¿Ya leíste Don Quijote? Comentario a los caps. 22 a 31. Segunda parte.

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Por: Cristian Arias 

En los presentes capítulos seguimos cabalgando sobre un relato ciertamente diferente tanto en el contenido como en la forma respecto del de la primera parte. Ya hemos visto un discurso mejor elaborado de Sancho y su desconfianza ante las novedades que les puedan avecinar. Sancho sigue tentando cada paso, divaga entre el devolverse a casa o continuar su paciente trabajo, sujeto a la imagen de la recompensa por seguir y tolerar a un amo cada vez más loco. La aventura de la cueva de Montesinos que Sancho escucha de su amo, le permite confirmar los disparates imaginarios de éste: ¿cómo me viene a decir que allí ha visto a la labradora, la imagen encantada de Dulcinea del Toboso? He aquí cuando se nos aparece un nuevo rol del escudero, el que se muere de risa al saber que él ha sido el tal encantador, el que ha transformado a Dulcinea, un productor de locura ajena. Pero, a diferencia de los hipócritas que se burlan en secreto, Sancho es frentero y le dice a su amo que vuelva al juicio, que deje estas locas imaginaciones, así esta advertencia le cueste cara. Estamos ante el Sancho reprochador, cada vez más sarcástico con su amo, pero también compungido, ahíto de tanto disparate innecesario, y sabedor que, pese a no estar de acuerdo en ahora en casi nada, debe seguirle, obedecerle.

Por su parte, don Quijote sale un tanto advertido de su buena fama y los sucesos que se le van presentando dan forma a otra versión de las aventuras: el Quijote bien venido y celebrado y el Quijote afable que corresponde de la misma manera a los tratos recibidos. Verbigracia de lo primero, vemos cómo Basilio, Quiteria y sus familiares tuvieron a don Quijote como un Cid en las armas y como un Cicerón en la elocuencia; y cómo después de la aventura del río Ebro nuestro hidalgo es recibido en el castillo del duque con los honores que a todo gran caballero debe rendírsele. Respecto de lo segundo, el Caballero de los leones ya no es aquel loco intransigente que detenía a todo transeúnte exigiendo las razones de su viaje, o aquel que confundía en malvado o demonio a quien se cruzaba por su camino. Es ese desconocido que ahora dice a un joven caminante:

— Muy a la ligera camina vuesa merced, señor galán. Y ¿adónde bueno? Sepamos, si es que gusta decirlo.

Y luego de la conversación se ofrece ir a cenar con él a la venta. Es además aquel loco que ahora se digna a pagar por todos sus daños que hace; que hasta ahora no ha recibido palo alguno sobre su espalda, que ha dormido y comido más y mejor.

En síntesis nos encontramos en otra dimensión de las aventuras, con un Sancho que ya no se desespera por gobernar su ínsula, por tomar el botín de guerra al que tiene derecho, ya que no hay combates ni victorias. El panorama es más plácido, no hay tristezas ni tragedias evidentes que nos sobresalten el espíritu como en la primera parte.

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¿Ya leíste Don Quijote? Comentarios a los caps. I a XXI. Parte II

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Por: Cristian Arias

De entrada, la segunda parte de Don Quijote de La Mancha nos regresa a un enigma que, como un espíritu guía, acompaña las aventuras que se sobrevendrán y que quizás corresponde a la esencia de la novela. Se trata de la respuesta que don quijote da al cura y al barbero al compararlo con el loco que se cree Neptuno:

“Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo; sólo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que está en no renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andante caballería.”

Las preguntas que nos haríamos serían: ¿Qué significa que el mundo actual de Don Quijote no goce de la protección de los caballeros andantes? ¿Qué significa ser caballero andante? Creo que la clave está en descifrar eso que representa serlo, con todas las características físicas y temperamentales que eso conlleva. Yo por mi parte pienso en la falta de arrojo, de valentía, de tenacidad para enfrentar el mundo que nos sobreviene, que nos acongoja; aquella realidad podrida que hay que enderezar, enarbolando las banderas de la justicia, lo cual convence a don Quijote a salir por tercera vez en busca de sus aventuras.

Don Quijote no sólo continuará reafirmando su postura teleológica – la locura que todos constatan – sino que además ratificará su personalidad aventurera y valiente, y con más sobradas razones su espíritu de justicia y humildad. La valentía y la osadía quedan demostradas al decidirse sin ambages enfrentarse al Caballero de los Espejos y al mayor león jamás visto en la España. Su alineación del lado de Basilio, del pobre, del amor verdadero y no comprado, será la carta de presentación del verdadero caballero que es. De otro lado, Sancho deja a la luz del día su instinto más mundano y realista: antes de salir pide sueldo; está convencido de casar a su hija con conde; por primera vez, en el Toboso, hace burla de su amo a la manera del cura o del barbero; confiesa al otro escudero que su amo es un mentecato y que ha vuelto a salir con él por la ambición de encontrar más ducados de oro por el camino y regresar rico a su casa; y se alinea del lado de Camacho, del poderoso, del que le provee lo necesario para el vivir día a día.

Pero ahí están los dos para complementarse, cabeza y cuerpo como lo asegura don Quijote; o como lo sentencia el cura: “veremos en lo que para esta máquina de disparates de tal caballero y de tal escudero, que parece que los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras del señor, sin las necedades del criado, no valían un ardite.”

¿Ya leíste Don Quijote? Fin del Tomo I. El encantamiento de Don Quijote y la liberación de las cavernas.

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Por: Cristian Arias 

En estos momentos me encuentro viendo a Don Quijote de la Mancha encerrado en la venta, una rústica posada situada en un camino cualquiera de la España rural, en espera de las órdenes de la princesa Micomicona para salir a liberar su reino de las garras del gigante usurpador. Es la segunda vez que se encuentra en aquel sitio, considerado por él un castillo encantado, ya que, para su mala suerte, allí sólo le suceden desgracias e infortunios. Ávido, devoro las páginas en las que se narra su estadía en aquel paraje, y al llegar a la cúspide argumental que se instala en la legendaria pugna por saber el nombre y la esencia de dos cosas, la albarda y la bacía o, mejor, el jaez y el yelmo, es cuando encuentro un punto de quiebre, una tenue luz que me señala un derrotero para comprender el intrincado sentido de la sinrazón, ese enunciado simbólico que abre el telón de la historia y la acompaña hasta el final. Aquella luz macilenta logra mostrarme que el castillo encantado no es ni más ni menos que una de las más lúcidas pero enigmáticas metáforas que arroja el sabio creador de esta historia. A través de este vehículo, el sabio nos encamina hacia el trasegado universo de las múltiples posibilidades, de los espejos enfrentados, de las complejidades de la representación. El encantamiento sufrido por Don Quijote sólo se puede entender a través de las acciones y pensamientos de todos los demás personajes, los cuales, valga decirlo, protagonizan su propio encantamiento, pero por vía inversa al Hidalgo. Y de entre todos, sólo nuestro héroe lograr vivir un ritual de desencantamiento y alcanza la liberación, como si fuese aquel hombre de la alegoría platónica que logra salir de la caverna para encontrarse con el mundo inteligible. Y es a partir de allí cuando yo, como lector, vivo mi propia catarsis y experimento mi liberación; esto es, la comprensión.

El encantamiento es un estado; es el resultado de las acciones ejercidas por agentes externos. Para el caso de Don Quijote el encantamiento es el producto de la violencia física y moral ejecutada de manera cruel a su persona con el propósito de quitarle todas sus libertades, su valía, su esencia. Si bien la mayor visibilidad de la violencia y la crueldad se encuentra en el dolor físico sufrido por Don Quijote a causa de las ataduras de la criada Maritornes y la de aquellos que lo enjaularon, este tipo de encantamiento es soportado con estoicismo por nuestro caballero andante al considerarlo una prueba más de su destino; la misión moral que tiene que cumplir. Pero los golpes que más hieren al Caballero de la Triste Figura son aquellos dados por sus interlocutores cuando deslegitiman sus opiniones, sus acciones y sus exhortaciones justicieras. Al carecer de la capacidad de interpretar y comprender su mundo, todos entran en confrontación con él; y siendo que no están a la altura de enfrentar sus ideas, terminan utilizando la burla como el recurso facilista para evitar la angustia de la libre interpretación. Los tormentos físicos que Maritornes y la comitiva liderada por el cura y don Fernando infligen a Don Quijote, vienen legitimados por el tormento moral: la burla, que viene siendo el verdadero encantamiento; la máxima manifestación de la deslegitimación y la violencia moral.

Pero Don quijote logra salir de su encantamiento con base en su propia doctrina, en la certeza de su sinrazón, al tener la capacidad de navegar en dos mundos posibles: la ficción como lo real y lo real como la ficción. El genio Cervantes reinventa la alegoría platónica para mostrarnos la forma en que Don Quijote sale de las cavernas del mundo real y cotidiano para buscar la verdad a través de sus aventuras. El regreso a la venta es el retorno a las cavernas, sitio en el que resulta encantado por la sinrazón de los demás, ya que estos responden con burlas e incomprensiones su representación del mundo que ha experimentado al salir a la luz. Como los hombres aprisionados que sólo ven la realidad a través de la proyección de las sombras en la pared, los ocupantes de la venta no consiguen comprender la exhortación de don Quijote a salir a ver la luz del mundo verdadero; que es el mundo de las múltiples posibilidades. Pero, sin proponérselo, los encadenados prisioneros de su propio encantamiento le otorgan a Don Quijote las herramientas de su propia liberación al hallarle la razón a su sinrazón. Esto se percibe cuando le permiten reafirmar su representación del mundo a través de la certeza de que la bacía es en realidad un yelmo y de que la albarda es un jaez. Al crear todo un universo inesperado de pugna y de confrontación de ideas, en el que unos se ven enfrentados al terror de la imaginación en las ventanas de su propia realidad y otros se encuentran legitimando la sinrazón de nuestro Caballero andante, los burladores promueven el clímax y el desorden dionisíaco, la catarsis en la que nuestro héroe sale liberado de su encantamiento, mientras los demás siguen golpeándose por la razón o la sinrazón. El triunfo de Don Quijote ya está consumado.

Don Quijote ha logrado salir del encantamiento y a la vez del castillo. Libre en su mundo de ficción, sigue su destino por la libertad y la justicia pese a ir maniatado y enjaulado. Ya dijimos que en el real mundo de la ficción quijotesca, el enjaulamiento es una prueba necesaria. Pero los demás continúan su burla, prisioneros en la caverna de su propia sinrazón, viendo como verdaderas las proyecciones que observan en la pared e ignorando cuán grande es el mundo inteligible que don Quijote recorre. Pero, ¿cómo explicar entonces que Don Quijote salga de la venta con la certeza de que sigue encantado, pues es la forma simbólica para advertir su incapacidad de ayudar a los menesterosos? Es que su liberación, su desencantamiento y su triunfo se lo he otorgado yo, desde el momento en que me liberó a mí.

Cómo no darle tregua y razón a quien me ha contrapuesto los espejos para indicarme que las cosas que existen no son solamente aquellas que vemos sino sobre todo las que creemos que son, las que pensamos e imaginamos. Por lo tanto, lo existente se instala firmemente en el universo de mis representaciones de manera que soy yo quien puedo de manera individual asignarle nombres y cualidades propias. Siendo la representación individual una posibilidad dentro de un universo infinito de posibilidades, don Quijote nos está mostrando que los absolutos no existen; que nada es tan verdadero para que no pueda ser puesto en duda. ¿Y cuál es el fin de su didáctica sino el de la duda? Voy de la mano de quien me ha invitado a dudar; dudar de las apariencias de las cavernas para salir a buscar la luz de la libre interpretación. Ahora que han pasado tantos y tantos años me acerco a su tumba y leo su epitafio que me exhorta: “juzga, porque tú tienes el libre albedrío. Duda y crea tu propia verdad”. Entonces, es cuando vuelve a mi mente aquella frase enigmática que pronunció en la venta en medio de la confrontación por la albarda y la bacía, que nadie pudo comprender:

Sólo lo dejo al buen parecer de vuestras mercedes. Quizá por no ser armados caballeros, como yo lo soy, no tendrán que ver con vuestras mercedes los encantamentos deste lugar, y tendrán los entendimientos libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo como ellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían. 

¡Gracias maestro, infinitas gracias! No puede haber más honestidad y humildad que en esta frase. Yo, que también estaba encantado, ahora me ha liberado el Caballero de la Triste Figura.

¿Ya leíste Don Quijote? Comentarios a los caps. XXXIV a XLII. Parte I

D - Quijote XVIII

Por: Cristian Arias

Entre los capítulos 34 y 42, se narran sucesos en apariencia aislados de las aventuras de nuestro Quijote, como son la terminación de la novela El curioso impertinente, una historia que entretuvo y conmovió a todos mientras nuestro héroe dormía. A su vez, conocimos del desenlace de los destinos de Cardenio y Dorotea, quienes felizmente terminan unidos a sus legítimas parejas en la venta. Importante es destacar cómo unas historias en apariencia desperdigadas, terminan siendo parte integral del destino de Don Quijote y Sancho, de suerte que ahora Dorotea es la princesa en la que Sancho tiene depositada todas sus esperanzas, a su vez que el bello instrumento en el que Don Quijote debe demostrar su grandeza. Finalmente, nos encontramos con las azarosas peripecias del Capitán cautivo y su hermosa Zoraida, epopeyas de tinte autobiográfico, ya que Cervantes protagonizó verdaderamente todos estos sucesos cuando fue soldado al servicio de España. Y todos estos hechos se narran en un nuevo recinto del saber y el conocimiento,  la venta, aquel lugar en el que todas las clases sociales de la sociedad española se reúnen: los humildes Sancho y Maritornes, la familia del ventero, la doncella de estirpe campesina pero adinerada, otra doncella de la burguesía en crecimiento; un caballero educado de clase media y otro rico, un cura, un barbero y ahora un capitán del ejército, su esposa, una mora conversa y un oidor. El único descoordinado es ese anacrónico caballero acorazado, que aunque da muestras de asombrosa lucidez, se encuentra sólo y aislado por su condición de loco. Él y su escudero son tenidos con cierta lástima y compasión, sobre todo Sancho, ahora preso en su fantástica confusión, en el eterno retorno del desengaño  y el engaño, de la desesperanza y la esperanza.

La prostitución de policías y soldados desde la narrativa de Fernando Vallejo.

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Por: Cristian Arias

Encontré un extracto de la novela El fuego secreto de Fernando Vallejo donde se aprecian, desde la ficción, visos de prostitución homosexual al interior de las Fuerzas Armadas, un tema trajinado hoy día, pero tan antiguo como la costumbre de caminar erguidos los ejércitos más arcaicos. Los sucesos de esta autoficción ocurrieron posiblemente en 1960. El vejete Hernando, ex embajador de Colombia en la India ha prometido al joven protagonista regalarle un uniformado, cabalmente un sargento. Pero éste sugirió cambiar la oferta por un soldado raso o un cadete, por carne más fresca, lo cual fue aceptado sin ningún problema. Es más, su veterano amigo le prometió dos suculentos muchachos en vez de un curtido sargento, propuesta acertada y justa. Sin embargo, el trato no sería cumplido tal cual y el irascible joven cobraría su afrenta:

Prófugo del seminario pero, vive Dios, santo varón como no ha habido en el mundo otro igual, a Hernando me lo presentó el azar: a la entrada de un cine de la calle 54, cuando esperaba yo a otro viejo como él y él a otro muchacho como yo. Ni llegó el viejo ni llegó el muchacho, pero como las fallidas citas de los desconocidos las había arreglado por teléfono el destino, celestina sin par, él creyó que yo era el otro y yo creí que el otro era él, y acabamos por encontrarnos los dos. Con nerviosa prisa arregló una nueva cita para el sábado en su apartamento, y con la misma prisa me metió un billete nuevo de veinte pesos en el bolsillo de la camisa para que no le fuera a faltar. El cual al punto le devolví:

—Dinero no necesito: tengo ropa, comida y casa, y los libros los tomo de las librerías, donde hay de sobra: entro con dos y salgo con tres. Mejor me das un muchacho.

Abrió tamaños ojos ante mi precocidad viciosa, pero al punto se recobró y contestó encantado:

—¡Claro que sí! Te voy a dar un sargento.

—Un sargento es demasiado viejo, mejor un soldado.

—De acuerdo, pero no uno: dos.

Y se fue con esa generosidad apurada suya que regalaba en el aire, y ese temor de que el mundo entero se diera cuenta de que era como lo hizo su mamá o Dios. Me pareció justo y equitativo el trato: un sargento vale por dos soldados o dos cadetes, según de donde se vayan a tomar.

El apartamento estaba a oscuras, cerradas las persianas, las ventanas. Me abrieron, entré y caí de bruces tropezando con unas botas altas de militar. Alguien encendió una luz al final de un pasillo, en un cuarto: Hernando en calzoncillos y su floreciente barriga de prosperidad, mientras quien me había abierto regresaba de la puerta, desnudo, al cuarto, a la cama:

—El sargento que te prometí.

Una contrariedad infinita, una furia salida de madre y razón se me subía al cerebro, me enrojecía la cara, tez saludable ahora de cura o seminarista o de sacristán.

—Ve a servirle a este joven —mandó Hernando al policía— alguna copa, algún brebaje para que se sienta bien.

Me tomé de cuatro tragos media botella de ron y empecé a despotricar contra el Ejército. ¿Habríase visto en ese país de lacayos mayores zánganos, mayor abyección? Cada gobierno civil que llegaba, libremente elegido por nuestra soberana voluntad, consecuentándolos, a un paso cada día que amanecía del cuartelazo, del zarpazo avieso del burro con garras, con uniforme y la soberbia del pavo real.

—Y quítele usted las plumas al pavo real y la ropa a estos cabrones a ver qué queda: una gallina pelada, lo que ve usted aquí.

Hernando se iba poniendo lívido, y el sargento tratando de entender. Se iban abriendo paso las palabras mías por los laberintos tortuosos de su mente y al final algo entendió: que mi diatriba contra la institución revertía en insulto para él. Saltó desnudo sobre el desorden de su uniforme, tomó el revólver y de otro salto llegó hasta mí. Sentí el frío metálico del cañón en la sien y oí un clic precursor: lo que iba a salir luego era la bala. Giré entonces con lentitud la cabeza y el cañón quieto fue pasando de mi sien a la frente trazando una lenta raya de frialdad. Lo pude mirar entonces a los ojos: tenía los ojos negros oscuros, de un pantano, de un indio de Boyacá.

—De todos modos —le dije— aunque la vida mía termine aquí, la tuya no pasará de ser la de un tombo hijueputa.

«Hijueputa» lo entendió bien pero «tombo» no: tombo, como llamábamos los niños a la policía en Antioquia. Sólo que Antioquia no es Boyacá. Y esa pequeña sutileza de geografía lingüística hace que pueda seguir narrando ahora en primera persona la continuación, sin que le llegue a usted mi final falseado, en chismes y consejas y maledicencias de ajena mendicidad. ¿Tombo? El desconocido vocablo se fue abriendo paso dificultosamente por su cerebro de gusano, de vertebrado, de mamífero, de primate, de ser humano, en fin, hecho a imagen y semejanza de su Creador, y no lo entendió. Dilación que Hernando aprovechó para gritarle:

—¡No!

«¡No!» le gritó, como quien está acostumbrado a manejar perros, con monosílabos.

—No me vayas a manchar la alfombra de sangre que este apartamento no es mío, me lo prestó un general.

Sus palabras apaciguaron la onda cerebral electrizada como caricias sobre el lomo de un gato. Le pagó, se fue el sargento, y tras un instante de reproche mudo a mi insensatez y arrogancia, abrió la boca y dijo, palabras textuales:

—A las Fuerzas Armadas limítese a darles por el culo, pero no las insulte, porque en ellas descansa la soberanía de la patria.

Fernando Vallejo. El fuego Secreto.