¿CUÁNTA TIERRA NECESITA UN HOMBRE? Por León Tolstoi

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Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. “Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra.”

Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.

“Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada.”

Así que decidió hablar con su esposa.

-Otras personas están comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias.

Se pusieron a pensar y calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados cien rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una parcela de veinte hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la compra.

Así que ahora Pahom tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, o a mirar sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta.

Un día Pahom estaba sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una avilla. Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo.

“¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo nuevo”.

Pahom vendió su tierra, su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su nueva propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años, y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero.

“Si todas estas tierras fueran mías -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades.”

Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los bashkirs, donde había comprado seiscientas hectáreas por sólo mil rublos.

-Sólo debes hacerte amigo de los jefes -dijo- Yo regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por una bicoca.

“Vaya -pensó Pahom-, allá puedo tener diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte.”

Pahom encomendó a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, como el vendedor les había aconsejado. Continuaron viaje hasta recorrer más de quinientos kilómetros, y el séptimo día llegaron a un lugar donde los bashkirs habían instalado sus tiendas.

En cuanto vieron a Pahom, salieron de las tiendas y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss, y sacrificaron una oveja y le dieron de comer. Pahom sacó presentes de su carromato y los distribuyó, y les dijo que venía en busca de tierras. Los bashkirs parecieron muy satisfechos y le dijeron que debía hablar con el jefe. Lo mandaron a buscar y le explicaron a qué había ido Pahom.

El jefe escuchó un rato, pidió silencio con un gesto y le dijo a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca. Tenemos tierras en abundancia.

-¿Y cuál será el precio? -preguntó Pahom.

-Nuestro precio es siempre el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió.

-¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. La vendemos por día. Todo lo que puedas recorrer a pie en un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó sorprendido.

-Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra -dijo.

El jefe se echó a reír.

-¡Será toda tuya! Pero con una condición. Si no regresas el mismo día al lugar donde comenzaste, pierdes el dinero.

-¿Pero cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos a cualquier lugar que gustes, y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje, llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro, cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio de donde partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado. Decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le dieron a Pahom una cama de edredón, y los bashkirs se dispersaron, prometiendo reunirse a la mañana siguiente al romper el alba y viajar al punto convenido antes del amanecer.

Pahom se quedó acostado, pero no pudo dormirse. No dejaba de pensar en su tierra.

“¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las tierras más áridas, o las dejaré a los campesinos, pero yo escogeré la mejor y la trabajaré. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Unas noventa hectáreas destinaré a la siembra y en el resto criaré ganado.”

Por la puerta abierta vio que estaba rompiendo el alba.

-Es hora de despertarlos -se dijo-. Debemos ponernos en marcha.

Se levantó, despertó al criado (que dormía en el carromato), le ordenó uncir los caballos y fue a despertar a los bashkirs.

-Es hora de ir a la estepa para medir las tierras -dijo.

Los bashkirs se levantaron y se reunieron, y también acudió el jefe. Se pusieron a beber más kurniss, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él no quería esperar.

-Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora.

Los bashkirs se prepararon y todos se pusieron en marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, el cielo de la mañana estaba rojo. Subieron una loma y, apeándose de carros y caballos, se reunieron en un sitio. El jefe se acercó a Pahom y extendió el brazo hacia la planicie.

-Todo esto, hasta donde llega la mirada, es nuestro. Puedes tomar lo que gustes.

A Pahom le relucieron los ojos, pues era toda tierra virgen, chata como la palma de la mano y negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales.

El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y dijo:

-Ésta será la marca. Empieza aquí y regresa aquí. Toda la tierra que rodees será tuya.

Pahom sacó el dinero y lo puso en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran tentadoras.

-No importa -dijo al fin-. Iré hacia el sol naciente.

Se volvió hacia el este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte.

“No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras todavía está fresco.”

Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Pahom caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó, y ahora que había vencido el entumecimiento apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo.

Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las relucientes llantas de las ruedas del carromato. Pahom calculó que había caminado cinco kilómetros. Estaba más cálido; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Ahora hacía más calor; miró el sol; era hora de pensar en el desayuno.

-He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Pero me quitaré las botas -se dijo.

Se sentó, se quitó las botas, se las metió en el cinturón y reanudó la marcha. Ahora caminaba con soltura.

“Seguiré otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo, mejor parece la tierra.”

Siguió derecho por un tiempo, y cuando miró en torno, la loma era apenas visible y las personas parecían hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol.

“Ah -pensó Pahom-, he avanzado bastante en esta dirección, es hora de girar. Además estoy sudando, y muy sediento.”

Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha, y la hierba era alta, y hacía mucho calor.

Pahom comenzó a cansarse. Miró el sol y vio que era mediodía.

“Bien -pensó-, debo descansar.”

Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se acostó, temiendo quedarse dormido. Después de estar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba sin dificultad, y sentía sueño, pero continuó, pensando: “Una hora de sufrimiento, una vida para disfrutarlo”.

Avanzó un largo trecho en esa dirección, y ya iba a girar de nuevo a la izquierda cuando vio un fecundo valle. “Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí.”. Así que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de girar. Pahom miró hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo con el calor, y a través de la bruma apenas se veía a la gente de la loma.

“¡Ah! -pensó Pahom-. Los lados son demasiado largos. Este debe ser más corto.” Y siguió a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró el sol. Estaba a mitad de camino del horizonte, y Pahom aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado. Aún estaba a quince kilómetros de su meta.

“No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, ahora debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad de tierra.”.

Pahom cavó un pozo de prisa.

Echó a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no espera a nadie, y se hundía cada vez más.

“Cielos -pensó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado. ¿Qué pasará si llego tarde?”

Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el sol se aproximaba al horizonte.

Pahom siguió caminando, con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos del lugar. Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, y conservó sólo la azada que usaba como bastón.

“Ay de mí. He deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol.”

El temor le quitaba el aliento. Pahom siguió corriendo, y la camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel, y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón batía como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento.

Aunque temía la muerte, no podía detenerse. “Después que he corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora”, pensó. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los bashkirs gritaban y aullaban, y esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Juntó sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba muy cerca de su meta. Podía ver a la gente de la loma, agitando los brazos para que se diera prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado en el suelo, riendo a carcajadas.

“Hay tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida! ¡Nunca llegaré a ese lugar!”

Pahom miró el sol, que ya desaparecía, ya era devorado. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo de tal modo que sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó a la loma, de pronto oscureció. Miró el cielo. ¡El sol se había puesto! Pahom dio un alarido.

“Todo mi esfuerzo ha sido en vano”, pensó, y ya iba a detenerse, pero oyó que los bashkirs aún gritaban, y recordó que aunque para él, desde abajo, parecía que el sol se había puesto, desde la loma aún podían verlo. Aspiró una buena bocanada de aire y corrió cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó a la cima y vio la gorra. Delante de ella el jefe se reía a carcajadas. Pahom soltó un grito. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos.

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! -exclamó el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado de Pahom se acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca. ¡Pahom estaba muerto!

Los pakshirs chasquearon la lengua para demostrar su piedad.

Su criado empuñó la azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba.

Y después la nada

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Y para qué puse su retrato frente a mi escritorio

El retrato de mi hijo que fue de escasos meses

orgulloso junto a su madre que lo mima:

Para verlo como ya no es, como no será

Para morirme en la nostalgia de esos años idos

en la penumbra del tiempo

Para evocar su mirada profunda mientras escucho a Mozart

el Mozart melódico que hace soñar en lo profundo

al otro,  a mi otro hijo que hoy es el del retrato

Y que mañana no será

Y que todo es una nube que baja con el río

al tiempo infinito del olvido

Y después la nada.

Por Cristian Arias

LA MUJER PATRIOTA. Un cuento de Cristian Arias

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Era una mujer pequeñita, de una bajita estatura moral, que creció admirando al Caudillo de la guerra que presidía la nación, lo que la llevó a desear para ella un amo, y cuando por fin lo tuvo, se entregó a él por algunos años. Su amo, un militar sin rango pero que la hacía sentir verdadera mujer cuando salían juntos, él de camuflado y ella  de jean y escote, le otorgó tres hermosos y robustos hijos, a los que llamó a cada uno con el nombre de su padre. Éste era un hombre feo pero valiente, que a escasos meses del nacimiento de su tercer vástago, tuvo que entregarse de lleno a la guerra patriótica contra el terrorismo. Los terroristas que eran como él, feos y belicosos, resistían de mil formas el poderío del ejercito del Caudillo de la guerra. Por eso y como era ya un hábito casi natural, el amo murió una tarde gloriosa carcomido por las ráfagas enemigas, con enormes condecoraciones sobre el ataúd y un saludo especial del Caudillo de la guerra. La mujer pequeñita supo llenar el vacío del amo con la adquisición de uno nuevo y con la promesa del Caudillo de la guerra de incrementar sin falta las operaciones militares.

Pero pronto el nuevo amo tuvo que partir a combatir el terrorismo, dejando solos a la mujer pequeñita y sus tres bestezuelas, bajo el cuidado del noticiero que diariamente la alimentaba con novedades asombrosas de triunfos del bien sobre el terrorismo. El domingo llevaba a sus hijos a la iglesia para recibir el alimento del alma. Allí aprendía de la importancia espiritual de no ceder al engaño de transar con los terroristas, porque una posible reconciliación traería el fin del mal. Y sin mal ni miedo, no habría iglesia. Así que, luego de alimentar su espíritu, de dar la paz y pedir a Dios con fervor la protección para ella y su familia, salía convencida de no desfallecer en la cruzada celestial contra los vientos del demonio. Al cabo de tres meses recibió una notificación donde le explicaban del ajusticiamiento macabro que había recibido su marido de parte del barbarismo de los terroristas. Éstos habían mandado a la brigada más cercana una mano del segundo amo, envuelta en hojas de plátano, como prueba contundente del éxito de su emboscada. La mujer pequeñita puso la mano perfectamente disecada sobre un estante diseñado para honrar la memoria de su primer amo. Mano y condecoraciones posarían de modo sempiterno a la luz de una veladora.

Al segundo amo acribillado, vino un tercero calcinado, un cuarto desmembrado y un quinto que si bien no alcanzó a recibir sino seis impactos de mortero, terminó cuadripléjico y sin poder pronunciar palabra alguna en toda su vida. Fue entonces cuando decidió que ya estaba bien de amos y que en cambio debía pensar en sus hijos para que tuvieran la oportunidad memorable de participar en el exterminio histórico de los bandidos terroristas.

Por fin llegó el día en que el primogénito, otro soldado sin rango, salía a entregarlo todo por la causa del Caudillo de la guerra. Pero al novato lo dispusieron en una misión de veteranos que se internó en el monte para no salir nunca de allí. A la madre orgullosa le enviaron unos huesos que otros veteranos habían encontrado en un monte. Decidió cremarlos, dejando el cofrecito de hojalata entronizado junto a la mano y las condecoraciones, a la vista del amo cuadripléjico y de sus hijos adolescentes para animarlos a vivir o morir por una razón que valiera la pena.

El segundo hijo, feo como su padre, fue quien mejor heredó las cualidades guerreras de éste y como buen amo, pronto consiguió su propia mujer, pequeñita y graciosa que le regaló, antes de marcharse al combate, unos gemelos que nacieron sanos y fuertes, aunque no garantizasen que su belleza fuera a durar mucho tiempo. El padre salió orgulloso a la guerra, prometiendo a su madre y a su querida mujer, la victoria total. Tres días después, las directivas del hospital militar notificaban la entrada de diez soldados con heridas contundentes. Todos lograron recuperarse, menos uno que ya había llegado muerto. La mujer pequeñita, que ya presentaba señales de desgaste y dolor guardados, tuvo que asistir al reconocimiento de su hijo. Pero apenas pudo descifrarlo por el tamaño entrañable de su virilidad y un tatuaje de Cristo Nuestro Señor en la pantorrilla, pues su rostro estaba completamente destrozado.

El tercero hijo, que como todo hermano menor era rebelde e insubordinado, decidió pronto que lo más parecido a la estupidez humana era ir a morir a una guerra perdida. Y que por tanto, se resistiría a salir de casa porque debía terminar un libro de cuentos que había comenzado. Su madre, que había adquirido alguna experiencia en fracasos matrimoniales y familiares, creyó apropiado escuchar las razones de su hijo, hasta convencerse de la inconveniencia de perder lo último que le quedaba. De modo que, antes de que fuese llamado a tomar las armas, pidió al comandante seccional del Ejercito del Caudillo de la guerra que le permitiera disfrutar sus últimos años de vida con el único hijo que le quedaba para que la cuidara. El comandante, tratando de doblegar su recia voz, le explicó de manera clara que era imposible abstenerse de servir a la patria, mucho menos en estos tiempos en que ya estaban a punto de finalizar la guerra contra los terroristas. Además le recordó frunciendo el ceño, un poco a manera de reproche, que ella era una madre honorable que siempre había defendido la verdad de esta cruzada y que no entendía por qué iba a abstenerse de servir a la nación en el momento en que más se necesitaba. De todas formas, así quisiera, terminó el militar, la ley no me permite conceder su deseo. Recuerde que el Congreso Caudillo aprobó la Ley Grandiosa, aquella que determina que son sólo los hijos de su clase los que deben salir a combatir al frente. Los demás ciudadanos, de más importancia, están obligados a coordinar y mandar. No sería justo que murieran todos en el campo de batalla mi señora, entiéndalo.

La mujer pequeñita, que ahora se apreciaba más encorvada y con canas en los cabellos, tuvo que resignarse a entregarlo. Le abrió la puerta a unos militares sin rango que a culatazos y patadas sacaron al insurgente de la familia y de él no se supo nada. Nunca más. Por fin, un día tuvo un poco de cordura y le preguntó a Dios por qué no le había protegido a sus hijos como tanto le había pedido, y que en cambio los abandonó a la voracidad terrorista dejándola a ella a merced de la vejez y  de la muerte. Dios, que como siempre andaba tan ocupado atendiendo a sus insaciables hijos, le respondió de manera sumaria que los terroristas creían en el mismo Dios, al que también rogaban para que los protegiera. Él sólo concedía su misericordia, de lado y lado por partes iguales.

Algunos años después, cuando el Caudillo de la guerra ya no presidía los destinos de la patria, se conoció que los legendarios terroristas iban a entregar sus armas porque habían pactado un acuerdo de paz con el nuevo Caudillo. La mujer pequeñita, gastada de arrugas y desconsuelos, apenas lograba reponerse de las infinitas pérdidas cuando escuchó el discurso de su antiguo Caudillo de la guerra convocando una resistencia al armisticio de la reconciliación. Esa voz de fuego le fustigó las tripas, la trasladó a aquellas épocas gloriosas de sus amos muertos y de sus hijos sacrificados en honor a la patria.

Entonces se configuró la oposición de los patriotas. Formaron comités secretos para limpiar la nación, poquito a poquito. La abuela pequeñita, que ya había tomado las riendas de su nueva condición de indignada, lideró grupos de choque para la nueva guerra que habían emprendido. Entonces llamó a sus nietos, unos gemelos feos, para que comenzarán el entrenamiento, a la espera de un nuevo Caudillo de la guerra.

CRISTIAN ARIAS

Carta a un amigo indeciso de votar SI o NO en el plebiscito

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Querido amigo, me has manifestado muchas veces tu indecisión de votar Sí o No el próximo 2 de octubre. Te han bombardeado de información y no sabes qué hacer, qué pensar, qué decidir. Me has mostrado mensajes en favor de la paz, mensajes de reconciliación y perdón. Pero también me has compartido mensajes oscuros, de incitación a la guerra, a la muerte, al odio. Dices que pese a todo, los del No tienen muchas razones para justificar su voto, porque no creen en nada de lo que se ha pactado, ni en la intención del Acuerdo, ni en sus posibles resultados.

Pues sólo te digo que no pienso incidir en tu decisión, que debes aprender a desarrollar el valor moral de tomar decisiones propias, fruto de tu propio juicio. No lo tomes a mal, pero eso se llama ser mayor de edad: hacer uso público de su propia razón sin la ayuda de un tutor, de un mesías. Ser tu propio juez. Sin embargo, quiero compartirte mi punto de vista, una opinión como muchas otras, no una verdad absoluta para que me creas.

Voy a partir de dos ejemplos concretos: ayer me compartiste un video en el que un tipo vestido de camuflado, con el cabello un poco largo para ser militar y con voz desafiante invitaba a votar por el No alegando la enorme estupidez que embarga a los “culicagados” ilusos que con banderitas blancas pregonan la paz. El detalle a tener presente es que el personaje está representando nada más y nada menos que a un paramilitar, que comienza su discurso ofreciéndose para matar y termina intimidando a los votantes que están a favor del sí diciendo que “se están poniendo violentos. Hay dos formas de entender este tipo de mensajes: con agudeza crítica para captar la clase de persona que lo está emitiendo. La otra forma es emocionarse y gritar enardecido: “!eso es cierto, por fin alguien dijo las cosas con güevas! Sólo tu inteligencia lo dirime. Otro ejemplo es el de un audio de una conversación privada de Hugo Aguilar, antiguo gobernador de Santander, quien al igual que el anterior, alegaba las consecuencias nefastas de votar a favor del Sí. Aquí debemos tener en cuenta una cosa: quien habla estuvo preso por apoyar grupos paramilitares. Quiere decir, que fue cómplice de asesinatos y desplazamientos para hacerse elegir y asegurar su caudal político. De su desparpajo al hablar y las palabras desobligantes y temerarias que utiliza no voy a referirme. Aunque no voy a negar que a mucha gente esto le encanta y hasta le excita: que les hablen duro, que digan groserías. Ese masoquismo verbal que enardece las mentes.

En conclusión, una cosa es escuchar a una persona decente, que exprese sus reservas por el plebiscito o que con argumentos explique porqué conviene votar No, y otra es escuchar comentarios incendiarios o falsas declaraciones. Una cosa es escuchar a una persona honorable y educada, que hay muchas, y otra a la senadora Cabal; y otra es escuchar a un líder religioso que desde su iglesia de barrio predica a favor del No; y otra también es escuchar a quien en redes sociales declara que de ganar el Sí, dejarán la biblia y tomarán los fusiles. El primero explica con argumentos su punto de vista. Cabal es una mujer tipo Trump, solo habla para abrir heridas y dividir y con eso ganar más seguidores en las redes sociales, seguidores ya sabe de qué tipo: gente desinformada que solo actúa por pasión e impulso, que sólo lee lo que quiere leer, por miedo a encontrarse cosas que no le gustan. Los demás sólo hablan para generar miedo y zozobra. El problema grande es que muchos no están dispuestos a leer a un pensador, a un intelectual y más bien prefieren la comodidad del cafre que dice groserías, que intimida con un camuflado o un arma grande. Como lo ha dicho el mismo Hugo Aguilar en su conversación, este es un país de muertos de hambre. Precisamente esto es lo que ellos quieren: que se perpetúe el hambre y la ignorancia, porque un país hambriento, inculto y en guerra es mejor, más fácil de doblegar. Porque el borrego sólo sigue la manada, obedece, es dependiente del pastor para que lo alimente.

De los grandes argumentos a favor del No, el más insistente y que ha calado con más fuerza es aquel que pregona que Colombia se volverá otra Venezuela. No es tan sencillo explicar por qué esto es imposible que suceda. Hay quienes en artículos y ensayos han tratado de advertir esta imposibilidad, pero nadie los lee, nadie tiene tiempo y entonces se conforman con el meme, el audio chistoso, el mensaje fuerte, el postre elemental que les llene el estómago cerebral antes de irse a dormir. Pero el fracaso de explicar las razones históricas, sociales y culturales por las que es imposible que Colombia sea una gemela de Venezuela luego de la incursión de los miembros de las FARC a la vida civil, no reside tanto en la falta de comprensión de esa explicación como en el rechazo malintencionado a la explicación. En un ambiente tan polarizado en que los argumentos sustentados también se tienen por artimañas de engaño de los agentes del terrorismo, no queda otra alternativa que esperar que el tiempo nos de la razón.

Pero te dejo estas inquietudes para que las mastiques a la manera del rumiante, lenta y sabiamente: por qué crees que la banca colombiana ha dado su apoyo a esta iniciativa de paz si sería la primera en verse perjudicada por un posible gobierno socialista. Por qué los grandes industriales del país también se sumaron a este empeño, cuando sus propiedades estarían siendo objetos de expropiaciones de un virtual Estado Comunista. Por qué un presidente miembro honorable de la rancia e intocable oligarquía colombiana decidió dedicar sus más grandes esfuerzos de gobierno para negociar con la insurgencia guerrillera, su más enconosa enemiga. Por qué los grandes símbolos del capitalismo mundial, el Banco mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo han apoyado desde siempre el proceso de paz. ¿Será que la banca colombiana, los grandes industriales del país, la acaudalada familia presidencial, la banca mundial, la Organización de la Naciones Unidas, la Corte Penal Internacional, el gobierno de los Estados Unidos, la Unión Europea, la Iglesia católica e innumerables comunidades religiosas, todas se unieron en favor de las FARC para cumplir su sueño de una Colombia Comunista? ¿Será que la voz de todos los cantantes, artistas, escritores, actores, deportistas e intelectuales en favor de la paz, en apoyo del Sí, ha estado influenciada por el consumo de un bebedizo secreto preparado en los llanos del Yarí y suministrado por orden presidencial a través de todos los acueductos y embotelladoras de agua? ¿Será que un personaje como Henrique Capriles, el mayor opositor del Gobierno de Venezuela, ha vendido sus principios por saludar y apoyar la firma de la paz?

Creer esto es lo mismo que creer con fe ciega que Timochenko será el futuro presidente de Colombia. Los que azuzan a los ignorantes con esta afirmación, olvidan que no se puede ser mandatario por soplo divino, que se debe pasar por la aprobación popular, por el voto. Quien crea con certeza que las FARC se tomarán el poder político y gobernarán por siempre el país, es proclive a la fácil disuasión y al engaño, porque lo mueve a pensar y actuar el miedo más que el sentido común. Pensar que la archimillonaria maquinaria financiera e industrial, los poderosos propietarios y la oligarquía capitalina y regional van a entregarse como mansos corderos a un supuesto poder Castro Chavista es apenas un mal chiste.

Pero volvamos a lo real y concreto y es lo siguiente: el Si va a ganar; y las FARC dejarán las armas y van a entrar a la vida civil y van a hacer política, y las cosas no serán como los líderes del miedo están diciendo. Pero sólo el tiempo nos dará la razón. La razón de que Colombia en un futuro cercano será un país con más inversión social, más seguro, más educado, con un sistema de salud y bienestar más efectivo e incluyente, y por lo tanto más atractivo para el extranjero que comenzará a reconocer la otra Colombia, no la temible patria de la barbarie que le han mostrado los medios de comunicación y el cine.

Por eso quiero trascender las advertencias temerarias de Álvaro Uribe Vélez, para quien el Acuerdo con las FARC generará nuevas violencias. Sería ingenuo ignorar lo evidente, lo que estamos comenzando a ver: el recomienzo de las muertes a líderes sociales, preludio de lo que puede sucederle a los futuros desmovilizados si el Estado no los protege, si entre todos no nos unimos para evitar futuros odios y venganzas. Sería ingenuo no saber que existe un saldo al apostarle a la paz, pero creo que venceremos esa etapa inicial reaccionaria, luego de la cual nos enfrentaremos todos, pero exclusivamente a través de las ideas, para construir el nuevo país, sin guerras, sin violencia.

Entonces ya lo sabes, votaré por el Sí. Y para ti sólo espero que tomes la decisión más inteligente. La más humana, sin miedo a que te llamen iluso o vendido.

Por: Cristian Arias

LAS MOSCAS. Por Horacio Quiroga. Cuento de sábado.

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Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado contra el suelo. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del rozado, aquél conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo largo una franja carbonizada habla muy claro de la acción del fuego.

Esto era el invierno pasado. Han transcurrido cuatro meses. En medio del rozado perdido por la sequía, el árbol tronchado yace siempre en un páramo de cenizas. Sentado contra el tronco, el dorso apoyado en él, me hallo también inmóvil. En algún punto de la espalda tengo la columna vertebral rota. He caído allí mismo, después de tropezar sin suerte contra un raigón. Tal como he caído, permanezco sentado -quebrado, mejor dicho- contra el árbol.

Desde hace un instante siento un zumbido fijo -el zumbido de la lesión medular- que lo inunda todo, y en el que mi aliento parece defluirse. No puedo ya mover las manos, y apenas uno que otro dedo alcanza a remover la ceniza.

Clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez.

Esta es la verdad. Como ella, jamás se ha presentado a mi mente una más rotunda. Todas las otras flotan, danzan en una como reverberación lejanísima de otro yo, en un pasado que tampoco me pertenece. La única percepción de mi existir, pero flagrante como un gran golpe asestado en silencio, es que de aquí a un instante voy a morir.

¿Pero cuándo? ¿Qué segundos y qué instantes son éstos en que esta exasperada conciencia de vivir todavía dejará paso a un sosegado cadáver?

Nadie se acerca en este rozado: ningún pique de monte lleva hasta él desde propiedad alguna. Para el hombre allí sentado, como para el tronco que lo sostiene, las lluvias se sucederán mojando corteza y ropa, y los soles secarán líquenes y cabellos, hasta que el monte rebrote y unifique árboles y potasa, huesos y cuero de calzado.

¡Y nada, nada en la serenidad del ambiente que denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien, a través de los troncos y negros gajos del rozado, desde aquí o allá, sea cual fuere el punto de observación, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida está a punto de detenerse sobre la ceniza, atraída como un péndulo por ingente gravedad: tan pequeño es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su situación: se muere.

Esta es la verdad. Mas para la oscura animalidad resistente, para el latir y el alentar amenazados de muerte, ¿qué vale ella ante la bárbara inquietud del instante preciso en que este resistir de la vida y esta tremenda tortura psicológica estallarán como un cohete, dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante?

El zumbido aumenta cada vez más. Ciérnese ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos verdes. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroquí, por una de cuyas hojas sale a escape una tropilla de potros blancos, mientras por la otra entra corriendo una teoría de hombres decapitados.

Quiero cerrar los ojos, y no lo consigo ya. Veo ahora un cuartito de hospital, donde cuatro médicos amigos se empeñan en convencerme de que no voy a morir. Yo los observo en silencio, y ellos se echan a reír, pues siguen mi pensamiento.

-Entonces -dice uno de aquéllos -no le queda más prueba de convicción que la jaulita de moscas. Yo tengo una.

-¿Moscas?…

-Sí -responde-, moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que alquilo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, esté seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las alquilo a precio módico.

¿Hospital…? Súbitamente el cuartito blanqueado, el botiquín, los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido…

Y bruscamente, también, se hace en mí la revelación. ¡Las moscas!

Son ellas las que zumban. Desde que he caído han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego, las moscas han tenido, no sé cómo, conocimiento de una presa segura en la vecindad. Han olido ya la próxima descomposición del hombre sentado, por caracteres inapreciables para nosotros, tal vez en la exhalación a través de la carne de la médula espinal cortada. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa, midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar a sus huevos.

El médico tenía razón. No puede ser su oficio más lucrativo.

Mas he aquí que esta ansia desesperada de resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad. No me siento ya un punto fijo en la tierra, arraigado a ella por gravísima tortura. Siento que fluye de mí como la vida misma, la ligereza del vaho ambiente, la luz del sol, la fecundidad de la hora. Libre del espacio y el tiempo, puedo ir aquí, allá, a este árbol, a aquella liana. Puedo ver, lejanísimo ya, como un recuerdo de remoto existir, puedo todavía ver, al pie de un tronco, un muñeco de ojos sin parpadeo, un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas. Del seno de esta expansión, que el sol dilata desmenuzando mi conciencia en un billón de partículas, puedo alzarme y volar, volar…

Y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído, a los rayos del sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital.

¡DILES QUE NO ME MATEN! Por Juan Rulfo. Cuento de sábado.

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-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

“Y me mató un novillo.

“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

FIN

ACABAR CON LA GUERRA DE OFENSAS EN FACEBOOK: UNA BUENA ESTRATEGIA DE PAZ

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Ayer compartí en el muro  del grupo público de Facebook  Colombianos en Toronto (como lo hice en algunos otros más) una información que exponía cómo este año solamente han ingresado al Hospital Militar de Bogotá dos heridos como consecuencia del conflicto armado, mientras que diez años atrás, en el 2006, habían ingresado al mismo hospital y por las mismas razones 1119 personas. La información pretendía servir de prueba infalible sobre la eficacia del diálogo y la trascendencia de la reconciliación. Pero tuve que eliminar la publicación, pues allí dos participantes del muro terminaron lanzándose mutuamente una generosa carga de insultos. Lo curioso del caso es que quienes protagonizaron esta guerra de improperios fueron dos personas con la misma opinión, pues manifestaron su desprecio por el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y  las FARC, pero que, ante un mal entendido (Lo resumo: el uno entendió lo contrario del otro y viceversa; un antifarc terminó convertido en un asqueroso guerrillero, y el otro antifarc en un miserable don nadie), se salieron de cauce y ya no hubo quien los parara.

Tres reflexiones: primera, la metralla de insultos que produjeron pueden explicar su desprecio por la paz. Segunda, este episodio es una prueba fehaciente de la necesidad del entendimiento y la escucha del otro; de las consecuencias nefastas de la soberbia y el desprecio por el diálogo. Y tercera: la ley de los signos dice que menos por menos da más. Esto me acerca a la sospecha de que dos posiciones negativas se pueden eliminar mutuamente para dar paso a la positiva. La positiva es el SI.

Cristian Arias