Fernando del Paso, nuevo ganador del Premio Cervantes

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Foto: archivo.eluniversal.com.mx

Fernando del Paso, escritor mexicano nacido en 1935 acaba de ser anunciado como el nuevo ganador del Premio Cervantes, máximo galardón en las letras españolas. El premio, concedido por el Ministerio de Cultura de España, será entregado el 23 de abril de 2016 en la ciudad de Alcalá de Henares. Compartimos apartes de la reseña realizada por el diario El País a propósito de este anuncio. Dice la nota.

Narrador, ensayista, poeta y dramaturgo, Fernando Del Paso forma parte de una gran generación de escritores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX que corrió los linderos de la literatura en español. O como él mismo dice: “Soy parte de la cola del boom”. Es autor de novelas emblemáticas como José Trigo, Palinuro de México Noticias del Imperio. Entre los ensayos figuran El coloquio de inviernoYo soy hombre de letras y Viaje alrededor del Quijote.

Reconoce que se siente influenciado por escritores como Joyce, Dos Passos, Faulkner, Sterne, Rabelais, Flaubert, Sófocles… Y entre los latinoamericanos se declara “admirador de Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier y García Márquez; amigo de Carlos Fuentes y conocido de Cortázar”.

Gran conocedor de la historia pasada y presente de su país, Fernando del Paso ha estado muy atento a la actualidad: “México se ha vuelto un país peligroso y estamos consternados una enorme mayoría de personas. Además, me preocupa mucho la corrupción de mi país”.

En el plano social y cotidiano, Del Paso cree que “todavía hay una discriminación racial y social. Es un fenómeno, y una lucha por el poder que el blanco siempre ha ganado. Es una situación que se estaba superando, pero se ha acentuado en los últimos años”. En un artículo del año pasado ya  dijo: “A los casi ochenta años de edad me da pena aprender los nombres de los pueblos mexicanos que nunca aprendí en la escuela y que hoy me sé solo cuando en ellos ocurre una tremenda injusticia; sólo cuando en ellos corre la sangre: Chenalhó, Ayotzinapa, Tlatlaya, Petaquillas…¡Qué pena, sí, qué vergüenza que sólo aprendamos su nombre cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia!”.

Sobre la literatura mexicana contemporánea, Fernando del Paso celebra que “se haya desinhibido, antes estaba encorsetada”. Lamenta que haya personas que “crean que el español no es nuestro idioma, y es todo lo contrario, es nuestro, y con mucha riqueza”. En cuanto a la cultura de su país, se queja: “Se ha debilitado un poco el impulso del Gobierno. Tenemos un presidente que es muy inculto y no parece tener buenos asesores culturales”.

Recuerda con cariño la acogida que tiene su obra más prestigiosa: Noticias del Imperio. “Desde pequeño me llamó la atención la historia de Maximiliano de Habsburgo, emperador mexicano entre 1864 y 1867, y de su esposa, Carlota. Un emperador rubio que fusilamos y su mujer que se volvió loca”. Ese es el tema de la novela de casi mil páginas. Una de las más leídas en su país.

El caso de Palinuro de México le causa más gracias. Ríe: “Es una novela picaresca basada en mis años juveniles. De cuando quería ser médico. Todos esos sueños están en la novela”. Lo que no pudo ser. En cambio el 23 de abril volverá a Alcalá de Henares a recoger el premio de lo que es, un Premio Cervantes.

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LA ESPERA EN EL HOSPITAL

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Foto: equanima.org

 Autor: Cristian Arias

Cuando llegamos, la sala estaba colmada de unas doscientas personas. Eran los tiempos de las gripes y el espacio rebosaba de niños malsanos, de viejos acatarrados y semblantes emblanquecidos por el abandono inclemente en el que por tantos meses nos había sumido el sol. Durante el invierno el astro rey ilumina pero no calienta, de suerte que uno tiene la sensación de caminar dentro de un paisaje pintado, iluminado por un foco fulgurante que emite rayos de un frío innombrable. Así que, ante la merma de la energía vital del sol, la piel tiende a palidecer, sobretodo la nuestra, adaptada a los regios calores del trópico.

Luego de informar la causa de nuestra visita, nos arrellanamos en una banca de la sala de espera. Entre toses y bostezos, todos aguardábamos el turno en tanto oíamos las fuertes ráfagas de viento sacudir los ventanales y apreciábamos, a través de éstos, los esqueletos arbóreos batirse con furia entre una blancura nefasta que se resistía a morir. En los rostros desencajados me veía a mí mismo, nos mirábamos como cómplices y víctimas de la cruel impasibilidad del dios del hielo, progenitor de los fríos del norte, de la albura inabarcable, distante y monstruosa.

Poco rato después nos condujeron hacia una sala más pequeña y solitaria. Allí estuvimos un corto tiempo hasta que fuimos llamados por una de las puertas de enfrente.

-su hijo debe permanecer acá, – me dijo la enfermera dentro del cuarto al que  habíamos entrado-no saque al niño por ningún motivo, evite usted salir lo menos posible, si sale lávese las manos con el jabón antibacterial de la pared. El instructivo lo emitió maquinalmente en su francés quebequense, aunque con autoridad y precisión, y antes de salir, quiso constatar que había comprendido sus palabras: Est – ce que c’est clair?

El cuarto era fresco, muy bien iluminado, con una puerta interna para permitir el acceso del personal médico. Encerrados, estuvimos allí la primera parte de la tarde imaginando los personajes de una serie animada que estábamos creando. Luego de las dos primeras horas de espera la enfermera regresó para pedirnos la tarjeta del seguro por medio del cual nos daría el carnet del hospital. Enseguida salió sin mediar palabra alguna, lo que nos hizo ilusionar la inmediata llegada del médico. Pero una hora después quien regresó fue la enfermera para informarnos que, ante la necesidad de permanecer en el cuarto, le haría allí la evaluación física a mi hijo. Se cubrió con un traje de material desechable y le realizó el procedimiento rutinario mientras intercambiaba algunas palabras con él.

-Hola, como está usted – le interrumpió en un raro español con un acento entre anglo, francés y mexicano.

-¿sabe español?- le espetó mi hijo.

-Un poquito – respondió torpemente con una risilla tímida. Luego contrajo su rostro hasta retomar su severidad inicial, se quitó el traje desechable, lo tiró en la caneca de la basura y salió sin decir nada.

Luego de más de tres horas, una espera comienza a mudar en desesperación, en cansancio desesperanzador. Es de suponer la perfección del sistema, que todo ha sido elaborado con una infalibilidad metodológica y que, por tanto, exigir una respuesta, quejarse, equivale a desbordar los cauces de la sagrada tradición, sería como querer minar los pilares de la mismísima nación. El sólo pensar que esto puede en algún momento marchar mal es subversión pura.

Mientras el segundero del reloj de la pared taladraba mis oídos, trataba de hilvanar una historia que ahora comenzaba a crear para mi hijo.

-Papi, el problema es que tú no sabes contar cuentos; bueno, te voy a enseñar: contar cuentos es como hacer una sopa ¿sabes hacer una sopa? Pues bien, comienza otra vez.

Entonces, recomenzaba la historia de la afligida abuela Catapulcheta, con su caparazón de tortuga a sus espaldas, viviendo de los recuerdos de un amor imposible, arrastrando por el barrio un sino de tristeza, de arriba abajo, y detrás, los desalmados niños arrojándole piedras a su duro armazón. Algún día estas criaturas insensatas conocerán la causa de tanto silencio, pero cuando esto suceda ya será demasiado tarde…

Salí del cuarto en busca de comida y café, atravesé el gran salón de los enfermos y llegué hasta una máquina dispensadora de alimentos. Un niño de unos dos años berreaba desaforado porque su madre no le permitía babosear  el vidrio de la máquina. Ella era rubia, alta, fornida, de una belleza montaraz insospechada, con ojos místicos cetrinos como de lince de las nieves, atrapados ahora en el cautiverio de la maternidad. Como todos los de su país, conservaba intacto el rubor intenso en su rostro. El invierno, antes que palidecerlos, les acentúa el rosáceo de la piel. Levantó bruscamente a la pequeña bestia endemoniada para retenerla entre sus brazos, pero allí seguía agitándose con rabia hasta que finalmente terminó su función con un vómito monumental que embadurnó el suelo de un rosado intenso. Me metí entre el gentío de la sala que presenciaba el espectáculo y me adentré nuevamente en la capsula hermética.

-¡Tengo ganas!- anunció mi hijo, tiempo después de la merienda. Salí en busca de ayuda. Al pasar cerca de la máquina, pude observar que los vómitos estaban cubiertos por grandes toallas absorbentes. Mientras buscaba a alguien que atendiera mi situación, presencié a la bestia correteando por la sala y a la lince sumergida en su teléfono móvil. Un hombre de l’entretien ménager, con suma maestría, recogió las toallas embadurnadas y trapeó el piso hasta dejarlo limpio otra vez.

-Tiene ganas de ir al baño – dije a la enfermera.

-Un instant, j’irai vous chercher tout  de suite.

Al minuto un préposé irrumpió en el cuarto acompañado de una silla de ruedas en cuyo asiento hueco venía instalada una bacinilla.

-¡Ahora sí! Con esto no tendrán escapatoria, ya vendrán por nosotros. Pero corrió el tiempo indolente y todo seguía casi como al comienzo. Sólo que ahora teníamos una compañía indeseable de la cual debíamos librarnos. Al cabo de una hora salí a buscar al préposé para que se llevara la silla de ruedas, pero no logré encontrarlo. Todo el personal médico estaba ajetreado, la sala aún estaba plena y la bestia corría por entre los pacientes. Logré localizar a la enfermera que salía del triage. Me armé de valor y le reclamé por la escandalosa espera. Se detuvo un instante para mirarme con sorpresa. Infló sus carrillos para expulsar con fuerza el aire por entre los labios semiabiertos y dijo cansada antes de continuar su camino:

– Je suis désolé monsieur, il y a beaucoup de monde. Il faut attendre.

Pasé a la recepción y le informé a la anciana responsable que debían llevarse la silla de ruedas, que se había usado su bacinilla y que estábamos hacía cinco horas encerrados en el cuarto. Me aseguró con la más absoluta solemnidad que pronto irían a buscar la silla de ruedas.

En el cuarto, mi hijo se moría de aburrimiento. La larga espera nos había bastado para agotar todas las posibilidades de entretención. Vi sus ojos cansados, sus diminutas manchas, lo acerqué a mis brazos y en el palpitar de su corazón nos perdimos en el tiempo. Pasaron algunas horas más y enseguida días enteros de fuertes tempestades. Volamos sobre los vastos campos de guerra, presenciamos todas las batallas contras las tropas del dios del hielo. En un principio eran inexpugnables, regios, invencibles. Pero a los pocos meses de resistencia en el campo, a pesar del cerco, del corte de provisiones, sin agua, ni sol, ni alimentos, los hombres del dios del fuego empezaron a recomponerse, a avanzar, a reportar las primeras bajas del enemigo. La esperanza iba venciendo el agotamiento y la tristeza, lo que los llevó a iniciar el festejo, a danzar, a montar caravanas en nombre de Dionisos. La música invadía las tropas, la lujuria los alimentaba, mujeres guerreras disfrazadas de hombres comenzaron a rasgar sus vestiduras, a enseñar sus pechos, a entregarse al vino. Los hombres se abalanzaron sobre ellas invocando la presencia del dios Príapo. Y mientras más bebían y mayor era el frenesí de la orgía desbordada, las fuerzas del hielo languidecían, sus estoicos hombres, de una tenacidad incuestionable, se derretían, se consumían en su propio silencio al contemplar inmutables el carnaval desenfrenado de la vida. Tac, tac, tac, caían las gotas de sus cuerpos diluidos sobre un suelo dócil, voluble. Tac, tac, tac, continuaba irreparable la descarga de frustración. Tac, tac, tac, recorría el reloj su tonta carrera circular, enseñándome que nada avanza y que jamás nos moveremos del mismo lugar, que estoy aquí como al principio, contemplando mi propia impotencia. Tac, tac, tac, el martilleo proseguía su marcha, taladrando mis oídos, la pared blanca, mi hijo pendiendo de mi voluntad, la bacinilla en su lugar, como en la génesis de todos los tiempos.

-¡Es el momento de partir!

Salimos juntos por primera vez, atravesamos la sala, la bestia dormía sobre el regazo de la lince que ahora contemplaba a su cachorro y acariciaba suavemente su melena.

Excuse moi madame, on va partir – Interrumpí a la enfermera que escuchaba los reclamos de alguien.

-C’est bon, c’est votre décision Monsieur – me dijo cortésmente.

-Ahí les dejamos la mierda. No olviden sacarla del cuarto – le sentenció mi hijo en un castellano propio de nuestra región. La enfermera le respondió con una sonrisa casi maternal.

Afuera, el crepúsculo ya había matado la tarde. Los vientos impetuosos se habían doblegado a la inmutabilidad de la noche naciente. En los rostros animados de los transeúntes, iluminados por las luces de los automóviles, se percibía un aire de triunfo, de entera conquista. Habíamos vencido el invierno y nos preparábamos para el renacimiento, tan pasajero como las aves que rompen estos cielos en su periplo migrante, pero a fin de cuentas, renacimiento. Era el eterno retorno de la vida, la misma que un día, en su danza de la perinola nos trajo a ocupar estos suelos. Hoy por fortuna todos ponen. Mañana puedo tomar todo o quedarme sin nada. Era el eterno retorno de la vida, la que nos ha llevado a abandonar el hospital y continuar la cuarentena en casa.