Carta a un amigo indeciso de votar SI o NO en el plebiscito

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Querido amigo, me has manifestado muchas veces tu indecisión de votar Sí o No el próximo 2 de octubre. Te han bombardeado de información y no sabes qué hacer, qué pensar, qué decidir. Me has mostrado mensajes en favor de la paz, mensajes de reconciliación y perdón. Pero también me has compartido mensajes oscuros, de incitación a la guerra, a la muerte, al odio. Dices que pese a todo, los del No tienen muchas razones para justificar su voto, porque no creen en nada de lo que se ha pactado, ni en la intención del Acuerdo, ni en sus posibles resultados.

Pues sólo te digo que no pienso incidir en tu decisión, que debes aprender a desarrollar el valor moral de tomar decisiones propias, fruto de tu propio juicio. No lo tomes a mal, pero eso se llama ser mayor de edad: hacer uso público de su propia razón sin la ayuda de un tutor, de un mesías. Ser tu propio juez. Sin embargo, quiero compartirte mi punto de vista, una opinión como muchas otras, no una verdad absoluta para que me creas.

Voy a partir de dos ejemplos concretos: ayer me compartiste un video en el que un tipo vestido de camuflado, con el cabello un poco largo para ser militar y con voz desafiante invitaba a votar por el No alegando la enorme estupidez que embarga a los “culicagados” ilusos que con banderitas blancas pregonan la paz. El detalle a tener presente es que el personaje está representando nada más y nada menos que a un paramilitar, que comienza su discurso ofreciéndose para matar y termina intimidando a los votantes que están a favor del sí diciendo que “se están poniendo violentos. Hay dos formas de entender este tipo de mensajes: con agudeza crítica para captar la clase de persona que lo está emitiendo. La otra forma es emocionarse y gritar enardecido: “!eso es cierto, por fin alguien dijo las cosas con güevas! Sólo tu inteligencia lo dirime. Otro ejemplo es el de un audio de una conversación privada de Hugo Aguilar, antiguo gobernador de Santander, quien al igual que el anterior, alegaba las consecuencias nefastas de votar a favor del Sí. Aquí debemos tener en cuenta una cosa: quien habla estuvo preso por apoyar grupos paramilitares. Quiere decir, que fue cómplice de asesinatos y desplazamientos para hacerse elegir y asegurar su caudal político. De su desparpajo al hablar y las palabras desobligantes y temerarias que utiliza no voy a referirme. Aunque no voy a negar que a mucha gente esto le encanta y hasta le excita: que les hablen duro, que digan groserías. Ese masoquismo verbal que enardece las mentes.

En conclusión, una cosa es escuchar a una persona decente, que exprese sus reservas por el plebiscito o que con argumentos explique porqué conviene votar No, y otra es escuchar comentarios incendiarios o falsas declaraciones. Una cosa es escuchar a una persona honorable y educada, que hay muchas, y otra a la senadora Cabal; y otra es escuchar a un líder religioso que desde su iglesia de barrio predica a favor del No; y otra también es escuchar a quien en redes sociales declara que de ganar el Sí, dejarán la biblia y tomarán los fusiles. El primero explica con argumentos su punto de vista. Cabal es una mujer tipo Trump, solo habla para abrir heridas y dividir y con eso ganar más seguidores en las redes sociales, seguidores ya sabe de qué tipo: gente desinformada que solo actúa por pasión e impulso, que sólo lee lo que quiere leer, por miedo a encontrarse cosas que no le gustan. Los demás sólo hablan para generar miedo y zozobra. El problema grande es que muchos no están dispuestos a leer a un pensador, a un intelectual y más bien prefieren la comodidad del cafre que dice groserías, que intimida con un camuflado o un arma grande. Como lo ha dicho el mismo Hugo Aguilar en su conversación, este es un país de muertos de hambre. Precisamente esto es lo que ellos quieren: que se perpetúe el hambre y la ignorancia, porque un país hambriento, inculto y en guerra es mejor, más fácil de doblegar. Porque el borrego sólo sigue la manada, obedece, es dependiente del pastor para que lo alimente.

De los grandes argumentos a favor del No, el más insistente y que ha calado con más fuerza es aquel que pregona que Colombia se volverá otra Venezuela. No es tan sencillo explicar por qué esto es imposible que suceda. Hay quienes en artículos y ensayos han tratado de advertir esta imposibilidad, pero nadie los lee, nadie tiene tiempo y entonces se conforman con el meme, el audio chistoso, el mensaje fuerte, el postre elemental que les llene el estómago cerebral antes de irse a dormir. Pero el fracaso de explicar las razones históricas, sociales y culturales por las que es imposible que Colombia sea una gemela de Venezuela luego de la incursión de los miembros de las FARC a la vida civil, no reside tanto en la falta de comprensión de esa explicación como en el rechazo malintencionado a la explicación. En un ambiente tan polarizado en que los argumentos sustentados también se tienen por artimañas de engaño de los agentes del terrorismo, no queda otra alternativa que esperar que el tiempo nos de la razón.

Pero te dejo estas inquietudes para que las mastiques a la manera del rumiante, lenta y sabiamente: por qué crees que la banca colombiana ha dado su apoyo a esta iniciativa de paz si sería la primera en verse perjudicada por un posible gobierno socialista. Por qué los grandes industriales del país también se sumaron a este empeño, cuando sus propiedades estarían siendo objetos de expropiaciones de un virtual Estado Comunista. Por qué un presidente miembro honorable de la rancia e intocable oligarquía colombiana decidió dedicar sus más grandes esfuerzos de gobierno para negociar con la insurgencia guerrillera, su más enconosa enemiga. Por qué los grandes símbolos del capitalismo mundial, el Banco mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo han apoyado desde siempre el proceso de paz. ¿Será que la banca colombiana, los grandes industriales del país, la acaudalada familia presidencial, la banca mundial, la Organización de la Naciones Unidas, la Corte Penal Internacional, el gobierno de los Estados Unidos, la Unión Europea, la Iglesia católica e innumerables comunidades religiosas, todas se unieron en favor de las FARC para cumplir su sueño de una Colombia Comunista? ¿Será que la voz de todos los cantantes, artistas, escritores, actores, deportistas e intelectuales en favor de la paz, en apoyo del Sí, ha estado influenciada por el consumo de un bebedizo secreto preparado en los llanos del Yarí y suministrado por orden presidencial a través de todos los acueductos y embotelladoras de agua? ¿Será que un personaje como Henrique Capriles, el mayor opositor del Gobierno de Venezuela, ha vendido sus principios por saludar y apoyar la firma de la paz?

Creer esto es lo mismo que creer con fe ciega que Timochenko será el futuro presidente de Colombia. Los que azuzan a los ignorantes con esta afirmación, olvidan que no se puede ser mandatario por soplo divino, que se debe pasar por la aprobación popular, por el voto. Quien crea con certeza que las FARC se tomarán el poder político y gobernarán por siempre el país, es proclive a la fácil disuasión y al engaño, porque lo mueve a pensar y actuar el miedo más que el sentido común. Pensar que la archimillonaria maquinaria financiera e industrial, los poderosos propietarios y la oligarquía capitalina y regional van a entregarse como mansos corderos a un supuesto poder Castro Chavista es apenas un mal chiste.

Pero volvamos a lo real y concreto y es lo siguiente: el Si va a ganar; y las FARC dejarán las armas y van a entrar a la vida civil y van a hacer política, y las cosas no serán como los líderes del miedo están diciendo. Pero sólo el tiempo nos dará la razón. La razón de que Colombia en un futuro cercano será un país con más inversión social, más seguro, más educado, con un sistema de salud y bienestar más efectivo e incluyente, y por lo tanto más atractivo para el extranjero que comenzará a reconocer la otra Colombia, no la temible patria de la barbarie que le han mostrado los medios de comunicación y el cine.

Por eso quiero trascender las advertencias temerarias de Álvaro Uribe Vélez, para quien el Acuerdo con las FARC generará nuevas violencias. Sería ingenuo ignorar lo evidente, lo que estamos comenzando a ver: el recomienzo de las muertes a líderes sociales, preludio de lo que puede sucederle a los futuros desmovilizados si el Estado no los protege, si entre todos no nos unimos para evitar futuros odios y venganzas. Sería ingenuo no saber que existe un saldo al apostarle a la paz, pero creo que venceremos esa etapa inicial reaccionaria, luego de la cual nos enfrentaremos todos, pero exclusivamente a través de las ideas, para construir el nuevo país, sin guerras, sin violencia.

Entonces ya lo sabes, votaré por el Sí. Y para ti sólo espero que tomes la decisión más inteligente. La más humana, sin miedo a que te llamen iluso o vendido.

Por: Cristian Arias

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LAS MOSCAS. Por Horacio Quiroga. Cuento de sábado.

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Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado contra el suelo. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del rozado, aquél conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo largo una franja carbonizada habla muy claro de la acción del fuego.

Esto era el invierno pasado. Han transcurrido cuatro meses. En medio del rozado perdido por la sequía, el árbol tronchado yace siempre en un páramo de cenizas. Sentado contra el tronco, el dorso apoyado en él, me hallo también inmóvil. En algún punto de la espalda tengo la columna vertebral rota. He caído allí mismo, después de tropezar sin suerte contra un raigón. Tal como he caído, permanezco sentado -quebrado, mejor dicho- contra el árbol.

Desde hace un instante siento un zumbido fijo -el zumbido de la lesión medular- que lo inunda todo, y en el que mi aliento parece defluirse. No puedo ya mover las manos, y apenas uno que otro dedo alcanza a remover la ceniza.

Clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez.

Esta es la verdad. Como ella, jamás se ha presentado a mi mente una más rotunda. Todas las otras flotan, danzan en una como reverberación lejanísima de otro yo, en un pasado que tampoco me pertenece. La única percepción de mi existir, pero flagrante como un gran golpe asestado en silencio, es que de aquí a un instante voy a morir.

¿Pero cuándo? ¿Qué segundos y qué instantes son éstos en que esta exasperada conciencia de vivir todavía dejará paso a un sosegado cadáver?

Nadie se acerca en este rozado: ningún pique de monte lleva hasta él desde propiedad alguna. Para el hombre allí sentado, como para el tronco que lo sostiene, las lluvias se sucederán mojando corteza y ropa, y los soles secarán líquenes y cabellos, hasta que el monte rebrote y unifique árboles y potasa, huesos y cuero de calzado.

¡Y nada, nada en la serenidad del ambiente que denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien, a través de los troncos y negros gajos del rozado, desde aquí o allá, sea cual fuere el punto de observación, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida está a punto de detenerse sobre la ceniza, atraída como un péndulo por ingente gravedad: tan pequeño es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su situación: se muere.

Esta es la verdad. Mas para la oscura animalidad resistente, para el latir y el alentar amenazados de muerte, ¿qué vale ella ante la bárbara inquietud del instante preciso en que este resistir de la vida y esta tremenda tortura psicológica estallarán como un cohete, dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante?

El zumbido aumenta cada vez más. Ciérnese ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos verdes. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroquí, por una de cuyas hojas sale a escape una tropilla de potros blancos, mientras por la otra entra corriendo una teoría de hombres decapitados.

Quiero cerrar los ojos, y no lo consigo ya. Veo ahora un cuartito de hospital, donde cuatro médicos amigos se empeñan en convencerme de que no voy a morir. Yo los observo en silencio, y ellos se echan a reír, pues siguen mi pensamiento.

-Entonces -dice uno de aquéllos -no le queda más prueba de convicción que la jaulita de moscas. Yo tengo una.

-¿Moscas?…

-Sí -responde-, moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que alquilo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, esté seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las alquilo a precio módico.

¿Hospital…? Súbitamente el cuartito blanqueado, el botiquín, los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido…

Y bruscamente, también, se hace en mí la revelación. ¡Las moscas!

Son ellas las que zumban. Desde que he caído han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego, las moscas han tenido, no sé cómo, conocimiento de una presa segura en la vecindad. Han olido ya la próxima descomposición del hombre sentado, por caracteres inapreciables para nosotros, tal vez en la exhalación a través de la carne de la médula espinal cortada. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa, midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar a sus huevos.

El médico tenía razón. No puede ser su oficio más lucrativo.

Mas he aquí que esta ansia desesperada de resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad. No me siento ya un punto fijo en la tierra, arraigado a ella por gravísima tortura. Siento que fluye de mí como la vida misma, la ligereza del vaho ambiente, la luz del sol, la fecundidad de la hora. Libre del espacio y el tiempo, puedo ir aquí, allá, a este árbol, a aquella liana. Puedo ver, lejanísimo ya, como un recuerdo de remoto existir, puedo todavía ver, al pie de un tronco, un muñeco de ojos sin parpadeo, un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas. Del seno de esta expansión, que el sol dilata desmenuzando mi conciencia en un billón de partículas, puedo alzarme y volar, volar…

Y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído, a los rayos del sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital.

¡DILES QUE NO ME MATEN! Por Juan Rulfo. Cuento de sábado.

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-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

“Y me mató un novillo.

“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

FIN

ACABAR CON LA GUERRA DE OFENSAS EN FACEBOOK: UNA BUENA ESTRATEGIA DE PAZ

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Ayer compartí en el muro  del grupo público de Facebook  Colombianos en Toronto (como lo hice en algunos otros más) una información que exponía cómo este año solamente han ingresado al Hospital Militar de Bogotá dos heridos como consecuencia del conflicto armado, mientras que diez años atrás, en el 2006, habían ingresado al mismo hospital y por las mismas razones 1119 personas. La información pretendía servir de prueba infalible sobre la eficacia del diálogo y la trascendencia de la reconciliación. Pero tuve que eliminar la publicación, pues allí dos participantes del muro terminaron lanzándose mutuamente una generosa carga de insultos. Lo curioso del caso es que quienes protagonizaron esta guerra de improperios fueron dos personas con la misma opinión, pues manifestaron su desprecio por el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y  las FARC, pero que, ante un mal entendido (Lo resumo: el uno entendió lo contrario del otro y viceversa; un antifarc terminó convertido en un asqueroso guerrillero, y el otro antifarc en un miserable don nadie), se salieron de cauce y ya no hubo quien los parara.

Tres reflexiones: primera, la metralla de insultos que produjeron pueden explicar su desprecio por la paz. Segunda, este episodio es una prueba fehaciente de la necesidad del entendimiento y la escucha del otro; de las consecuencias nefastas de la soberbia y el desprecio por el diálogo. Y tercera: la ley de los signos dice que menos por menos da más. Esto me acerca a la sospecha de que dos posiciones negativas se pueden eliminar mutuamente para dar paso a la positiva. La positiva es el SI.

Cristian Arias

 

CÓMO SE SALVÓ WANG-FO. Cuento de viernes, por: Marguerite Yourcenar.

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El anciano pintor Wang-Fo y su discípulo Ling erraban a lo largo de los caminos del reino de Han.

Avanzaban lentamente ya que Wang-Fo se detenía en la noche para contemplar los astros y en el día para mirar a las libélulas. Iban poco cargados porque Wang-Fo prefería la imagen de las cosas a las propias cosas. Ningún objeto en el mundo le parecía digno de ser adquirido con excepción de pinceles, tarros de laca y tintas de china, rollos de seda y papel de arroz. Eran pobres porque Wang-Fo cambiaba sus pinturas por una ración de puré de mijo y despreciaba las piezas de plata. Su discípulo Ling, inclinado bajo el peso de una bolsa llena de apuntes, doblaba respetuosamente la espalda como si llevara la bóveda celeste, pues para él ese saco contenía montañas cubiertas de nieve, ríos en primavera y el rostro de la luna de verano.

Ling no había nacido para andar los caminos al lado de un viejo que poseía a la aurora y retrataba el crepúsculo. Su padre había sido comerciante en oro; su madre, la hija única de un mercader de jade que le heredó sus riquezas luego de maldecirla por no haber sido hombre. Ling creció en una casa donde la abundancia había eliminado los azares. Esta existencia cuidadosamente delineada lo había vuelto tímido: Ling temía a los insectos, al trueno y a la cara de los muertos. Cuando tuvo quince años su padre le escogió esposa. La tomó muy bella porque la idea de procurarle tanta felicidad a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad en que la noche sirve para dormir. La mujer de Ling era frágil como una caña, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda los padres de Ling llevaron la discreción hasta su propia muerte, y su hijo permaneció solo en la casa pintada de cinabrio en compañía de su joven mujer que siempre sonreía, y de un ciruelo que cada primavera daba flores rosas. Ling amó a esta mujer de corazón transparente como a un espejo que no se opaca, como un talismán que se lleva para siempre. Frecuentaba las casas de té para seguir la moda; favorecía discretamente a los acróbatas y a las bailarinas.

Una noche en una taberna tuvo de compañero de mesa a Wang-Fo. El anciano había bebido para poder pintar mejor a un borracho; su cabeza colgaba de lado como si tratara de medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz soltaba la lengua de este artesano taciturno, y durante aquella noche Wang habló como si el silencio fuera un muro y las palabras colores destinados ha habitarlo. Gracias a él, Ling conoció la belleza de las caras de los borrachos manchadas por el humo de las bebidas calientes, el brillo marrón de las carnes desigualmente acariciadas por los lengüetazos del fuego, y el exquisito rosado de las manchas de vino cubriendo los manteles como pétalos marchitos. Un ventarrón rompió la ventana, la tormenta entró en la habitación. Wang-Fo se inclinó para hacer admirar a Ling el pálido dibujo del relámpago y Ling, maravillado, dejó de temer a la tormenta.

Ling pagó la cuenta del viejo pintor. Como Wang-Fo no tenía dinero ni lugar para quedarse, él le ofreció humildemente albergue. Hicieron el camino juntos. Ling llevaba una linterna, su luz proyectaba en los charcos flamas extrañas. Aquella noche Ling aprendió con sorpresa que los muros de su casa no eran rojos como el creía, sino que tenían el color de una naranja a punto de podrirse. En el patio, Wang-Fo advirtió la delicada forma de un arbusto al que nadie había prestado atención y lo comparó con una joven mujer que deja secar sus cabellos. En el corredor siguió con deleite el tímido paseo de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror de Ling por estos animalillos se desvaneció por completo. Entonces, al comprender que Wang-Fo acababa de regalarle un alma y una nueva percepción, Ling acostó respetuosamente al viejo en la recámara donde su padre y su madre hacía mucho que habían muerto.

Desde mucho tiempo atrás Wang-Fo soñaba con hacer el retrato de una princesa antigua tocando el laúd a la sombra de un sauce. Ninguna mujer era lo bastante irreal para servir de modelo, pero Ling podía hacerlo porque no era mujer. Después Wang-Fo habló de pintar a un príncipe tirando el arco al pie de un gran cedro. Ningún joven de aquel tiempo era lo bastante irreal para servir de modelo, pero Ling hizo posar a su propia mujer bajo el ciruelo del jardín. En seguida, Wang-Fo la pintó con ropas de hada entre las nubes del anochecer, y la joven mujer lloró porque esto era presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que Wang Fo hacía de ella, su rostro se marchitaba como la flor expuesta al cálido viento o a las lluvias de verano. Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la faja que la estrangulaba flotaban confundidas con su cabellera; parecía aún más delgada que de costumbre, pura como las bellezas celebradas por los poetas de los viejos tiempos. Wang-Fo la pintó una última vez porque le gustaba ese tono verde con que se cubre la cara de los muertos. Su discípulo Ling mezclaba los colores y esta tarea exigía tanta aplicación que olvidó derramar lágrimas.

Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su fuente para procurar al Maestro tarros de pintura púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, la abandonaron y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fo estaba cansado de una ciudad donde las caras no tenían ya nada que enseñarle, ningún secreto de fealdad y de belleza, y el maestro y su discípulo vagabundearon juntos por los caminos del reino de Han.

Su reputación los precedía en los pueblos, en las castillos y bajo el atrio de los templos donde los nerviosos peregrinos se refugian al anochecer. Se decía que Wang-Fo tenía el poder de dar vida a sus pinturas por un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros venían a suplicarle que les pintara un perro guardián y los señores querían de él imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fo como un sabio, el pueblo lo temía como un brujo. Wang se alegraba de estas diferencias de opinión que le permitía estudiar a su alrededor expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.

Ling mendigaba la comida, velaba el sueño del Maestro y aprovechaba sus éxtasis para frotarle los pies. Cuando apenas comenzaba a amanecer y el viejo aún dormía, Ling salía a la busca de paisajes tímidos disimulados detrás de los cañaverales. Al atardecer, cuando el Maestro, desalentado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang estaba triste y hablaba de su larga edad. Ling le enseñaba sonriendo el sólido tronco de un viejo castaño; cuando Wang estaba feliz y decía chistes, Ling hacía humildemente como si lo escuchara.

Un día, cuando el Sol se estaba ocultando, llegaron a los suburbios de la ciudad imperial. Ling buscó para Wang-Fo un lugar donde pasar la noche. El anciano se arropó con unos andrajos y Ling se acostó contra él para calentarlo la primavera apenas había comenzado y el piso de tierra aplanada estaba todavía helado. Al alba, unos pasos enérgicos retumbaron en los corredores de la casa. Se escucharon los cobardes susurros del dueño y algunas órdenes gritadas insolentemente. Ling tembló al recordar que la víspera había robado un pastel de arroz para la cena del Maestro. Sin dudar de que venían a arrestarlo, se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fo a pasar el vado del río próximo.

Los soldados entraron con linternas. La luz filtrada a través del papel abigarrado daba tonalidades rojas o azules a sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba sobre sus hombros y los más feroces lanzaban de improviso bramidos sin razón. Pusieron pesadamente la mano sobre la nuca de Wang-Fo, quien no pudo dejar de observar que sus mangas no hacían juego con el color de los abrigos.

Sostenido por un discípulo, Wang-Fo siguió a los soldados tropezando por lo desigual de los caminos. Los curiosos reunidos se burlaban de esos dos criminales que llevaban sin duda a decapitar. A todas las preguntas de Wang los soldados respondían con un gesto amenazador. Sus manos atadas le dolían y Ling, desesperado, miraba a su Maestro sonriendo, lo que para él era una manera más tierna de llorar.

Al fin llegaron a las puertas del palacio imperial cuyos muros violetas se levantaban en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados hicieron pasar a Wang-Fo por innumerables salas cuadradas o circulares cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, el macho y la hembra, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas emitiendo una nota musical y su disposición era tal que al atravesar al palacio de este a poniente se recorría la escala tonal. Todo se concertaba para dar la idea de un poder y una sutileza sobre humanas; se sentía que las órdenes más insignificantes pronunciadas aquí deberían ser definitivas y terribles como la sabiduría de los ancestros. En fin, el aire se enrareció y el silencio se volvió tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina, los soldados temblaron como mujeres y el pequeño grupo entró en la sala donde reinaba el Hijo del Cielo.

Era una sala desprovista de muros, sostenida por gruesas columnas de piedra azul. Un jardín se desparramaba del otro lado de los fustes de mármol, y cada flor de esos bosquecillos pertenecía a una rara especie traída de más allá de los océanos. Pero ninguna tenía perfume por miedo a que la meditación del Dragón Celeste no fuera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que se bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior de las murallas e incluso se había alejado a las abejas. Un enorme muro se paraba al jardín del resto del mundo, a fin de que el viento que pasa sobre los cadáveres hinchados de los perros y los restos de los campos de batalla no pudiera rozar siquiera la manga del Emperador.

El Amo Celeste estaba sentado en un trono de jade. Sus manos estaban arrugadas como las de un abuelo a pesar de que apenas tenía veinte años. Su túnica era azul para recordar el invierno y verde para figurar la primavera. Su rostro era hermoso pero impasible, como un espejo colocado demasiado arriba que no reflejara sino los astros y el implacable cielo. Tenía a la derecha a su Ministro de Placeres Perfectos y a la izquierda a su Consejero de Justos Tormentos. Como sus cortesanos, parados al pie de las columnas, tendían la oreja para recoger hasta la más mínima palabra salida de sus labios, había tomado el hábito de hablar siempre en voz baja.

—Dragón Celeste—, dijo Wang-Fo arrodillado—, estoy viejo, soy pobre y débil. Tú eres como el verano, yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas, yo sólo tengo una que ya va a terminar. ¿Qué te he hecho? Me han amarrado las manos que jamás te han perjudicado.

—¿Me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fo? —dijo el Emperador.

Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha que los reflejos del pavimento de jade hacía aparecer glauca como una planta submarina, y Wang-Fo, maravillado por esos delgados y largos dedos, buscó entre sus recuerdos si no había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato mediocre que mereciera la muerte. Pero era poco probable pues Wang-Fo hasta ese día casi no había frecuentado la corte de los Emperadores prefiriendo las chozas de los granjeros, o en las ciudades, los rumbos de las prostitutas y las tabernas a lo largo de los muelles donde pelean los estibadores.

—¿Me preguntas qué daño me has hecho, viejo Wang-Fo —volvió a decir el Emperador, inclinando su cuello estrecho hacia el anciano que le escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno de otro no puede deslizarse en nosotros sino por nuestras nueve aberturas, para mostrate tus faltas debo recorrer contigo los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la recámara más secreta del palacio, porque creía que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a la vista de los profanos, en presencia de los cuales no pueden bajar los ojos. Es en esas salas que fui criado, viejo Wang-Fo, ya que se había dispuesto a mi alrededor la soledad para permitirme crecer ahí. Para evitar a mi candor la salpicadura de las almas humanas, me habían alejado de la marea agitada de mis futuros súbditos y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta por miedo a que la sombra de ese hombre o de esa mujer llegara hasta mi. Los pocos servidores viejos que se me habían otorgado se mostraban lo menos posible; las horas daban vuelta en círculo, los colores de tus pinturas se encendían con el alba y palidecían con el crepúsculo. En la noche, cuando no lograba conciliar el sueño, las miraba y durante cerca de diez años las he observado todas las noches. Durante el día, sentado sobre una alfombra de la que me sabía de memoria el dibujo, con mis manos vacías en mis rodillas de seda amarilla, soñaba con las alegrías que me guardaba el futuro. Me imaginaba el mundo, con el país de Han en medio, semejante a la llanura monótona y vacía de la mano que atraviesan las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor el mar, donde nacen los monstruos, y más lejos todavía las montañas, que soportan el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas estas cosas me servía de tus pinturas. Tú me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua desplegada de tus telas, tan azul que cuando una piedra se hunde en él no puede sino volverse zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como si fueran flores, parecidas a las criaturas que salen, impulsadas por el viento, en las avenidas de tus jardines; y que los jóvenes guerreros esbeltos que vigilan las fortalezas de las fronteras, eran ellos mismos flechas que podían traspasarte el corazón. Cuando tuve dieciséis años vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para contemplar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Ordené mi litera: sacudido por caminos de los que no imaginaba ni el barro ni las piedras, recorría las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres semejantes a luciérnagas, tus mujeres cuyo propio cuerpo es un jardín y una aurora. Los guijarros de las orillas me desilusionaron de los océanos; la sangre de los torturados es menos roja que la granada detenida en tus lienzos; la miseria de las aldeas me impide ver la hermosura de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna como la carne muerta que cuelga de los ganchos del carnicero y la gruesa carcajada de mis soldados me revuelve el corazón. Tú me has mentido, Wang-Fo, viejo impostor: el mundo no es sino un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, mojadas eternamente con nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más bello de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el cual vale la pena gobernar es donde tú penetras, viejo Wang, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. Tú eres el único que gobiernas en paz sobre montañas cubiertas con una nieve que nunca se funde y sobre campos de narciso que no pueden morir. Esta es la razón, Wang-Fo, por la que he buscado qué suplicio estaría reservado a ti, cuyos sortilegios me han desilusionado de lo que poseo y encendido el deseo de lo que nunca tendré. Y para encerrarte en la única celda de la que no puedas salir. He decidido que te quemen los ojos, porque tus ojos, Wang-Fo, son las dos puertas mágicas que se abren a tu reino. Y como tus manos son los dos caminos de diez senderos que te llevan al corazón de tu imperio, he decidido que te corten las manos. ¿Me has comprendido, viejo Wang-Fo?

Al escuchar esta sentencia el discípulo Ling arrancó de su cintura su cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo detuvieron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:

—Y también te odio, viejo Wang-Fo, porque has sabido hacerte amar. Maten a ese perro. —Ling dio un salto hacia adelante para evitar que su sangre manchara la ropa del Maestro. Uno de los soldados levantó su sable y la cabeza de Ling se desprendió de su cuello como cuando se corta una flor. Los sirvientes se llevaron sus restos, y Wang-Fo desesperado admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejara sobre el pavimento de piedra verde.

El Emperador hizo un gesto y dos eunucos secaron los ojos de Wang-Fo.

—Escucha, viejo Wang-Fo —dijo el Emperador—, y enjuga tus lágrimas porque no es éste el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer limpios a fin de que la poca luz que les queda no sea ahuyentada por tus sollozos. Ya que no sólo por rencor deseo tu muerte, no es sólo por crueldad que quiero verte sufrir. Tengo otros planes, viejo Wang-Fo. Poseo en mi colección de tus obras una pintura admirable donde las montañas, el estuario de los ríos y el mar se reflejan, infinitamente reducidos sin duda, pero con una evidencia que aventaja la de los propios objetos, como las figuras repetidas en las paredes de una esfera. Pero esta pintura no está terminada, Wang-Fo y tu obra maestra es apenas un borrador. Es evidente que en el momento en que pintabas, sentado en un valle solitario, observaste a un pájaro que pasaba o a un niño que perseguía a ese pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No terminaste ni las orillas del abrigo del mar ni la cabellera de algas de las rocas. Wang-Fo, quiero que dediques las horas de luz que te quedan a terminar esta pintura que en cerrará así los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No tengo ninguna duda de que tus manos, tan próximas a caer, no temblarán sobre la tela de seda y que la eternidad penetrará en tu obra por esos trazos desdichados. Y ninguna duda de que tus ojos, tan cerca de ser eliminados, descubrirán secretos en el límite de los sentidos humanos. Este es mi plan, viejo Wang-Fo, y puedo obligarte a cumplirlo. Si rehusas, antes de enceguecerte haré quemar todas tus obras y serás entonces como un padre al que le han matado los hijos y destruido las esperanzas de posteridad. Pero cree más bien, si quieres, que esta última orden no es sino consecuencia de mi bondad, pues yo sé que la tela es la única amante que jamás has acariciado. Y ofrecerte pinceles, colores y tinta para ocupar tus últimas horas, es conceder una ramera a un hombre condenado a muerte.

A un movimiento del meñique del Emperador, dos eunucos llevaron respetuosamente la pintura inacabada en la que Wang-Fo había trazado la imagen del mar y la del cielo. Wang-Fo secó sus lágrimas y sonrió, porque ese pequeño borrador le recordaba su juventud. Todo mostraba una frescura de alma a la que Wang-Fo ya no podría pretender, y sin embargo faltaba algo, porque en la época en que Wang la había pintado aún no había observado bastantes montañas, ni peñascos que bañaran en el mar sus flancos desnudos, tampoco había penetrado lo suficiente en la tristeza del crepúsculo. Wang-Fo escogió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender sobre el mar inacabado largos trazos azules. Un eunuco sentado a sus pies mezclaba los colores, pero lo hacia tan mal que Wang-Fo lamentó más que nunca la pérdida de su discípulo Ling.

Wang comenzó por pintar de rosa el extremo del ala de una nube posada sobre una montaña. Después añadió a la superficie del mar pequeñas arrugas que no hacían sino volver más profundo el sentimiento de su serenidad. El pavimento de jade se volvía singularmente húmedo. Pero Wang-Fo, absorbido en su pintura, no se daba cuenta de que trabajaba con los pies en el agua.

El frágil bote fortalecido bajo la mano del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. Un cadencioso golpe de remos se levantó de repente a la distancia, rápido y nerviosos como un batir de alas. El golpe se aproximó, llenó dulcemente toda la sala, por fin cesó y algunas gotas temblaron inmóviles, suspendidas en los remos del lanchero. Desde hacía tiempo el fierro rojo destinado a los ojos de Wang se había apagado sobre el brasero del verdugo. Con el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmóviles por la etiqueta, se levantaban sobre la punta de los pies. El agua alcanzó por fin el nivel del corazón imperial. El silencio era tan profundo que uno hubiera podido escuchar la caída de una lágrima.

Era Ling. Llevaba su vieja túnica de todos los días y su manga derecha aún tenía un desgarrón que no había podido reparar en la mañana antes de la llegada de los soldados. Pero ahora llevaba alrededor del cuello una extraña mascada roja.

Wang-Fo le dijo dulcemente sin dejar de pintar:

—Te creía muerto.

—Si usted seguía vivo —respondió—, ¿cómo hubiera podido morir?

Y ayudó al Maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba sobre el agua, de suerte que Ling parecía navegar en el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos del Emperador flotaba como una flor de loto.

—Mira, hijo mío, —dijo melancólicamente Wang-Fo—. Esos desdichados van a perecer si no es que ya están muertos. No me sospechaba que hubiera suficiente agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué hacer?

—No tema nada, Maestro —murmuró el discípulo—. Muy pronto estarán secos y no recordarán siquiera que sus mangas estuvieron mojadas. Sólo el Emperador guardará en el corazón un poco de amargura marina. Estas gentes no están hechas para perderse en el interior de una pintura.

Y añadió:

—El mar está tranquilo, el viento es bueno, los pájaros marinos hacen su nido. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.

—Partamos, —dijo el anciano pintor.

Wang-Fo tomó el timón y Ling se inclinó sobre los remos. La cadencia de su golpe llenó toda la sala, firme y regular como el ritmo de un corazón. El nivel del agua desminuía insensiblemente alrededor de los grandes peñascos verticales que volvían a convertirse en columnas. Pronto, uno que otro charco brillaba solitario en las de presiones del pavimento de jade. Los vestidos de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador guardaba algunos vellones de espuma en el filo de su capa.

El cuadro terminado por Wang-Fo estaba colocado contra un tapiz. Una barca ocupaba todo el primer plano. Se alejaba poco apoco dejando tras ella un estrecho surco que volvía a cerrarse sobre la superficie inmóvil. Ya no se distinguían los rostros de los dos hombres sentados en la barca, pero aún se podía ver la mascada roja de Ling, la barba de Wang-Fo flotaba al viento.

El golpe de los remos adelgazó; después desapareció obliterado por la distancia. El Emperador, inclinado hacia adelante, la mano sobre los ojos, miraba alejarse la barca de Wang y ya no era sino una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vapor dorado se elevó y se desplegó sobre el mar. En fin, la barca giró alrededor de un peñasco que cerraba la entrada de alta mar, la sombra de un acantilado cayó sobre ella. El surco se borró de la superficie desierta, y el pintor Wang-Fo y su discípulo Ling desaparecieron para siempre sobre este mar de jade azul que Wang-Fo acababa de inventar.

Marguerite Yourcenar.