Los 17 tipos de lector. Y tú, ¿qué tipo de lector eres?

lector

Por: Cristian Arias 

La revista Culturamas ha publicado un artículo en el que enumera los 11 tipos de lector. Comparto la nota, añadiendo a continuación seis numeraciones sobre algunos tipos de lector que a mí se me han ocurrido. Anímate a proponer otros posibles lectores que tú consideres.

  1. El lector promiscuo. 
    No duda en abandonar un libro que ha empezado para iniciar otro. No puede evitarlo porque le encanta leer y no sabe decir que no.
  2. El lector cascarrabias.
    Es exigente y voraz. Aunque no le guste un libro jamás lo deja a la mitad, aun opine que el autor no puede unir dos frases con sentido. Suele lanzar el libro contra la pared cuando lo termina (literalmente).
  3. El lector cronológico.
    Compra un libro y hasta que termina de leerlo vuelve a la librería por otro. Se atreve a abandonar la lectura de un libro sólo si existe un motivo suficientemente fuerte para dejarlo y siempre lo hace con remordimiento. Es lo opuesto al lector promiscuo.
  4. El lector aniquilador.
    Los lleva a todas partes.  Quiere tanto a sus libros que ahora están llenos de hojas sueltas, cubiertas rotas o manchadas y páginas amarillentas, por el ajetreo del ir y venir.
  5. El lector ocupado I.
    Le gustan tanto los libros que incluso compra varios en un mismo momento, pero luego al llegar a casa los coloca en un librero donde pueden pasar un par de meses. Cuando finalmente los lee, lamenta haber tardado tanto en hacerlo.
  6. El lector ocupado II
    La verdad no le gusta leer, pero le gusta presumir que compra libros.
  7. El librófilo
    Más que la lectura, lo que este lector disfruta son los libros como objeto. Su olor, sus colores, las páginas amarillentas, los viejos y los nuevos, los considera más una obra de arte.
  8. El anti-lector
    Piensa que los libros son muy largos y jamás lee.
  9. El espíritu libre
    Es el adulto que lee libros infantiles, o el niño que lee libros para adultos. Cada vez más la sociedad acepta a estos espíritus libres de la literatura sin el menor sonrojo.
  10. El multi-tarea 
    Aunque siempre termina los libros, lee varios a la vez y termina confundiendo personajes, nombres y tramas.
  11. El lector somnoliento
    Su momento favorito de lectura es antes de dormir. Ya cómodo en su cama no consigue mantener los ojos abiertos y despierta en la madrugada sólo para apagar la luz y cerrar el libro.

Los míos:

  1. El lector caminante

Aquel que lee libros en la calle o en los centros comerciales, mientras camina. Recuerdo haber visto varias veces un hombre que hacía aseo en un centro comercial con una sola mano, pues con la otra sostenía un libro que iba leyendo con voracidad. Ya imaginarán el resultado de su trabajo.

13.   El lector transportado

No es necesariamente aquel a quien la lectura lo transporta a otros mundos posibles. Es aquel, que apenas se sienta en un bus, saca un libro y comienza a leer. Lo atrapa la manía de leer mientras es transportado

  1. El cibernético

Aquel que todo, todo lo lee en su e-book o libro digital. Dicen que están aportando al fin del libro impreso. Pero, qué le vamos a hacer.

  1. El traductor párvulo

Suele leer en otros idiomas deferentes a su lengua materna, los cuales no domina por completo, por tanto, su lectura se prolonga el doble de lo esperado a fuerza de la consulta de los términos y verbos y conjugaciones desconocidas. Te estás riendo eh!

  1. El pedeefista

Aquel que, por gusto o necesidad, sólo lee artículos y libros en formato pdf, generalmente descargados de manera gratuita por internet. ¿Quién dijo yo?

  1. El asiduo frecuentador de librerías

Le encanta ir a las librerías más amplias, limpias, iluminadas y alfombradas, para sentarse sobre la cálida alfombra y leer gratis. Va, una y otra vez, termina una novela, luego otra, y se ahorra, algunos dólares mientras se educa. ¿Deshonesto? Ummmm…

Y tú, ¿qué otros tipos de lector quisieras agregar?

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De la dicha del campo a la dureza de la ciudad. La historia de vida de un desplazado. Parte 4

Marginalidad (22) - copia

Autor: Cristian Arias

Este es el final de la historia de Jacinto, un ser humano aguerrido que ha sabido librar las más duras batallas contra la marginalidad, la pobreza y la demencia del conflicto armado.

-Yo le digo una cosa, a mí me dieron ganas de llorar cuando recién me botaron ahí en el parque Turbay. A pesar de ser un hombre que ha conocido lo que es la vida y ha sufrido bastante, lloré de ver a todos mis hijos y no saber para donde coger ni que iba a hacer, y cuando la avalancha del río para acá, la misma cosa, otro trauma que tampoco sabía que hacer yo, no sabíamos a donde nos íbamos a meter ni nada, entonces nos tocó dormir allá en esa bodega, sacar el barro y echarnos ahí como una manada de marranos; pero ese  drama lo sufrimos fue nosotros y nadie más.

Fue entonces cuando me relató, por un buen trecho de tiempo, los momentos más destacados de su vida en el albergue, desde aquel día en el que entró con una sola muda de ropa puesta, hasta la ampliación de su cambuche, con nuevas camas y colchonetas. Todo lo fue consiguiendo con poco a poco, por medio de donaciones, desde una cuchara hasta el cinc de su techo. Fue rebuscándose ollas, cobijas, sábanas, ropas, alimentos y tantos otros utensilios vitales para vivir. Narró sobre la primera organización comunitaria en la que imperaba, en un comienzo, la colaboración mutua ejemplificada en las ollas comunitarias. Pero tal proyecto de cooperación fracasaría al poco tiempo no sólo allí sino también en todos los demás albergues. En su opinión, la gran mayoría de los habitantes del albergue sólo esperaba que estuviera lista la comida pero jamás colaboraba; así que los que siempre cocinaban y procuraban la satisfacción de todos, como lo hacía Jacinto, pronto se cansaron de la insensatez de los demás para irse a cocinar cada uno en su hogar.

Han sido momentos sumamente difíciles, de cambios bruscos y nuevos retos, pero ninguno como aquellos en los que una banda de crimen organizado se instaló en la reciente comunidad de damnificados. Para Jacinto fue el flagelo más atrevido y humillante jamás padecido, un retroceso similar a los negros días en que los paramilitares se instalaron en su anterior asentamiento, aquel que el río se llevó.

-Esa gente se acostumbra a quitarle a cualquiera lo que tenga, ya no hay respeto de nada, le quitan lo que sea y aparte de eso dizque le ven la hija que es bonita, o la mujer y se la cabronean, y sin forma usted de decir nada porque lo desaparecen; eso es duro, muy duro para nosotros vivir esa vida aquí, esa psicosis impuesta como la que vivimos en Sabana de Torres y entonces nosotros tras que desplazados, damnificados y ahora viviendo una vida de estas. Porque decían que se iba a entrar la policía a la pata de fulano, que a agarrar a perencejo, pero uno no saben si van a llegar de noche, no sabe si esa balacera se va a formar de día, en la noche o en la tarde, entonces uno se acuesta a dormir con esa psicosis.

Y fue así que recordó los instantes de zozobra y temor que padecieron debido al fuego cruzado entre la policía y los delincuentes, en medio de una improvisada ciudadela de paredes de plástico.

Quise conducir el hilo del discurso para preguntarle cuál era su mayor deseo en ese momento, y definitivamente la respuesta no podía ser más obvia: salir de ahí lo más pronto posible, a un lugar digno y humano. Por ello muchas veces para Jacinto el pasado fue mejor, a pesar de todo lo que ha debido luchar. Sus percepciones se debaten entre un futuro despejado y pleno con elementos de sus mejores momentos del pasado.

-Mi visión de lo que estoy viviendo ahora es esperar con gran preocupación a que nos solucionen el problema de vivienda, viendo a ver qué podemos hacer nosotros de ahí en adelante, si volvemos nuevamente a restablecer las cositas como estábamos organizados todos, y cada quien que pueda tener una camita buena, que pueda tener las cositas de acuerdo a como las teníamos allá; ya poder contar con algo que sea de uno, porque aquí nos tenían psicosiados con que nos iban a correr de aquí, luego que nos iban a hacer las casa aquí, que no las iban a dar en Piedecuesta y después en Bavaria y al final no se sabía nada, hasta ahora hace poquito. Entonces la expectativa de uno es esperar a que nos den las casas a ver si nos cambia la forma de vida. Mire una cosa, yo he vivido etapas buenas y etapas malas como todo mundo; me he gozado la vida también, gracias a Dios, y muy bien gozada porque he podido tener a mis hijos muy bien, con buena casa, con buenas cositas, bien acomodaditos, con un lote de una manzana completa donde tenía todas mis comodidades; como también he tenido etapas como cuando llegamos acá que nos tocó sentarnos encima de una piedra, coger el platico y ahí comer. Y renuncié a mis comodidades por favorecer a mis hijos, porque por ellos yo dejé tirado eso allá, pero yo quiero a mis hijos, quiero mi hogar.

Aunque ya la llovizna había claudicado hacía rato, el viento corría frío por entre los caminitos de tierra mojada y Jacinto se apresuró a arropar a su niña que yacía soñando dentro de una vieja cuna metálica de color blanco. Luego quiso permanecer de pie cuando le pregunté lo que para él significaba ser destechado.

-Eso significa muchas cosas para uno. Que va a tener muchos sufrimientos, que va a tener uno que soportar sereno, va a tener que soportar agua, muchas cosas que se le van a venir encima, pero que a uno no le afectan porque se ha criado en el campo y sabe lo que es pasar una noche buena como pasar una noche mala; pero yo pienso en mis hijos porque ellos si no saben y a mí me acompleja verlos sufrir a ellos, saber que por lo menos esta niña me diga “papá tengo hambre, quiero agua de panela”, y una cosa es que haya y otra diferente que no; así me pasa a mí en esta vaina de ser una destechado, de vivir en este albergue que es una cosa dramática, difícil y al mismo tiempo aburridora, algunas veces vive uno desesperado y acomplejado, cómo decirle mejor…

Guardó silencio un pequeño instante en el que observé que ya era ocasión de marcharme; además estaba todo muy oscuro y ya no debía permanecer ahí por más tiempo. Luego de decirle que ya era el momento de irme y de pactar un próximo encuentro para conversar sobre tantas cosas que, sabía, él deseaba compartirme, le quise preguntar: ¿Qué enseñanza le dejó a usted la avalancha?

La avalancha me dejó la enseñanza de que hay que procurar a no vivir uno cerca de los ríos en primera medida, porque de un momento a otro lo dejan a uno en la nada. Me dejó muchas experiencias de que uno debe estar muy prevenido de muchas cosas porque el río es como el ladrón, llega cuando menos lo espera uno.

Me despedí fraternalmente de aquel ser humano, que apenas sí conocía, pero que me obsequió su tiempo y parte de sus sentimientos sin ambages y de corazón abierto. Comprobé que Jacinto es uno de esos seres que a cada rato se dicen a sí propios que son pobres. Yo pienso que no es así, de ninguna manera, porque la sencillez y el desapego que me demostró, dan prueba de una magnífica riqueza de espíritu, o como acostumbraba a decir Dostoievski, de la nobleza de los sentimientos. Y eso vale tanto y más que la mayor de las riquezas materiales.

 

 

Las hijas del botánico o las desventuras de un amor lésbico en la China comunista

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Ciertamente a tono con estos álgidos tiempos en los que Colombia se debate entre la homofobia y el apoyo a la diversidad sexual, y en el que el mundo se revuelca a favor y en contra de la versión cinematográfica del primer libro de la trilogía cincuenta sombras de Grey, tomo partido y comparto un artículo que he escrito en torno a un drama erótico del que quise acordarme.

Escrito por: Cristian Arias

La mirada de la tierna An fue fría y remota. Qué otra cosa se podía esperar si a su vida ya no la conmueve el mutismo de su paraíso natural, alimentado por la soledad y la estricta autoridad de su padre, el botánico más prestigioso de Kunlin. Por su parte, Li no pudo obsequiar sino la timidez absoluta de quien ha vivido desde los tres años en un orfanato. Había crecido en aquella fría edificación de concreto desnudo desde que sus padres murieron en el terremoto de Tangshan, y ahora ya se encontraba lista para aprender un arte útil a la nación. Fue así que emprendió sus pasos para hacerse aprendiz de botánica en casa del eminente profesor Cheng y adentrarse en el universo sabio de las plantas.

El primer encuentro con el ogro fue desastroso, como lo será toda aquella convivencia. El presente que le entrega al llegar, una urraca enjaulada que grita vivas al presidente Mao, sólo serviría de alegre excusa para iniciar en ellas, An y Li, una amistad límpida y suave, una complicidad que sirve de consuelo a la joven aprendiz y la retiene de marcharse del jardín del sabio prepotente que la golpea a gritos a cada momento. El sereno convencimiento de An es la entrada al paraíso, a la divina complicidad de las miradas, a los tenues roces entre plantas curativas y recetas mágicas para alargar la vida y el amor. An es la sabiduría más tranquila e inocente que comienza a desbordar la savia de su conocimiento por vez primera a otra persona que no fuera ella misma: la dulce maestra enseña a su iniciada las bondades de la resina de pino para eliminar los abscesos, la utilidad del orpimento para ahuyentar a las serpientes, el descubrimiento de la glicina para aliviar las crisis cardiacas del amargado padre. Y del ginseng, raíz fálica que la aprendiz palpa y olfatea en aquel paraíso que es el templo budista al que asisten juntas por primera vez. Ahora, Buda será un acompañante de las dos almas que se compenetran en la complicidad de los paisajes naturales más inimaginables. Guiadas por la mística de la música tradicional china, ambas comienzan una travesía de tardes de amor furtivas, de baños de besos cálidos y vaporizaciones suculentas que transportan la mente a los otros mundos posibles. Y todo esto sucede lenta, tranquilamente, porque cada una siente haber alcanzado eso que tanto había buscado: el calor de la compañía.

Las amenazas siempre llegan en el momento menos esperado e intentan romper sin piedad esos cimientos imaginarios que se han forjado con la ilusión de amar sin límites, sin restricciones a quien se quiera. Dan, el hijo soldado ha llegado con la necesidad perentoria de casarse. En su carrera militar es necesaria una mujer, una familia. Li está a la mano, como caída del cielo. An debe apartarse, no interponerse a lo más elemental del destino. Pero aquellos cuerpos están decididos a no separarse jamás y han aceptado esta farsa social sólo con el propósito de permanecer juntas, como cuñadas falsas, viviendo en el mismo techo para siempre. Las 108 palomas, necesarias para cumplir el deseo ferviente de la separación imposible, fueron liberadas en el templo, a la vista complaciente de Buda.

La boda, en honor a los camaradas y a la gloria del ejército, se ha efectuado. Y en medio del patetismo de un padre satisfecho y de un soldado realizado, las dos hermosas novias bailan la danza de la complicidad, de la dicha de haberse regalado, la noche anterior, la virginidad la una a la otra. Y con la luna de miel viene el azotamiento de Li, el deshonor del esposo, la sospecha del padre ante el dolor de An. Unidas nuevamente, se toman a sus antojos los espacios inviolados de la mansión del botánico. Li aprende de An a sentir las alucinaciones que le otorgan las plantas vaporizadas, aquellas que la acompañaron en sus largos años de soledad cuando solía darse la ilusión que nunca estuvo sola. Ahora, las novias han descuidado la servidumbre al amo, desatienden sus órdenes, lo cuestionan, el delirio de la pasión las envuelve y las hace perder el sentido de la realidad, de la obediencia y la responsabilidad. El padre, cada vez más débil, más aislado, da su último golpe de gracia. Pero An está decidida a marcharse si Li tiene que hacerlo.

El único momento preciso para el profesor Cheng ocurrió aquella noche en que las sorprendió en el ignominioso ritual lésbico del invernadero. Era la oportunidad para acabar con Li, ese monstruo que había acabado con la paz y el sosiego de una familia. Pero su condición de hombre cardíaco lo traiciona. En su lecho de muerte logra confesar lo que vieron sus ojos, el deshonor de un padre y de toda la China comunista.

En el tribunal de Kunlin, las almas gemelas escuchan al juez: lo que mató al botánico no fue un ataque al corazón sino una enfermedad mucho más terrorífica. Su hija y su nuera tenían la enfermedad: es homosexualidad, una pasión perversa entre personas del mismo sexo que ha causado la muerte de un padre. Chen An y Li Ming cometieron un crimen abominable que ni la legislación, ni la ley natural, ni la moral, ni la sociedad pueden tolerar. El castigo debe ser ejemplar.

Hoy se escuchan sus risas sobre el lago del templo budista de Kunlin, porque allí fueron arrojadas sus cenizas, entrelazadas al viento.

Les filles du botaniste, película francesa estrenada en el año 2006 y dirigida por el cineasta chino Dai Sijie, es sin duda un trabajo impecable que aborda como ninguno el tema del amor, la soledad, la incomprensión y la crueldad. Sin salirse de los límites espaciales de un jardín botánico, el film revela los síntomas más dramáticos de un país helado por el autoritarismo y la arbitrariedad más exacerbados, donde el papel de la mujer se delega al plano de las sirvientas sin voz. Para burlar los límites de aquel despotismo masculino, Dai Sijie nos propone el plano divergente del amor, el de dos mujeres que han encontrado su vía de escape a partir del descubrimiento de sí mismas. Aplaudo la admirable fotografía, las tomas de aquellos paraísos vietnamitas en los que se filmó esta película, la música que logra articularse de manera perfecta con las escenas más alucinantes. Pero sobre todo, valoro el rescate de los amores posibles, de las posibilidades de los imposibles, principalmente en aquellos contextos en los que la voz y la acción femenina son disminuidas a la más mínima expresión.

Entonces, apreciar la historia de dos mujeres que desafían y destruyen todos estos barrotes milenarios de la arbitrariedad a fuerza de un amor que fluye como un manantial, no puede sino llenarme de esperanza. Me inspira a pensar, por ejemplo, que todas las manifestaciones de la diversidad sexual deben ser respetadas y  que ya es el momento de atajar para siempre ese caudal bochornoso de la discriminación por la escogencia que cada cual hace de su orientación sexual. Me inspira a manifestar que la homosexualidad, así como mi heterosexualidad, es una apuesta más para vivir y ser. Pero una apuesta libre, natural, espontánea. O sea, real y verdadera.

 

Faluya

Faluya 

Autor: Cristian Arias

Mi alma lacerada, aún no se repone.
Retumban estridentes
aquellos bombardeos
terribles y gigantes
que tu desprecio lanzó
sobre mi piel desierta y soleada.

Y ahora, desde mis llagas de sangre
presencio una lluvia salvaje
de fósforo blanco
ácido calcinante
que derrite sin clemencia
hasta el último recodo de mi ser.

Mi alma es Faluya
donde no atisba el viento
ni reposa la mariposa de flor.
Donde las aves inocentes
vuelven con desconfianza y resignación.
Donde el dolor no puede más con el dolor
y los versos nacen muertos
por el terror y la violencia.

Como Faluya
ha muerto en mí
la inocencia de ancianos inermes
entre ladrillos derruidos.
Los proyectos futuros de amor de mujer
entre fusiles infinitos.
El sueño fecundo
de un niño violado y sin fuerzas
entre la negrura de un porvenir
de cielo contaminado.

Pero te cuento
aún resuella el último aliento de gracia
aún quieren prepararse mis fuerzas
como una resistencia suní.
Tanta insurgencia se ha armado dentro de mí
que un día
sin saber cuando
volará tu miseria lejos de mí
y morirá tu recuerdo
y dejarás mi país libre
y nacerá en mí de nuevo la esperanza.

A ti hombre o mujer

Autor: Cristian Arias

huge crowd
 
A ti, Hombre o Mujer, te hablo a ti
a tu alma, no a tu grupo.
Deja detrás y para siempre
tu necia costumbre
de acogerte a la absoluta verdad.

Hay tantas verdades
como peces en el mar
como vidas fenecidas
como voces pronunciadas.

La verdad es una falacia perfumada
ataviada de sedas chinas y encajes turcos
una razón convincente
una intriga seductora.
La verdad suele descansar
en el error
o en una nube
es inasible como el cielo
intangible como el silencio.

Cada uno somos mundo
cada mundo una verdad
una espada
una estrategia
una adarga
nada más.

A ti Hombre o Mujer:
rebaño ya no eres más
no eres masa
no eres grupo
eres tú y tu mundo.

Esquiva al mesías que te ama
a quien por ti llora en los tumultos
al infame que se postra de rodillas
y aboga por tu salvación.
Ellos son del grupo de la verdad concluyente
y junto a ellos tu espíritu morirá irremediablemente.

Hombre o Mujer, o lo que quieras ser:
a ti te hablo, a tus sueños y tristezas
no los comercies como lámparas viejas
no te rebajes a la caridad de los cofrades
a las fraternidades multiplicadoras
a las cavernas de los serviles
sin voz
sin luz
sin aire.

Háblales de tu alumbramiento
de tu creencia en una humanidad plena
libre y divergente.
Diles que conociste la responsabilidad
y por ello dudas de todo.
Diles que eres individuo
especie nueva
que amas la vida y la respetas
la disfrutas a plenitud
y te acabas en ella.

Diles de su secreto
de su estrategia corporativa
repudia el reclutamiento siniestro
¡denúncialo!

Hombre o Mujer, o transgénero:
ya no eres grupo
eres conciencia individual
Rey y Reina
León y Leona
Dios y Diosa
Ya no volverás a ser
Camello del desierto
Ni mula de carga.

El Mesías

hombre desierto

Autor: Cristian Arias

 Luego de superar su profundo llanto, el Maestro sonrió por fin, respiró calmo mirando en derredor y gritó a la multitud hambrienta:

 “Malditos aquellos que crean en mí y me sigan, porque heredarán el reino de la muerte por los siglos de los siglos”

 Miró luego las piedras que cargaba entre sus manos y que pensaba convertir en pan, las aventó a la tierra seca y agregó:

 “Y mejor les valdría convertir su propio pan”

 Se volvió para ascender una colina desierta hasta que se perdió de vista. Pocos años después la multitud ya lo había olvidado por completo.