Don Quijote y Sancho: las transformaciones de un complemento. Primera parte

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Autor: Cristian Arias

Durante el transcurso de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha se aprecia un proceso de transformación de las personalidades de sus dos protagonistas principales. Queremos considerar estos cambios yendo sobre la cabalgadura del relato, mostrando la forma en que amo y escudero vivencian sus profundas metamorfosis, hilvanadas en el crescendo espiritual, intelectual y vital de don Quijote y su posterior debacle que culmina con la muerte de la locura.

Solitario, Don Quijote sale de su hogar con la misión certera de enderezar el mundo bajo la tutela de las más destacables hazañas leídas en las novelas de caballerías. Pero sus primeros intentos de justicia salen un tanto fallidos, toda vez que son embrionarias maniobras de un alma a la que le falta perfeccionarse con los menesteres necesarios en este arte. La sed de aventuras no es suficiente y necesitará un complemento, un dispositivo que active su voluntad y su valor. Ese dispositivo es su escudero, con quien hallará la razón de su existencia a través de la diferencia. El antagonismo esencial de caballero y escudero será la máquina que moviliza las aventuras y les otorga su sentido.

En los primeros episodios que nos regala Cide Hamete Benengeli, apreciamos a un poderoso batallador sediento de lucha, que embiste con rigor a gigantes y oponentes bajo la luz de la andante caballería. Esto lo lleva, claro está, a  no atender a la justicia mundana, a no comer ni dormir y hacer cumplir la honorable palabra, sobre todo aquella impuesta a los vencidos de ir al Toboso y presentarse ante Dulcinea. Por su parte, Sancho se presenta como la antítesis del valiente; es el cuerdo temeroso de la Santa Inquisición que prefiere de momento comer y dormir. Ya se aprecia la dicotomía entre el loco que vive la vida que leyó en los libros y el analfabeta que aplica la experiencia de la vida, el sentido de lo práctico.

Viene un momento de sosiego en el que aflora en don Quijote el espíritu de hermandad y de integración, aleccionado por la hospitalidad de los cabreros. Este ritual de fraternidad es el que permite la exteriorización de su razón de ser como caballero andante y su sacrificio y entrega en nombre de la justicia; es el momento en el que consolida su enamoramiento profundo a través del pensamiento. Pero ello no impide que su valentía y arrojo se hayan tornado en arrogancia que, al ser sopesada con la golpiza de los yangüeses, encuentra un punto de quiebre en el dolor. Sancho, quien ha demeritado por completo el ritual de la fraternidad a cambio del vino y el sueño, nos da, sin embargo, una muestra de la profunda influencia que en él está ejerciendo su amo, al manifestar públicamente y de corazón que todo lo que don Quijote dice es verdad. Esta nueva fe de hermano es la que lo anima a acometer ciegamente a los yangüeses, aunque después le pese en los huesos y se convenza de su verdadera falta de valentía, de ser un hombre pacífico, un padre de familia.

En la venta todo marcha en armonía con las leyes de caballería y como era de esperarse ocurre un trágico encantamiento que se materializa a través del dolor. Es el dolor el nuevo dispositivo que hilvanará el hilo de esta historia hasta el final, impulsado por el valor, que hace que don Quijote acometa al ejército moro. Es el miedo el que permite que Sancho vea cabras y ovejas en vez de dos ejércitos enemigos. Es el dolor el médium para salvar a la humanidad de la maldad, del encantamiento. Pero el dolor de Sancho es el de la tristeza de ver a su amo vituperado por los golpes humanos. El de don Quijote es una purificación necesaria. Por eso, valor y dolor seguirán alentando a don Quijote a seguir atacando a todo aquel que no se sujete a sus razones. En la venta se fraguan las convicciones de Sancho, por lo que comenzará su debatir entre creer en los encantamientos o mandarlos al diablo como absurdas tonterías. La fe ganada en su amo lo hace convencerse de la posibilidad de la existencia de estos artilugios de la locura. Pero otra parte de sí le recuerda que todas estas aventuras sólo les han traído desventuras, de suerte que lo mejor sería volver a su pueblo y olvidarse de tanto disparate. El cuadro que se observa no puede ser más convincente: el amo golpeado, vapuleado, sin dientes, hambriento; y Sancho debatido entre la credulidad y la desesperanza, decepcionado, ultrajado, humillado, perdido y ahora tirado en el suelo socorriendo a su amo en medio de los vómitos mutuos. Y entonces ¿vamos a presenciar la eminente separación? En lo absoluto. Si bien el miedo es el elemento de disociación entre los dos, el dolor se transfigura en el estimulante para consolidar la unión indisoluble, de manera que ya no podrán separarse jamás. Con el nuevo matrimonio espiritual viene la fidelidad. Por eso Sancho decide acompañar a su amo a la posiblemente última aventura; o sea, decide sacrificarse con él. Afortunadamente el terror era sólo el golpeteo de los batanes. Ahora bien, con la fidelidad viene la confianza, a veces tan atrevida que su amo debe llamarle la atención para que lo trate con más respeto.

A estas alturas del proceso de metamorfosis, acaece en don Quijote un estado de conciencia de su yo interior al caer en la cuenta de que es un personaje literario, de que su vida está siendo escrita por un sabio que, a través de su escudero, le ha endilgado el apelativo de Caballero de la Triste Figura. A partir de este momento Don Quijote sabe que lo están leyendo, que están siguiendo sus andanzas escritas como personaje de ficción. Esto permite que, con la obtención del Yelmo de Mambrino, se configure aquello de lo que ahora no podrá prescindir: el deseo de fama y gloria, la única arma que los hará a él y a Sancho inmortales. Ya vemos con que ímpetu de fama quiso imitar a Amadís en la Sierra morena, rezando avemarías y escribiendo poemas en la corteza de los árboles. Pero Sancho, ¡ay Sancho! ¿Has donado el apelativo de Caballero de la Triste Figura desde lo físico, por el reflejo de tu amo en la sombra; sólo estimulado por la alegría de haber obtenido tu primer botín de guerra?

La tentadora misión de ir a combatir al gigante y de él recuperar el reino para la reina Micomicona, será la razón de ser una serie de tribulaciones que vivirán don Quijote y Sancho, sediento el primero de fama y gloria y de poder el segundo. Lo primero que vemos son los escarnios físicos y verbales que el amo propina a Sancho en razón de sus despropósitos verbales. Lo vemos reprendiéndolo a palos porque Sancho le recrimina el no querer casarse con la reina Micomicona por preferir a la inferior Dulcinea. Más tarde, en el castillo, convierte a Sancho en el mayor bellacuelo de España, ladrón, vagabundo y mentiroso por haberlo hecho dudar de la honestidad de su alteza Micomicona poniéndolo en la mayor confusión en que jamás haya estado. Pero Sancho reincide en la duda, pues ve a Micomicona holgándose con un tal Fernando. Y aquí fue el acabose:

¡Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente!…monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! ¡Vete; no parezcas delante de mí, so pena de mi ira!

Aquí se apagan las luces para Sancho, quien debe admitir su bellaquería y atribuir todo al influjo del encantamiento que a él también lo está sacando del juicio. Hasta el manteamiento sufrido en la venta fue obra de encantamiento y la prueba está en que su amo no lo pudo vengar. La primera tribulación corresponde entonces a la confusión y la duda, de las cuales no está exento don Quijote ya que Sancho se las ha impregnado sin proponérselo. Esto lo hace que dude del éxito de su empresa en el reino Micomicón, sobre todo en una turbulenta época en la que dominan el arcabuz y la poderosa pólvora en detrimento de la espada y la lanza. La angustia existencial de don Quijote comenzará a partir de ahora, y no lo abandonará jamás. En medio de la comunidad española reunida en la venta, los únicos descoordinados son ese escudero y su anacrónico amo que, aunque da muestras de asombrosa lucidez, se encuentra solo y aislado por su condición de loco. Juntos son tenidos con cierta lástima y compasión, sobre todo Sancho, ahora preso en su fantástica confusión, en el eterno retorno del desengaño  y el engaño, de la desesperanza y la esperanza.5

Enjaulado parte don Quijote hacia un destino ajeno, amarrado a la idea de ir encantado, la única que le permite explicarse a sí mismo por qué no puede salir a salvar a los menesterosos.  Sin embargo su furor y su sed de combate siguen intactos; sólo era dejarlo salir de su jaula para ver cómo acomete al pastor y a la procesión de disciplinantes. Pero el golpe recibido le hizo pensar en la conveniencia de regresar a la jaula. Sancho, está claro, es un arma de dos piezas; no se vence jamás, no cree jamás. Sabe que su amo no va encantado y que todo obedece a una estratagema del cura y el barbero. Sólo que piensa que la artimaña se ha diseñado para impedir que su amo no cumpla la misión en Micomicón y que por tanto él no pueda ganar la ínsula prometida. Finalmente, con la aparatosa caída de su amo, se convence que lo apropiado es llevarlo a su aldea y curarlo, dejando las aventuras para una próxima oportunidad.

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Mirada frente el espejo

Autor: Cristian Arias

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Foto: letrascualquiera.files.wordpress.com

  

Soy el alma que trashuma sin pasos
a un destino siniestro sin destino
y sucumbe en los caminos oscuros
donde la esperanza se esconde y nunca llega.

Soy la voz que brama en la distancia
sin orgullos ni sombras
sin huellas ni dichas
y siempre muere porque nunca suena.

Soy la mariposa etérea del destino
el dios más extraño, sutil y verdadero
socarrón burlesco y nostálgico
que ampara la historia
y un futuro sin presente.
El díscolo mundo yace bajo mis pies
y no logro alcanzarlo
y el destino dios burlón
vuelve a mostrar sus negros dientes
y me pregunto por qué ha muerto mi voluntad
¿Existe acaso la voluntad?

Soy la mirada de mujer que me espera
y espera a tantos miles.

Soy la hilera rebosante que tantos violan
cuando tantos procuran la feliz entrada
y los escrúpulos desaparecen
y la vergüenza reluce sin titilar.

Soy el lóbrego candil
que emprende una cacería contra el sol
y rendido vierte la esperma de sus lágrimas
en un suelo tragado de golpes y silencios.

Soy la avalancha de lodo incandescente
que derrite los sueños escondidos bajo las rocas.

Soy el tierno borracho
que a todos maldice y nadie entiende.

Soy el escabroso macho cabrío
que desparrama su lujurioso orgasmo
de sangre y semen
sobre el blanco mantel del altar
en la santa velada de la paz.

Y aún con todo
sigo mirándome
y no puedo menos de entender
que me esfuerzo por seguir viviendo.

Noviembre 15 de 2005

Continuidad de los parques

Por: Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

En Final del juego (1956)

TRES CUENTOS CORTOS DE EDUARDO GALEANO

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PÁJAROS PROHIBIDOS

Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel.

Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:

— ¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?

La niña lo hace callar:

— Ssshhhh.

Y en secreto le explica:

— Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.

EL MUNDO

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. El mundo es eso -reveló- Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

LA HISTORIA DEL ARTE
Un buen día la alcaldía le encargó un gran caballo para una plaza de la ciudad. Un camión trajo al taller el bloque gigante de granito. El escultor empezó a trabajarlo, subió a una escalera, a golpes de martillo y cincel. Los niños lo miraban hacer.
Entonces los niños partieron de vacaciones, rumbo a las montañas o el mar. Cuando regresaron, el escultor les mostró el caballo terminado. Y uno de los niños, con ojos muy abiertos, le preguntó:
-Pero… ¿Cómo sabías que adentro de aquella piedra había un caballo?

La inocencia geocéntrica del “montañerismo” colombiano

Autor: Cristian Arias

Hace unos días compartí por Facebook la noticia de que el Impact de Montreal, un club de futbol canadiense, había llegado a la final de la Liga de Campeones de la Concacaf. Era muy grato e interesante comprobar cómo el Club de futbol más importante de la provincia donde vivo actualmente, había logrado llegar tan lejos. Un gran amigo bumangués inmediatamente respondió el enlace de una manera que considero típicamente colombiana: “Más audiencia tendrá un partido del Bucaramanga en la Z”. Esta respuesta puede simbolizar la creencia estereotipada de que, de Colombia para arriba, el futbol no significa gran cosa, mucho menos en un país como Canadá, de modo que de nada le valdría a ese “clubcito” ganar una copa de poca monta que no representará nada para el universo del futbol.

Quise decirle a mi amigo que si bien el futbol en Canadá no tiene la importancia ni el poder que en Colombia o en cualquier país suramericano, que es ínfima su popularidad respecto al Hockey –el deporte nacional- o a los deportes de invierno y que este partido no tiene la trascendencia de un clásico brasileño o argentino, los actuales triunfos del equipo montrealés merecen su importancia, habida cuenta que es cada vez es mayor la acogida y la popularidad de este deporte en el país norteamericano. Le quise mostrar que, contrario a lo que piensa, Montreal tiene dos impresionantes estadios de futbol por falta de uno y que hay partidos que han logrado la asistencia de más de sesenta mil espectadores. La idea general era que supiera que existe un interés creciente de los canadienses por el futbol –deporte que en España enterró la tauromaquia y ya invade el continente asiático en su totalidad- y que con la progresiva llegada de migrantes de todo el mundo se ha producido la apertura de más escuelas de entrenamiento, de suerte que el panorama promete ser diferente en un futuro no muy lejano. Los triunfos del equipo montrealés son una muestra de que en el futbol nada está escrito, nada es inmutable.

En cambio, este episodio me ha servido como una excusa para resaltar un asunto que siempre ha llamado mi atención: el de la percepción que tienen muchos colombianos de que el universo geográfico –cultural y físico- en el que viven es el mejor posible y que más allá de sus fronteras el edén imaginario se acaba. Esta inocente visión es la que ha permitido engendrar afirmaciones clásicas como aquellas de que Colombia es el mejor paraíso del mundo, de que nuestra ciudad es el mejor vividero, de que nuestra comida es la más exquisita, de que “nuestras mujeres” son las más bellas de la tierra, etcétera. Valorar y realzar el paisaje que habitamos es, en el sentido estricto, necesario, positivo y fundamental porque es lo que permite generar identidad con aquello que nos pertenece. Pero el error reside en estimar lo foráneo sin conocerlo y de manera automática –o sea, inconsciente- restarle su valor al equipararlo con lo nuestro. La frase “Más audiencia tendrá un partido del Bucaramanga en la Z” presupone que cualquier partido del equipo bumangués, así descienda hasta la categoría más ínfima, tendrá mayor trascendencia que la final que va a disputar el club canadiense. Afirmación no sólo despectiva sino falsa desde todo punto de vista, toda vez que, por ejemplo, el promedio de asistencia a los estadios en los que juegan los equipos norteamericanos miembros de la Major League Soccer – principal liga del sistema de ligas de fútbol de los Estados Unidos y Canadá – duplica el promedio de asistencia en los estadios colombianos, así cueste creerlo.

Los prejuicios preestablecidos que se transmiten culturalmente dentro del inconsciente colectivo, son los que han dado forma a las ya clásicas nociones colombianas de que los escandinavos son aburridísimos porque  habitan países fríos todo el año, mientras que nosotros somos la flor de la alegría y la felicidad; de que los alemanes son nazis y racistas por esencia, en tanto que nosotros somos el fiel espejo de la hospitalidad con el extranjero; de que todas las mujeres “no latinas” son horribles, mientras que aquí no hay “vieja fea”; de que en países como Canadá no hay fauna ni flora que valga la pena, solo renos y pinos; de que Ecuador es un atrasado “paisucho” repleto de indígenas, mientras que nuestra patria es ya una potencia emergente; en fin. Toda esta suerte de estereotipos inventados sin ninguna consideración, con la inocencia de quien repite lo que escucha y no se toma el trabajo de investigar, de indagar, de sopesar, lo único que logran es reproducir la ignorancia y, en casos extremos, alimentar las manifestaciones de violencia y segregación.

Compatriota colombiano, si eres de los que recrea este tipo de prejuicios: no dejes de amar tu país y sigue creyendo en lo que allí existe y estás ayudando a edificar; pero no te enfrasques en la necia idea de que las fronteras que habitas son la realidad mejor, la única y verdadera. El mejor regalo que te puedes dar es salir de tus fronteras imaginarias y darte cuenta de que hay otros paraísos posibles, otros manjares posibles y otras felicidades posibles. Sólo así tu espíritu se tornará más comprensivo, más abierto, te volverás más sabio, no tragarás entero porque has visto y comprobado que no era tan cierto lo que creías. Si aún no puedes hacer el viaje físico, comienza tu encuentro con el mundo a través del buen cine y la buena literatura. Lee libros de historia, de ciencias y antropología. Así, dejarás de ser el “montañero” inocente que juzga lo que no conoce y repite lo que escucha.

Québec, Canadá, 08 de abril de 2015

Kafka según Borges

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Caricatura: Alfredo Sabat

Celebramos los 100 años de La metamorfosis, el cuento largo más importante del siglo XX, con esta entrevista hecha a Jorge Luís Borges sobre el genio de Kafka, publicada en el diario El País en 1983.

Un sueño eterno

Por: Jorge Luís Borges. Julio 3 de 1983

Mi primer recuerdo de Kafka es del año 1916, cuando decidí aprender el idioma alemán. Antes lo había intentado con el ruso, pero fracasé. El alemán me resultó mucho más sencillo y la tarea fue grata. Tenía un diccionario alemán-inglés y al cabo de unos meses no sé si lograba entender lo que leía, pero sí podía gozar de la poesía de algunos autores. Fue entonces cuando leí el primer libro de Kafka que, aunque no lo recuerdo ahora exactamente, creo que se llamaba Once cuentos.

Me llamó la atención que Kafka escribiera tan sencillo, que yo mismo pudiera entenderlo, a pesar de que el movimiento impresionista, que era tan importante en esa época, fue en general un movimiento barroco que jugaba con las infinitas posibilidades del idioma alemán. Después, tuve oportunidad de leer El Proceso y a partir de ese momento lo he leído continuamente. La diferencia esencial con sus contemporáneos y hasta con los grandes escritores de otras épocas, Bernard Shaw o Chesterton, por ejemplo, es que con ellos uno está obligado a tomar la referencia ambiental, la connotación con el tiempo y el lugar. Es también el caso de Ibsen o de Dickens.

Kafka, en cambio, tiene textos, sobre todo en los cuentos, donde se establece algo eterno. A Kafka podemos leerlo y pensar que sus fábulas son tan antiguas como la historia, que esos sueños fueron soñados por hombres de otra época sin necesidad de vincularlos a Alemania o a Arabia. El hecho de haber escrito un texto que trasciende el momento en que se escribió, es notable. Se puede pensar que se redactó en Persia o en China y ahí está su valor. Y cuando Kafka hace referencias es profético. El hombre que está aprisionado por un orden, el hombre contra el Estado, ese fue uno de sus temas preferidos.

Yo traduje el libro de cuentos cuyo primer título es La trasformación y nunca supe por qué a todos les dio por ponerle La metamorfosis. Es un disparate, yo no sé a quién se le ocurrió traducir así esa palabra del más sencillo alemán. Cuando trabajé con la obra el editor insistió en dejarla así porque ya se había hecho famosa y se la vinculaba a Kafka. Creo que los cuentos son superiores a sus novelas. Las novelas, por otra parte, nunca concluyen. Tienen un número infinito de capítulos, porque su tema es de un número infinito de postulaciones.

A mí me gustan más sus relatos breves y aunque no hay ahora ninguna razón para que elija a uno sobre otro, tomaría aquel cuento sobre la construcción de la muralla. Yo he escrito también algunos cuentos en los cuales traté ambiciosa e inútilmente de ser Kafka. Hay uno, titulado La biblioteca de Babel y algún otro, que fueron ejercicios en donde traté de ser Kafka. Esos cuentos interesaron pero yo me dí cuenta que no había cumplido mi propósito y que debía buscar otro camino. Kafka fue tranquilo y hasta un poco secreto y yo elegí ser escandaloso.

Empecé siendo barroco, como todos los jóvenes escritores y ahora trato de no serlo. Intenté también ser anónimo, pero cualquier cosa que escriba se conoce inmediatamente. Kafka no quiso publicar mucho en vida y encargó que destruyeran su obra. Esto me recuerda el caso de Virgilio que también le encargó a sus amigos que destruyeran la inconclusa Eneida. La desobediencia de estos hizo que, felizmente para nosotros, la obra se conservara. Yo creo que ni Virgilio ni Kafka querían en realidad que su obra se destruyera. De otro modo habrían hecho ellos mismos el trabajo. Si yo le encargo la tarea a un amigo, es un modo de decir que no me hago responsable. Mi padre escribió muchísimo y quemó todo antes de morir.

Kafka ha sido uno de los grandes autores de toda la literatura, Para mí es el primero de este siglo. Yo estuve en los actos del centenario de Joyce y cuando alguien lo comparó con Kafka dije que eso era una blasfemia. Es que Joyce es importante dentro de la lengua inglesa y de sus infinitas posibilidades, pero es intraducible. En cambio Kafka escribía en un alemán muy sencillo y delicado. A él le importaba la obra no la fama, eso es indudable. De todos modos, Kafka, ese soñador que no quiso que sus sueños fueran conocidos, ahora es parte de ese sueño universal que es la memoria. Nosotros sabemos cuáles son sus fechas, cuál es su vida, que es de origen judío y demás, todo eso va a ser olvidado, pero sus cuentos seguirán contándose.

Ante la ley

Franz Kafka
(Praga, 1883 – 1924)

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita  que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
—Tal vez —dice el centinela— pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
—Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
—Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para si. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
—¿Qué quieres saber ahora?-pregunta el guardián-. Eres insaciable.
—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
—Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.