Un cuento para Halloween: El corazón delator

Un cuento para Halloween: El corazón delator

Autor: Edgar Allan Poe


¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

Traducción de Julio Cortázar

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La Universidad de Texas enseña por primera vez el archivo de García Márquez

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El original manuscrito y mecanografiado de la novela ‘Crónica de una muerte anunciada’, de García Márquez. / HARRY RANSOM CENTER (EL PAÍS)

En el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas en Austin, reposan otros restos inmortales de Gabo. Se trata de su archivo personal, que desde ahora hará parte de este mausoleo de las letras junto a los archivos de James Joyce, Arthur Miller, William Faulkner, entre otros. Compartimos la nota de El País, sobre la apertura de este nuevo centro de investigación que augura una nueva etapa en el conocimiento de la obra del nobel colombiano.

En la biblioteca de su casa de Ciudad de México, Gabriel García Márquez (1927-2014) tenía una copia de su novela El amor en los tiempos del cólera en la edición de Oveja Negra de 1985, la misma que poseen cientos de miles de personas. El ejemplar personal del autor se podía ver ayer en la Universidad de Texas abierto por la página 221. Quizá nadie más haya reparado, pero García Márquez se dio cuenta de que en esa página se repite cuatro veces en el mismo párrafo la palabra “novedades”. Una vez resaltadas con lápiz, lo cierto es que hacen mal efecto, como en cualquier texto. Según sus anotaciones, si hubiera podido habría cambiado la segunda por “primicias” y la tercera por “obras” para evitar la repetición.

Acompañar a García Márquez releyendo su obra supone solo un detalle del acceso privilegiado que investigadores y aficionados de todo el mundo tienen desde ayer al mundo del autor. El archivo personal del Nobel colombiano fue adquirido a finales de 2014 por el Harry Ransom Center (HRC) de humanidades de la Universidad de Texas en Austin. Llegó a la capital tejana a mediados de diciembre. Ahora, está archivado en 78 cajas de documentos, 43 álbumes de fotos y 22 cuadernos de recortes y notas, parcialmente digitalizado y abierto para consulta. “Este es el lugar donde las letras de García Márquez han venido a descansar”, dijo el director del centro, Stephen Ennis, en la presentación de una de las colecciones de papeles privados más esperadas en Latinoamérica.

Se trata del material que el Nobel guardaba en su casa. Literalmente, sus cajones vaciados online. Daniela Lozano, la archivista que ha supervisado la catalogación, destaca que las fotografías resultan especialmente reveladoras del mundo del autor. “Las fotos con Fidel Castro son muy especiales”, asegura Lozano a EL PAÍS. “Fidel aparece muy relajado”. Todos los derechos de publicación siguen perteneciendo a la familia García Márquez, por lo que hay materiales como esas imágenes o las versiones de la novela inédita En agosto nos vemos que no se han digitalizado y solo se pueden consultar en Austin.

El centro Harry Ransom es un panteón de las artes. Aquí se guardan colecciones privadas de documentos de autores como James Joyce, David Mamet, Arthur Miller, J. M. Coetzee o William Faulkner. Además, alberga material personal del actor Robert de Niro, una increíble colección del productor de cine David O’Selznick o las libretas de reportero en las que los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein tomaron las notas para sus informaciones del caso Watergate.

Tras medio siglo de adquisiciones, el HRC apostó fuerte el año pasado por la literatura latinoamericana cuando surgió la oportunidad de adquirir el legado de García Márquez. Su familia contactó con el centro con García Márquez aún vivo. La compra se cerró en 2,2 millones de dólares (1,94 millones de euros). Latinoamérica supone una prioridad para la Universidad de Texas en Austin y la compra del archivo le sirve de plataforma para consolidarse como referencia estadounidense en este campo.

El archivo ha impulsado al HRC a completar la colección con dos compras más, por el momento: una copia mecanografiada y corregida de El coronel no tiene quien le escriba y, sobre todo, 48 cartas que Gabo escribió a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en los años sesenta que arrojan luz sobre los pensamientos más íntimos de García Márquez en el periodo de su producción del que existen menos textos guardados.

Proceso creativo

César Salgado, profesor de español y portugués de la universidad tejana que ha asesorado sobre García Márquez al HRC, destaca que el material revela la evolución de un escritor desde que pasaba hambre en un cuchitril de París hasta que se convirtió en una estrella mundial. De sus primeros trabajos apenas queda nada. Es a partir de El otoño del patriarca (1975) cuando empieza a guardar borradores y correcciones. “Hay un momento en el que sabe que va a ser un escritor consagrado y cambia la forma en que guarda papeles”, explica Salgado.

El material se vuelve ingobernable cuando Gabo empieza a utilizar el ordenador —la colección incluye tres computadores suyos—. Escribe, imprime y corrige a mano, explica el investigador José Montelongo, profesor de literatura del Instituto Teresa Lozano de Estudios Latinoamericanos de la citada universidad. Hay hasta nueve versiones de En agosto nos vemos, la novela no publicada que seguía corrigiendo en sus últimos meses.

“El objetivo del archivo entero es darnos acceso a la falibilidad del autor, sus arrepentimientos, sus correcciones, los caminos que descartó, el proceso creativo”, destaca Montelongo, quien estuvo en la casa de García Márquez para evaluar el archivo antes de su compra. Miles de detalles privados del Nobel esperan a los estudiosos para descubrir cómo funcionaba su cabeza cuando tenía delante una página en blanco, en algunos casos línea por línea. Como dice Montelongo, “la investigación empieza ahora”.

Mario Vargas Llosa celebrará sus ochenta años con nueva novela

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Foto: Fernando Sancho. El País

El célebre autor de La Casa Verde, Los cachorros, La fiesta del chivo, entre otras tantas obras maestras de las letras hispanas, se acerca a sus ochenta años “en un estado maravilloso”. Al margen de sus posturas políticas o de su vida personal, es de resaltar la huella profunda que ha dejado en el panorama de las letras a nivel mundial. Vargas Llosa es, a mi juicio, el literato integral por excelencia, ya que, amén de prolífico creador de ficción, es también un asiduo investigador literario y un ensayista consumado. Compartimos la entrevista realizada por Juan Cruz para el diario El País en su apartamento de Nueva York, con motivo del próximo lanzamiento de su última novela Cinco esquinas.

Este es Mario Vargas Llosa de cuerpo entero, el escritor de ficciones y el hombre. En marzo cumple 80 años; su vida personal ha conocido una transformación radical, que incluye una nueva relación sentimental que ha dado más que hablar de lo que él hubiera imaginado nunca, y ahora anuncia su editorial, Alfaguara, que cuando el Nobel de Literatura peruano cumpla aquella edad saldrá a la calle en todo el mundo de habla española su último libro, la novela Cinco esquinas. En esa obra, como en Conversación en La Catedral o en La ciudad y los perros, Vargas Llosa regresa a su tierra, Perú, el fundamento de su narrativa y el gran pesar y el gran gozo de su corazón y de su memoria. Esta entrevista versa sobre los temas capitales de su escritura, para qué le ha servido y le sirve escribir, y sobre aspectos actuales de su vida personal. Se la concedió a EL PAÍS, el periódico en el que colabora desde hace años, el pasado domingo a mediodía en el apartamento en el que vive en Nueva York, donde da clases en la Universidad de Princeton. Antes y después de la conversación, que aquí se transcribe tal como fue y enteramente, el personaje y la persona se juntan en un ejercicio extraordinario de memoria, de pequeños detalles, de historias que describe, oralmente, con la precisión que luego se conoce por la extrema eficacia narrativa, descriptiva, que hay en su obra completa. Por eso la primera pregunta va sobre su memoria.

PREGUNTA.¿De dónde le viene esa capacidad para recordar tantas cosas?

Respuesta.No creas, recuerdo las cosas que tienen que ver con mi trabajo, las muy personales o familiares, y olvido muchísimas más de las que recuerdo, a todos nos pasa. Sí, me he dado cuenta de que recuerdo bastantes imágenes, episodios que se convierten luego en materia prima para mi trabajo.

P.¿Cómo funciona eso?

R.De una manera totalmente inconsciente. Como todo el mundo, vivo toda clase de experiencias, pero hay algunas que la imaginación rescata, preserva, y de pronto de esas imágenes empieza a surgir una especie de fantaseo, pero sin yo darme cuenta. Hasta que de pronto me doy cuenta de que he estado trabajando inconscientemente en alguna pequeña historia, muy embrión de historia, a partir de algún hecho vivido, oído o leído. Siempre me ha parecido muy misterioso ese comienzo de todas las cosas que he escrito, por qué ciertos hechos tienen esa facultad de encender la imaginación, poner en movimiento la fantasía. Seguramente es porque esas experiencias tocan algún centro vital muy importante, pero que está hundido en el subconsciente. Nunca he sabido exactamente por qué ciertas experiencias tienen esa facultad y por qué tantísimas otras no.

P.¿Qué centro vital cree que es ese?

R.No sé, probablemente si lo supiera el mecanismo no funcionaría con esa naturalidad. Tiene que ver con algunos hechos clave que constituyen la personalidad, la fuente de lo que es la psicología de un personaje. Lo que sé es que siempre ha ocurrido así, siempre es algo vivido el punto de partida de la fantasía, de la imaginación que está detrás de las novelas, de las historias. De las obras de teatro también. Creo que no de los ensayos; los ensayos son mucho más racionados, eliges los temas sobre los que quieres escribir, pero en el caso de la ficción no eliges, los hechos eligen a la persona y le empujan en determinada dirección. Aunque a partir de entonces empieces a trabajar con una gran libertad, creo que el punto de partida no es libre, es algo que la realidad impone a través de la experiencia vivida.

P.En su caso, la realidad tiene que ver muchas veces con su propia juventud o infancia, pero también con la realidad peruana.

R.Sí, sí, los años de formación de la personalidad son los años de la juventud, esos yo los viví en Perú y son los que más me han marcado. Mis primeros 10 años los pasé en Bolivia, una época que yo recuerdo como totalmente feliz, y jamás se me ocurriría contar una historia inspirada en unos hechos de esos años, tal vez porque fui feliz, porque viví sin ningún tipo de traumas. Creo que las experiencias traumáticas son mucho más fecundas para un escritor, por lo menos para un escritor moderno, que las experiencias felices. Las experiencias que para mí son más fecundas desde el punto de vista literario tienen que ver con conflictos, traumas, con momentos difíciles, con algún tipo de frustración o desgarramiento; o también de gran exaltación. No son hechos convencionales, esos hechos que no dejan mayor huella en la memoria; son hechos más bien conflictivos y muchas veces traumáticos.

P.¿Ese es el caso de Cinco esquinas?

R.El caso de Cinco esquinas es muy interesante; a diferencia de otras historias, no tengo muy claro cómo se fue insinuando en mí la idea de esa novela. Comenzó con una imagen más bien erótica de dos señoras amigas que de pronto una noche, de una manera impensada para ambas, viven una situación erótica. Como era una imagen que me perseguía, empecé a escribirla, y ese fue el punto de partida. Luego se fue convirtiendo en una historia policial, casi en un thriller, y el thriller se fue transformando en una especie de mural de la sociedad peruana en los últimos meses o semanas de la dictadura de Fujimori y Montesinos, en un momento en que el sistema que habían construido comenzaba a descalabrarse por todas partes. Y en medio de una gran violencia, una violencia múltiple por el terrorismo; también por la violencia de la represión policial y militar y el gran desconcierto, desánimo psicológico y político colectivo e individual que vivía Perú. Y eso es lo que ha resultado. Cinco Esquinas fue un barrio importante de Lima; en él estaban las principales embajadas, la de Francia, Gran Bretaña y EE UU; un barrio que en la colonia había tenido una gran vitalidad, quizá las principales iglesias coloniales de Lima están en Cinco Esquinas. Luego decayó brutalmente, aunque a comienzos del siglo XX tuvo una especie de apogeo de otra índole porque se convirtió en el barrio del criollismo, de la música peruana, de los grandes guitarristas… Después continuó su decadencia hasta convertirse en un barrio muy peligroso, con mucho comercio de narcotraficantes y mucha delincuencia pública. Tanto que la última vez que estuve en Lima fui dos o tres veces a caminar por el barrio y a plena luz del día me advirtieron que no debía ir por allí porque era muy peligroso, porque podía ser asaltado, y que ahí solo estaban seguros los del barrio. Me pareció que en todo eso había como un símbolo de la sociedad y de la problemática peruana y me gustó la idea de que la historia se llamase Cinco esquinas como un barrio que de alguna manera es emblemático de Lima, de Perú y también de la época en la que está situada la historia.

P.Perú nunca se disuelve en usted.

R.No, no, las experiencias básicas, que son las de la formación de la personalidad, las viví en Perú. Conocí Perú cuando ya tenía 10 años; antes había vivido en Bolivia y siempre con la idea de que Perú era mi país, mi patria. Y regresé a un país en el que en Piura me consideraban un extranjero porque hablaba como un chico boliviano y los compañeros de colegio se burlaban de mí, decían que hablaba como los serranitos.

P.Quienes han leído Cinco esquinas dicen que tiene una fuerte carga erótica y también…

R.¡Pues sí, sí! Una de las caras de la historia es una relación erótica muy fuerte que seguramente es como un refugio. Cuando no puedes escapar de la realidad por otros medios, el erotismo es una manera de escapar de la realidad, de no vivir la realidad que rechazas. Pero si hay un tema en Cinco esquinas que permea, que impregna toda la historia, es el periodismo, el periodismo amarillo. Fue un caso muy interesante porque la dictadura de Fujimori, sobre todo con Montesinos, el hombre fuerte de la dictadura, utilizó el periodismo amarillo, el periodismo de escándalo, como un arma política para desprestigiar y aniquilar moralmente a todos sus adversarios. Él contrataba periodistas, pagaba órganos de prensa para que aniquilaran moralmente a los adversarios y críticos. Esto ensució terriblemente el periodismo, le dio al periodismo una dimensión canalla, vil. En ninguna de las experiencias dictatoriales que ha vivido Perú el periodismo se había convertido en un instrumento tan eficaz para acallar y liquidar a la oposición sin hacer política aparentemente, simplemente descubriendo que los opositores eran escandalosos, ladrones, pervertidos… En fin, toda una serie de calumnias viles impregnaba a quien se atrevía a enfrentar y criticar al régimen. Ese es uno de los temas centrales de la historia. Al mismo tiempo también está la otra cara, cómo el periodismo, que puede ser algo vil y sucio, puede convertirse de pronto en un instrumento de liberación, de defensa moral y cívica de una sociedad. Esas dos caras del periodismo, que no solo aparecen en Perú, sino en todos los países y sociedades del mundo, son uno de los temas centrales de Cinco esquinas.

P.Usted sufre ahora el embate del periodismo canalla.

R.De la chismografía periodística, sí, sí.

P.¿Cómo se siente al respecto?

R.Sabía que con esta nueva relación habría cierta repercusión de tipo periodístico, pero nunca en la vida imaginé que tendría esa repercusión continental, que hubiera semejante especulación periodística en torno. Tanto para Isabel [Preysler] como para mí ha sido muy, muy pesada en estos últimos meses. Bueno, es una realidad de nuestro tiempo, me ha permitido conocer un poco mejor un oficio que es el mío también. El periodismo ha sido central en mi vida, ha sido compañero de mi vocación literaria desde que era prácticamente un niño, porque empecé a hacer periodismo cuando estaba todavía en el colegio y nunca he dejado de hacerlo hasta hoy. Claro, yo he conocido sobre todo la mejor cara del periodismo. Ahora me ha tocado vivir la peor y comprobar que el periodismo como espectáculo no solo está presente en el periodismo especializado en el escándalo, en la chismografía, sino que el periodismo más serio se contamina también por esa necesidad contemporánea de que el periodismo sea entretenido, divertido; que la misión primera ya no sea informar, sino entretener a los lectores, oyentes o espectadores. Creo que es una realidad de nuestro tiempo. Y sin darme cuenta esto ha ido impregnando mucho la historia que escribí, nunca había pensado que fuera una historia sobre el periodismo ni sobre esta deriva del periodismo moderno.

P.El libro ha sido impregnado por la realidad que a usted mismo le ha ido sucediendo.

R.Por la realidad vivida, sí, sí. No solamente en los aspectos negativos, también en aspectos positivos de la experiencia que he vivido, aspectos sumamente exaltantes, rejuvenecedores, desde luego.

P.¿Le ha herido todo esto?

R.¡No, herido no! Me ha sorprendido mucho y me he visto muy desconcertado con esa trasgresión de la privacidad. Me mandaron los recortes de una revista en la que me habían fotografiado cortándome el pelo en una peluquería, saliendo de este edificio al ir a caminar por las mañanas. ¡Jamás descubrí que había un fotógrafo! Salgo a las seis de la mañana, y a esas horas ya había un fotógrafo que luego se metió en la peluquería donde me estaba cortando el pelo. Es sorprendente esa rama de periodismo que prácticamente nada tiene que ver con el periodismo de información, de comentario, el periodismo que tiene la vocación de defender o criticar ciertas cosas. No, no. Se trata de entrar a la privacidad por esa curiosidad malsana que la privacidad de las personas despierta en muchísima gente, y quizá en toda la gente, desde la más culta hasta la más inculta.

P.Una privacidad de toda su familia.

R.Han seguido absolutamente a toda la familia, todo el mundo ha tenido que pagar un poco cosas que hacía yo. Lo siento muchísimo, pero no había manera de evitarlo, y creo que en la vida presente no hay manera de evitarlo. Una de las características de la vida presente es que la privacidad ha desaparecido, ya no existe, hay una tecnología capaz de transgredir la privacidad a todos los niveles. Esto tiene efectos económicos, políticos, culturales, pero una de las consecuencias es que lo que entendíamos por privacidad, pura y simplemente, ya no existe.

P.En cierto modo le ha venido al encuentro lo mismo que usted anunciaba en su libro La civilización del espectáculo.

R.¡Bueno, pues me tocó vivirla! Es un libro que escribí porque realmente creo que es un problema de nuestro tiempo, y de pronto ciertas circunstancias de mi vida privada han hecho que viviera desde dentro, desde el corazón mismo, La civilización del espectáculo.

P.¿Le sirven los libros, la escritura, para ponerle serenidad a momentos así?

R.Sí, mucho. Escribir es un refugio extraordinario para encontrar la paz, la calma en momentos de gran desasosiego, de incertidumbre. Sí, escribir, encerrarme en el mundo que estoy tratando de inventar me arranca de la problemática personal y me hace vivir la fantasía. Mientras estoy escribiendo me siento invulnerable; cuando dejo escribir, las cosas cambian [risas]. Lo que no quisiera es darte una idea falsa y decirte que esta época para mí ha sido desastrosa. Por una parte ha sido muy complicada y muy difícil por muchísimas razones, pero por otra ha sido una época maravillosa de mi vida y quisiera que quedara muy claro. Nunca he tenido la exaltación, el entusiasmo, las ilusiones que tengo hoy día a una edad en la que generalmente ya no hay tantos entusiasmos [risas].

P.Decía que a esta edad querría estar con un gran danés e invernar.

R.¡Quién iba a decir que iba a estar viviendo una gran pasión y organizando mi vida como si fuera a vivir eternamente!

P.A lo mejor vive eternamente escribiendo.

R.[Risas]. ¡Ojalá!

P.¿Cómo le ha dejado la escritura de Cinco esquinas?

R.Como todos los libros que he escrito, salvo quizá La casa verde, donde creo que hay un engolosinamiento exagerado con la prosa, con el medio, con el instrumento. En todos mis libros la prosa ha tratado de ser funcional, estar al servicio de una historia y no la historia al servicio de una demostración de tipo retórico. No. Salvo en La casa verde, quizá ahí sí se pueda decir que la historia sirve tanto a la forma como la forma a la historia. En Cinco esquinas, como en las novelas anteriores, la prosa trata de ser invisible, de desaparecer detrás de la historia que cuenta para que sea la historia la que parezca vivir por sí misma. El método flaubertiano, que ha sido siempre el mío. Pero tenía un problema que resolver: la diversidad que tiene la sociedad peruana; los peruanos de una clase social encumbrada, los de clase media y los de un medio popular no hablan exactamente de la misma manera, hay muchas diferencias y modismos. Hay una naturaleza del lenguaje que expresa clarísimamente esa situación social, económica o cultural, es algo que he tenido muy presente y al mismo tiempo he evitado mucho ser folclórico, que la manera de hablar fuera al final más importante que el propio personaje, que se luciera ya desprendida del propio personaje. No, es algo con lo que siempre estuve en contra y creo que mi generación ha sido una generación de escritores que reaccionó muchísimo contra eso, la explotación del color local, contra esa especie de estriptís lingüístico que hacía toda la literatura criollista, localista. Ha sido un trabajo del lenguaje para que fuera lo más invisible posible, pero que al mismo tiempo sirviera mucho para mostrar las diferencias sociales, económicas y culturales de una sociedad tan compleja y diversa como la peruana.

P.La gente puede tener la tentación de pensar que esa excursión erótica que constituye también la novela es una novedad. Evidentemente, no lo es, porque estáLos cuadernos de don RigobertoElogio de la madrastra, Las aventuras de la niña mala

R.Carmen Balcells, pobre, una amiga tan querida, fue una de las primeras en leer Cinco esquinas en manuscrito y me preguntó: “¿Las escenas eróticas las has escrito recientemente o las has escrito antes de…?” [risas]. Le dije que esa era una pregunta insolente que no le iba a responder. [Risas].

P.Ni ahora tampoco.

R.[Risas]. No, tampoco.

P.Pero es cierto que siempre tuvo el erotismo como una línea. La niña mala, por ejemplo.

R.Cuando estaba en segundo o tercer año de universidad trabajé como ayudante de bibliotecario en el Club Nacional, el club de la oligarquía peruana en esa época, y allí descubrí el erotismo literario en su rama francesa. Lo leí porque había una colección maravillosa de literatura erótica francesa. En algún momento, un bibliotecario había adquirido entre otras cosas toda la colección de los maestros del amor, que dirigió Apollinaire, prologada por él, con muchos libros anotados por él. En esa época, igual que los grandes maestros del erotismo del siglo XVIII, yo llegué a creer que el erotismo era la fuerza revolucionaria principal de una cultura, de una época, y que a través del erotismo se podía transformar una sociedad tan profundamente como con una revolución política. Era una gran ingenuidad, pero siempre he creído que el erotismo de alguna manera expresa profundamente las limitaciones, las libertades, las represiones que vive una sociedad. Sí, el erotismo ha estado muy presente dentro de lo que es una literatura que ha tenido mucha fascinación siempre por lo que es la lucha contra las represiones, los prejuicios, contra esa deformación del ser humano por razones religiosas o ideológicas. Sí creo que la libertad se expresa también en la cama, que la cama es donde se manifiesta el grado de libertad que existe, igual que el grado de represión, de limitación de los instintos, de los deseos que expresa toda una sociedad.

P.Va a cumplir 80 años.

R.No me lo recuerdes, por favor. ¡Si eres mi amigo, no sé por qué me lo recuerdas! [risas].

P.Sí es interesante constatar que no ha dejado de trabajar nunca.

R.¡Ni voy a parar, ni voy a parar!

P.¿Recuerda que haya habido algún momento de bajón en su vida, una interrupción?

R.Sí, ha habido momentos de gran depresión que he superado rápidamente y en gran parte gracias a mi vocación. Mi vocación es la gran defensa que yo he tenido contra la desmoralización, la depresión. Hace poco he visto en Nueva York la magnífica exposición sobre Hemingway. Es impresionante comprobar cómo por un lado existe la cara pública de este personaje, un aventurero, boxeaba, cazaba, pescaba, corría toda clase de riesgos, daba la impresión de ser un hombre que vivía la vida en toda su riqueza. Y en realidad te das cuenta de que era una fachada, que detrás de eso había un hombre desgarrado, con depresiones, desmoralizaciones, que buscaba en el alcohol una especie de salvación que no conseguía, que la lucha contra la impotencia, contra la falta de memoria, fue un drama de los últimos 10 años de su vida y que, al final, acaba matándose derrotado por esos demonios de los que nunca pudo liberarse. En un momento dado, la literatura ya no le sirve, ya no lo defiende, ya no lo redime. Yo espero que en mi caso nunca llegue ese momento. Al mismo tiempo uno tiene que aceptar la muerte, no tiene sentido rebelarse contra lo irremediable, pero es muy importante llegar vivo hasta el final, no morirse en vida, es el espectáculo más triste que puede dar un ser humano, perder las ilusiones, convertirse en un ser pasivo. Hay muchísimos casos y no solo de escritores, pero es el espectáculo que siempre me ha parecido más lamentable. A mí me gustaría llegar vivo hasta el final. Recuerdo la madrugada en la que me dijeron que me habían dado el Premio Nobel de Literatura porque inmediatamente pensé: “No voy a dejar que este premio me convierta en una estatua, en una especie de figura de cartón piedra, voy a seguir vivo hasta el final actuando y escribiendo con la misma libertad con la que escribía antes de recibirlo”. Existe la idea de que el Premio Nobel te convierte en una estatua y de que te mueres en vida, ¡pues no!, no ha ocurrido y espero que no ocurra. Y espero que la muerte llegue como una especie de accidente…

P.Como decía Alberti, mientras está conversando.

R.Eso es. Me parece la forma ideal de morir, con una vida que hasta el final haya sido una vida intensa, espléndida.

P.En 1990 tuvo un incidente público importante, perdió las elecciones en Perú. Entonces hizo unas declaraciones en la revista Paris Review que siempre me llamaron la atención: “Me niego a admitir la posibilidad de que ya he dejado atrás mis mejores años y no lo admitiré ni aunque me viera enfrentado a las evidencias”. El periodista luego le pregunta por qué escribe y usted contesta: “Escribo porque soy desdichado. Escribo porque es una manera de combatir la desdicha”.

R.Es una gran injusticia decir que soy desdichado, la vida ha sido muy generosa conmigo, me ha dado cosas maravillosas como, por ejemplo, poder dedicarme a escribir, poder dedicar mi vida a lo que me gusta, lo mejor que le puede pasar a una persona. He tenido muchísimas experiencias maravillosas. No soy desdichado, lo que ocurre es que nadie que no sea un tonto es feliz siempre, es imposible ser feliz siempre, pero creo que he vivido más momentos de felicidad que momentos de dolor y de sufrimiento, sin ninguna duda. Creo que estoy llegando a los 80 años en un estado realmente maravilloso de vida, de vitalidad, abierto al mundo, viviendo experiencias riquísimas que me rejuvenecen y que, sobre todo, me dan una gran fuerza para hacer proyectos como si no hubiera límites. Es lo mejor que le puede ocurrir a una persona.

P.A medida que ha pasado el tiempo, sus libros han ido siendo más luminosos y más aventureros, tanto los de ficción como los de no ficción.

R.Quizá puedo vivir ahora más aventuras con la imaginación, con la fantasía que en la realidad. Tengo ciertas limitaciones que impone la edad, pero la verdad es que, a pesar de ello, procuro también no quedarme inmóvil ni intelectual ni físicamente, es importante moverse, siempre me estoy moviendo y voy a seguir moviéndome mientras pueda.

P.Quería decir que en La ciudad y los perros, en La casa verde y sobre todo en Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa analiza o mira la realidad con cierta melancolía, como se dice al principio de Conversación en La Catedral. Y en esos libros hay como una lucha del autor por narrar por qué no le gusta la realidad que ve. Sin embargo, luego ha estado en la Amazonía, en Congo, ha buscado a Paul Gauguin, ha buscado en la aventura de otros también la aventura propia.

R.Sí, eso es muy exacto, he buscado en la aventura de otros la aventura propia, experiencias que desde luego me hubiera gustado vivir. Muchos de los personajes históricos que aparecen en mis novelas son personajes que de alguna manera me habría gustado encarnar, no solo buenos, sino malos personajes también en lo que representa vivir un poco en los límites, más allá de los límites, rompiendo los límites. Es un tipo de personaje que siempre me ha fascinado en la literatura y desde luego en mis propios personajes hay un eco de esa actitud. Pero la gran aventura de mi vida ha sido la literatura, sin ninguna duda, no solo lo que he escrito, sino lo que he leído. La lectura, experiencia fundamental para mí, me ha hecho vivir de una manera maravillosa, y por eso veo con cierta angustia la posibilidad de que la lectura pudiera ir, no desapareciendo, pero sí empobreciéndose cada vez más, llegando a menos gente. La lectura ha sido una fuente tan rica de goce, de placer, justamente de vivir las vidas intensas de la aventura, que se cegaría una fuente fundamental de la vida si la lectura pasara a ser en el futuro una actividad de minorías, de catacumbas.

P.Aquellos libros primitivos tan densos y preocupados por la realidad, sobre todo Conversación en La CatedralLa casa verde o La ciudad y los perros, ¿cómo le dejaron como ser humano?, ¿cómo le hicieron como persona?

R.Son libros que me hicieron madurar mucho, entender mejor el mundo en el que vivía. Esa es una de las funciones que tiene la literatura; la que escribes y la que lees te sitúa mucho mejor en el mundo, no digo que te dé seguridades porque a veces te da muchas incertidumbres, pero creo que entiendo mucho mejor el mundo gracias a aquello que he leído y a aquello que he escrito que antes de que leyera o escribiera ciertas cosas. Te da una cierta perspectiva sobre la realidad, sobre la experiencia humana; también sobre la vida política y la sociedad que no necesariamente se traduce en conformismo, pero sí en una comprensión mayor, más cabal. Y quizá una menor intransigencia que la que tienes cuando eres joven frente a esa cosa compleja, diversa, que son las relaciones humanas. Espero que también se haya reflejado en lo que escribo, es desde luego una actitud mía frente a la vida, soy menos intolerante que cuando era joven, quizá porque veo que las cosas son menos terribles desde el punto de vista social y político en mi propio país, en América Latina, de lo que eran cuando yo era joven. Cuando era joven tenía la sensación de que no había salida y esa desesperación está muy presente en La ciudad y los perros; quizá en Conversación en La Catedral también hay un pesimismo muy profundo que ya no tengo ahora. Cuando salí de Perú, en 1958, sí lo tenía, quería escapar como de una especie de cárcel perpetua de la que si no salía, jamás iba a ser un escritor, jamás iba a tener la posibilidad de la felicidad. Esa actitud no la tengo ahora, ha habido y hay un progreso en Perú y en América Latina, estamos muy lejos de alcanzar lo ideal, por supuesto, pero sin ninguna duda ha habido un progreso, y creo que en el mundo también.

P.En El pez en el agua se advierte esa melancolía cuya escritura coincide con el momento en el que intentas ir a Perú y sin embargo…

R.…porque El pez en el agua es un libro testimonio de un fracaso. Hubo una oportunidad, una movilización de muchísima gente para hacer un gran esfuerzo de modernización del país, y fracasamos. Fracasamos en una campaña electoral, pero eso no quiere decir nada, a la larga Perú ha avanzado. Muchas de las ideas que defendimos quienes nos embarcamos en esa aventura del Movimiento Libertad y el Frente Democrático han prosperado, si no exactamente como nosotros lo proyectamos, sí poco a poco, han ido siendo aceptadas por la propia sociedad, la sociedad se ha movido en esa dirección y ha habido progresos indiscutibles, en Perú se vive mucho mejor hoy que en la época de la dictadura. Lo que ocurre en Perú ocurre en la mayor parte de los países de América Latina, sin engañarse respecto a los enormes problemas, pero es preferible tener Gobiernos democráticos, aunque sean corruptos, que dictaduras, que son también siempre corruptas y además más brutales y sanguinarias. Es preferible ir avanzando poco a poco y renunciar a la idea de la utopía social si la utopía social solo nos ha traído guerras civiles, represiones brutales y Gobiernos dictatoriales. En todos esos sentidos hay un progreso en América Latina y en el mundo, aunque han surgido enormes desafíos, enormes problemas. Eso es la vida, la vida va a ser siempre eso y no va a cambiar. Y tenemos también la literatura, que creo que es la mejor manera de mantener viva la esperanza, el espíritu crítico, y un refugio maravilloso para cuando nos sentimos solos, deprimidos, desmoralizados, derrotados. La literatura nos redime, nos salva. Hay que defenderla para que no desaparezca.

P.En muchos textos suyos se advierte una actitud bastante flaubertiana, referida a su falta de talento, según usted, que ha tenido que luchar para hacer

R.Es una más de las cosas que yo le debo a Flaubert, el haber demostrado que si no tenías un talento natural, que si no nacías genio, podías llegar a ser un buen escritor a base de perseverancia, de terquedad y de esfuerzo. Es la gran lección de Madame Bovary, una novela escrita por un hombre que al mismo tiempo que escribe va conquistando y construyendo milímetro a milímetro su genio, con un esfuerzo gigantesco a base de voluntad, de terquedad, de trabajo. Esa es la gran enseñanza. Era un gran pesimista, un escéptico terrible, pero nos demostró que el genio se podía construir si no lo tenías. Una lección absolutamente fundamental para mí.

P.Lo cierto es que los primeros libros grandes también parecen un ejercicio de estilo para demostrarse a usted mismo que lo puede hacer.

R.Un esfuerzo enorme. Siempre tengo la idea de la novela total, la novela como una obra de arte en la que la cantidad es un factor esencial de la calidad, y que mientras más niveles de realidad se expresan en una novela, mayor es la posibilidad de que la novela sea mejor. Sí, he trabajado muchísimo y creo que está muy presente a lo largo de todo lo que he escrito, pero en literatura no hay reglas fijas y las excepciones son tan importantes como las reglas. Puede haber una pequeña obra que simplemente muestre un fragmento mínimo de realidad y que la muestre con tanto talento, con tanta belleza e intensidad que esa obra sea una gran obra. La metamorfosis es un libro absolutamente genial, o El viejo y el mar, y son pequeñas historias, pero que tienen esa capacidad de simbolizar la condición humana, aquello que de mejor hay en el ser humano. O también lo peor. Sí creo que la novela total es un ideal, pero de ninguna manera el único ideal en literatura, hay pequeñas obras maestras que lo son.

P.¿De veras a estas alturas sigue creyendo que no tiene talento?

R.No tengo talento natural, me cuesta trabajo escribir, cada vez me cuesta más, supongo que porque el sentido autocrítico se ha agudizado con los años y la práctica, pero me cuesta un trabajo enorme. El practicar tantos años la literatura no me ha dado más facilidad, más seguridad, en absoluto; cuando comienzo una historia tengo la misma inseguridad, esa especie de indefensión que sentía cuando escribía mis primeros textos. Eso no ha cambiado, felizmente, porque creo que ese esfuerzo te exige una convicción, una pasión que ojalá nunca se me acabe. Para mí nunca ha sido algo mecánico escribir, ni siquiera un texto pequeño ni los artículos que escribo, siempre me vuelco de una manera íntegra, total, en lo que trabajo.

P.En algunas de sus declaraciones y en textos escritos por usted hay una competencia entre dos grandes libros suyos, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo. A veces parece que entre los libros suyos que no quemaría estaría Conversación en La catedral y otras veces La guerra del fin del mundo.

R.Son de los que más trabajo me ha costado escribir, muy difíciles de escribir por distintas razones, por la historia, por dónde estaban situadas, por el contenido histórico, me han costado un esfuerzo enorme. Es muy difícil para un escritor decir qué libro de los suyos salvaría porque todos han representado un periodo de vida, de dedicación, de entrega y de ilusiones, es como pedirle a alguien que elija entre sus hijos a quién salvaría o mataría. No puedes decidirlo con objetividad, es imposible; cuando cito esos libros es simplemente por el esfuerzo que me costaron y el tiempo que les dediqué, lo que no quiere decir que sean los mejores que he escrito, no necesariamente.

P.¿Sería legítimo pensar que el tiempo tanto como la realidad han afectado a esos libros?

R.Cuando sale, Conversación en La Catedral tiene muy pocos lectores, es la realidad; algunos críticos lo elogian, pero muchos no, piensan que es excesivamente oscuro, difícil, que plantea demasiado esfuerzo al lector. Sin embargo, la alegría que a mí me ha dado es que ha sido un libro que ha ido conquistando lectores poco a poco y que es una novela que está viva porque siempre se reedita, incluso los críticos tienen ya una opinión favorable. Me alegro mucho, sin ninguna duda es uno de los libros que más trabajo me costó escribir y en el que estuve trabajando al principio como a ciegas, sin saber cómo iba a poder integrar toda esa materia anecdótica que tenía. Por eso digo que si tengo que quedarme con uno, quizá me quedaría con él.

P.Podríamos pensar que es un libro heredero de ese momento literario que hay alrededor de su escritura.

R.Seguramente, los libros te reflejan también la época en que se escriben. Hay un momento de idolatrías en América Latina, la de los escritores latinoamericanos con las formas, precisamente para distinguirse de los escritores anteriores que desdeñaban tanto la forma y pensaban que era el tema lo que determinaba el éxito o fracaso de una historia. Mi generación descubre que no, que es la forma lo que determina el éxito o fracaso de una historia. Ese engolosinamiento con la forma, con el lenguaje, con la estructura, la organización del tiempo de una historia, se refleja mucho en La casa verde. De ninguna manera rechazo esa novela, pero es una novela en la que creo que la forma es un personaje, un tema de la historia, y es el único caso entre todas las cosas que he escrito del que se pueda decir eso.

Nunca imaginé que esta nueva relación tendría esa repercusión. Me ha permitido conocer mejor un oficio que es el mío”

P.¿Cree que uno no sale indemne de una gran novela? Una frase que no sé si es suya o de Hemingway.

R.No sé si es mía, ojalá lo fuera, me parece muy bonita, es la pura verdad. Creo que uno no sale indemne de una novela. Leer El Quijote, Los miserables, Guerra y paz, Madame Bovary te transforma… Han sido experiencias absolutamente fundamentales. Antes seguramente haber leído La condición humana, de Malraux, un libro que creo está muy injustamente descuidado, considerado más bien menor, creo que es una de las grandes novelas del siglo XX, la he leído varias veces. Y no solo novelas, he leído libros de crítica; ensayos como La estación de Finlandia, de Edmund Wilson, lo he leído dos o tres veces y creo que me ha marcado enormemente por la extraordinaria vitalidad que tiene. Es un ensayo sobre cómo nace la idea socialista, en qué se transforma, qué fenómenos sociales y culturales genera. Es un libro en el que las ideas son como personajes, seres de carne y hueso que viven aventuras, tienen efectos sociales, políticos, maravillosamente escrito. Me ha marcado mucho. También ciertos ensayos de Bataille, como La literatura y el mal, un libro que leí en estado de trance porque me reveló un aspecto de la literatura que yo creo que existe y que Bataille vio maravillosamente: que en la literatura se expresa algo que solo se puede expresar en la literatura. Él decía que esos fondos reprimidos que permiten la vida en sociedad, todo aquello que si tuviera derecho de ciudad provocaría hecatombes, catástrofes, haría que nos matáramos todos, ciertos instintos, deseos que están ahí y no podemos erradicar sumidos en el fondo de nuestra personalidad, encuentran en la literatura un camino privilegiado para expresarse. Me pareció tan absolutamente exacto que estoy seguro de que ese ensayo me ha enriquecido, se debe expresar en lo que escribo aunque yo mismo no sea consciente de cómo.

P.Durante sus primeros escritos sobre sus influencias literarias ha ido nombrando siempre a los mismos, Faulkner, John Dos Passos

R.…sería muy injusto que no los nombrara.

P.Quiero decir que ha sido muy consistente, incluso Sartre, al que abandonó, pero que sigue estando ahí. ¿Se ha diluido ya toda esa influencia y ahora hay un estilo Vargas Llosa? ¿Se siente el titular de un estilo?

R.No, en absoluto, y si lo tuviera, no podría darme cuenta de en qué consiste. Borges dice que cuando te miras en el espejo no sabes cómo es tu cara. Es muy exacto, cuando escribes no sabes cómo escribes, lo sienten los lectores, los críticos, pueden establecer diferencias, similitudes, pero uno mismo es totalmente incapaz de hacerlo. No podría juzgar mi obra en comparación con otros, no tengo distancia con mi obra, mi obra es lo que yo soy y yo no sé exactamente cómo soy.

P.¿Cree que ya ha hecho lo que tenía que hacer?

R.No. Todavía no, y espero seguir haciéndolo [risas], espero que mi mejor libro sea el próximo que escriba, que no esté atrás, sino por delante, que sea un desafío y que la muerte me pesque escribiendo mi mejor libro. Ese es mi gran sueño.

P.Ha escrito un libro fundamental, El pez en el agua. Las dos situaciones que describe en ese libro, su juventud y su aspiración a ser presidente de Perú, terminan de la misma manera, en un viaje a París. Ahora ha cambiado de vida, ha terminado un libro, ha muerto una de sus grandes amigas, Carmen Balcells…

R.… y no solamente amiga, una persona que ha sido fundamental en mi trabajo y en mi vocación. Ha sido fundamental en la vida cultural y literaria de mi lengua, de España y de América Latina, y a la que estoy seguro de que en un futuro tendremos que rendirle muchos homenajes.

P.Termino. ¿Siente como que está en medio o a punto de uno de esos viajes que narraba en El pez en el agua?

R.Pues estoy viajando, creo que el viaje ya lo he emprendido, lo estoy haciendo, mi vida privada ha sufrido una especie de transformación muy profunda, soy inmensamente feliz porque es una experiencia que me ha enriquecido extraordinariamente y lo único que lamento es que la felicidad se consiga muchas veces causando infelicidad a tu alrededor. Desde luego que eso lo lamento muchísimo, pero me siento muy ilusionado, realmente muy rejuvenecido, y tengo mucha esperanza de que en el futuro esto tenga un efecto no solo en mi vida privada, sino también, y fundamentalmente, en mi trabajo de escritor.

Jaime Jaramillo Uribe, fundador de la Nueva Historia de Colombia

jaramillohistoriador26oct

Foto: ‏@Cerlalc

Por: Cristian Arias

En la mañana del 25 de octubre de 2015 falleció Jaime Jaramillo Uribe, uno de los padres de la historiografía como disciplina académica profesional en Colombia. Su nombre evoca la revolución en materia de investigación histórica y social emprendida a partir de la década de los años sesenta, trabajo titánico que arrojó los textos fundamentales de la historia social y política nacional y que permitió la formación profesional de los historiadores colombianos. Nosotros, los historiadores de inicios del siglo XXI, que nos formamos con estos textos fundamentales, y a su vez, con aquellos que lo fueron para Jaramillo Uribe, esto es, la Historia de los Anales de Francia y la Historia social inglesa, evocamos su memoria como la más grata de las recordaciones. La revista Arcadia publica un obituario de este intelectual colombiano. Dice el artículo:

“Por historia, yo entiendo la reconstrucción sistemática del pasado o de una comunidad, un pueblo o una nación. Por ejemplo, en el caso nuestro, entiendo por historia de Colombia la reconstrucción de la vida social, política y económica del país en términos muy genéricos y amplios, desde sus orígenes, pasando por sus diferentes etapas más o menos significativas (…) Ahora, la historia total es la reconstrucción de esas diferentes etapas, no como etapas aisladas, sino como etapas de un proceso, en tanto hay conexión y relaciones entre unas etapas y otras”.

Así definió la historia Jaime Jaramillo Uribe en una entrevista concedida al profesor Franz Hensel en 2003. Jaramillo Uribe, uno de los académicos más importantes del país, fundó el Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia y el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura en 1962. Su carrera fue una constante indagación acerca de la historia de las ideas en Colombia y la formalización de la historia como una práctica académica de prestigio.

Jaramillo Uribe nació en Abejorral, en 1917, pero cuenta el profesor de la Universidad Nacional Bernardo Tovar Zambrano que desde muy pronto se fue a vivir a Pereira, donde estudió la primaria y parte del bachillerato. En 1936 viajó a Bogotá para terminar el colegio y saciar sus dudas intelectuales. Estudió en la Escuela Normal Central, primero, y más tarde ingresó a la Escuela Normal Superior, donde se hizo profesor tan pronto se graduó en 1941.

Cuenta Tovar Zambrano que, a pesar de haber pensado en la medicina o el derecho, Jaramillo Uribe se quedó con la pedagogía porque le ofrecía la posibilidad de trabajar y simultáneamente continuar con su formación académica. Una de sus primeras cátedras fue la de sociología, cuando ésta todavía no se estudiaba como una disciplina independiente, sino como una historia de las ideas. Pronto su vocación se orientó hacia esa búsqueda y, con los años, lo llevó a uno de sus libros más importantes: El pensamiento colombiano en el siglo XIX, publicado en 1962.

Jaramillo Uribe estudió en la Sorbona y en la Escuela de Ciencia Política de París. Asistió a cátedras sobre la historia de las ideas políticas, historia de Francia y Alemania, además de algunos cursos sobre sociología política. A su regreso en 1948 se integró a la Universidad Nacional y empezó a tomar forma el camino para el que se había preparado durante toda su carrera.

La formación de Jaramillo Uribe lo orientó hacia la necesidad de crear una carrera que no existía en Colombia. Él era licenciado en Ciencias Sociales y Económicas y sus estudios en Francia siguieron por ese camino. Cuando se integró a la Universidad Nacional, en 1952, Jaramillo empezó a dictar Historia Universal en la Facultad de Filosofía y Letras.

“En el sector de Ciencias Sociales hubo varias cátedras de historia, sociología, economía e historia universal. Pero no había el propósito de formar historiadores específicamente, de hacer de la historia una carrera. Eso solo se produce cuando en la Universidad Nacional, en 1960, se crea un Departamento de Historia”, le contó Jaramillo Uribe a Hensel. A mediados de la década de 1970 se creó la Licenciatura en Historia y, con ella, los primeros historiadores profesionales del país. Jaramillo Uribe estuvo presente en todo ese proceso. Paralelo al cual escribió el libro sobre las ideas políticas en el siglo XIX en Colombia y la historia de Pereira.

Según le contó a Hensel, parte de ese primer grupo de historiadores de la década de los sesenta estuvo integrado por Germán Colmenares, Jorge Orlando Melo, Hermes Tovar, Jorge Palacio Preciado, Carmen Ortega y Germán Rubiano, entre otros. En otras palabras, Jaramillo Uribe vio nacer y crecer la historia como disciplina en Colombia. En un medio en el que predominó la historia política y económica, el fundador de la nueva historia se enfocó en el estudio de las ideas políticas y, más adelante en la historia de la cultura.

La nueva historia

Franz Hensel, profesor de planta de la Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario, cuenta que su reunión con Jaime Jaramillo Uribe en 2003 fue una de las más valiosas en su carrera. “Cuando yo entré a su oficina en la Universidad de los Andes sentí que hacía falta algo. Claro, no había computador, hasta su último libro lo escribió con máquina de escribir. Me recibió con pipa y máquina de escribir”, recuerda. Pero más allá de su personalidad enigmática, Jaramillo Uribe será recordado por toda una generación por ser la persona que le dio un giro a esta disciplina en Colombia.

Hensel aclara que la forma en que se hace la historia cambia de acuerdo a cada época y contexto: “En la segunda mitad del siglo XIX hubo un movimiento muy fuerte alrededor de las fuentes. Se esperaba que el historiador reconstruyera las cosas tal cual habían ocurrido. Más adelante la historia se enfocó en la patria, en la búsqueda de una especie de biografía de la nación y la exaltación de los héroes. Pero la forma de ver la historia de Jaramillo Uribe y su generación se centró en entenderla alrededor de unos problemas específicos”.

En otras palabras, Jaramillo Uribe contribuyó a la construcción de una historia más científica. Una disciplina que empezó a plantearse preguntas, problemas específicos, en contraposición a la idea de la historia como una narración de sucesos. Además, cuenta Hensel que en línea con este enfoque se empezó a concebir la profesión desligada de la historia partidista.

Y sin embargo, para el profesor, esa es solo una de las razones por las cuales Jaime Jaramillo Uribe fue tan importante para la Historia en Colombia: “Él se destacó en muchos escenarios. Primero por su producción académica. Su investigación sobre las ideas políticas, plasmada en El pensamiento colombiano en el siglo XIX, es única y nadie ha vuelto a hacer algo parecido. Además Jaramillo empezó a interactuar con colegas internacionales en Francia y Alemania, lo cual le dio relevancia al trabajo que se estaba haciendo aquí. Y entre muchas otras cosas, él fue clave a nivel institucional por su gestión académica, la creación del Departamento de Historia y el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura”.

Su último libro fue publicado en 2010. Memorias intelectuales, que también escribió a máquina, es un recuento de cómo él contribuyó a reconstruir la Historia, así en mayúscula, de Colombia.

El cronopio fugitivo: La controvertida biografía de Julio Cortázar

Cortazar21

Sin la autorización de los herederos del escritor argentino, Miguel Dalmau ha construido un nuevo retrato de Cortázar que ha dado ya de qué hablar. Matías Néspolo comenta en La Nación las particularidades más relevantes de esta polémica biografía, en la que son protagonistas conceptos como homosexualidad, incesto y violación, vistos a través del prisma psicoanalítico. Esto dice el artículo:

Pegado a la pollera de mamá hasta el fin de sus días y en buena medida agobiado por sus obsesiones sexuales. Así es como pinta Miguel Dalmau (Barcelona, 1957) al autor de Rayuela en una controvertida biografía que remata con una elocuente carta a la madre, María Herminia Descotte, jamás enviada y descubierta por Aurora Bernárdez entre sus papeles, pocas semanas después de su muerte. “Y no puedo ser otra cosa en libertad, porque en tu espejo de sonrisa blanda está la imagen que me aplasta, el hijo verdadero y a medida de la madre, el buen pingüino rosa yendo y viniendo y tan valiente hasta el final, la forma que me diste en tu deseo; honrado, cariñoso, jubilable, diplomado.”

Julio Cortázar. El cronopio fugitivo estaba anunciada para 2013. Sin embargo, llega con casi dos años de retraso, tras el Centenario Cortázar, y publicada por Edhasa. De hecho, la obra se edita sorteando los últimos obstáculos sin una sola fotografía del escritor más que la de portada, y sin la autorización expresa de los herederos, estirando al máximo el derecho a cita estipulado en la legislación.

“Era alucinante porque recibíamos las presiones del abogado de Aurora Bernárdez para que la biografía no saliera, o eso me decían en la agencia de Carmen Balcells, y nadie había leído el libro”, recuerda el biógrafo Dalmau. “Yo creo que Carmen -dice, en relación con la legendaria agente literaria fallecida el pasado agosto- había desactivado por completo el tema, porque mis antecedentes como biógrafo polémico no auguraban nada bueno a los defensores de la memoria oficial de Cortázar.”

Los antecedentes a los que se refiere son el espinoso ensayo Los Goytisolo (finalista del Premio Anagrama) y la escandalosa biografía del poeta Jaime Gil de Biedma -que Sigfrid Monleón adaptó al cine como El cónsul de Sodoma-, autores de la poderosa agente literaria. “Balcells debía decir: «A Dalmau, ni agua», y con razón”, especula el biógrafo, que también deja caer entre líneas cierta motivación económica, ya que su trabajo podía opacar otras ediciones conmemorativas, como el álbum Cortázar de la A a la Z, editado por Carles Álvarez Garriga y Bernárdez, quien “quería controlarlo todo para el aniversario”.

“Queremos tanto a Julio que tendemos a imponer nuestra forma de amarlo en una única visión, y eso es negar la esencia de Cortázar, su apertura de miras y su generosidad”, asegura Dalmau. Lo cierto es que su demorada biografía “no autorizada”, aunque pueda irritar a más de un celoso custodio del Cortázar oficial, resulta mucho menos escandalosa de lo que se temía, “porque al otro lado del espejo, el dibujo de las constelaciones es el mismo”, dice el investigador. Si bien reconoce que su trabajo no presenta “estrellas de grandes hallazgos”, sí “nuevas constelaciones” de pequeños datos y aspectos.

En todo caso, el espejo en el que refleja Dalmau al autor de Historias de cronopios y famas es el del psicoanálisis, con el que propone una nueva lectura tanto de su vida como de su obra. “El mismo Julio reconocía que escribía para enfrentarse a sus demonios, a sus fobias y neurosis, porque nunca había ido al psicoanalista.”

Retrato de autor con barba

Si Eduardo Montes-Bradley con Cortázar sin barba centraba su enfoque en la ausencia del padre, que lo abandonó cuando Julio era un niño, Dalmau, en cambio, carga las tintas en la figura materna de María Herminia, la hija ilegítima de un acomodado empresario a la que dio su apellido y mantuvo económicamente. Lo mismo haría el escritor durante toda su vida repitiendo el patrón de su abuelo biológico. “La dependencia con la madre era clarísima y se ve incluso en Libro de Manuel“, subraya el biógrafo, que escarba en su infancia en Banfield rodeado de mujeres, entre su madre, su abuela Victoria, la tía Albertina y su hermana Ofelia, un año menor, a la que luego se le diagnosticaría esquizofrenia, para completar el cuadro edípico. “Algo que casa luego con su sensibilidad femenina y con su desinterés sexual hacia la mujer hasta muy avanzada edad.”

Aunque Dalmau no hable explícitamente de homosexualidad, sugiere esa pulsión en más de un pasaje. “Eso no lo tengo muy claro. Sí que no funcionaba a la manera habitual del macho latino y que la mecánica sexista lo incomodaba muchísimo”, aclara. Otro tanto hace el investigador con “los fantasmas del incesto y de la violación”, que analiza a conciencia en obras como Bestiario y Queremos tanto a Glenda, respectivamente.

En el primer caso, “no pasaría en el plano real de juegos eróticos infantiles”, matiza el biógrafo, pero no desdeña su impacto literario porque “Rayuela termina siendo una obra tan escindida y esquizofrénica como su hermana”. Y el segundo lo vincula a la represión de sus propios impulsos a causa de un hipotético tratamiento a base de testosterona que habría recibido en París a mediados de los 60 para paliar la supuesta enfermedad -Dalmau recorre todo el espectro: síndrome de Kallmann, síndrome de Klinefelter, hiperprolactinemia- de la que resultaría su infertilidad. Un tratamiento que, además, según su interpretación, explica “la metamorfosis” sufrida por el aniñado y lampiño escritor, al que “le crece barba a los 52 años” y vive su “tardío despertar sexual” justo cuando comenzaba a ser famoso y recibía la admiración incondicional, sobre todo, de sus lectoras. Una metamorfosis de un escritor apocado convertido de pronto en un seductor, que se acentúa con el pasaje de 1967 al año de la revuelta parisina, cuando se separa definitivamente de Aurora Bernárdez, su primera mujer. “Su transformación personal está en sintonía con los tiempos, viene junto con el espíritu de Mayo del 68, la revolución sexual, su defensa de la marihuana y el hippismo y su compromiso revolucionario.”

En todo caso, según su análisis, tampoco escapa Cortázar en el plano ideológico de la preeminencia del universo femenino. “Esa visión excesivamente romántica, que le achacaron sus detractores, está relacionada con sus amores”, señala, enumerando romances efímeros y el mantenido con la cubana Isel Rivero, como las relaciones duraderas con su segunda y su tercera mujer, Ugné Karvelis y Carol Dunlop, respectivamente. “Todos los procesos revolucionarios a los que se apunta en sus últimos 30 años están asociados siempre a una mujer.”

Y sobre su muerte Dalmau da credibilidad a la hipótesis de su amiga Cristina Peri Rossi, que lo llevó a los últimos especialistas que lo trataron en Barcelona para identificar qué virus desconocido entonces estaba acabando con su sistema inmunitario. A la ya diagnosticada leucemia se le sumó el sida, que contrajo en el verano de 1982 al recibir una transfusión masiva, por una hemorragia gástrica, con una partida de sangre contaminada por la que renunciaría años más tarde el ministro de sanidad francés.

En suma, si el afilado retrato freudiano de Dalmau resulta un tanto desmitificador, no lo es en absoluto la reivindicación final que hace el biógrafo del escritor “por su coherencia hasta sus últimos días a favor de las libertades individuales que se impuso sobre la ingenuidad política de los comienzos”. “Más de 15 años después de la amarga polémica con Arguedas, Cortázar ya muy enfermo está defendiendo con ardor los derechos de los indígenas en Nicaragua y haciendo suya la causa del peruano. Eso es maravilloso.”

El informe de Brodie sobre el poder y la dominación occidental. Una lectura de un cuento de Borges.

Cada lenguaje es una tradición,

cada palabra, un símbolo compartido.

J L. BORGES, Prólogo de El informe de Brodie.

 

Borges_y_el_espejo

Autor: Cristian Arias

En el año 1970 Jorge Luis Borges publicó una serie de cuentos reunidos bajo el título El informe de Brodie. El último de ellos, que denomina al libro, es la traducción de un informe escrito por el misionero escocés David Brodie que relata las particularidades asombrosas de los Mlch, apodados por éste como los Yahoos, habitantes de algún lugar remoto tal vez del África Central. Sus hábitos y costumbres la convierten en la tribu más bárbara del orbe. Pero esa misma lectura que Brodie nos lega sobre este grupo humano nos ha permitido abrir la mente, conjeturar, imaginar. Aportar dos ideas complementarias en torno de este relato con la inocente intención de redimir a los Yahoos es el objeto de este ensayo. Con ello me inclino al deseo último del honesto misionero.

Una primera lectura de El informe de Brodie podría arrojar esbozos para temer de la idea inconsciente de nuestra superioridad respecto de las tribus bárbaras. El juego trepidante entre texto y lectura, entre imágenes e imaginación, nos puede conducir hacia los linderos de la comprensión de otros universos posibles. Pero antes, solemos sortear los caminos de la interpretación, tarea que inicia con el también inconsciente hábito de compararnos. Se trata de un encuentro íntimo con un mágico espejo en el que nos observamos en acción en tanto que los Yahoos se mueven en su universo creado. Entonces imaginamos simplemente que nosotros somos ellos y que nuestra existencia se ha desenvuelto en aquel árido terreno. Comenzamos a sospechar que, al igual que ellos, los hombres del mundo civilizado hemos preferido asentarnos en un espacio yermo y agreste para vivir, que nos hemos abocado hacia lo desagradable, lo fétido y lo cruel, que carecemos de imaginación e inventiva auténtica, de suerte que no hemos logrado trascender la cíclica tradición de repetirnos los nombres, lo cual es una forma de no nombramos. Al igual que los Yahoos, conocemos del pudor aunque no al nivel de haber eliminado la grotesca costumbre de comer en público. En términos espirituales poseemos también el vago concepto de una vida más allá de la muerte, y nuestro delicado canibalismo ritual nos permite alimentarnos del cuerpo del Hijo de Dios en un sólo bocado, todos los días si así lo deseamos. Pero de todas nuestras similitudes, la más exacerbada sin duda es nuestra carencia de memoria. Nuestro devenir, igual que el de ellos, está confinado al olvido.

Mirarnos al espejo como una forma de encontrarnos, de interpretarnos a nosotros y a los demás, de acercarnos a la idea de la relatividad de los espacios y los tiempos, suele conducirnos a una comprensión más humana del mundo, a una suerte de compasión entendida en su acepción oriental. Acaso el ser opuestos a los Yahoos indique ser sus iguales. Acaso civilización y barbarie sean las caras de una misma moneda. Destinaré los siguientes renglones para intuir un posible informe de nuestra civilización occidental a la luz del relato del misionero escocés. Quizá esto permita develar nuestro natural estado de degeneración.

En nuestra civilización occidental impera el anonimato, la identificación de la masa, el vago concepto de pueblo sobre el individuo. Es así que no poseemos nombres. La contingencia del porvenir, la desesperanza y las carencias en un mundo desequilibrado son maneras de dormir a la intemperie, de no poseer un lugar fijo donde habitar. Sólo quienes dominan y controlan cuentan con un lugar estable donde recogerse. Éstos últimos han establecido el mundo del Derecho y nos han dicho que somos reyes, nos han cubierto con el poderoso barniz de la democracia, de suerte que ahora poseemos el don de elegir y ser elegidos y la idea de una patria gloriosa. Pero en el mundo de las posibilidades ese rey se encuentra mutilado y ciego dentro de una caverna. Su verdad son sus sombras, el universo de las apariencias; sus posibilidades para llegar a ser libre son nulas, los ejecutores del poder han amarrado su espíritu para que no pueda volar ni rebelarse. Ahora que carece de memoria, de libertad y de deseos de lucha para superar su realidad, acepta su realidad como su destino. Su fin último es pertenecer a la sociedad y defender sus nobles causas. Por eso lo exponen a la muerte. De rey, pasa mágicamente a soldado de la Patria.

El rey cuenta con su reina: la Ley. Pero al estar ciego y desmembrado en su insondable oscuridad no puede acceder a ella. La Ley sólo puede ser usufructuada por los cuatro hechiceros, los detentadores del poder, y por los poderosos foráneos, los cazadores de esclavos. Estos últimos, representantes de la potencias cazadoras, atraviesan y dominan reinos, disfrutando de los ofrecimientos de las reinas en cada uno de ellos. Al fin y al cabo, los ornamentos con los que éstas han sido adornadas, llamados Libertad, Fraternidad e Igualdad, son legados de aquellas potencias para que los hechiceros puedan mantener su dominación. El trueque entre hechiceros y cazadores ha garantizado el poder infinito de ambas partes.

Como verdaderos detentadores del poder, cada uno de los cuatro hechiceros ha logrado perpetuar su dinastía delegando el poderío en su delfín, quien ha sido rigurosamente instruido desde su infancia en las disciplinas secretas de la dominación. Como existe la posibilidad del infinito, suele surgir a menudo un quinto hechicero, que crea su propia dinastía. Esto puede ocurrir mágicamente porque en nuestro mundo civilizado algunos avezados logran convertirse en dominadores mediante el ritual caníbal de la asimilación de las virtudes de un hechicero. El origen de nuestra degradación anida precisamente en el deseo colectivo de querer ser como ellos, de controlar y algún día decidir sobre la vida y la muerte.

El estado de ceguera del pueblo rey, sus imposibilidades de ser y de crear, el sometimiento a las tecnologías de dominación, ha cimentado una civilización grotesca que destruye para progresar, que violenta para liberar, que disponiendo de la posibilidad de preservar su entorno ha preferido deleitarse en los rigores de la aridez y de la impureza, girando insistentemente en sus círculos de ignominia porque carece de memoria. Quizá en algún tiempo hubo memoria y conocimiento, pero ya todo aquello quedó en el olvido. Quién sabe si en algún remoto pasado existieron la imaginación y la inocencia, el asombro y la duda; si coexistieron las artes y el pensamiento libre, la sensibilidad individual. Sospecho que sí, que brillaron en algún tiempo distante, y que llegará la época en la que renazcan la memoria y el conocimiento esencial. Imagino que entre el gentío anónimo se esconden taimadas conciencias individuales que harán que esto suceda.

Borges siempre creyó que la literatura no tiene otros fines que servir para sí misma, y que si se transforma en un instrumento de interpretación de la realidad e incluso en un arma de poder, este es un resultado indirecto, pues no hay una teleología en ella. Con esto nos recuerda lo efímero de las opiniones, la miseria de la intencionalidad en la escritura. Pero en cambio nos habla del laberinto infinito, de aquella novela insensata que escribiría Ts’ui Pên y que podemos cotejar con El libro de arena: aquel que devela el universo interminable de las representaciones del mundo, de las inagotables miradas. Estas anotaciones son el tímido producto de un primer acercamiento. Mientras las escribía se me iban ocurriendo dos o tres posibles interpretaciones del mismo texto, todas estas diferentes y hasta contradictorias. Verbigracia, recordaba que en Borges el olvido es lo deseable y que la memoria es un lastre, es el insoportable peso del caos que felizmente resuelve la muerte.

El informe de Brodie, como cualquier texto, es un laberinto abierto, infinito. Tal vez por esta razón tiene un comienzo indeterminado, inexistente. También el final se queda en nuestra costa, en las incontables posibilidades de cada una de nuestras conjeturas. Dejo al libre juicio determinar si he logrado, aunque sea en un grado ínfimo, redimir a los Yahoos.