Cuento de viernes. Carta a una señorita en París.

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Julio Cortázar

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar… Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá… Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejito de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro… entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y… Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable… Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo… y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo… Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas… ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si… para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces… Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo… En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.

(De Bestiario)

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Cuando Cristo salga de las escuelas Colombia será un país civilizado.

educación religiosa

El tema de la implementación de cambios estructurales en el ámbito escolar colombiano impulsada por el Ministerio de Educación para mejorar la convivencia y promover el respeto por las diferencias étnicas, ideológicas y sexuales, así como la polvareda levantada a raíz de la divulgación de información falsa y tergiversada alrededor del trabajo que el Ministerio viene adelantando en materia de educación sexual, ha servido como piedra de toque para evaluar el estado en el que se encuentra la sociedad colombiana en materia de educación y para conocer su nivel de respeto y tolerancia por las manifestaciones culturales, sexuales y étnicas de todos los grupos humanos que la componen.

Hasta ahora muchos pensadores, escritores e intelectuales que han analizado la coyuntura, han aportado ideas importantes para dar orientación y luz en un asunto de enorme trascendencia. Unos han basado su preocupación en la celeridad con la que se difunde la información a través de las redes sociales, resaltando el daño nefasto que puede ocasionar en una persona o en una entidad la reproducción masificada de información falseada con intenciones de tergiversar una realidad o simplemente de crear pánico y desorientación, que es precisamente lo que sucedió luego de que una opositora del gobierno afirmara en su cuenta de twitter que unas cartillas con contenido sexual se estaban repartiendo en colegios de la costa caribe, información que se regó como pólvora, junto a las imágenes del supuesto material, que en realidad correspondía a un comic del año 2006 escrito en inglés para público adulto de los Estados Unidos y cuyo autor es el ilustrador belga Tom Bouden. Aunque todo quedó desmentido, ya el daño estaba hecho.

Otro aspecto de explicación y análisis es aquel relacionado con la aclaración de la situación, es decir, con la orientación a cerca del trabajo que viene desarrollando el Ministerio de Educación en materia de lucha contra la discriminación y el matoneo escolar, lo cual es el centro del debate y no otro. En resumen, los directos responsables han explicado a través de los medios de comunicación que su tarea se desarrolla en cumplimiento de la sentencia T478 del 2015, mediante la cual la Corte Constitucional ordena al Ministerio de Educación Nacional implementar el Sistema Nacional de Convivencia Escolar y revisar de manera “extensiva e integral todos los manuales de convivencia en el país, para determinar que los mismos sean respetuosos de la orientación sexual y la identidad de género de los estudiantes y para que incorporen nuevas formas y alternativas para incentivar y fortalecer la convivencia escolar”. Uno de los productos finales de esta misión ha sido una guía de educación sexual realizada por expertos, pero que aún no ha sido aprobada por el Ministerio de Educación, titulada Guía Ambientes Escolares Libres de Discriminación.

Lo que vale rescatar de este apartado es el rechazo de muchos grupos sociales, religiosos y educativos a un material que desconocen por completo, a una metodología y a unos conocimientos científicos que ignoran. Y sin embargo han salido a protestar en contra de lo que ciegamente consideran dañino, destructor de los valores familiares, promotor de los intereses de la comunidad LGTBI y patrocinador de la homosexualidad. Todos repiten, siguiendo a sus líderes políticos y religiosos que han aprovechado este río revuelto, que continuarán en su lucha contra lo que han acuñado como la “educación de género” o la “ideología de género”. Marcela Sánchez, directora de Colombia Diversa, explica cómo algunas personas han acuñado estas expresiones con el fin de descalificar una corriente metodológica y teórica que ha servido para entender las relaciones de poder entre hombre y mujeres en diferentes ámbitos “y  que los estudios académicos feministas se han encargado de documentar de manera muy sistemática y seria.

Otro tema que se ha mencionado va mucho más al fondo del asunto en cuestión, y es específicamente el que se refiere a las orientaciones sexuales de los seres humanos, aspecto crucial y álgido, puesto que del conocimiento de las realidades biológicas y sociales depende que avancemos por la vía de la educación para el respeto y la aceptación de los otros. A este respecto algunos líderes de opinión e intelectuales han aportado su punto de vista para clarificar asuntos cruciales como el de la homosexualidad. El escritor Héctor Abad Faciolince ha querido denunciar la ignorancia manifiesta en aquellos que atacan los intentos por educar sobre la diversidad sexual y por garantizar, desde el ámbito escolar, los derechos de quienes poseen otras orientaciones sexuales diferentes a la dominante. Enfrentando la enorme bruma de desconocimiento que inunda las mentes y los corazones de tanto indignado por la defensa de la causa LGTBI y de los derechos de los homosexuales, ha divulgado un video en el que explica que la condición homosexual es una condición biológica, como lo es la de nacer con la piel morena, o zurdo o rubio. Aclara el escritor que entre el 5 y el 10% de los seres humanos en todas las culturas nacen con inclinaciones homosexuales, así que son completamente mentirosos o ignorantes los que divulgan la idea de que es posible educar a un niño para ser gay, de la misma manera que a nadie se le enseña para ser blanco o negro. El poeta Mario Jursich Durán ha publicado en Facebook una información que reafirma lo anterior:

“La orientación sexual no se “enseña”. Es un determinismo biológico y, como tal, resulta imposible de cambiar. Si usted, padre o madre de familia, está convencido de que los niños y las niñas “aprenden” en la casa cuál es el comportamiento sexual correcto, es porque lo ignora todo sobre la vida humana. Ni la homosexualidad ni la heterosexualidad son gustos adquiridos: vienen fatalmente en nuestros genes. Ningún colegio, ninguna cartilla, puede modificar lo que ya es innato en nosotros. Quien diga lo contrario, miente como una cacatúa.

Si retomamos estos tres aspectos, podríamos apreciar un asunto en común, el de lo educativo, que podemos vislumbrar desde tres perspectivas. Por un lado, está claro cómo un grueso importante de la ciudadanía ignora lo más elemental acerca de la condición humana, en este caso acerca de la sexualidad de los seres humanos y del reino animal en general. Si la gente leyera más, sería más comprensiva porque sabría de las diferentes manifestaciones en la dimensión biológica de los animales y los seres humanos, y le sería más fácil entender por qué actuamos sexualmente unos de una manera y otros de otra.

La otra perspectiva de lo educativo se aprecia en la falta de discernimiento propio, de raciocinio individual para determinar la información que se recibe. Simplemente, ante un estímulo se activa un comportamiento en el inconsciente colectivo, como se ha apreciado con la información falseada que muchos ciudadanos aceptaron y compartieron como verdades irrefutables. Sencillamente para muchos resulta más fácil aceptar y compartir una mentira que investigar, indagar, leer y dudar. Si la gente fuese más crítica, más rigurosa, si indagara y analizara la información que recibe a diario, no caería en el error de tragar entero y tendría la madurez de rechazar una información mentirosa, aún en contra de sus intereses, de sus creencias religiosas o de sus preceptos morales. Indignarse ciegamente y hacer circular información sin saber siquiera si es verídica, es una manifestación clara de ignorancia ciudadana.

Esto me permite acercarme a la tercera perspectiva de lo educativo: la manipulación de los entes de poder hacia los ciudadanos. Un ciudadano que no lee, que no se educa y que acepta cualquier información como verdad inapelable, es presa fácil de los fundamentalistas políticos y religiosos que quieren acapararlo todo.

Es enorme la cantidad de líderes de iglesias cristianas que se han subido al tren del poder político, y que a través de sus organizaciones bloquean muchos intentos democráticos y laicos para promover la igualdad y los derechos humanos, sólo porque en muchos casos los principios de las libertades individuales y los valores ciudadanos no compaginan con sus interés ni con sus preceptos morales, adelantando campañas de rechazo y desprestigio que llevan a cabo utilizando su caudal político que es a su vez su rebaño fiel y devoto. El mismo rebaño que desborda estadios en las enormes jornadas de adoración, es aquel que rebosa las calles en protesta por lo que ciegamente considera pecaminoso, desviado, enfermizo y asqueroso, sin saber en la mayoría de los casos qué es lo que realmente está rechazando. Sólo siguen al flautista de Hamelín.

No es casualidad que sean precisamente aquellos que están en contra del proceso de paz, los mismos que se han manifestado en contra de las reformas educativas del Ministerio de Educación y los mismos que se han ubicado del lado del partido político de la ultraderecha que quiere oponerse a todo intento de reconciliación e integración ciudadana.

Una sociedad cuyos ciudadanos pretenden anteponer los preceptos religiosos a los principios democráticos conquistados por la humanidad a lo largo de siglos de lucha en favor de la igualdad, la justicia y los derechos humanos y que en vez de sustentar sus argumentos y paradigmas en la lógica racional de la ciencia, la investigación académica, el debate crítico y el sentido común, lo hace partiendo de preceptos maniqueos de la religión que profesa, es una sociedad abocada al ostracismo de la barbarie, del atraso moral y material, como aquel en el que han caído los países cuyos gobiernos se sustentan en un fundamentalismo mesiánico.

Una sociedad civilizada es aquella que se ha desarrollado al margen de los paradigmas religiosos y de los lineamientos de la fe y la devoción. La historia y la realidad política y social nos enseñan cuan violentas son las sociedades y los gobiernos cuando son dirigidos en nombre de su Dios o de su mesías. En esa misma vía, nos enseñan cuan adelantadas y pacíficas son las sociedades cuyos gobiernos se basan en el fortalecimiento y el respeto de la diversidad religiosa, cultural y sexual. Una sociedad civilizada es aquella en la que caben todos los cultos y creencias y donde se goza de la manifestación libre de la diversidad sexual. Una sociedad civilizada es aquella donde la fe religiosa corresponde al ámbito individual, al fuero personal de cada quien. Una sociedad civilizada es una sociedad plural donde no se pretende imponer bajo ninguna circunstancia una sola ética ni una única cosmovisión de mundo.

El día en que el devocionario cristiano salga por completo del debate público, del discurso político, de la educación escolar,  y no estropee los intentos laicos por lograr una sociedad mejor, más incluyente y respetuosa de la diversidad, ese día Colombia será un país mejor, una democracia de verdad.

El día en que los líderes religiosos y políticos dejen de manipular a sus ciudadanos utilizando los preceptos de la fe católica y protestante para lograr sus fines ideológicos, políticos y económicos, y renuncien a sus pretensiones de devolvernos a una educación devocional en aras de una única cosmovisión de mundo a la que llaman la verdad, ese día Colombia será una democracia de verdad.

El día en que Colombia sea verdaderamente una nación multicultural, abierta y tolerante, que celebre la diversidad de cultos y de pensamiento y que reconozca la abundancia multiétnica como un rasgo definitorio de su identidad nacional, será el día en que todos sus ciudadanos podrán expresar y compartir sus creencias, tradiciones y hábitos sin el miedo a la violencia, al rechazo y a la estigmatización.

Por ahora Colombia seguirá siendo un paisito del tercer mundo, con ínfulas de pasar al cuarto, en razón de su precariedad moral. Para comenzar a revertir esto, es preciso comenzar por sacar a Cristo de la escuela, del colegio, del Concejo, de la Asamblea, del Congreso y que se quede solamente en las iglesias y en los corazones de quienes así lo quieran.

Autor: Cristian Arias