferentes a su lengua materna, los cuales no domina por completo, por tanto, su lectura se prolonga el doble de lo esperado a fuerza de la consulta de los términos y verbos y conjugaciones desconocidas. Te estás riendo eh!

  1. El pedeefista

Aquel que, por gusto o necesidad, sólo lee artículos y libros en formato pdf, generalmente descargados de manera gratuita por internet. ¿Quién dijo yo?

  1. El asiduo frecuentador de librerías

Le encanta ir a las librerías más amplias, limpias, iluminadas y alfombradas, para sentarse sobre la cálida alfombra y leer gratis. Va, una y otra vez, termina una novela, luego otra, y se ahorra, algunos dólares mientras se educa. ¿Deshonesto? Ummmm…

Y tú, ¿qué otros tipos de lector quisieras agregar?