Y AÚN CON TODO, VENEZUELA NO ES RESPONSABLE DE LA HECATOMBE QUE ES COLOMBIA

Y AÚN CON TODO, VENEZUELA NO ES RESPONSABLE DE LA HECATOMBE QUE ES COLOMBIA

SAN JOSE DE APARTADO, MASACRE  La comunidad tenía razón Paras y militares habrían actuado juntos en la masacre de San José de Apartadó. Tanto, que la semana pasada fue capturado un capitán del Ejército. Foto: Jesus Abad Colorado. Fecha: 11/24/2007  Ed. 1334 P. 50, 51

Foto: Archivo Semana.com

Autor: Cristian Arias

La medida tomada por el presidente de Venezuela de deportar ciudadanos colombianos que residen de manera ilegal en la zona de frontera Venezolana, como parte de un proceso para eliminar el influjo del terrorismo paramilitar colombiano, el contrabando y recobrar la paz y el bienestar de la frontera, es a todas luces una salida política perfecta para paliar el desprestigio popular en el que se encuentra el gobierno venezolano en este crucial período preelectoral.  Y en este juego político han sido los colombianos residentes en Venezuela, miles y miles de familias pobres, la carne de cañón, los que además de haber sufrido la demencia de la guerra colombiana, ahora tendrán que volver a vivir un nuevo desplazamiento forzado: el de un gobierno que los cataloga de delincuentes y paramilitares. Lo más fácil y efectivo para un gobierno cada vez más débil es despertar el fervor nacionalista con el fin de recobrar el respaldo popular y mantenerse en el poder. Si, los colombianos son la carne de cañón, se encuentran del otro lado, vulnerables, a merced de los que disponga el sátrapa, que en esta oportunidad tiene el sartén por el mango.

Pero, aún con todo, independientemente del respaldo o la indignación popular que esta estrategia de poder del gobierno venezolano ha producido, de si puede ser considerada legal y legítima; al margen de si las razones para deportar a los colombianos son justificables o no, si obedecen a artimañas políticas populistas que pretenden desviar la atención pública de la verdadera crisis social y económica que vive ese país, gústenos o no, es el Estado colombiano, y no otro, quien debe responder por sus ciudadanos, quien debe brindarles seguridad y bienestar.

Este escrito pretende señalar que cualquier problemática social y cualquier suceso coyuntural como el de la deportación de los colombianos de Venezuela, deben ser pensados, sopesados y analizados, y que debemos hacer un esfuerzo por escapar del sensacionalismo mediático, de la confrontación infundada, de las justificaciones amañadas, malintencionadas, de la violencia de la verdad absoluta. El tema de la deportación de los colombianos se puede analizar desde múltiples ópticas, todas las cuales pueden ser válidas siempre y cuando tengan un asidero argumentativo. Pretendo aportar tres perspectivas desde las cuales se puede pensar este fenómeno coyuntural: primero, las políticas internas que está asumiendo el gobierno venezolano. Segundo, el estado en el que se encuentra nuestro Estado colombiano. Y tercero, la forma en la cual asumimos la realidad que observamos.

Respecto del primer punto, podemos estar de acuerdo o no con la deportación. Sin embargo, sabemos que, al menos en teoría, todos los gobiernos tienen el derecho soberano a controlar sus fronteras, siempre que éstas medidas propendan por el bienestar de sus nacionales. En este sentido, tendríamos que aceptar que ésta es una medida soberana, interna de un país, cuyo gobierno abiertamente declara que no se hará responsable por garantizarles el bienestar social y económico a los nacionales colombianos. Como en el sentido estricto, legal y constitucional, estas garantías las debe brindar el Estado colombiano, debemos exigir que sea el gobierno colombiano quien les otorgue a sus ciudadanos deportados la vivienda, el empleo, la salud y la educación en su país, además de velar porque no tengan que desplazarse nunca más de su territorio. Pero estamos tan adaptados a tener que huir y ver huir dentro y fuera del país, que ésta parece una exigencia imposible. Entonces haré mi conclusión sobre este primer punto: la responsabilidad de garantizar la vida y el bienestar social y económico de los colombianos le corresponde al Estado colombiano. No al venezolano. El tema de si usted piensa que Maduro es un burro, un brontosaurio de chal negro o de que Venezuela es el país de mierda cada día más empobrecido y cubierto de una nube de incertidumbre social y económica, presa de un proyecto político e ideológico anacrónico y obsoleto que jamás va a garantizar el crecimiento y la prosperidad añorada, no corresponde directamente con el problema en cuestión.

Aludiendo al segundo punto, habría que mencionar sobre la necesidad de sentar una voz de protesta contra aquello que nos parece indignante, inhumano o descorazonado. Pero al hacerlo debemos equilibrar la balanza, examinar con justicia el ruido de las cosas. Ver un noticiero transmitiendo las dramáticas anécdotas de deportados de Venezuela, con música nostálgica de fondo para ablandarnos  hasta las tripas, no debería ser el punto final para emitir un juicio de valor, sino el inicio de un cuestionamiento personal para encontrar el porqué del fenómeno. Debería llevarme a preguntar las razones por las cuales éstos compatriotas se encontraban habitando asentamientos subnormales al otro lado de la frontera, luchando por sobrevivir en una patria que no es la suya; qué los llevó a desplazarse a Venezuela, por qué tanto desplazado huyendo, a Venezuela, a Ecuador, a Chile, por todo el mundo, saliendo, saliendo, abandonando. Y es aquí donde nos embarcamos en la desalentadora realidad de que todo lo que está pasando tiene sus raíces en Colombia misma, que muchos de los compatriotas deportados de Venezuela son víctimas de una patria que no ha sabido garantizarles lo más mínimo que es el derecho a la vida y por lo tanto han tenido que huir de la barbarie de la guerra y del enfrentamiento continuo entre grupos armados legales e ilegales. Es el Estado colombiano el que nunca debió permitir que sus ciudadanos tuvieran que huir a Venezuela, como lo han hecho desde siempre, desde tiempos ya inmemoriales, como lo hemos hecho millones de colombianos que, sea por la violencia o no, tuvimos que dejar un país carcomido de criminalidad y corrupción política. Para muchos, y yo me incluyo, Colombia es una hecatombe de la que es preciso huir, porque allí nada está garantizado, ni siquiera la posibilidad de vivir tranquilo porque en cualquier momento, en cualquier lado, a cualquier hora una mano asesina nos puede pasar su cuenta de cobro. Y sólo hablo del derecho a la vida, para no dejar “mal parado” al Estado colombiano si hablo de educación pública, salud, vivienda, vías, infraestructura pública en recreación y deportes, empleo y desarrollo económico, etc., etc.

El tercer punto al que quiero hacer alusión se refiere a la necesidad de asumir una postura crítica de las cosas, a mirar desde la cima los bandos, observar sus movimientos, conocer y confrontar sus razones. Sólo así saldremos del rebaño autómata, y dejaremos de reaccionar con el sentimiento de un enamorado celoso ante cualquier estímulo que le revuelque la bilis. Y me refiero a las posiciones ideológicas, políticas y hasta religiosas, puestas en estado de combate ante este evento coyuntural, tal cual como lo estuvieron hace unos meses ante la muerte de los once soldados en el Cauca. Todos buscan la justificación para sustentar su verdad, su asco, su cansancio. Pero lo hacen desde la óptica de la no reciprocidad lógica, tal como lo llamó alguna vez el pensador colombiano Estanislao Zuleta. Es decir, la ejecución de un método explicativo para justificar mis razones y la utilización de otro diferente para dar cuenta del error del adversario. En el caso del otro aplicamos el esencialismo: “ese bastardo aprovecha la desgracia de los compatriotas deportados para traer a colación las revueltas de esos indios del Cauca. Siempre lo mismo, la mentalidad guerrillera por encima de todo, así es esa gente”, diría un acérrimo uribista a alguien que pretenda explicar el asunto desde un punto de vista más amplio. “Estos burros uribestias nunca entienden nada, así son, impulsivos, descerebrados, qué se puede hacer”, diría un izquierdista cibernético en la comodidad de su sofá. Ahora bien, en nuestro caso aplicamos el circunstancialismo: “él es así, yo me vi obligado”, nos recuerda Zuleta. Esta lógica la aplicamos también para justificar acciones ajenas, de las cuales nos hemos apropiado: “Álvaro Uribe se vio forzado a crear las Convivir, no le quedaba otra alternativa…Los paramilitares nacieron porque no había otra forma de acabar con esa plaga. Había que exterminarla de algún modo”, siguen afirmando los defensores de la extrema derecha. “Toda medida contra la iniciativa privada es justa porque debilita los cimientos del imperialismo yanqui” alegan quienes siguen defendiendo con fe ciega la caótica política revolucionaria de Venezuela, y que a su vez, comentario aparte, guardan un soterrado silencio ante las recurrentes estupideces verbales de su presidente. ¡Hombre! Cómo no reírse de Nicolás, que ofrece su circo gratis, ¡todos los días!

Entre el esencialismo y el circunstancialismo, nos hemos embarcado en una nueva confrontación mediática de la que sólo somos simple carnada. Mientras tanto, los elegidos del poder político, de la izquierda y de la derecha, seguirán manteniendo el control de las mentes y los espíritus. Seguirán mintiendo y engañando como Uribe en Cúcuta, como Maduro en Caracas.

Compatriota, podríamos hacer una marcha gigantesca en favor de los deportados de Venezuela. Sería grandioso manifestarnos… ¿Ante quién, contra quién? ¿Contra Venezuela y su represiva política anticolombiana? Ahora ya sabemos la respuesta. Pero al protestar, nos quedaría el sinsabor de no haberlo hecho también en favor de los desplazados que en este momento, en cualquier parte del país, se encuentran huyendo de los grupos ilegales, del crimen, de los paramilitares, de la guerrilla, del ejército, del hambre, de la miseria. ¿Dónde, cuándo? No los ves porque no te los muestran, porque ellos no son noticia, porque están invisibilizados, como lo estuvieron los más de seis millones de colombianos desplazados por la violencia desde los años noventa hasta el presente, incluidos allí, los miles y miles que huyeron a Venezuela y a favor de los cuales estás respirando aires de indignación y rabia.

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