Y después la nada

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Y para qué puse su retrato frente a mi escritorio

El retrato de mi hijo que fue de escasos meses

orgulloso junto a su madre que lo mima:

Para verlo como ya no es, como no será

Para morirme en la nostalgia de esos años idos

en la penumbra del tiempo

Para evocar su mirada profunda mientras escucho a Mozart

el Mozart melódico que hace soñar en lo profundo

al otro,  a mi otro hijo que hoy es el del retrato

Y que mañana no será

Y que todo es una nube que baja con el río

al tiempo infinito del olvido

Y después la nada.

Por Cristian Arias

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Mirada frente el espejo

Autor: Cristian Arias

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Foto: letrascualquiera.files.wordpress.com

  

Soy el alma que trashuma sin pasos
a un destino siniestro sin destino
y sucumbe en los caminos oscuros
donde la esperanza se esconde y nunca llega.

Soy la voz que brama en la distancia
sin orgullos ni sombras
sin huellas ni dichas
y siempre muere porque nunca suena.

Soy la mariposa etérea del destino
el dios más extraño, sutil y verdadero
socarrón burlesco y nostálgico
que ampara la historia
y un futuro sin presente.
El díscolo mundo yace bajo mis pies
y no logro alcanzarlo
y el destino dios burlón
vuelve a mostrar sus negros dientes
y me pregunto por qué ha muerto mi voluntad
¿Existe acaso la voluntad?

Soy la mirada de mujer que me espera
y espera a tantos miles.

Soy la hilera rebosante que tantos violan
cuando tantos procuran la feliz entrada
y los escrúpulos desaparecen
y la vergüenza reluce sin titilar.

Soy el lóbrego candil
que emprende una cacería contra el sol
y rendido vierte la esperma de sus lágrimas
en un suelo tragado de golpes y silencios.

Soy la avalancha de lodo incandescente
que derrite los sueños escondidos bajo las rocas.

Soy el tierno borracho
que a todos maldice y nadie entiende.

Soy el escabroso macho cabrío
que desparrama su lujurioso orgasmo
de sangre y semen
sobre el blanco mantel del altar
en la santa velada de la paz.

Y aún con todo
sigo mirándome
y no puedo menos de entender
que me esfuerzo por seguir viviendo.

Noviembre 15 de 2005

Faluya

Faluya 

Autor: Cristian Arias

Mi alma lacerada, aún no se repone.
Retumban estridentes
aquellos bombardeos
terribles y gigantes
que tu desprecio lanzó
sobre mi piel desierta y soleada.

Y ahora, desde mis llagas de sangre
presencio una lluvia salvaje
de fósforo blanco
ácido calcinante
que derrite sin clemencia
hasta el último recodo de mi ser.

Mi alma es Faluya
donde no atisba el viento
ni reposa la mariposa de flor.
Donde las aves inocentes
vuelven con desconfianza y resignación.
Donde el dolor no puede más con el dolor
y los versos nacen muertos
por el terror y la violencia.

Como Faluya
ha muerto en mí
la inocencia de ancianos inermes
entre ladrillos derruidos.
Los proyectos futuros de amor de mujer
entre fusiles infinitos.
El sueño fecundo
de un niño violado y sin fuerzas
entre la negrura de un porvenir
de cielo contaminado.

Pero te cuento
aún resuella el último aliento de gracia
aún quieren prepararse mis fuerzas
como una resistencia suní.
Tanta insurgencia se ha armado dentro de mí
que un día
sin saber cuando
volará tu miseria lejos de mí
y morirá tu recuerdo
y dejarás mi país libre
y nacerá en mí de nuevo la esperanza.

A ti hombre o mujer

Autor: Cristian Arias

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A ti, Hombre o Mujer, te hablo a ti
a tu alma, no a tu grupo.
Deja detrás y para siempre
tu necia costumbre
de acogerte a la absoluta verdad.

Hay tantas verdades
como peces en el mar
como vidas fenecidas
como voces pronunciadas.

La verdad es una falacia perfumada
ataviada de sedas chinas y encajes turcos
una razón convincente
una intriga seductora.
La verdad suele descansar
en el error
o en una nube
es inasible como el cielo
intangible como el silencio.

Cada uno somos mundo
cada mundo una verdad
una espada
una estrategia
una adarga
nada más.

A ti Hombre o Mujer:
rebaño ya no eres más
no eres masa
no eres grupo
eres tú y tu mundo.

Esquiva al mesías que te ama
a quien por ti llora en los tumultos
al infame que se postra de rodillas
y aboga por tu salvación.
Ellos son del grupo de la verdad concluyente
y junto a ellos tu espíritu morirá irremediablemente.

Hombre o Mujer, o lo que quieras ser:
a ti te hablo, a tus sueños y tristezas
no los comercies como lámparas viejas
no te rebajes a la caridad de los cofrades
a las fraternidades multiplicadoras
a las cavernas de los serviles
sin voz
sin luz
sin aire.

Háblales de tu alumbramiento
de tu creencia en una humanidad plena
libre y divergente.
Diles que conociste la responsabilidad
y por ello dudas de todo.
Diles que eres individuo
especie nueva
que amas la vida y la respetas
la disfrutas a plenitud
y te acabas en ella.

Diles de su secreto
de su estrategia corporativa
repudia el reclutamiento siniestro
¡denúncialo!

Hombre o Mujer, o transgénero:
ya no eres grupo
eres conciencia individual
Rey y Reina
León y Leona
Dios y Diosa
Ya no volverás a ser
Camello del desierto
Ni mula de carga.

El Mesías

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Autor: Cristian Arias

 Luego de superar su profundo llanto, el Maestro sonrió por fin, respiró calmo mirando en derredor y gritó a la multitud hambrienta:

 “Malditos aquellos que crean en mí y me sigan, porque heredarán el reino de la muerte por los siglos de los siglos”

 Miró luego las piedras que cargaba entre sus manos y que pensaba convertir en pan, las aventó a la tierra seca y agregó:

 “Y mejor les valdría convertir su propio pan”

 Se volvió para ascender una colina desierta hasta que se perdió de vista. Pocos años después la multitud ya lo había olvidado por completo.

Decisión

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Autor: Cristian Arias

Si lo quieres, ¡escápate!
y haz el amor como los gatos.
Cúbrete tras la luna nueva
y ¡quémate!
Que jugando con fuego
terminarás abrasado
en tus frenéticos deseos
de fiera salvaje.

¡Demórate! Si así te place,
con la solícita impaciencia
de una jauría en celo.
Acábate en el éxtasis de la aventura y
piérdete en él.

Pero al final del trance,
cuando el rubio sol devele tus pasos
y descubra tus ojos,
no pretendas borrar
aquellos arañazos
profundos y mortales
que tu audacia ha dejado.
Aguanta el río de lágrimas.
No esperes que el amor te reciba
en un camino de flores eternas.

Divina humanidad

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Foto: Sebastian Helman

Por: Cristian Arias

Divina humanidad, apréndete la gran fábula del caminante canino. El perro, transeúnte de infinita sonrisa, camina y cada momento de su andar es un dejo de vida plena, de agotamiento. Hedonista sensato, olisqueador de los placeres mundanos, siempre estás buscando lo que deseas, siempre ágil, siempre sereno, siempre osado y atrevido. Hermano, amigo dionisiaco, lúbrico y festivo, que en el momento inesperado dejas tirado un resto de tu ser, la miseria alegre y colorida a la mitad del camino. La dejas como recuerdo constante de tu sobrada humildad. Y miras el rostro de los perplejos asqueados, los miras con cierta extrañeza, para luego, sin dejar de sonreír, proseguir tu andar tras nuevos olores, tras otros horizontes.

Y en esa búsqueda contingente, el azar de tu vulgar vida encuentra tantas sensaciones extrañas como rutas tienes por recorrer. Sueles, por ejemplo, encontrar un amor, tan efímero como un respiro, tan pérfido como una promesa. Lo luchas en cabal duelo con algunos de tus congéneres. Y si lo logras, es tuyo el instante como el adiós de un sueño, caliente y fugaz. Es un amor callejero, una función teatral, un ditirambo plácido que los perplejos asqueados reprochan agachando sus miradas, indignándose, ocultándose o en el mejor de los casos atacando con piedras. Dicen: “el amor es pleno o no es amor”. El perro disfruta de su descarada fornicación y luego se pierde, se esfuma otra vez en busca de nuevos olores. Pero nunca se oculta, nunca planea, jamás espera la noche para acometer por la espalda, detrás del silencio. El canino hace el amor de día, a la vista del sol y de los hombres.

Perversa humanidad: aborta la fábula del taimado maullador. Sé sincera y descarada, sé abierta y transparente como manantial de agua fresca, siempre sonoro, siempre honesto. Sé mañana soleada y tarde multicolor. Divina y perversa humanidad, no seas como los gatos que hartos de limpieza y misterio se equiparan a Dios y esconden sus miserias bajo el manto de la tierra.

Terrible humanidad, no te encorves ni ocultes tu frivolidad.