¿Ya leíste el ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha? Capítulos I a VIII

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Por: Cristian Arias

Comentario capítulos I a VIII

Desde el comienzo del relato, el narrador de Don Quijote refiere de manera burlona la condición de un hombre que piensa y actúa de manera diferente, que vive su propia fantasía en medio de una cotidianidad que le es ajena. La principal característica de Don Quijote es, pues, su falta de juicio, su locura, que no le permite ver que todo lo que hace es anormal, disparatado, alejado de los cánones de vida de su época, en este caso, el creerse, pensar y actuar como un caballero de antaño, con palabras y formas de ser propios de otros tiempos, que es lo mismo que decir, de otro mundo.

Pero la burla a la que alude el narrador no es solamente al hecho de vivir de Don Quijote en un mundo de fantasía o a creerse lo que en realidad no se es. Es sobre todo una mofa intencional a eso a lo que se cree, al tipo de vida que se quiere imitar, en este caso, el modus vivendi de un caballero medieval. Deja en evidencia a través de las primeras acciones y pensamientos de Don Quijote lo ridículo que solía ser la condición de caballero, sus pensamientos, sus normas, todo ese andamiaje de vida errante, como si quisiera desmantelarlos, mostrar que sus historias, de las que se nutrió el loco caballero andante, no son más que patrañas, invenciones para engañar, artilugios de poder para justificar una realidad del pasado. El narrador se burla, por ejemplo, de la rápida relación que hace Don Quijote de su primera golpiza con un remoto episodio de un libro de caballerías, historia que, a su juicio, “no era más verdadera que los milagros de Mahoma”.

El narrador (un posible alter ego de Cervantes) se erige entonces en una suerte de historiador burlón, cuya fuente primaria a utilizar son los mismos libros de caballería, pero cuyo resultado de investigación es la historia de un personaje pintoresco que vive en un mundo posterior al de los caballeros andantes, en un anacronismo inverosímil, aunque real y cierto como todo lo que cuentan los cronistas. El narrador anuncia desde el comienzo que va a contar la verdad de la vida del Hidalgo Quijana. Dicha historia, al reflejar al hombre que se enloquece porque está fuera de su tiempo, presenta lo cómico que resulta el pasado, las formas de ser y de pensar cuando se las pone frente al espejo del presente. Este antagonismo entre pasado y presente, entre locura y razón, entre demencia e inteligencia, entre fantasía y realidad comienzan a cobrar vigencia en este polifónico relato que a cada capítulo abre su espectro y nos desnuda nuevos mundos. Esos mundos del universo cervantino.

La forma más altamente perfecta con la que el narrador nos quiere presentar su burla al mitológico y magnífico caballero medieval, es poniéndolo frente al antihéroe, frente al espejo despiadado del tiempo. Su reflejo es otro personaje, un nuevo caballero, el Quijote de la Mancha. Y aquí ocurre la magia, la metamorfosis, pues el experimento arroja resultados inmediatos: tan pronto como el grotesco caballero comienza sus andanzas un nuevo mundo nace con él, el mundo ordinario y cotidiano, digno de contarse, de ser retratado.

De esta suerte nace una nueva narrativa en la que se desmantelan esos seres casi perfectos y las hazañas de una pequeña élite para pasar a una historia más humana que desnuda las alegrías, los sueños, las tragedias de la que participan todos los seres humanos; en donde no hay invisibilidades, porque los torpes, pobre o ruines suelen ser tan dignos de recordación y admiración como los nobles caballeros o las nobles cortesanas,  y en la que cualquier acción y pensamiento por paradójico que sea es también digno de ser contado.

Lo que hasta ese momento era reprobable o denigrante, aquello oculto e innombrable, es decir, lo irracional, lo grotesco, la locura o el disparate, pasa a tomar el papel principal. Ahora serán dignas de recordar las hazañas de un loco, de un demente sin juicio que va a superar con creces al épico y sobrehumano caballero de antaño. Esto queda demostrado por la importancia que los cronistas han dado a la vida de Don Quijote, los cuales han argumentado, debatido y sugerido diversas hipótesis sobre diversos aspectos de su vida. Y el alter ego de Cervantes es uno de ellos, documentado principalmente en los Anales de la Mancha. El Quijote de la Mancha es, en conclusión, un reconocimiento especial a la locura, al vivir fuera del tiempo, al nuevo heroísmo, al nuevo atrevimiento, a la nueva osadía, así ésta se nos muestre cómica. Aunque hay que reconocer que la osadía y el heroísmo suelen ser a la vez trágicos y cómicos como la vida de nuestro héroe.

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¿Ya leíste El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha? El Prólogo.

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Por: Cristian Arias

Divagaciones del polo norte te invita a descubrir la obra más genial y popular de la literatura universal. Yendo sobre nuestro Rocinante, cada semana compartiremos un comentario de esta fascinante historia, a medida que avanza tu propia lectura.

Te dejaremos para que dialogues con Don Quijote y Sancho…y nosotros comenzaremos con el comentario del prólogo. ¡Buena lectura!

El Prólogo y los sonetos introductorios

El prólogo de la primera parte de Don Quijote es una burla a los prólogos habituales, a los atavíos que éstos suelen llevar. Es un anti-prólogo que satiriza lo inútil, mentiroso e insensato de hacer exordios pomposos, citas de páginas y acotaciones, lo cual no es más que un artilugio de poder para justificar el saber, lograr un estatus. En realidad, el prólogo no prueba nada, no sirve para nada.

Pienso que el autor explica en el prólogo la esencia del libro y de lo que tratará: “todo él es una invectiva contra los libros de caballerías”. Es la conciencia del autor de que va a presentar algo nuevo y original, jamás hecho y pensado por autor alguno. Esto lo dilucida a través de un personaje que en el prólogo dialoga con el Quijote, para justificarle a los lectores y a la sociedad de su época la inutilidad de las citas y prólogos, de los adornos y cuanta mentira inútil se pone en los libros. Un prólogo dialogado es ya una burla, una protesta, una revolución.

A través del consejo final que su amigo da a Cervantes, quien le dice que su libro no necesita de prólogos, ni de citas ni de acotaciones pues su temática no ha sido escrita ni pensada antes por nadie, el autor deja claro que lo importante del libro es su contenido, lo que este puede producir en el lector, el impacto de la escritura creativa, honesta, bien elaborada y no los adornos externos e insulsos que se preocupan por los prejuicios sociales y que están elaborados en pro de las modas, siguiendo los parámetros habituales. Al contrario, Cervantes llama a la originalidad, a la reescritura, a la reinvención, a repensar la narración con nuevos recursos.

Los sonetos que a continuación se presentan, en los que personajes de los principales libros de caballería dedican poemas al Quijote y a otros personajes de la obra de Cervantes, son el ejemplo de la burla a las tradicionales introducciones de los libros y sobre todo, una forma de bajar del pedestal a las inexpugnables obras caballerescas, muy populares aún en la época en que  Cervantes comenzaría a escribir El Quijote, cuyos personajes quedarían a la altura de los de Cervantes. Tan a la altura, como lo están Babieca y Rocinante. En esta igualdad de condiciones, el autor pretende colocar a priori a su obra en una posición de altura universal, como si presintiera desde este momento la fama y la gloria que Don Quijote iría a tener.

 

LA MUJER DELFÍN

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Por: Cristian Arias

Era una nadadora increíble. La observaba desde las graderías atravesar de un lado al otro el carril, con una rapidez alucinante aunque apacible, sin un esfuerzo aparente, como dejándose conducir por un extraño ímpetu bajo aquella superficie lánguida y brillante. Luego de un tiempo de ires y venires constantes, con la misma actitud serena pero segura, salió de la piscina y se dispuso a abandonar el recinto cerrado. Era una mujer de brazos largos y piernas delgadas aunque bien torneadas, con un prominente y redondo abultamiento incrustado en su vientre, como de unos ocho meses, que aguardaba cubierto por el elástico traje de baño. Y entonces lo comprendí. ¡Claro, cómo no! Si lleva dentro de sí un delfín. Esa fuerza diminuta y explosiva que desde su universo acuariano le impulsa las ansias de seguir viviendo.

El esnobismo musical: una manifestación pura del “silvestrismo” periodístico

 

Roger Waters

Foto: cientounorevista.com

Por: Cristian Arias

En esta selva virtual en la que todo consiste en mostrar lo mejor del lugar que ocupamos y ante todo en seguir las tendencias dominantes, resulta interesante observar la forma en la que habituales twiteros y escribanos de Facebook, que sueñan mantener o consolidar su imagen como líderes de opinión, manifiestan sus admirables sentimientos de duelo luego de la muerte de una, así llamada, leyenda de la música. El lunes pasado, de buenas a primeras, como si hubiesen nacido con el mismo gusto musical o se hubiesen puesto de acuerdo, todos, al unísono resultaron ser seguidores de David Bowie y lo lloraron y lo despidieron con sentidas palabras que denotaban un profundo conocimiento de la obra del artista. “Adiós al camaleón que más amé” dijo una. Y entonces vinieron las clásicas reminiscencias de youtube, el sentido pero reconfortante compartir de canciones. “Los que éramos adolescentes nos iniciamos al credo bowiano gracias a esta canción” llegó a decir otro, significando un extraordinario sentimiento de comunidad con quién sabe quiénes, otros “bowianos” como él.

Y es que el asunto a significar es el cómico esnobismo que manifiestan a toda hora estas personas, en este caso, en materia musical. En un contexto comunicacional donde es fundamental demostrar un refinamiento musical, parece imprescindible enseñar el distanciamiento hacia lo ordinario, sacando ventaja de la leyenda muerta para, evocando a Norbert Elías, ubicarse en el bando de los establecidos y de paso, señalar a los marginados, esto es, a los ignorantes, su tosco error.

Para reiterar su desprecio hacia lo marginal, el esnob va cimentando la imagen de un intelectual musical, haciendo eco de aquello que los grandes expertos han determinado como “lo mejor de todos los tiempos”, valiéndose de dos estrategias propias del escándalo mediático: la burla y la discriminación. Se encarga de hacer mofa del incipiente refinamiento del otro, de sus ordinarios gustos, a la vez que arremete contra todo lo que no sea de su deleite y arma berrinches culpando al pasado, porque sus papis sólo escuchaban a Chiquetete y no a Mick Jagger. Para el esnob que falsea ser experto en rock, el mundo inicia con The Beatles y termina con The Rolling Stones, y se propone, a los golpes, vender la idea de que es un imperativo ontológico lamer el culo raquítico de Mick Jagger para empalagarse del elixir de la legítima música. Una apreciación arribista, auténticamente pueblerina y notablemente pobre.

Pero todo esto no tendría la más absoluta relevancia de no ser porque toda esta pataleta del esnob musical es sólo una falsa bufonada que se percibe a leguas. Yo, desde mi enorme distancia logro percibir muy bien las falsas plumas sobre todo si vienen de ruidosos redactores de panfletos autoproclamados periodistas.

A propósito de éstos últimos personajes, viene a mi memoria la triste anécdota del cantante de vallenato, que, para tener gloria y fama se autoproclamó semidios, y a la brava se inventó adjetivos a su nombre, uno de ellos, el llamado silvestrismo, término tanto o más degradante que uribismo, que lo catapultó hacia la fama. No así, al cantante auténtico, a Diomedes, la multitud lo aclamó de manera espontánea, consolidándose con el tiempo, con el pulso de los años  el culto del diomedista. Una devoción mediocre como cualquier otra, pero auténtica a fin de cuentas. Al esnob mediático que se ha dedicado a escribir, yo lo comparo con aquel ruidoso cantante. A su estilo narrativo he dado en llamar silvestrismo periodístico, una escritura ramplona elaborada con el mero propósito de escandalizar, de llamar la atención, no importa a qué costo. El periodista de esta nueva ola amarillista no comunica: Impone y vende ideas. Por eso, cuando se trata de opinar de música, – como también de cine o de literatura, disciplinas de las que resulta también ser un versado- arremete con violencia, quiere imponerse a los trancazos.

Lejos de la ruidosa falsedad, el auténtico amante del rock es calmo, se cuida de profesar una falsa fe y guarda en su corazón los arpegios endemoniados de una guitarra eléctrica. Pero ¿qué hacer ante la arremetida violenta del esnob musical? Al contrario de seguir su ruido, diría que es preciso mantener una postura auténtica. En favor de mi ignorancia y mi indiferencia por la música inglesa contemporánea, puedo decir sin temor que el rock de las llamadas grandes leyendas no posee para mí nada de grande ni de legendario. Y que ese ritmo musical no me produce la más mínima emoción, que unas veces se me antoja monótono y plano y otras un mero sonido estentóreo, un gélido ruido anglosajón, invasor como casi todo lo anglosajón.

Que se diga que del rock como arte puro han salido las mejores canciones de todos los tiempos es una afirmación respetable pero nada más que eso. Me resulta una más de las acomodadas ideas impuestas o, y eso es peor, autoimpuestas. ¿Quién me puede convencer que una cosmovisión musical es superior o mejor que otras? Un esnob, por supuesto. No tengo miedo de que éste me tilde ahora de burdo e indigno. Sé que el auténtico rockero me comprende, porque él sabe que la música es ante todo un fluir pleno. Y yo, desde luego, lo comprendo muy bien. Admiro su genuino gusto y entiendo esa exaltación que la vitalidad dionisiaca del rock le produce.

Lo que he querido significar de todo esto no obedece a un asunto de gustos musicales. Que cada quien escuche lo que le venga en gana. En cambio, lo que denuncio es un asunto de ruido. La clase más ruidosa, aquella clase política colombiana que describieron los diplomáticos ingleses en sus informes oficiales y que hoy conocemos gracias al historiador Marco Palacios,  está más viva que nunca. Pero hoy, en una época indescifrable de la historia donde impera la masificación mediática, el concepto de clase más ruidosa se ha democratizado, le han nacido nuevos hijos, uno de ellos el esnob de las redes sociales, adicto a autoproclamarse y proclamar gustos y tendencias que le son ajenas, por la necesidad de demostrar su posición ante el grupo de los establecidos.

Mañana morirá Roger Waters, el legendario fundador de de Pink Floyd. Entonces los principales diarios del mundo correrán a dar la noticia, vendrán los merecidos homenajes, los especiales…y como un torrente de ruido el esnob musical saldrá a manifestar su impresionante conocimiento del artista, su falso duelo.

 

La forma de la felicidad

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Por Cristian Arias.

 

He leído un corto artículo de un bloguero llamado Miguel Mier que un gran amigo ha compartido en Facebook. Es de esos títulos que hablan de la construcción de una vida feliz. De esos que suelo pasar por alto. Pero esta vez lo leí y a partir de él escribí estas notas.

El concepto o la idea de felicidad, es tanto o más trillado que el del amor. Es el fundamento o bien supremo de tantas y tantas ideologías que se han materializado a través de siglos y siglos de guerra y paz. Y como ideología, como ideal, como tesoro supremo, ha sido tan ensalzado como vituperado. Si bien se ha erguido en botín del mesianismo religioso y de la rapiña mercantil, se ha visto además degradado y puesto en cuarentena por las doctrinas filosóficas de la duda crítica. Mi idea temeraria es la de la necesidad de dejar libre a la palabra felicidad, dejarla que vuele, que fluya, que se cree y se recree por si misma a partir de cada una de las millones de conciencias individuales.

El artículo del que he hecho mención basa sus argumentos en un profundo estudio de más de 75 años dirigido actualmente por Robert Waldinger doctor en Psiquiatría de la Universidad de Harvard, y director de la Escuela de Desarrollo de Adultos de la misma Universidad. En esencia, se concluye que las personas que han vivido más años, con mejores niveles de salud y felicidad, no eran aquellas con mejores niveles de alimentación, “ni las que hacían más ejercicio, ni las que trabajaron más duro, ni las que tenían más fama o fortuna. Las personas que mostraron las vidas más plenas, saludables y felices son aquellas que dedicaron muchos años de su vida y mucho esfuerzo a construir relaciones profundas, de confianza a prueba de crisis, relaciones positivas, de amor, de respeto y de crecimiento personal.”

Del artículo, comparto la idea de que exista el deseo de la felicidad, cuando éste se sustenta en el principio de construir relaciones profundas. Esto implica en esencia la conciencia del compromiso, la honestidad de la confrontación, de afrontar la pérdida y la ganancia. No comparto a secas el hecho de que para desarrollar relaciones humanas saludables y constructivas sea necesario tener grandes virtudes humanas como la generosidad, el perdón, la paciencia y el amor. Y en nada avalo la afirmación de que para ello sea requisito sine qua non  invertir tiempo, esfuerzo  y trabajo.

En cambio, yo diría que es fundamental desarrollar relaciones humanas saludables y constructivas, pero también inquietantes. Y que para ello es necesaria la conciencia individual, ese ente inmaterial de nuestro yo interior que podemos desarrollar de manera infinita. A eso yo le llamo inteligencia. La conciencia individual desarrolla la compasión y otras virtudes humanas como la generosidad, el perdón, la paciencia y el amor. Sin embargo, cuando se habla de inteligencia, esto es, de desarrollo de la conciencia individual, resulta redundante y aún contradictorio hablar de esfuerzo y trabajo. El río discurre sin esfuerzo ni trabajo. Simplemente fluye. Y aun así arrasa con todo.

Por otro lado, anhelar la felicidad, querer alcanzar mejores estados de conciencia, no significa en lo absoluto buscar el Nirvana, ni significa el deseo infinito de vivir entre ríos de leche y miel. Por el contrario, lograr estados de felicidad implica abortar la pretensión del paraíso. Esto es importante decirlo como respuesta al miedo de desear ser feliz. Porque el deseo de la felicidad no implica la ausencia de la crítica. Por el contrario, el imperativo de la duda, la rebeldía contra la tiranía, de la sospecha de los paraísos deseables, deben constituir lo más perentorio de la superación personal.  La denuncia irrenunciable de la corrupción política,  de la violencia armada,  de las triquiñuelas y chanchullos del poder público, de todo tipo de maltrato hacia las mujeres y los hombres, de la trata de personas, de las invasiones militares, de la sevicia del crimen, del racismo, del fundamentalismo religioso, de la intimidación, no debe cejar en el empeño de quienes queremos un mundo mejor. No podemos detener las voces de protesta contra la inequidad, la injusticia y la barbarie, tanto y más como lo han hecho miles de voces, de organizaciones y de líderes que han entregado su vida a una idea y una causa justas. Pero es precisamente la crudeza acuciante de la barbarie la que debe movernos al cambio, al deseo de ser mejores, una de cuyas formas es la de ser felices.

En el mundo de las formas de la crítica, del análisis profundo de la realidad, en el esfuerzo de no tragar entero y de desatar máscaras, solemos también caer en la trampa del escudo infalible de la razón, en otra suerte de autocomplacencia de la infalibilidad inequívoca de los argumentos. Y entonces perdemos un manojo de posibilidades, de senderos para enriquecer la razón, la inteligencia crítica y la autocrítica. Y despotricamos de la importancia de ser felices porque consideramos la felicidad como una suerte de virus contagioso que terminará convirtiéndonos en un ejército de Barnies, en una réplica del tierno dinosaurio enamorador de niños.

Podemos, en cambio, recrear la idea de ser felices, cargarla de sentido, construirla de formas disímiles. Porque la idea de la felicidad no es una construcción hecha a partir de un soplo divino ni es una tarjeta prepago que se compra en las tiendas. Ni es una religión, ni un librejo de mentiras para ser próspero en un año o para ser exitoso en seis meses. Ni es una plegaria, ni un mantra, ni una meditación profunda, ni es la pareja perfecta, ni el amo ideal, ni el hijo deseado. La idea y desarrollo de la felicidad sólo es posible en el ámbito personal, en la experiencia de la conciencia de cada uno de nosotros. No existe por tanto una idea de felicidad, sino sus múltiples manifestaciones. ¿Y cómo distingo y valoro mis acciones individuales? Porque podría ser entonces que al asesinar a mi opositor estoy alcanzando mi felicidad. La respuesta no existe, pues todo reside en la conciencia individual. Si desarrollamos la conciencia de la compasión, no cabría en ella las acciones violentas. Entonces, ¿dónde quedan los acuerdos colectivos? estos son imprescindibles porque como seres sociales hemos fundado nuestra existencia a partir de la interacción humana. Pero una mejor o peor interacción humana, que es calificada por el colectivo a partir de valores morales y éticos, siempre partirá de la conciencia individual.

La felicidad, como la manifestación posible de deseos y acciones, suele aparecer por momentos, por ratos, en la vida misma, desaparece hoy y reaparecerá mañana, cuando despierte con una idea infantil. La felicidad es una posibilidad extrema pero realizable como una ideología. Hay personas que hablan y actúan desde los extremos, pero dicho extremismo es casi siempre constructivo. Los grandes maestros de las letras y la filosofía y sus discípulos de todos los tiempos han ayudado a educarnos a partir de los extremos, a contracorriente.

Y he aquí una aparente contradicción: Todo cuanto escribió Dostoyevski surgió del caos de su vida. Su agonía personal es la fuente de la más profunda inspiración literaria. El maestro de la representación de los estados extremos del comportamiento y la psicología humana, nos ha enseñado que en los momentos de angustia y zozobra se revela nuestra verdadera personalidad. Entonces, ¿Qué sería de nosotros sin esos estados febriles de Dostoyevski? La humanidad se hubiese perdido la saga de Raskolnikov, el asesino más célebre de la historia; la filosofía del superhombre de Nietzsche no se hubiese estructurado de la misma forma porque adolecería de un referente esencial. Sin la introspección profunda de aquellos personajes de Los hermanos Karamazov, el genio angustiado y así mismo enfermizo de Nietzsche no hubiese encontrado un puerto imprescindible en el desarrollo de su filosofía del superhombre. Y sin la teología Nietzscheana no hubiese aflorado el existencialismo, ni la filosofía alemana en todo su esplendor. Y sin Dostoyevski ni Nietzsche, no hubiese venido al mundo el psicoanálisis, y ni Freud ni Jung hubiesen sido quienes fueron.  Y todo cuanto han sido los trabajos de Stanley Kubrik y de Woody Allen, simplemente hubiesen sido aire, y todo cuanto ha sido el pensamiento filosófico y la literatura actual, habrían adolecido del sentido que ahora tienen. Todo esto hubiese pasado si no hubiese emergido el dolor y la angustia del alma de Dostoyevski. Tan imprescindible es la angustia en la condición humana como el deseo de felicidad. Tan humano es vivir y hasta padecer la extremista angustia de la existencia, como perentorio el extremismo de querer ser feliz.

La felicidad, como una de las muchas posibilidades de la razón y de la inteligencia humana, se crea y se recrea a partir de cada uno de nosotros. Por eso es tan ridículo temerle, como satanizarla. Podemos simplemente, darnos la oportunidad para buscar momentos de felicidad, aquellos que como la verdad, van y vienen con el viento. La felicidad es una pompa de jabón; esa es su forma perfecta. Pero bien vale la pena asumir el reto de volar en ella, así sea por unos cuantos segundos.