El Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez abre su convocatoria 2015

slide-image-2

Por: Cristian Arias 

Como un homenaje a la obra cuentística del nobel colombiano, el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional crearon el año 2014 el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, con una convocatoria en la que participaron 123 libros, de los cuales resultaron cuatro finalistas y un ganador. En este momento se encuentra abierta la convocatoria en su segunda edición hasta el 15 de mayo de 2015. Dice la publicación de la página oficial del premio:

Con el objetivo de contribuir a la consolidación del género del cuento y de la industria editorial en Hispanoamérica, el Gobierno nacional anuncia la apertura de la segunda edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, un galardón destinado a honrar la memoria del colombiano más universal y uno de los escritores más populares y leídos del mundo.

Esta iniciativa, que contó con el aval del Nobel de Literatura y de su familia, y que tendrá una vigencia de 20 años, busca estimular la apuesta de cientos de escritores dedicados a este género y motivar la lectura y la escritura de los colombianos y proyectarlos al ámbito hispanoamericano.

En la primera versión del Premio Hispanoamericano de Cuento, celebrada en 2014, participaron 123 libros de cuentos publicados en 2013 a lo largo y ancho de Hispanoamérica. El ganador fue el argentino Guillermo Martínez, con su libro de cuentos Una felicidad repulsiva.

El libro ganador y el de los cuatro escritores finalistas, Carolina Bruck (Argentina, 1971); Héctor Manjarrez (México, 1945); Oscar Sipán (España, 1974) y Alejandro Zambra (Chile, 1975) hacen parte hoy de la Biblioteca del Premio Hispanoamericano de Cuento y  circulan en las 1.404 Bibliotecas que conforman la Red Nacional de Bibliotecas Públicas de Colombia.

El Premio se otorgará anualmente a un libro de cuentos de un escritor, con la condición de que su obra haya sido originalmente escrita en español y editada por primera vez el año inmediatamente anterior al de la convocatoria.

Gabriel García Márquez, quien falleció el 17 de abril de 2014, en Ciudad de México, escribió alrededor de cuarenta cuentos, entre los que se destacan: “El ahogado más hermoso del mundo”, “Ojos de perro azul”, “La mujer que llegaba a las seis”, “En este pueblo no hay ladrones”, “Un señor muy viejo con unas alas enormes” y “La luz es como el agua”, relatos que ocupan un destacado lugar en la historia de la literatura universal.

Cinco jurados de gran trayectoria y reconocimiento, serán los encargados de evaluar los libros de cuentos que sean postulados para participar en la segunda versión del Premio.

Ellos son: el escritor, traductor y editor argentino-canadiense, Alberto Manguel; la escritora, ensayista, crítica literaria y académica mexicana, Margo Glantz; la cuentista, novelista y ensayista, argentina, Liliana Heker; el escritor español Enrique Vila-Matas y por Colombia, Luis Fayad, uno de los escritores más representativos de la actual narrativa hispanoamericana.

Anuncios

Los últimos instantes de Príncipe

Príncipe

Autor: Cristian Arias

El tiro fue sordo, seco, contundente, entró por el lomo, atravesó el diafragma y explotó en el hígado. Antes de la más mínima reacción de cualquiera, el piloto sube a su Toyota doble cabina, guarda su Walther 9 milímetros y desde allí, gravitando en las alturas, sintiéndose dueño del mundo, le dice a Príncipe, que aún gime en silencio con sus ojos hundidos en la nada: Usted no sabe quién soy yo. Los vientos fríos han arrastrado unas voces agitadas y perdidas que vienen del sur. Príncipe apenas si escucha esas ondas insistentes que retumban en derredor,  ¡tú vida es sagrada!, ¡todos somos semilla!, reclaman inútilmente. Y con ellas, un raudal de murmullos ensordecedores que exigen dignidad, respeto a los homosexuales, a los niños, a las mujeres, que no nos atropellen más, que dejen de darnos tantas flores, que no nos acribillen, que no nos apuñalen, que el día de la mujer no es mercantilismo, es recordar la brutalidad de los hombres contra nosotras, su arrogancia, su fuerza, su poder que nos aplasta.

Y mientras tanto, Príncipe siente que se va, la policía llega, detiene al asesino, me están llevando a algún lado, pero todo es borroso, las voces manifestantes continúan, son justas, pero me han decepcionado, el líder de las proclamas ha dicho que la vida es humana, se ha olvidado de nosotros, que tenemos un sistema nervioso complejo que nos permite sentir el dolor, el miedo, la angustia, la zozobra del frío, del hambre y del olvido. Somos más de quinientos mil los perros abandonados, maltratados, deambulando en esta ciudad de miedo, en medio de quienes hoy están reclamando la sacralidad de la vida. Casi todos morimos de hambre, frío y miseria. Yo fui un afortunado. Pero mi hermano, quien un día me recogió herido en un parque, ahora está llorando mi partida inminente. Aunque impreciso, veo su llanto en blanco y negro, su derrota muda, su impotencia ante mi dolor. Adiós, ya no soporto más, gracias por tu irreparable cariño.

Desde las frías tierras canadienses, yo, un ciudadano colombiano, manifiesto mi defensa por la vida, y en este caso particular, por la vida de los animales, nuestros compañeros en este efímero paso por el mundo. Es preciso recordar, que además de la humana, la vida de los animales también es sagrada.

Regreso al sur

TunelDeLuz

Autor: Cristian Arias

Prosigo mi camino de retorno con el alma agitada y el corazón vigilante. Todos los autos que me habían estado acechando en las esquinas, rozándome, amenazándome para que fuera su banquete de muerte, han tenido que seguir su marcha, resignados a mi victoria momentánea. Me acerco a una intersección de la calle Saint André y encuentro que todo sigue en orden: dos o tres autos a la debida distancia, la lámina metálica de la señal de  pare completamente ajustada, ramas bien sujetas a sus árboles. La luz verde de la fría avenida me invita a continuar mi recorrido. Alerta, tanteo las distancias, los peligros inminentes, los segundos de mi corta vida. Un bus fantasma alcanza mi bicicleta y su estruendo intempestivo me obliga a orillarme hasta golpear el andén. Pero ha seguido su curso dejándome íntegro, pese a la vergüenza del pánico en mi pecho palpitante.

Calma, pronto llegará tu descanso, musita aquel ronroneo musical que me acompaña a mis espaldas, como el hado de la muerte que alienta mi espíritu a dejarse conducir por lo inevitable. Al principio, cuando comenzaron las voces en los sueños, todo fue una confusión. Me levantaba exhausto rebobinando las palabras fascinantes, tratando de guardarlas en mi memoria, pero a medida que pasaban los segundos, las perdía como pavesas en el viento. Por eso tuve que recurrir a la libreta de apuntes, y así, en cuanto la voz emitía su mensaje cifrado, yo me despertaba y anotaba los retazos que lograba atrapar. De esa manera, en ocho noches, fui construyendo un pequeño prontuario del destino, que he dejado sobre mi escritorio como una prueba inefable de lo que fue el final de mis días.

Tú, que has abominado mi presencia, te quedarás por siempre errando en mis dominios, es una de las frases que preservo intacta en mi memoria porque aquel murmullo cadencioso que me hablaba entre sueños, la repitió una y mil veces en mis últimas ocho noches. Y con ella, noche tras noche, un raudal de imágenes y sentencias dictadas como signos asonantes que mi mente trataba de descifrar por el deseo ferviente de querer comprender mi porvenir. De la primera noche sólo puedo dar cuenta del ronroneo, que iniciaba dulce y parsimonioso y terminaba frío y avieso. Pero todo era vago y borroso. Durante la segunda noche sentí la voz más clara, aunque de todo lo que pudo haberme dicho sólo recuerdo un dictamen, repetido maquinalmente a cada momento como un despertador programado: el final está a la vuelta de la esquina. La tercera noche me vi a mí mismo resplandeciente de alegría, recorriendo sendas avenidas bordeadas de verdor y de las flores de la naciente primavera. De pronto, una carga furiosa de nubes grises se abalanzó sobre el cielo azul y se instaló inmutable sobre toda la ciudad para comenzar a arrojar torrentes parsimoniosos de nieve que en poco tiempo atestaron todo de una espesura blanca. Una innombrable ceguera me condujo hacia un vacío lechoso y todo mi cuerpo se perdió entre aquella albura. Recuerdo haber despertado helado, trepidando de frío, mientras zumbaba en mi cerebro la frase rimbombante: tú, que has abominado mi presencia

Durante la cuarta noche, me envolví en una maraña de sueños inútiles de los que sólo puedo retener en mi memoria el paso repetitivo por una misma esquina. Llegaba a la esquina, viraba a la derecha y aparecía la misma esquina, volvía a virar a la derecha y la misma esquina volvía a presentarse, y todo esto se sucedía mientras el canturreo me taladraba los oídos con la sentencia de que mi final se encontraba a la vuelta de la esquina. Todo parecía girar eternamente de ese modo, de no ser porque la voz se interrumpió a sí misma para declararme: te quedan cuatro días, puedes irte despidiendo de ellos. Fue así que me vi de nuevo a mí mismo levantándome de mi cama y como un desahuciado comencé a recorrer mi casa en busca de mi esposa y mi hijo. Quería encontrarlos para estrecharlos fuertemente a mí, y decirles que, pasara lo que pasara, nunca me alejaría de ellos, que estábamos unidos por unos lazos poderosos que ni la mayor de todas las fuerzas del mal podría romper. Ante el terror de la pérdida salí desesperado a recorrer calles enteras tratando de encontrar al menos un rastro de sus recuerdos, pero sólo veía casas melancólicas de colores pastel, calles indolentes y una sombra gris a mis espaldas que seguía mis pasos y me hablaba palabras que no recuerdo exactamente, pero que me invitaban a la resignación, a dejarme conducir por lo irreparable. El día real que siguió a esa noche aciaga, ensayé ser el mejor padre del mundo, y el mejor esposo y el mejor amante.

En la quinta noche pude apreciar claramente que las calles que había estado recorriendo eran las mismas de mi vecindario, y que el transporte que utilizaba era mi propia bicicleta, y que avanzaba  quedamente para sentir las brisas primaverales golpetear suave mi rostro, y entonces dejaba de pedalear porque la bicicleta comenzaba a desplazarse por sí misma, sin tocar el asfalto. En ese instante fantástico, en el que los colores primaverales desbordaban de vida, pude distinguir sobre mis espaldas la extraña sombra, alada y grisácea, que me anunciaba mansamente en su lenguaje enigmático un sinnúmero de claves que lograba comprender con nitidez. En ellas me llamaba por mi propio nombre invitándome a la tranquilidad absoluta, a dejarme conducir hacia mi destino, sin resistencias, sin afectos, sin apegos. De pronto, la voz susurrante se tornó chillona y comenzó a repetir mecánicamente frases que ya me eran familiares: tu final está a la vuelta de la esquina…Tú, que has abominado mi presencia, te quedarás por siempre errando en mis dominios. Mientras las iba emitiendo, el cielo se tupía de gris hasta reventar en un torrente lento de copos de nieve. Me desperté sudando, tratando de liberarme de un infinito de la más absoluta blancura.

Pero fue a partir de la sexta noche en que todo comenzó a ser claro para mí. Iba recorriendo las mismas calles primaverales, cuando la voz me indicó que debía acercarme a una esquina determinada. Sin el más mínimo reparo, llegué a dicha intersección a cuyo costado se situaba un gran árbol desnudo, y en el momento en que me detenía a observar aquella rareza, apareció de la nada un enorme camión que se abalanzó sobre mí, dejándome sin la más mínima posibilidad de escape. Me desperté temblando de pánico, con la risilla frenética de siempre zumbándome al oído y enceguecido por las luces de aquel monstruo mecánico. Ese día pude comprobar cuál sería mi final.

Toda la antenoche fue un ritual repetitivo de gruñidos aterradores y recorridos por el vecindario. Durante un largo trecho de tiempo permanecí girando en la misma esquina, pero finalmente pude pasar a una larga avenida sobre la cual comenzaba a pedalear rápidamente, hasta lograr que mi bicicleta cogiera vuelo. Volví a sentir ese mismo placer primaveral que culminó cuando la nieve cubrió todo de blanco. Sólo que esta vez, al tratar de escapar de la infinita blancura, escuché la voz, nuevamente melodiosa y calma, que me susurraba una frase hasta ahora desconocida: en esta esquina será el abrazo final. Pero no había tal esquina, sino un túnel diáfano y profundo que apareció frente a mí, invitándome a pasar al otro lado, a doblegarme sin resistencias, sin afectos, sin llantos, a lo que mi destino tenía preparado para mí. Desperté helado, con la saliva atorada en mi garganta, tratando de borrar las imágenes de aquel pasaje que me llevaría al otro mundo.

Anoche transporté a mis sueños el sentimiento de resignación que había tratado de interiorizar durante el día. Terminé por percatarme de que todo ya había sido señalado con suficiente claridad y que pretender huir de aquella telaraña que se había entretejido para mí, sería como intentar obtener el perdón de un ejército de fanáticos religiosos a fuerza de súplicas y llantos. De ese modo, cuando llegó el momento, decidí aceptar la invitación y me adentré a descubrir el interior del túnel que me conduciría al más allá. Era un pasaje amplio y traslúcido que a cada paso me irradiaba de una poderosa calma, quizás como la que sintieron aquellos que dijeron haber vuelto de la otra dimensión. Seguía mi camino dejándome llevar por una insólita paz interior hasta que aquel susurro me ordenó: vuelve, aún no es el momento, más tarde comenzará tu viaje eterno.

Ahora que voy acercándome a casa, presiento muy cerca el encuentro final. A mis espaldas, el espectro de la muerte ha querido recordármelo una vez más. Puede ser en esta calle desierta porque veo, justo en la esquina, las luces refulgentes de una camioneta negra que me espera rugiendo en tanto que me acerco a ella. De súbito, sus grandes ojos de fuego comienzan a parpadear mientras va emprendiendo su marcha hacia mí y me impulsan, en un ánimo incontrolable, a abalanzarme contra ella. Cierro mis ojos y sólo siento el viento frío que se pega a mi piel por el impulso inapelable de mis piernas. La siento cerca, explícita, irremediable, sólo falta un respiro y todo terminará. Un grito me saca de mi abstracción y me obliga a frenar en seco. ¡Attention monsieur!, me recrimina la voz de un joven que espera en una estación de autobús. Miro a todos lados pero sólo veo casas color pastel y una calle completamente desolada. El joven está desencajado, desorientado, me observa con el pavor de quien ve un espanto. Trae una gorra de rapero, un buzo de algodón negro con capucha, unos enormes botines deportivos y un jean holgado, atado a la altura de la pelvis. Es rubio, fornido y pequeño, fuma un cigarrillo y sostiene una lata de Monster. Desolé, j’ai dû être très distrait, le digo en mi mal francés y emprendo mi camino hasta la esquina del semáforo en rojo.

Un viento inopinado chilla una letanía luctuosa al pasar entre los chamizos desnudos de un árbol nórdico que se yergue sobre mi cabeza. Y entonces compruebo que se trata del árbol del sueño y que aquella es la esquina fatídica. En un instante fugaz intento calcular la distancia del árbol, esperando  impaciente el cambio de luces para escapar del zarpazo mortal de una rama díscola, cuando finalmente aprecio la escena mortal frente a mis ojos. Es un camión de basura, de color blanco, con sus luces frontales redondas de un amarillo intenso. Sólo logré distinguir a una mujer en su interior, con una barbilla abultada y un cabello de hombre, antes de que embistiera su enorme máquina sobre mi cuerpo inerme.

El golpe fue tibio e insustancial. En mis últimos días había estado calculando cuanto podría durar el paso al otro lado, y el dolor de la muerte, y el olor de la otra vida, pero jamás me hubiera imaginado que se trataba de un cosquilleo cálido, de una agitación deliciosa luego de la cual toda angustia desaparece por completo. Me sorprende sobremanera que este instante sea tan corto, pero tan flexible a la vez, que me ha permitido repasar las últimas impresiones de mi vida, esas imágenes cotidianas que comienzan a desfilar frente a mis ojos como un viejo rollo fotográfico visto a contraluz. Entonces decido darles mi última despedida. Le digo adiós a la muchacha abandonada en su propio olvido que leía en el metro Cent ans de solitude. Al niño rubio de gafas gruesas que comía trozos de pimentón mientras devoraba una saga de aventuras. A todos esos viejos de caras rosadas y culos blancos que se paseaban inmutables en los camerinos del gimnasio con sus pequeños retoños colgando de entre sus piernas. A mi vecino quebeco que suele arrojar sus flemas al suelo sólo para preservar una vieja tradición ancestral. Y me despedí también de las niñas instructoras de patinaje sobre hielo que a sus diez años ya se ganan el pan a fuerza de un talento innato y una tenacidad sobrenatural. Pero qué lástima tener que despedirme de todos ustedes en el mejor momento del año, cuando apenas comienza la primavera, luego de haber soportado cinco meses de un invierno cruel. Y qué hace que todo estaba tapizado de blanco. Qué hace que todos salíamos embutidos en nuestros abrigos a quitarle la nieve a los autos para salir impacientes a estrellarnos contra el mundo. Y qué hace que me encontraba caminando entre una multitud de gente atiborrada de frío, enfilada sobre el andén, agitada, aislada, fija en el gris del pavimento, transpirando el aire polar y expulsando un humo blanco y espeso por entre sus ventanas nasales. Y mi pequeño que me tiraba el chaleco para decirme ¡hey papá, mira cómo fumo! y exhalaba esa bocanada blanca en medio del colectivo de fumadores sin suerte. Y ahora apareces tú, compañera de mi vida, para darte mi último adiós. Antes de pasar al túnel, me han otorgado unos segundos para que pueda decirte esas palabras que no pudieron salir de mis labios antes de emprender mi camino sin retorno. Y ahora las vas a escuchar: ¿Sabes? antes de ayer o no sé bien hace cuanto te dije que te sentía otra vez. Es cierto, te olfateé, te respiré, sentí ese aroma de ti, pero de ese ti que hace mucho tiempo perdí. Ese ti de nuestras viejas cacerías íntimas, o de algunos escasos momentos del ahora cuando recuerdas que tienes algo de niña y entonces me pides jugar, y te pierdes como yo y te emborrachas como yo. Ah, lo recuerdas, no te sonrojes, es así, ¿recuerdas la última vez?, yo te pregunté, al comienzo del juego, si querías que siguiera. Y tú: si te digo que sí, quien te retiene. Si te digo que no, vas a seguir insistiendo. Y yo: ¿quieres que siga?  Y tú: La verdad, no, ¡No quiero! Y yo: ¿Quieres que siga insistiendo? Y tú: Bueno, sigue insistiendo. Recuerdo como si estuviera vivo, que fue una tarde cenicienta en la que una lluvia de copos blancos se precipitaba lenta y desordenada por la ventana. Yo como un perro ardiente seguía mi faena hasta que no tuve que insistir más. Pero esa fue una tarde excepcional, una ilusión. Ahora te han entrado aires de señora seria, que sólo atiende cosas serias, cosas de responsabilidades, formalismos, honorabilidades, y yo me siento ridículo pidiéndote tardes de amor desenfrenado, pidiéndote que nada te preocupe, que saltes al vacío. Escucha, escucha, no te vayas, no abandones el barco, no he terminado. ¡Diablos!

Siento que se aleja y se pierde en un camino sin retorno. Pero mientras más lejos está de mi egoísmo, de mi amor, de mis dominios, más se acerca un fuerte olor a cadaverina. Es en este instante álgido en el que caigo en la cuenta de mí mismo, de mi final, de mi terminante descomposición. Pero el pútrido hedor termina por hacer estremecer mi cuerpo, calentar mis piernas, agitar mis brazos y arder mi cabeza. Abro los ojos y la mujer con cabeza de hombre me mira impávida mientras agita un chicle entre sus mandíbulas. Me dice con aspereza: Est- ce que pouvez-vous vous lever?  ¿Dónde estoy? le pregunto, pero no me entiende. Est-ce que vous est bien, Monsieur? Dice finalmente mientras levanta mi bicicleta hasta dejarla en el andén. Le digo en francés que yo estoy bien y que puedo levantarme por mí mismo. Se sube a su camión y antes de emprender su marcha me grita unas palabras que han quedado suspendidas en su cascarón. Sólo una pude distinguir claramente: ¡Tabarnak!

De camino, he podido repasar las imágenes de todo lo que me acaba de pasar y he logrado comprender que este absurdo episodio de tantos y tantos sueños nefastos es producto exclusivo de mi irreparable pavor al invierno, de suerte que ahora mismo este inexplicable terror de la muerte ha comenzado a desaparecer. Ya no pienso en complots del destino, ni en peligros a la vuelta de la esquina, sino solamente en la suerte que tuve al salir ileso de una fatalidad que yo creía sin remedio. Aquí voy de regreso, sólo con una historia fantástica digna de ser narrada esta noche a mi pequeño.

Al acercarme a casa, me percato de que, pese a los soles frecuentes de abril, el invierno se resiste a morir. Aún las ramas están desnudas, sin una sola hoja, sin una sola flor. Apenas sí nos desprendemos de estos montículos de nieve, como gigantes inamovibles que se niegan a desaparecer de este suelo, mientras que el resto del mundo anuncia la plenitud primaveral. En cambio de la colorida pintura que añoran mis ojos, sólo encuentro las extremidades infinitas del dios del hielo, dueño y señor de esta nación, haciendo eterna gracia con estas casas de techos negros y paredes color pastel, beige y gris. Sólo el fucsia de mi casa desentona con esta sinfonía de la eterna aburrición.

Un fuerte ventarrón me embiste con violencia y me atrae a mi propia realidad. Veo la montaña de nieve frente a mi casa, gigante, inagotable, como un enorme dinosaurio blanco que comienza a cobrar movimiento, a deslizarse parsimoniosamente sobre sí mismo emitiendo un leve chasquido como el de una sierpe que rodea su presa en un matorral de hojas secas. Alcanzo a percibir una abertura que comienza a expandirse entre esa forma sin forma, como la entrada de una gruta, cada vez más amplia y profunda, cuando, de un lado, se desliza hacia mí la cola descomunal del monstruo helado que comienza a enrollarme y a levantarme por los aires mientras me conduce hacia su ingente boca de nieve.

Ahora el terror se apodera de mí porque comienzo a escuchar el susurro de mis sueños, tenue y prodigioso, invitándome a penetrar en sus fauces. Intento soltarme, pero es inútil. Uller soy yo, Dios del invierno…ahora que es el momento de partir, te irás conmigo a helar los mundos del sur…porque has abominado mi presencia, te quedarás por siempre errando en mis dominios. Y mientras va sentenciando mi destino, observo desde las alturas que todos los árboles comienzan a atiborrarse de hojas, mientras que las demás montañas de nieve van extinguiéndose para dar paso a un verdor intenso que ilumina de vida todo el vecindario. Antes de penetrar en las fauces de la muerte, puedo distinguir una vocecilla perdida que me es familiar. Es entonces cuando me percato que desde la ventana de mi casa mi hijo me mira con su gesto de fiesta y se despide de mí agitando su pequeña mano. Y a su lado, mi adorada esposa que hace gestos afanosos para señalarme algo que sostiene con su mano derecha. ¡El libro, el libro! me dice, porque a fuerza de mi sordera aprendí a leer sus labios. ¡Llévatelo, que no lo terminaste! Pude distinguir la carátula, À la recherche du temps perdu de Marcel Proust, un mamotreto que jamás terminaré de leer. Jamás, porque ya el tiempo se acabó. Los ronroneos prosiguen, exquisitos y cadenciosos, en tanto que las fauces terminan por tragarme. La gruta se ha cerrado por completo, la primavera ha comenzado oficialmente, y yo voy de vuelta al sur dentro de un luminoso túnel blanco.

Memoria de mis putas tristes: La obra maestra de un jubilado genial

gabo-mueca

©El País

 

Autor: Cristian Arias 

Antes de comenzar la tarea de escribir sus memorias, Gabriel García Márquez había comprendido que para lograr dicho cometido era preciso leer concienzudamente todos sus libros. Este acto significaba no sólo repasar su propia narrativa y recordar cómo se había escrito cada uno de sus libros, sino además era el sortilegio único para desapegarse de ellos, para desembrujarse y entender que debía reinventar una nueva escritura, o como él lo afirmaba, aprender a escribir de nuevo. Vivir para contarla, su libro de memorias publicado en 2002, es el resultado de este intento por salir del encanto de su propia narrativa. Y significó, al parecer, la despedida final, el cierre definitivo de un ciclo. El recibimiento del libro no fue el esperado, la crítica fue dura, el nobel ya había cumplido su ciclo narrativo y era preciso dejar las cosas de ese tamaño. Pero dos años más tarde, cuando ya se creía que Gabo nada más podría aportar, aparece la que sería su última novela, Memoria de mis putas tristes, quizás su libro más atacado e incomprendido que reafirma entre los críticos y detractores de su obra la idea de que el escritor debía entrar en completa jubilación, pues allí la magia de su literatura brillaba por su ausencia. Nosotros, en cambio, vemos en esta nueva apuesta narrativa el más grande gesto de originalidad literaria. Vemos la apertura de un nuevo ciclo, una reinvención que queda abierta como la misma historia que cuenta. Repasar algunos tópicos de esta originalidad es el objeto de este escrito.

El primer elemento de originalidad narrativa que salta a la vista estriba precisamente en la escritura misma del texto. Se trata de unas memorias contadas por un anciano de noventa años cuyo pasado y presente han sido los de un solitario sin poder ni fortuna, que no se vanagloria de nada. Es un modesto pensionado de un oficio fosilizado, exprofesor de gramática sin talento didáctico, escritor de notas dominicales que se declara sin vocación ni virtud de narrador y que sólo puede escribir con la pasión que se lo permite su autoridad de lector descomunal. El elemento de originalidad estriba en que Gabo escribe una novela tal cual como la escribiría este personaje de ficción en su universo, su tiempo y su época propios. Logra así mimetizarse simbólicamente con aquel anciano sabio que escribe sus memorias a la manera de un “periodista mediocre”,  de un “cabo de raza sin méritos ni brillo”.

Para crear esta nueva posibilidad estética, Gabriel García Márquez parte del punto de vista narrativo en primera persona, en el que el personaje protagonista nos cuenta el momento y las circunstancias en que descubrió por primera vez el amor a la edad de noventa años. Desde el comienzo el anciano nos hace una descripción expositiva de su vida pasada y su relación con su presente, y allí  ya observamos la ausencia de aquellas frases grandiosamente elaboradas y esos párrafos armoniosos que denotan una fuerte carga poética a la que nos tiene acostumbrados el creador de Cien años de soledad. En vez de ello, chocamos con frases y párrafos mal elaborados que no logran una conexión entre sí, y un exagerado recurso de los puntos aparte que dan la impresión de una miscelánea de ideas cortadas. Tan grande fue la mímesis de Gabo con el fracasado literato.

Sin embargo, y a pesar de sí mismo, el hilo de las memorias se transforma a medida que avanza el segundo capítulo. De un momento a otro, y sólo después de que el viejo sabio ha dejado por primera vez a su niña durmiente en la casa de Rosa Cabarcas, descubrimos una prosa con un pulso más reposado, más meditado y, como testigos de un soplo inverosímil, vamos siendo atrapados por la trama del fracasado antihéroe, lo comprendemos y lo consideramos más y mejor. Pasamos entonces de una prosa atropellada y de un personaje infranqueable que no se deja querer, a una prosa más clara y limpia y a un personaje que se nos va haciendo más nuestro a medida que desnuda su sinceridad y que nos genera cierta compasión. Somos cómplices de la franqueza con la que nos da a conocer sus apetitos carnales, esa vulgaridad que no nos sonroja porque es propia de nuestra condición humana, y comprendemos sus viejos desdenes ante los lujos y caprichos materiales, ante los condicionamientos del amor comprometido y el egoísmo de una familia formal; todo esto que cambia por una noche de amor de a peso, callejero y oscuro. Como en el Relato de Sergio Stepansky, cambia día a día pedacitos de una vida que, se sabe, la lleva perdida desde aquella tarde en que, mimado y sobreprotegido, fue llevado por su madre hasta el Diario de la Paz para que le publicasen una columna dominical.

Y es aquí cuando salta a la vista la pregunta: ¿qué hace que el relato se transforme y nos atrape a medida que avanza la trama? La respuesta la podemos encontrar en el segundo elemento de originalidad de esta obra, el que le da sentido al personaje: el tema central de la novela. Se trata de la hipotética pero realista posibilidad de encontrar el amor en la vejez, aquella época de la vida donde las fuerzas se agotan, donde el ser humano sólo inspira compasión y se convierte en una decoración de museo. El amor ad portas de la muerte, la pasión al final del túnel, la esperanza que nace cuando ya no había nada por lo cual apostar, en un ser solitario e incrédulo cuya vida estuvo enteramente entregada al fragor de las putas y la literatura, es lo que nos conecta con la trama a medida que avanza. El sintagma amor-pasión que comienza a nacer y alimentarse, va produciendo una  inesperada conexión entre el narrador-personaje y el lector. Mientras el primero se enamora, su sensibilidad se transforma, se vuelve fina, lírica, lo que influye en una escritura transparente que permite un fuerte vínculo de complicidad con el lector.

De aquel inesperado y particular amor, rescatamos principalmente las descripciones eróticas que nos deleitan por lo sobrias y precisas, exentas de adjetivaciones monumentales. Son estas imágenes y las acciones eróticas protagonizadas por el anciano que halla la posibilidad negada del amor, lo que engrandece la novela. Sus aventuras comienzan la primera noche en que descubre “el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor.” A partir de allí se lanza a la entrega amatoria de un alma desnuda y dormida que lo deleita por el placer que despierta su silencio y su sueño. Ella es su beldad a quien dedica la canción de Delgadina, aquel corrido mexicano del siglo XVIII, compuesto a modo de romance, y entre susurros la requiere para acometer el incesto universal.

Su amor crece y se engrandece, y todo renace de las cenizas a medida que la imagina, que siente su presencia. Al principio no lo podía entender, pero ahora sabe que la quiere dormida. Sólo imaginar la posibilidad de que despierte y le hable, de que camine y haga cosas mundanas le produce terror. Ahora toda su vida es Delgadina, su escritura se llena de Delgadina, toda la ciudad, sin quererlo, se enamora de Delgadina. El amor de las dos almas solitarias llega a su cúspide cuando la complicidad del silencio los atrapa en la época más alegre de la costa caribe colombiana. Y el erotismo narrativo nos atrapa con más vigor:

La noche de su cumpleaños le canté a Delgadina la canción completa, y la besé por todo el cuerpo hasta quedarme sin aliento: la espina dorsal, vértebra por vértebra, hasta las nalgas lánguidas, el costado del lunar, el de su corazón inagotable. A medida que la besaba aumentaba el calor de su cuerpo y exhalaba una fragancia montuna. Ella me respondió con vibraciones nuevas en cada pulgada de su piel, y en cada una encontré un calor distinto, un sabor propio, un gemido nuevo, y toda ella resonó por dentro con un arpegio y sus pezones se abrieron en flor sin tocarlos. Empezaba a adormecerme en la madrugada cuando sentí como un rumor de muchedumbres en el mar y un pánico de los árboles que me atravesaron el corazón. Entonces fui al baño y escribí en el espejo: Delgadina de mi vida, llegaron las brisas de Navidad.

Pero el amor, sólo puede ser verdadero cuando la pasión se convierte en sufrimiento. Así, el alejamiento de su prenda amada lo hizo padecer los martirios de una soledad inesperada pero real, que lo llevó a comprender, muy a su pesar, que el dolor pertenece a la vida verdadera, la que nunca vivió y que ahora siente porque lo estremece. Luego de atravesar el purgatorio, la recompensa es entregada: Delgadina regresa y el viejo sabio atraviesa sus 91 años con la certeza de que su amor dormido lo seguirá acompañando por muchos años más.

Ojalá que la entrega erótica que el viejo sabio se ha permitido, su salto al vacío y su renacimiento a una nueva vida cuando ya todo estaba perdido, puedan ser suficientes elementos para perdonar lo éticamente reprochable en él: la objetivación que hace de una mujer dormida, que es a su vez menor de edad, a través de la contemplación y el goce físico. Es necesario comprender la esencia del personaje en su aspecto psicológico y su relación de éste con su entorno social y cultural. Pero estos aspectos escapan al objeto de este escrito. Sólo dejaremos claro que el personaje carece de la capacidad para afrontar un amor real y cotidiano, y no admite la posibilidad de convivir con una mujer que le hable y lo cuestione, o que escape del ideal que se ha construido en torno de ella, y prefiere refugiarse en la intimidad de una mujer dormida, sólo para disfrutarla como él la quiere, en el silencio de su eterna soledad. Por eso su terror cuando imagina a su Delgadina despierta y en la vida real, o cuando la ve ataviada de joyas, fuera de su dominio ideal. En estos dos casos, sólo puede ser una cosa: una puta, la única forma posible en que ha percibido a las mujeres reales y despiertas, a excepción de su madre. El comportamiento del personaje no es otra cosa que la representación de una realidad posible,  y el entorno en el que vive no es otro que el espejo de una sociedad patriarcal, de hombres ilustres, detentores de la moral y del poder local que encuentran en los prostíbulos la arcadia donde descampan sus penas; de mujeres proxenetas que saben cómo alimentar la voracidad suculenta de los lobos; y de púberes niñas que deben alquilar su cuerpo para comer. El gran logro de la buena literatura, como en el caso de esta novela, es develar la monstruosa realidad en la que vivimos sin caer en la denuncia social, en los estereotipos simplistas, en la complicidad con la ignominia.

Memoria de mis putas tristes es el resultado de una narrativa que, si bien retoma muchos lugares comunes propios del universo macondiano, nos deleita con nuevos clavos, bisagras y tornillos como el mismo Gabo acostumbraba a decir. Es, sin duda, un salto al vacío, la prueba de que las posibilidades narrativas son infinitas. Al despedirse con esta obra maestra de un jubilado genial, Gabo nos enseña su lengua y se burla de nosotros. Pero es un lujo que sólo se lo puede dar quien lo ha ganado todo.