¿Ya leíste Don Quijote? Último comentario. Caps. 66 a 74.

 

Muerte-Quijote

Por Cristian Arias

Don Quijote ya no es caballero andante; acaba de partir de camino como escudero pedestre y todas aquellas aventuras en las que salió derrotado, no por falta de valor o cobardía sino en razón a su mala fortuna, son todas asunto del pasado. Está comenzando a reflexionar, a pensar en que a veces la voluntad, arropada en la presunción ciega confundida con valentía, puede traer desventuras como el acabose que viene de protagonizar. Es entonces consciente de ser artífice de su propia ventura, la de la derrota merecida. Pero de todo este duelo humano queda la plena satisfacción de que, aunque siendo atrevido y osado, ha perdido la honra pero no la virtud. ¿Y cómo se manifiesta esta virtud? En el cumplimiento de la palabra. La dignidad de don Quijote no ha caído; se mantiene incólume por la seguridad de la palabra, del valor de la promesa dada. Pero es lo único que le queda para vivir. El resto, los hechos construidos a fuerza de su brazo, aquellas estampas contundentes que lo han inmortalizado, han muerto. Aunque con la certeza de que resucitarán de sus cenizas como el Ave Fénix, y volverá al nunca olvidado ejercicio de las armas.

Por ahora se reconfortará con la idea de una nueva vida como pastor, en medio de la tranquilidad de la naturaleza viva, de amores, cantos, llantos y poemas, como una nueva manera de alcanzar la gloria y la fama en el presente y en el futuro. Don Quijote sigue pensando en su gloria y Sancho lo secunda, añadiéndole a la cofradía nuevos miembros, el cura, el barbero y el bachiller. Junto a las dueñas de los amores de cada uno, todo sería un nuevo paraíso en la tierra.

En este contexto de derrota, vemos por primera vez a don Quijote buscando por la fuerza obligar a Sancho que se azote. Pero no lo logra. Luego, rogará este favor pero será inútil. Sancho no está dispuesto por ahora a hacer sacrificios ajenos. Las pisoteadas de los cerdos fueron un simbólico mensaje para don Quijote, el resultado ineludible de su destino, el merecimiento de su derrota, de su caída, de la cual no se podrá levantar. Y es que es una doble derrota: la del enfrentamiento con el caballero de la Blanca Luna y la del encantamiento de Dulcinea, siendo ésta última la más devastadora teniendo en cuenta que no está es su ámbito de dominio poder solucionar.

Vemos en seguida, la dupla: dormir y pensar: don quijote se quedará despierto imbuido en sus pensamientos, en la meditación, en lo trascendental; Sancho prefiere seguir durmiendo, satisfacer ese placer físico, necesario para seguir existiendo. Para Don Quijote no es posible la existencia sin el pensamiento. Por eso se alimenta de ideas, de especulaciones, de lamentos existenciales que desfoga en un madrigal recién compuesto en la memoria.

Otro aspecto importante del final de esta historia lo evidenciamos en la segunda llegada de nuestros personajes al castillo de los duques. Allí tiene Sancho que pasar una segunda prueba física para resucitar a la bella Altisidora, muerta por el desamor de don Quijote. Al parecer, para curar, sanar y revivir, como para desencantar, la única prueba consiste en el dolor físico. El espíritu, como en los suplicios de la inquisición, es el que debe pasar por un estado de purificación a través del dolor de la carne. Pero en este caso el cuerpo físico de quien debe ser purificado mediante el suplicio se extrapola en el de otro ser: en Sancho. Es Sancho lo material, lo físico, la cárcel del alma de don Quijote. Por tanto, es él quien debe ahora recibir el suplicio físico por la crueldad de don Quijote, como los tres mil trescientos azotes que deberá recibir si quiere que Dulcinea sea desencantada. La locura de los duques es la locura de los inquisidores que expurgan a través del dolor del cuerpo.

La enorme melancolía y tristeza crecientes producto de la derrota recibida en batalla, pero sobre todo de no poder presenciar a su Dulcinea, han llevado a don Quijote al final de sus días. Todos constataron que verdaderamente se moría al verlo retornar a la cordura, y la única forma en que podía seguir vivo era en la locura que nadie le aceptaba la cual consistía en el poder de su voluntad, de su brazo y de su valor. Pero esto ya había desaparecido. Sancho fue el único que logró comprender esto muy bien cuando dijo, a modo de contradictorio reproche, a quien consideraba la mitad de su vida:

“…no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía.”

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¿Ya leíste Don Quijote? Comentario a los caps. 56 a 65

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Por Cristian Arias

Ambos, amo y escudero salen liberados. Don Quijote libre de Altisidora se va a encaminar en ciertas divagaciones sentimentales al recordar el encantamiento de su Dulcinea y la poca voluntad de Sancho de liberarla. Sancho volverá a su verborrea de refranes. Viene la suave aventura de las pinturas de los santos, la de los toros y las falsas pastoras; pero la trascendencia de estos capítulos estriba en el conocimiento que don Quijote tiene de la supuesta segunda parte del Quijote de la Mancha, libro que acomete con el más grave de los atrevimientos al pintar a don Quijote desenamorado de Dulcinea. Al saber además que en este necio y torpe libro nuestros héroes parten hacia Zaragoza, toma la decisión de cambiar el itinerario:

“— Por el mismo caso —respondió don Quijote—, no pondré los pies en Zaragoza, y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y echarán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice.”

Vemos pues que ya no es el narrador quien reclama su lugar; es el propio personaje quien se rebela ante la falsa historia. Con eso, el apócrifo queda despachado, desautorizado. Quién mejor que el propio don Quijote para hacerlo. La decisión ahora es salir para Barcelona y así lo hacen.

Lo esencial de la llegada a Barcelona es la derrota de don Quijote; no sólo aquella infringida por Sansón Carrasco que lo ha obligado a regresarse desarmado a su pueblo, sino la derrota impotente de no poder desencantar a la musa de sus pensamientos, misión que no recae en su voluntad sino en la de Sancho. Volvemos a presenciar a un Quijote melancólico que no tiene rumbo si su amada no está completa. Así se va sólo con la única victoria de mantener su palabra de que Dulcinea es la más hermosa mujer del mundo. Y otra victoria anexa: la de haber mandado al demonio al Quijote apócrifo.

¿Ya leíste Don Quijote? Comentario a los caps. 43 a 55

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Por: Cristian Arias

En una narración alternada entre el gobierno de Sancho en la ínsula de Barataria y la vida de don Quijote en el castillo de los duques, discurre el río de estos capítulos. Antes de su partida, Sancho debe atender los consejos de su amo; ya vimos los del alma, ahora vienen aquellos que adornan el cuerpo. Don Quijote exhorta a su escudero a asearse, a cortarse las uñas, a estar bien vestido, a no comer ajos ni cebollas, a andar despacio, a hablar con reposo, a comer poco, a no eructar, a no mezclar la práctica con los refranes, a llevar un sueño moderado; en fin, a ser el ideal de su amo. Y con todo, la fe en su fiel escudero está por el suelo: un costal lleno de refranes y de malicia no podrá hacer gran cosa.

Con una moral más bien baja, pero con la simpleza de corresponder al sentido común, entra Sancho a la ínsula recibido con gran algazara por el pueblo. Todo su desenvolvimiento se resume en vencer los desafíos interpuestos por los diseñadores del plan burlesco, los cuales incluyeron pruebas sicológicas y fisiológicas. De todas las primeras logró salir tan bien librado que su desempeño al tomar las más acertadas y prácticas decisiones deslumbró a cuantos quisieron disfrutar de su sandez. A más de su impactante sabiduría, Sancho asume un discurso cada vez más refinado y lúcido, todo lo cual redunda en una reputación inesperada que llegó a oídos de los duques y de su amo. Su gran suplicio físico fue vivido a causa de la dieta impuesta por su médico, la que sería perdonada a fuerza de su sabiduría. Y así, saciado su estómago emprende con mayor ímpetu su proyecto político guiado por el espíritu quijotesco. Con este mismo empeño saldrá en comitiva a impartir justicia. La solución al caso del ahorcamiento del joven es el mejor ejemplo: “…cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la misericordia”. En resolución, dice Cide Hamete Benengeli, “él ordenó cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.” Al final, el último suplicio, mezcla de psicológico y físico, lo obliga a partir de allí. Sale ensombrecido pero al mismo tiempo feliz de estar nuevamente junto a su rucio y de ir en la busca de su amo, “cuya compañía le agradaba más que ser gobernador de todas las ínsulas del mundo”.

Mientras tanto, don Quijote va sufriendo la terrible soledad de tener lejos a su fiel escudero, a la vez que debe defenderse de los liberales ofrecimiento de la indiscreta doncella Altisidora, quien se finge enamorada del Caballero de los Leones. Es de rescatar el enorme  celo que guarda don Quijote ante los intentos de las mujeres por pretenderlo. Como la más preciosa y custodiada virgen, nuestro caballero no quiere ver perjudicada su fidelidad a Dulcinea. Esto se lo hace saber a la dueña ante la cual se cubrió el cuerpo completamente y sólo dejó en descubierto el rostro. A estos quebrantos psicológicos, los acompañan los físicos como la embestida de un gato que por poco le arranca la piel del rostro o los pellizcos de sus propias adoradoras. Pero ya sabemos que son bromas; sólo bromas. Como casi siempre, el confesor, el purificador, termina pagando los platos rotos.

¿Ya leíste Don Quijote? Comentario a los caps. 32 a 42

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Por Cristian Arias

El contexto de aventuras plácidas y confortables va a dar al traste. Nuevamente vamos a adentrarnos en la dimensión de la crueldad a través del humor o de las burlas, esta vez, de manos de los duques “no sé quiénes ni de no sé dónde”, generadores de todas las acciones. La esencia de la trama estriba en hacer burla de don Quijote y Sancho partiendo del engaño, para lo cual los duques se alimentan de la estética teatral con la que recrearán todo un ambiente ficticio ideal para que nuestros dos héroes se involucren como actores principales, de suerte que coincida la esencia de las aventuras de la primera parte del libro de Cide Hamete Benengeli con este nuevo ambiente y más aún, con los libros de caballerías. Pero hay una particularidad en todo este libreto: no sólo habrá divertimento verbal. El paroxismo sólo alcanza su sentido cuando pasamos al dolor físico, al suplicio.

El grandioso recibimiento en el castillo, como una burla preparada por el destino, sólo era la antesala de la maldad con la que iban a actuar estos agentes del demonio: aduladores hasta el hartazgo, fueron tejiendo la red de la confianza mientras permitían todas las indiscreciones de Sancho que enrojecían de cólera y de vergüenza a su amo. La primera víctima es pues, Sancho, cuya desenvoltura llama la atención de la duquesa. Lo primero que se aprecia es su ilusión ante la promesa de gobernar una ínsula y las espontáneas respuestas  a una dama – la duquesa – que quiere saberlo todo. A ella le confiesa el engaño doble que hizo a su amo al mentirle en la Sierra Morena y en El Toboso, admitiendo que, pese a que su amo es un loco rematado, no lo dejaría jamás. Entonces, la duquesa lanza su primer dardo afirmando que ella cree en los encantamientos, de tal suerte que efectivamente Dulcinea sí era la campesina de la pollina y que el engañado había sido su escudero. Sancho recuerda y cuenta que en esta forma la vio su amo en la cueva de Montesinos, razón que lo lleva a convencerse que sí pudo ser en verdad Dulcinea, pero se excusa de toda culpa por haberla visto así de andrajosa. Entonces vemos al engañador fácilmente preso un su propia red. En tanto que don Quijote aguarda su turno, Sancho sigue siendo el centro del mundo, y ahora lo veremos cargando la responsabilidad universal de desencantar a Dulcinea a costa de tres mil trescientos azotes, suplicio que, tratándose de Sancho, estará lejos de ser cumplido. Pero el engaño está fraguado, pues Sancho ha podido constatar la hermosura de Dulcinea –Representada por un paje- de la que siempre había dudado.

Ahora sí que viene el turno para Don Quijote, quien debe librar singular batalla con el gigante Malambruno para liberar del encantamiento a las dueñas barbadas, a don Clavijo y a la princesa Antonomasia de Candaya. Al aceptar la misión, tuvo que volar en compañía de Sancho con los ojos vendados sobre el caballo Clavileño y sortear una explosiva burla de la que no fueron conscientes pero que los pudo haber mandado al otro mundo. El premio para don Quijote: el desencantamiento logrado por haber emprendido la misión y con ello la victoria. Para Sancho: la ínsula prometida a la cual se irá a gobernar en poco. Vienen los sabios consejos de su amo para lograr un buen gobierno, aquellos que Sancho acatará de manera increíble, entre estos, el temor a Dios, la humildad y la virtuosidad, la discreción, la compasión y la justicia acertada; pero más aún, la clemencia y la misericordia.